INICIAR SESIÓN"Jamás me casaría con un hombre tan engreído, que vive encerrado en su propia cabeza, que se acuesta con mujeres distintas y al que no le importa a quién pisotea. Siento lástima por la mujer que se case contigo". Ella derramó su margarita sobre el traje de un millón de dólares de él. Eso fue lo último que Vivian le dijo a Adrian Cross antes de verse convertida en su esposa por contrato. Obligada a casarse con Adrian Cross debido al estado de salud de su padre y a las amenazas de este de arruinar la vida de su progenitor, Vivian se adentra en un mundo de amor, engaño, lujuria y un acuerdo que podría marcarla para siempre o destruirla. Adrian Cross: soltero codiciado que aparece en todas las listas de revistas sobre multimillonarios, dueño de más de doscientas empresas en todo el mundo y un playboy internacional. Vivian Lane: una joven pastelera local que lucha por evitar que el negocio de su padre se hunda. Vivian se ve envuelta en el mundo de Cross; el mundo del irresistible y deseado Adrian Cross, el hombre que cualquier mujer moriría por tener en su cama y con quien querría tener hijos. Dos mundos opuestos chocan con tal fuerza que harían tambalearse a cualquiera. Un contrato matrimonial que convierte los inconvenientes en algo placentero para Adrian Cross. Lo único que él desea es ver a Vivian en su peor momento, ya sea vestida o desnuda. "Dejarte ir me destruiría más de lo que jamás podrías imaginar", dijo él mientras le sostenía el rostro por la mandíbula. "Demuéstralo, entonces", respondió ella con la voz entrecortada.
Ver másPara Vivian, colarse en la fiesta de un multimillonario resultó sorprendentemente fácil. El problema fue salir.
Vivian se mordió el labio mientras intentaba marcharse sin ser vista. Bebía a sorbos su margarita, imitando el estilo de los ricos; sentía que eso le ayudaba a pasar desapercibida. No quería llamar la atención de aquellos... depredadores.
Bajó apresuradamente por la escalera, cuidando de que su vestido alquilado no se enganchara en ninguna parte.
Caminó a paso ligero por un pasillo tenuemente iluminado, rogando que la puerta al final condujera a una salida.
—Esa chica ni siquiera sabía bailar en la barra... —oyó una voz que se acercaba por el mismo pasillo.
Tenía que darse prisa.
Prácticamente echó a correr por el pasillo. De repente, chocó con alguien que venía en dirección contraria.
—Lo siento —dijo, intentando esquivarlo para seguir su camino.
Él la agarró del brazo.
—¿Así es como pides disculpas? —tronó su voz grave.
Vivian alzó la vista. Era Adrian Cross. El imponente Adrian Cross, de casi un metro ochenta y cinco de estatura. Adrian Cross, el soltero más codiciado que aparecía en todas las portadas de revistas; el amor platónico secreto y la fantasía prohibida de todo el mundo.
Adrian Cross —siempre envuelto en escándalos amorosos, el multimillonario que nunca sabía mantener las manos quietas— era la persona con la que acababa de chocar. Se maldijo mentalmente mientras rogaba que aquella situación terminara cuanto antes.
—¿A qué te refieres? Literalmente acabo de pedir disculpas —señaló Vivian.
—Chocaste conmigo —dijo él.
—¿Y qué...? ¿Qué más quieres oír de mí? —Vivian frunció el ceño.
—¿Te conozco? —preguntó él.
—¿No es obvio que no?
—¿Cómo has entrado en esta fiesta? —Él clavó la mirada en los ojos verdes de Vivian.
—Con una invitación, obviamente.
—No juegues conmigo. ¿Cómo has entrado? Conozco a todos los invitados. —Apretó con más fuerza el brazo de ella.
Ella aprovechó la mano con la que sostenía la margarita para derramar parte del contenido sobre el traje de Adrian.
—Maldita zorra —dijo él, conteniendo la ira.
—Eso te pasa por comportarte como un completo libertino con una dama. Lo dijo casi en un susurro.
«¿Una dama?». Él se rio. «Eres una de esas analfabetas que apenas pueden permitirse comprar comida, una ladrona de poca monta que roba en los supermercados. Literalmente te has colado en una fiesta a la que ni siquiera te invitaron... ¿y te llamas a ti misma dama?». Volvió a reírse.
Aquellas palabras hirieron a Vivian. Sabía que no era nadie, pero también sabía que jamás caería tan bajo como para robar. Prefería trabajar horas y horas para poner comida en la mesa para ella y para su padre enfermo.
«No me conoces», dijo ella, tratando de mantener la calma.
«Ah, déjame adivinar...». Él esbozó una sonrisa sarcástica. «¿Eres una de esas putas que buscan que las follen y les paguen?». Sonrió. «Deberías haber empezado por ahí, cariño». Sonrió y le levantó la barbilla.
Vivian sintió ganas de vomitar; apartó de un manotazo la mano que él tenía en su barbilla.
«Estás loco si crees que soy una de esas mujeres. Y aunque lo fuera, ¿quién te ha dicho que querría que me follaras tú? Pervertido», dijo con amargura. «No querría que me encontraran muerta en la cama con alguien como tú; qué falta de consideración la tuya».
«¿Sabes con quién estás hablando?». Él inclinó la cabeza.
«Oh, lo sé. El mujeriego internacional, Adrian Cross. ¿O quieres ilustrarme más, señor? ¿El hombre que acaba de mostrar cincuenta sombras de estupidez solo porque alguien chocó con él? ¿O el hombre que dice ser soltero pero le encanta acostarse con mujeres diferentes? Dime, Cross. ¿Cuál de ellos?». Ella sonrió.
«Te vas a arrepentir de cada palabra que has dicho aquí». Él apretó la mandíbula.
«¿Ah, sí? Ahórrate los detalles». Ella sonrió de forma amenazadora. «Déjame decirte algo más...». Dijo mientras intentaba pensar. «Jamás me casaría con un hombre tan lleno de sí mismo, que vive en su propio mundo, follando con mujeres diferentes y al que no le importa a quién pisotea». —Me da lástima la mujer que se case contigo. —Vació el resto de su margarita sobre el traje de él—. Si me disculpas, tengo que irme a otra parte. —Lo rodeó y siguió caminando por el pasillo con el corazón palpitándole con fuerza. Se quitó la pinza del pelo.
El viento le rozó el rostro cuando encontró la salida, tras recorrer varios giros después del pasillo. Sacó el teléfono del bolso y llamó a su mejor amiga, Stacy.
—Y bien... ¿qué tal la fiesta...? —Su voz sonaba entusiasmada.
—Fue divertida... hasta que no encontraba la salida, me topé con Adrian Cross y terminé discutiendo con él. —Se mordió el labio mientras hacía señas a un taxi.
—Amiga, ¿qué hiciste? —Sonó como si se le hubiera caído el teléfono.
Vivian le contó todo mientras llegaba a casa.
—Ay... ¿por qué no te acompañé? —Stacy sonaba como si fuera a romper a llorar en cualquier momento.
—Me arrepiento de haber ido a esa fiesta. —Vivian rebuscó en su bolso la llave de casa.
—Si yo fuera tú, no me arrepentiría. Estaría en la cama con él ahora mismo. —Soltó una risita despreocupada.
—Amiga, te llamo luego. Ya estoy en casa y no quiero despertar a papá —dijo Vivian mientras abría la puerta.
—Claro, no hay problema —respondió ella.
Al cruzar la puerta, lo único que quería era olvidarse de Adrian, de su impresionante mandíbula y de la sensación de su mano sobre ella.
Fue a su habitación y se tumbó en la cama un rato. Esperaba que el día siguiente fuera menos dramático que aquel, pero no imaginaba que aquello era solo el comienzo de sus problemas.
El sonido de la puerta principal al abrirse hizo que Vivian se incorporara.Llevaba casi veinte minutos mirando el mismo punto de la pared del dormitorio, intentando no mirar su teléfono. No había dejado de vibrar desde que estalló el escándalo y, cada vez que la pantalla se iluminaba, sentía una nueva oleada de ansiedad recorrerla.Al final, había decidido apagarlo.No podía soportar otro titular.Otra fotografía.Otro desconocido diciéndole lo que estaba pasando en su matrimonio.La puerta de abajo se cerró.—¿Vivian?La voz de Adrian.Ella cerró los ojos por un instante.Había llegado a casa.Unos segundos después, escuchó sus pasos subiendo las escaleras. Caminaba rápido, casi con prisa, y ella pudo darse cuenta de que la estaba buscando.—¿Vivian?—Estoy arriba.Su voz salió más baja de lo que pretendía.Los pasos se hicieron más fuertes.Entonces Adrian apareció en la puerta.Todavía llevaba la ropa de trabajo, pero tenía la corbata floja y el cabello parecía indicar que se habí
Adrian Cross estaba teniendo una buena mañana.Por una vez, se había despertado sin que su teléfono sonara junto a su cabeza. Había desayunado con su esposa, le había besado la frente antes de salir de casa y le había prometido regresar lo suficientemente temprano para cenar con ella.Más importante aún, realmente tenía la intención de cumplirlo.No iba a pasar todo el día enterrado en reuniones. No se quedaría sentado en su oficina hasta la medianoche mientras Vivian lo esperaba en casa. Y, desde luego, no permitiría que otra emergencia empresarial le robara el poco tiempo que finalmente había decidido dedicarle a su familia.Su familia.A veces, la idea todavía le parecía extraña.Pero de la mejor manera posible.Adrian salió del ascensor en el piso ejecutivo, ajustándose los gemelos mientras caminaba hacia su oficina.—Buenos días, señor Cross.—Buenos días.—Buenos días, señor.—Buenos días.Saludó a sus empleados sin reducir el paso, manteniendo la misma expresión tranquila que l
Por primera vez en semanas, Adrian despertó sin buscar su teléfono.Era algo pequeño.Casi insignificante.Pero para un hombre que había pasado las últimas semanas revisando sus correos electrónicos antes incluso de abrir completamente los ojos, aquello era prácticamente un milagro.Su teléfono estaba sobre la mesita de noche, vibrando cada pocos segundos.Correos electrónicos.Llamadas perdidas.Mensajes de su asistente.Un recordatorio sobre una reunión programada para las nueve de la mañana.Otro recordatorio sobre una reunión programada para las once.Y un mensaje de su director financiero pidiéndole que revisara un documento antes de la tarde.Adrian los ignoró a todos.En cambio, giró la cabeza hacia la mujer que dormía a su lado.Vivian estaba acurrucada bajo las sábanas, con el cabello extendido sobre la almohada. Una mano descansaba debajo de su mejilla, mientras que la otra estaba cómodamente apoyada sobre su vientre.Parecía tranquila.Adrian sonrió.No podía recordar la úl
Vivian apenas había dormido.Incluso después de guardar su teléfono, no podía sacarse los mensajes de la cabeza.La fotografía.El número desconocido.La extraña insistencia en que necesitaba saber algo sobre Adrian.Y, lo más importante, la manera en que quien le había enviado los mensajes parecía decidido a hacerla desconfiar de su propio esposo.Lo odiaba.Odiaba que un desconocido pudiera enviarle una sola fotografía y dejarla despierta junto al hombre que amaba, preguntándose si había algo sobre él que no sabía.No era justo.Especialmente porque Adrian ya llevaba semanas comportándose de manera extraña.Trabajaba hasta tarde. Apenas dormía. A veces llegaba a casa con el aspecto de alguien que no había comido en todo el día y, cada vez que ella le preguntaba qué le pasaba, él lo atribuía al trabajo.Vivian entendía que su trabajo era exigente.Entendía que dirigir una empresa no era fácil.Pero ella era su esposa.No quería ser la persona que compartía una casa con él mientras pe












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