INICIAR SESIÓNDeberían llevarme directo al sanatorio mental. ¿Quién es su sano juicio, deja tirado su trabajo por un desconocido que acaba de conocer? Pues yo soy dicha loca. Pero cuando las deudas y el hambre entran por la puerta, la razón sale por la ventana. «Estoy segura de que el dicho no es así, pero qué más da». Aplica perfectamente.
La limusina negra me espera en la esquina, mientras ignoro los gritos de Mei-yin. Avanzo como si fuera lo más normal del mundo, en cambio, parezco una adolescente fuera de lugar en su primer día de internado de lujo: cabello alborotado, bolso con manchones de acuarela, y las zapatillas empapadas por la lluvia que finalmente se atrevió a caer.
Un conductor me abre la puerta con una cortesía milimétrica. No digo nada mientras subimos y, aunque no parecen personas que quieren mis órganos, me aferro a mi gas pimienta porque arrebatada puedo ser, pero no estúpida. Alexander sube y no sonríe. Ni siquiera me mira. Solo desliza su teléfono entre las manos, como si estuviera resolviendo el destino del país.
Yo, por mi parte, tengo el corazón a punto de estallar.
—¿Tiene alergias alimenticias? —pregunta de pronto, sin levantar la vista.
—¿Eh?
—Alergias. Preferencias dietéticas. Si vamos a hacer negocios, necesito saber si debo evitar ciertos alimentos en las cenas.
—Solo le tengo asco al hígado y a la gente que mastica con la boca abierta.
La respuesta es un silencio sepulcral.
¿Broma fallida? Broma fallida.
—Anotado —responde secamente después de unos minutos.
Cuarenta minutos después, llegamos a la entrada del edificio BlackTech. Un rascacielos de cristal y acero que parece flotar en las nubes. Hay recepcionistas vestidos mejor que yo en mis cumpleaños, y todo huele a dinero, éxito y desinfectante de lujo. Alexander camina por el lobby como si fuera suyo. Bueno, al parecer lo es. Yo intento seguirle el ritmo, pero mis zapatillas hacen un ruidito vergonzoso cada vez que pisan el mármol pulido.
Subimos hasta el piso setenta y dos y lo más curioso es que durante el trayecto subieron más personas entre pisos y todos hacían el mismo saludo. Un jodido asentamiento de cabeza. ¿Qué se supone que es eso? Ni yo a saludo así a Mei-yin a pesar de ser una jefa de porquería.
Su oficina parece la guarida de un supervillano con excelente gusto. Paredes oscuras, ventanales con vista a la ciudad, una biblioteca impecable y un escritorio que puede usarse para aterrizar un helicóptero.
—Siéntese —ordena, señalando una butaca de cuero negro.
Yo obedezco como una colegiala frente al director. Él va hacia una caja fuerte empotrada, digitó un código y saca una carpeta gruesa que coloca frente a mí.
—Este es el contrato.
Trago saliva.
—Así, sin más. ¿Sin mi nombre o un abogado?
—Le haré llegar sus datos para que lo agregue. Luego te daré una copia. Confía en mí, no soy un imbécil. —Bueno, no lo parece, pero mi madre siempre dice que las apariencias engañan. Así que… —Señorita Field. —Me saca de mis pensamientos con tono irritado.
—Bien, ¿Y si me arrepiento?
—Puede hacerlo —responde sin mirarme—. Pero perderá el pago inicial.
—¿Cuánto es?
—Veinte mil dólares por los primeros tres días. Para cubrir su adaptación. Si decide continuar, serán otras treinta mil al final del mes y así hasta que cierre mi negocio.
Tengo que contener un jadeo.
Eso es más dinero del que he visto en toda mi vida. Puedo pagar mis deudas, saldar la renta atrasada, comprar materiales nuevos… incluso recuperar el taller que compartía con Sandra y que hemos tenido que abandonar por falta de pagos.
—¿Y qué se espera de mí exactamente? —preguntó, abriendo el contrato con manos algo temblorosas.
—Presencia en eventos sociales. Fotografías conjuntas. Citas simuladas. Una publicación. Parecer una pareja normal, pero nada físico —aclara—, a menos que usted desee hacerlo.
Lo dice con tanta neutralidad que me dan ganas de arrojarle una de mis postales ilustradas solo para ver si reaccionaba.
—Y… ¿Usted cree que podemos fingir ser pareja? Usted y yo somos como el día y la noche.
Por fin me mira y esa mirada me atraviesa como si me estuviera diseccionando.
—Justamente por eso funcionará. Nadie sospechará que algo tan absurdo como nuestro “amor” no sea real.
No sé por qué, pero me duele un poco en el ego. Como si hubiera ofendido algo dentro de mí que ni siquiera sabía que tenía.
—¿Qué se cree? Soy un buen partido… bueno, eso creo. Pero jamás me fijaría en alguien como usted; así que, puede estar tranquilo.
—Entonces —dice, levantando la barbilla y juraría que está aguantando las ganas de sonreír. «Bastardo».
Me aclaro la garganta.
—¿Quiere que finja estar enamorada de usted?
—Exactamente. Necesito que el mundo crea, que alguien como usted podría quererme. Solo por uno o dos meses. Luego desaparecerá y su vida puede seguir.
Me quedé en silencio un largo momento. Por fuera finjo serenidad. Por dentro, mi cerebro grita: ¡Estás loca! ¡Esto no es normal! ¡Corre!
—Alex, ¿podemos hablar…?
Una voz femenina se detiene cuando se da cuenta de que no está solo y entonces veo entrar a una rubia espectacular llevando un vestido ajustado con un escote discreto, pero que no resta a su sensualidad. Lleva unos tacones de infarto con los que yo me rompería la crisma, y su cabello está hecho y parece un sueño sureño andante. Ella mira de mí hacia Alexander Black y arquea la ceja.
—Tiffany. Déjame presentarte a Nicole. La prometida que espera Kemal.
La mujer abre sus ojos azules como platos y luego resopla.
—¿De verdad piensas seguir adelante con ese loco plan?
—Es la única opción que nos queda.
Se acerca y me hace un gesto con el dedo para que me levante y de mala gana lo hago. Ella me rodea en silencio haciendo sonar sus tacones con suavidad. Luego se detiene a mi lado y mira al hombre detrás del escritorio.
—No creo que Kemal se crea que esta chica es tu prometida.
—Opino lo mismo, ahora viéndote a ti —murmuro sin pensarlo y ella sonríe con elegancia y coquetería.
—Lo sé, cielo. Y sé que le guste al hombre, porque por muy familiar que sea, no paraba de verme las tetas la última vez. Pero no se debe defecar donde se come o al menos eso es lo que dicen. Y este Neandertal es mi jefe, además ya tengo a mi Lu.
—¿No tienes trabajo que hacer?
—Ay, ya me voy. Solo necesitaba avisarte que me voy más temprano. —Él no dice nada y ella se aleja con un andar elegante, pero se detiene en la puerta y nos mira. Luego se ríe y niega. —Jodidamente loco —murmura
—Saca el culo de aquí, Tiffany —demanda el hombre y ella no se inmuta, pero sí hace lo que él dice.
—¿Vas a firmar o no? No tengo todo el día. Decide si quieres seguir con tu vida de m****a o no.
Tomo asiento alcanzo la carpeta y firmo. Lo hago por ese cambio de vida que siento que me merezco. Alexander extiende la mano, y la estrecho. Es como tocar hielo. Firme, inquebrantable y lejano.
—Bienvenida al infierno que es mi vida, no crea que vivo entre nubes de algodón —murmura con un atisbo de ironía.
—Al menos es un infierno con aire acondicionado —replico.
Por primera vez, sus labios se curvan. No es una sonrisa completa, pero es suficiente para encenderme las mejillas.
—Tendrá que mudarse a mi casa esta misma noche —anuncia, recuperando su tono habitual de dictador elegante—. Viviremos juntos. Así va a ser más creíble.
—¿Mudanza inmediata? ¿Sin tiempo de adaptación?
—Adaptarse es su responsabilidad. Yo trabajo y no tengo tiempo para improvisaciones teatrales.
—¿Y yo? ¿Tengo tiempo para cambiar toda mi vida en una mañana?
Él me sostiene la mirada sin pestañear.
—Usted lo eligió, señorita Field.
Y tiene razón. Lo he elegido. Por necesidad, por desesperación, por ese impulso insensato que me ha hecho saltar sin mirar. He firmado un contrato para fingir amar a un hombre que es un témpano de hielo y que no conozco para nada.
Y aún no sé si eso me hace valiente… o simplemente estúpida.
Los días se han disuelto en una neblina de pruebas de vestuario, degustaciones de pasteles y batallas campales con madres. Había sido agotador, estresante y, en ocasiones, increíblemente absurdo. Pero todo valió la pena. Hoy, al fin, el gran día ha llegado. Esta tarde, me convertiré en la esposa de Alexander Black.Mi vida, marcada por giros inesperados y decisiones desesperadas, está a punto de dar su último y más importante giro, y con todo mi corazón, espero que sea para siempre.Estoy de pie, justo detrás de las inmensas puertas dobles del salón de baile de The Plaza, el corazón de Manhattan. El aire en la antesala es fresco, gracias al aire acondicionado, pero yo siento que me quema. Mis nervios están a tope, un zumbido eléctrico recorriendo mis venas. Siento el peso de mi vestido, un encaje sublime que había elegido, con un escote en V atrevido, mangas largas que se ceñían a mis brazos con delicadeza y una cola majestuosa. El velo, una catedral de seda y tul, cae desde mi moño b
La recepción del hotel es un hervidero de gente, ruido, movimiento. El caos de la calle, el ir y venir de turistas y empresarios, es un alivio bienvenido comparado con el caos contenido y elegante de esa sala de planificación. Siento una oleada de adrenalina y libertad. Salgo a la Quinta Avenida; el ruido de los taxis, las bocinas y el murmullo de la multitud me envuelve como un abrazo ruidoso, devolviéndome a la realidad.No dudo. No puedo volver a casa, porque el ático está demasiado tranquilo y mi cabeza necesita ruido. Llamo al primer taxi que veo, un viejo Crown Victoria amarillo, y le doy la dirección de BlackTech. El contraste entre el lujo del Plaza y el olor a cuero viejo y ambientador barato del taxi es el choque que necesito para anclarme.Minutos después, llego al edificio futurista de BlackTech. Entro sin problema; ahora que soy oficialmente la prometida de Alexander, la seguridad y el personal me saludan con cordialidad, incluso con una pizca de reverencia que aún me hac
Las semanas que siguen a la propuesta de matrimonio son un torbellino. He pasado de ser la pareja discreta de Alexander Black a su prometida, lo que conllevaba una nueva serie de obligaciones sociales y logísticas de las que ya he sido víctima antes, pero que en realidad sigo sin tener idea. Pero esta vez me sumerjo en una nueva dimensión donde el amor se mide en opciones de encaje, tipos de cubiertos y listas de invitados. La euforia de la propuesta, la ternura de Alexander, el brillo cegador del rubí en mi cuello y el solitario en mi dedo se han visto eclipsados por la abrumadora realidad de casarse con un Black.Me siento como una intrusa en mi propia vida. El sí que le he dado a Alexander, esta vez real, ha sido honesto y sencillo, una verdad que no necesita adornos. Pero ahora, ese "sí" se ha transformado en un proyecto corporativo, una obra de teatro social que debe ser ejecutada con la perfección que el apellido Black exige. Las interminables reuniones, los proveedores que habl
El ascensor sube en un silencio cargado de promesas. Ya no hay testigos, no hay madres en guerra ni amigos emocionados. Solo estamos Alexander y yo, mi mano entrelazada a la suya, el peso del diamante en mi dedo anular sintiéndose extrañamente familiar. Hemos pasado un par de horas deliciosas con la familia y los amigos; la sorpresa de ver a mis padres durante la propuesta ha sido perfecta. El amor que nos rodea ha sido palpable, pero también agotador.Las puertas se abren, revelando la inmensidad oscura y tranquila del ático. El silencio es profundo. Alexander ha orquestado que Aquiles pase la noche en el ático de Charlotte, una maniobra que me ha dejado boquiabierta. Es un avance monumental para ella; un reconocimiento tácito de que mi felicidad y mi intimidad con su hijo son, ahora, una prioridad para él. La idea de Aquiles durmiendo en la casa de Charlotte, bajo su supervisión silenciosa, me trae una ola de alivio y esperanza. Es el primer paso real hacia una tregua duradera.Mi m
La pregunta resuena en el silencio, no solo en mis oídos, sino en cada célula de mi cuerpo.Nicole… ¿Quieres ser mi esposa?Mis labios tiemblan. No de frío, sino de una avalancha emocional que supera toda la contención. El torrente de sensaciones es tan abrumador que me congela por un segundo. Veo el miedo en los ojos de Alexander, el miedo de que, después de todo el amor, la lealtad y la vida que hemos compartido, yo pueda dudar. Es un miedo infundado, lo sabía, pero verlo en el hombre más poderoso que conozco, me hace sentir una ternura inmensurable.Mi mente, esa máquina súper analítica que no para de calcular riesgos y beneficios, se apagó. Solo queda el instinto puro, el alma que grita el nombre de este hombre desde el primer día que lo conocí.Mis ojos, llenos de lágrimas que aún no me atrevo a derramar, se fijaron en él. Veo su rostro: la línea perfecta de su mandíbula, ahora suavizada por la vulnerabilidad; sus ojos verdes, habitualmente llenos de estrategia, ahora desbordante
Me miro al espejo del baño. La luz es suave e indulgente. Llevo puesto el vestido negro de un satén pesado que se desliza sobre mi piel como agua fría. Es ajustado, sin ser vulgar, con un escote de corazón que acentúa mi clavícula y unos tirantes gruesos que ofrecen el soporte perfecto para lo que Alexander aprecia ver. Normalmente, preferiría zapatos planos o stilettos discretos, pero esta noche me he subido a unos tacones que hacen temblar mis piernas, solo por el placer de sentirme poderosa, alta y a la altura de mi hombre. Quiero que Alexander se da cuenta de que, aunque ama mi caos, yo también puedo ser la perfección que su mundo exige.Aquiles está seguro en su habitación, inmerso en un problema de cálculo. Su concentración es admirable, y su nueva rutina me da la paz de saber que, por primera vez en su vida, el chico es solo un adolescente preocupado por su nota, no por su supervivencia.Tomo una bocanada de aire y salgo de la habitación principal. La sala de estar del ático pa







