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Me gustó esperar

last update Fecha de publicación: 2026-03-20 23:14:33

Parte 7...

No se sentiría culpable por no haber experimentado algo más por ella, por no haber sentido ese agradable estremecimiento recorriéndole la piel cuando existe una verdadera conexión con otra persona. No era un hombre que se dejara llevar por impulsos pasajeros ni por deseos momentáneos.

Además, la clínica, que no dejaba de crecer, absorbía gran parte de su vida. Tanto él como su hermano estaban completamente enfocados en lograr que todo funcionara a la perfección. Compartían el mismo objetivo: convertir aquel lugar en una referencia en la región. Para conseguirlo, trabajaban sin descanso e invertían cada recurso posible.

Salió de la sala y se dirigió a su despacho para recoger la carpeta de tareas. Siempre revisaba todo lo realizado antes de marcharse; necesitaba conservar un registro detallado de cada actividad del día. Aquello le ayudaba a mantener su organización personal.

Pero al abrir la puerta se detuvo en seco.

Había una joven sentada en su sofá.

Tenía las piernas cruzadas. Sus zapatos parecían de muñeca, de un suave tono verde que combinaba con el vestido floreado, ligero y delicado, como los vestidos de tela de las muñecas antiguas. Sonrió apenas. Entró y cerró la puerta, y entonces ella se volvió lentamente hacia él.

Pareció sobresaltarse con su presencia. Se levantó con rapidez, casi volviendo a caer sentada, y se sostuvo del brazo del sofá mientras lo miraba con evidente sorpresa.

Y entonces él sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

De pie podía observarla mejor. Era delgada, con las piernas bien torneadas. Aun con aquel vestido algo holgado, se adivinaban curvas bajo la tela.

Le resultó curioso, porque realmente le recordó a una muñeca de porcelana: delicada, frágil, como si pudiera romperse en cualquier momento. Había algo distinto en la energía que percibía en ella.

La joven parecía avergonzada.

Se acercó y le tendió la mano. Ella tardó unos segundos en mirarla y, finalmente, la tomó con suavidad, sin apenas ejercer fuerza.

—Lo siento… No sabía que había alguien aquí —frunció el ceño—. ¿Está esperando la autorización para retirar a algún animal? Mi secretaria no está… —miró el reloj en su muñeca—. Oh… claro que no —negó con la cabeza—. Ya son casi las seis.

—Está bien —respondió ella con calma, intentando expresarse—. Yo… s-sé que estaba ocupado… con u-un ga-gatito.

Pensó que quizá estaba preocupada o nerviosa. Tal vez su mascota estuviera en cirugía o en recuperación. Hablaba despacio.

—Si me dice el nombre del animal, puedo buscar la información exacta en mi registro —dijo mientras caminaba hacia el escritorio—. Disculpe, hoy ha sido un día bastante agitado —encendió el portátil suspendido sobre la mesa—. Y, al parecer, mi secretaria olvidó avisarme de que una clienta me estaba esperando.

Volvió a mirarla.

Y qué rostro tenía.

El cabello era castaño muy oscuro, casi rojizo, y sus ojos mezclaban tonos marrones con destellos verdes. Tenía la nariz pequeña y ligeramente respingada, y una leve hendidura en el mentón. De pronto, sintió que el corazón le latía con fuerza.

Estaba seguro de no haberla visto antes. No allí, en la clínica. Sin duda era una clienta nueva que había llevado a su mascota. Recordaría a alguien así.

Ella pareció confundida. Frunció las cejas, miró hacia abajo y luego volvió a alzar la vista hacia él, como si intentara ordenar sus pensamientos.

—Eh… disculpe… ¿usted quién es?

La joven respiró hondo. Apretó los dedos de las manos con creciente ansiedad, y él no comprendía el motivo. Pensó que quizá tenía algún animal hospitalizado en mal estado.

—Yo… mi n-nombre es… —abrió mucho los ojos, inhaló profundamente y soltó el aire despacio. Cerró los ojos e intentó otra vez—. Mi nombre… es Camila Becker.

Entonces lo recordó.

Había estado tan concentrado en la cirugía y luego en la rehabilitación de los animales en la parte trasera de la clínica que olvidó por completo la cita. Apretó los labios, sintiéndose un completo idiota. Su madre había organizado todo.

Le había dicho a Suzy que dejara pasar a la joven y que la hiciera esperar en su despacho para realizar la entrevista de trabajo.

¡Maldición! La hora acordada había pasado hacía mucho. Qué estupidez la suya. Miró nuevamente el reloj y comprendió lo irresponsable que había sido. No podía creer que ella aún siguiera allí esperándolo.

—De verdad le pido mil disculpas por esto —se pasó una mano por el cabello—. Ha sido un error mío.

—N-no hay problema —respondió con suavidad—. Yo sabía… que u-usted estaba ocupado… con los animales.

Su madre se lo había explicado: lesión cerebral. Por eso hablaba despacio y mostraba aquel aire inquieto al moverse. Seguramente estaba nerviosa por la demora, y él aún la había sobresaltado al entrar de repente. Además, había sido descortés al olvidar la entrevista.

—Fue un descuido, le ruego que me perdone. Hoy tuvimos una emergencia y también tuve que revisar a una gatita después de una cirugía reciente. Debí venir a hablar con usted antes, pero me distraje al ver que se estaba recuperando bien y pronto podrá irse a casa —señaló nuevamente el sofá—. Por favor, siéntese.

Ella asintió levemente, miró detrás de sí y se sentó con cuidado, acomodando el vestido. Él comprendió mucho en aquel pequeño gesto y también en su reacción al saber que la gatita estaba mejor. Su expresión cambió; parecía aliviada.

Arrastró la silla y se sentó frente a ella.

—Le pido disculpas otra vez. Normalmente no soy tan distraído.

—N-no se pre…ocupe —sonrió apenas—. S-su trabajo es más importante. Yo puedo esperar. Los animales son m-más valiosos.

Algo en aquella pequeña sonrisa lo tocó de una forma inesperada. Parecía sinceramente preocupada. La manera en que separaba las palabras evidenciaba la dificultad causada por su lesión, y él se sintió aún más mal por no haber enviado a alguien a avisarle que tardaría.

—Pensé que sería un día normal —sonrió, abriendo las manos—. Le agradezco que haya esperado —inclinó ligeramente la cabeza.

—Me gustó esperar —sonrió un poco más—. Estuve observando el movimiento afuera —señaló hacia la ventana—. Y vi que hay m-mucha gente aquí. No s-sabía que era tan concurrido.

Aquel gesto lo golpeó de lleno. Fue tan intenso que sintió como si una ráfaga de aire fresco le hubiera rozado el rostro; el corazón se le entibió. Incluso las manos le hormiguearon por un instante, incapaz de apartar la mirada de aquella boca suavemente rosada.

Cuando su madre le pidió que aceptara entrevistarla, jamás imaginó algo así. Tras escuchar la explicación de su padre sobre la lesión, había supuesto que encontraría a una persona apática, de mirada perdida, quizá rígida o torcida hacia un lado.

Pero no.

Ninha Cardoso

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