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Lo que dicta el corazón (1era. Parte)

last update Data de publicação: 2025-10-25 22:16:56

Unos días después

Ibiza, España

Camila

A pesar de la realidad brutal que se dibujaba sobre Iván, me negaba a aceptar que él seguiría preso. Mi padre, que conocía mi obsesión, fue claro: no quería que yo me consumiera por él, que olvidara vivir. En esa época yo no quería escuchar razones; no podía soportar la idea de abandonarlo. Reuniendo la mayor sinceridad que encontré le hablé sin filtros mientras lo veía agitar la salsa en la cazuela, como quien trata de normalizar lo imposible.

—Papá, sé q
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  • Mátame Suavemente   Mátame suavemente

    Unos años despuésMálagaIvánHubo una época en la que estuve cegado por la venganza. Aún puedo recordar aquel primer día que pisé Holding Del Valle: los rostros que me observaban como si fuera un intruso, el hijo ilegítimo de Eduardo Del Valle que venía a desenterrar fantasmas. Pero entonces apareció Camila. Y, sin saberlo, cambió todos mis planes.De aquella época ya no queda nada. Aprendí a perdonar, a sanar, a dejar el pasado atrás. Y fue por ella —mi esposa, mi brújula, mi punto de calma—. Una mujer que me enseñó que el amor no siempre es un refugio, sino una elección constante.Todavía recuerdo la primera vez que vi esa imagen borrosa en la pantalla: el eco de un latido que anunciaba vida. El corazón de nuestro hijo. La prueba de que, después del caos y las heridas, el amor había sobrevivido.Con su nacimiento llegaron las noches en vela, los biberones, los pañales, el miedo a no hacerlo bien… y la emoción inmensa de tenerlo entre mis brazos. Pero esa etapa pasó más rápido de lo

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  • Mátame Suavemente   Lo que aún arde (2da. Parte)

    El mismo díaIbiza, EspañaCamilaPor más que intentara guardar mis sentimientos por Iván en el baúl del olvido, el terco de mi corazón siempre encontraba la forma de traicionarme. Y ante eso, no había defensa posible. Solo podía fingir firmeza, aunque ni mi sarcasmo me salvaba de su sinceridad… ni de esa mirada que parecía desarmarme pieza por pieza.Lo más difícil era aparentar que nada de lo que decía me afectaba. Pero cuando lo escuché desearme felicidad —aunque fuera al lado de otro hombre— sentí que algo dentro de mí se quebraba. Supongo que ese era el amor verdadero: pensar en la felicidad del otro por encima de la tuya.Aun así, por más dolor que hubiera entre nosotros, ese amor seguía vivo. Terco, obstinado. Nació entre dilemas, creció entre miedos… y se negaba a morir. Sí, lo amaba. Él era mi felicidad, aunque me negara a admitirlo.Cerré los ojos un instante. Lo perdoné, a mi manera. Era hora de empezar a sanar, de reconstruir lo que el orgullo había destruido, sin mentiras

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    El mismo día Ibiza, España Iván Entendía la rabia y el dolor de Camila. Sabía que unas cuantas palabras no bastarían para que me perdonara, pero me partía el alma su indiferencia, ese muro que levantaba entre nosotros. Me costaba estar delante de ella, sentirla tan cerca y, al mismo tiempo, fuera de mi alcance. No podía perdonar, más bien, por un instante sus palabras dejaban entrever otra cosa. Como si mi mente jugara conmigo, recordé el comentario de Fátima sobre el idiota de Mateo. Sí, pensé que volvió con él por despecho, soledad, qué sé yo… pero ella ni lo negó, ni lo afirmó. Me dejó con la duda carcomiéndome, castigándome. Lo más irónico era tenerla tan cerca y lejos al mismo tiempo. Solo la observaba, hermosa, radiante, recordando cómo diablos la había perdido, cómo hubiera hecho todo diferente. Quizás estaríamos casados, con un hijo en camino… pero ya no podía regresar en el tiempo. Solo me quedaba la esperanza de ganarme su perdón y, con suerte, que me dejara coser las he

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    El mismo díaIbiza, EspañaCamilaAunque mi corazón sangraba por cómo terminó la historia con Iván, no podía negar que imaginaba cómo sería volver a verlo. A veces pensaba que sería madura, que fingiría indiferencia, que incluso podríamos sentarnos a tomar un café y hablar de su vida con calma.Otras veces, imaginaba lo contrario: ignorarlo, pasar de largo, saludar con una sonrisa forzada y un “hola” helado. Pero la realidad… fue tan distinta.Me quebré al verlo. No pude controlar el temblor en mis manos, ni el nudo en la garganta. Todo ese dolor que había guardado durante meses se desbordó. Y terminé explotando en reproches, en palabras duras, porque ningún maldito argumento suyo podía aliviar la herida que dejó su ausencia.Y, sin embargo, dentro de mí sigue esa absurda contradicción.Porque el terco de mi corazón quiere otra cosa: correr hacia él, abrazarlo, gritarle que también lo extrañé, que mis noches siguen oliendo a él.Pero la otra parte —la que sobrevivió a su abandono, la

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