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Capítulo 23

Autor: Natasha
last update Fecha de publicación: 2026-03-31 01:00:25

Verano '94

Ray.

Lo vi bajando por el barranco y el corazón me dio un salto. Venía con algunos chicos y también chicas, para mi desagrado. Reían, hablaban entre ellos; él parecía relajado, ajeno a mi presencia.

Lo llamé, impulsivamente, cuando noté que no me había visto. Me dolió un poco que no lo hiciera, pero aun así sonreí.

—Hola, Nando —saludé, fingiendo calma.

Se acercó enseguida, disculpándose, diciendo que no nos había visto. No supe si enojarme o alegrarme simplemente porque est
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  • Mil lunas para ser infiel    Capítulo 32

    Amanecimos enredados en los brazos del otro, mi cabeza apoyada en su pecho, escuchando el latir de su corazón. Aún duerme, y prefiero dejarlo un poco más. Me levanto en silencio y preparo el café. Hoy estamos solos: Pedro no está. Enciendo el horno y hago sus galletas favoritas, esas con sabor a limón. El aroma lo despierta. Aparece en la cocina con una sonrisa que ilumina mi día, aún en ropa interior. Se acerca y me besa con las mismas ganas del primer día, y yo caigo otra vez en sus brazos, totalmente enamorada. Me lleva en brazos hasta la cama y me ama como si fuera la última vez; sus besos recorren mi cuerpo y sus manos acarician hasta el alma. Desayunamos luego de hacer el amor, y reímos por el paso del tiempo que le recuerda que ya no somos adolescentes. Una leve puntada se clava en su pecho, tose para quitarla, y vuelve a reír. —Creo que, de ahora en más, deberás cargarme tú —se burla. —¿Qué? ¿Acaso dijiste que estoy gorda? —le respondo entre risas. Debemos a

  • Mil lunas para ser infiel    Capítulo 31

    Las semanas pasan más rápido de lo que quisiera. Tanto tiempo esperamos adormecidos, silenciando lo que el corazón gritaba, intentando olvidar lo inolvidable, y ahora el tiempo corre deprisa. Besos a escondidas, encuentros erráticos, cuidando las apariencias aunque ya no sea necesario. Los días se precipitan como si tuvieran urgencia en llegar a algún lugar. Algunas noches dormimos juntos, abrazados hasta que el sol se cuela por la ventana. Son los días más felices: esos donde sólo somos dos. También están los otros, los que una mirada basta para encender una discusión, los que una palabra nos lleva al límite. Son sólo seis meses, pero no los cambiaría por nada. Amo a Ray, y amo al hombre que soy cuando estoy con ella. —Eras la diablita más linda del baile… ¿sabías? —susurro, como quien confiesa un secreto. —¿De qué hablas? —pregunta, sin recordar. —La noche de carnaval… —¡Ay, sí! Recuerdo que me disfracé una vez —ríe, evocando—. ¿Pero cómo sabes? No te vi esa noche.

  • Mil lunas para ser infiel    Capítulo 30

    Preparo la cena, como todos los días. Acomodo la ropa limpia recién sacada de la secadora, ayudo a Pedro con sus tareas. Igual que siempre. Aquí la rutina no ha cambiado, aunque yo sí lo haya hecho. Pasadas las nueve llega mi esposo: cabizbajo, cansado… pero extraño. Lo saludo al entrar, pero apenas me responde. Noto que algo sucede, aunque no lo diga. Alza a Pedro en brazos y lo besa amorosamente —al menos para él sí hay sonrisas—. Dejo que se quite la ropa de trabajo sin decir nada, y cenamos en silencio. El aire se siente pesado, como si hubiera mucho por decir pero algo nos detuviera. Yo sé que tengo que hablar, pero no delante de Pedro. —Tengo algo que decirte, Juan —le digo en voz baja, apenas nuestro hijo se va a dormir. —Sí… también yo —responde, agachando la cabeza, preocupado y algo nervioso. —Está bien, primero tú —le digo, ganando un poco más de coraje. —Ray… sabes que no estamos bien hace mucho —me toma por sorpresa—. Hace un tiempo conocí a alguien… N

  • Mil lunas para ser infiel    Capítulo 29

    — La heriste. No sé cómo… pero ella te ama —me acusa Ethel. — ¿Cómo? —pregunto incrédulo. — Fernando… —mueve la cabeza de un lado a otro— sabes de qué hablo. No tenía idea de cómo lo sabía, de cómo se había enterado de que sus lágrimas eran por mí, pero ella lo sabía. — Querido… —prosiguió con un suave suspiro— lo supuse desde que la presentaste como mi sucesora. Podía ver la luz en sus ojos tanto como en los tuyos. Se sentía de lejos lo que las palabras callaban. — Ethel… eres una bruja, ¿sabes? — Claro que sí. Quien no lo sabía eras tú —se ríe burlona. ¿Tan mal se sentía? ¿Era tanto el daño que le había causado? No logro entender cómo amar puede doler tanto y, aun así, seguir siendo amor. Decidí que no la dejaría sola, aunque ella lo hubiera pedido. Era un problema de ambos y debíamos resolverlo juntos. Cualquiera fuera el desenlace, lo afrontaría a su lado. Golpeé la puerta del taller para anunciarme; no sé por qué lo hice, si antes nunca lo hacía, pero cr

  • Mil lunas para ser infiel    Capítulo 28

    —¿Por qué me dejaste aquella noche? —debía entender. —Porque fui un idiota. Creí que la amistad era primero, y nunca fue mi amigo de verdad. —¿Quién? ¿Luis? —Sí. Nos conocíamos desde hacía mucho y lo consideraba un amigo, pero tarde entendí que no lo era. —¿Y yo? ¿Qué papel jugaba en eso? ¿Creíste que algo pasaba entre Luis y yo aquella noche? ¿Pensaste que...? No te vi más después. —Tú le gustabas mucho… —Y yo te quería a ti. —Igual yo, pero... —muevo la cabeza, arrepentido por los años perdidos, y suspiro—. No sé. No tengo excusas, la verdad. —Yo te amaba. Desde siempre. Desde que te vi la primera vez en el liceo, cuando empecé primer año y tú nunca levantabas la mirada para verme siquiera. —Los ojos se le llenaron de lágrimas. —Sí te veía, solo que era demasiado tímido, y me escondía para verte. Siempre en silencio. Siempre sin decirlo a nadie. —Qué idiotas fuimos. —ríe suave. —Sí… mucho. —La vuelvo a besar, arrepentido por el tiempo perdido, pero co

  • Mil lunas para ser infiel    Capítulo 27

    Ray No sé por qué costaba tanto entender que nunca iba a dejar de amarlo. Intenté olvidar, enterrar todo nuestro pasado. Creí lograrlo, pero no era así: solo dormía reprimido en algún rincón de mi corazón. Llevaba tres días sin verlo, pero parecían mil. Salí hacia el trabajo como cada mañana, deseando encontrarlo. Ya no podía reprimir más esto que siento; me estaba matando poco a poco. No podía engañarme más: si el pasado había vuelto, era por algo. Poco antes de llegar al teatro lo vi venir, cabizbajo, caminando detrás de mí, a varios metros. Apuré el paso para llegar antes; los nervios me invadieron y no supe qué hacer. “Cuando no sepas qué hacer, déjalo fluir”, solía decir mi madre. Déjalo ser; será lo mejor. Me paré frente a la entrada y lo esperé, aunque los nervios me temblaban por dentro. —Hola, Nando —saludé con una sonrisa. Me excusé por haber olvidado las llaves; mentí, dejé fluir la situación, y fue lo mejor. Lo invité a tomar un café. Las manos me tembla

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