FAZER LOGINEl tiempo se congeló. El aire abandonó el lugar. Los sonidos se detuvieron. Mi cuerpo se paralizó.
El teléfono vibraba. Leía y releía la respuesta, intentando convencerme de que todo debía ser mentira. No lo era. Mis dedos acariciaban la pantalla; el calor en las yemas me recordaba que no era un sueño. ***Oliver*** Mi imagen pública no es de tu incumbencia. No pidas exclusividad; no eres nadie para mí. ***Oliver*** Te lo repito, no me contactes a menos que alguien se haya muerto. Moví la mano impulsivamente. Uno de los vasos de cristal se rompió. Me agaché a recoger los pedazos. No quería llorar, pero era imposible. Irónico: mi primera pareja era este tipo. Alguien a quien le importaba poco mi vida. Había enfocado la mía en cuidar a mi hermana y a mi abuelo, mientras estudiaba y trabajaba en su tienda de antigüedades. Tras terminar de recoger cada pedazo, como mi corazón le respondía: ***Katherine*** No quiero tu exclusividad. ***Katherine*** Solo que me respetes como tu esposa. Aunque sea un simple contrato, sigo siendo tu esposa. Esperaba una respuesta. Una pelea. Algo… pero lo que recibí fue nada. Respiré de manera pesada, lista para desechar los cristales rotos. Uno, accidentalmente, me cortó, así que solo lo ignoré tras limpiarme la herida. Me dirigía al hospital donde se encontraban mi abuelo y mi hermana. Sus ojos, azules casi celeste, se posaron en los míos. Hubo una cansada sonrisa. —Hermana, viniste. —Claro que vendría. ¿Cómo te sientes? —Cansada, estoy un poco débil, pero el abuelo me contaba feliz sobre el milagro. Me senté a su lado en uno de los muebles de la habitación. —¿Milagro? —Sí, el abuelo dice que te casas con un hombre que te va a amar mucho y que él pagó todo —alzó la voz, un poco emocionada—. —Abuelo, ¿le dijiste eso? —Sí —se levantó con una sonrisa de orgullo—. Estoy feliz de que mi nieta tendrá un hombre que la quiere por como es, y eso es lo que mi hija desearía para ella. Una espada atravesó mi corazón al recordar a mis padres. Ellos también habían sido un matrimonio arreglado… pero la diferencia fue que se amaron profundamente desde que se vieron. Mi padre siempre respetó a mi madre, y mi madre adoraba a mi padre. Y yo… Solo estaba sufriendo en silencio. —Abuelo, apenas conozco a Oliver. —¿Oliver? —Leila dejó escapar en un tono adolescente—. Hasta su nombre suena como un príncipe. Hermana, qué romántico. ¿Y cómo es? ¿Es atractivo? —No… lo recuerdo —dejé escapar una leve mueca. Las miradas acusatorias de mi hermana y mi abuelo me dieron un ligero escalofrío, así que agregué: —Quiero decir… eso creo… nos vimos muy poco y dijo que debía quedarme aquí. —¿Aquí? Hermana, ¿no vivirás con tu esposo? —Claro que sí, hermana, es solo que él quiere que cuide de ti con mucho amor y me asegure de que vayas a la universidad. No pareció convencerlos, pero aceptaron. Las siguientes semanas fueron prácticamente lo mismo: visitar a mi hermana al hospital, viendo que poco a poco mejoraba, siempre cuidada por los mejores especialistas que se pudieran conseguir. Comencé a alternar entre la universidad y ayudar al abuelo en su tienda. Apenas dormía… pero la vida poco a poco era tranquila… Mi matrimonio parecía más una ilusión que una realidad. En ningún momento cruzamos palabras; solo llegaba su abogado un día con nuevas cláusulas para nuestro contrato: la primera, que debía quedarme viviendo estrictamente en su propiedad; la segunda, enfatizaba que ambas partes acordaban no intervenir ni inmiscuirse en la vida personal del otro… y él… seguía teniendo más fotos con Agatha. Sin quererlo, poco a poco me convertí en una esposa olvidada. Esa mañana, mientras me arreglaba para ir a la universidad, Luciana apareció desde el umbral de la cocina. —Señoría Katherine, ¿ya se va? —Sí, tengo clases hasta las cuatro. —Comprendo, señorita, el señor Chevalier ha solicitado su presencia en una gala benéfica a la que ha sido invitado. Él pide estrictamente que vaya y lo represente. Hubo un silencio letal entre nosotras. Alcé una ceja con detenimiento, dejando escapar una sórdida sonrisa. —¿Qué lo represente? —Así es, señorita Katherine. Él asistirá, así que su chofer la llevará directamente a la gala para encontrarse con él. Debe llegar exactamente a las siete. Una carcajada seca vibró en todo el lugar. —¿Es en serio? No solo ni se digna a decírmelo personalmente, ¡soy tan poca cosa para él que ni siquiera se digna a buscarme! Luciana no dijo nada, solo desvió la mirada unos segundos, incómoda. Sabía que no tenía más que hacer en su contra. Ese día todo pasó de manera estrepitosa. Las clases no me entraban. Mi abuelo me aseguró que estaría bien con Leila ese día. Y lo único en mi cabeza era que esa gala sería nuestra aparición pública después de una boda… que parecía inexistente. Al llegar a la casa, lo que me esperaba en la cama era un vestido color champán en estilo sirena, una joyería que gritaba elegancia y unos zapatos tan afilados que podrían romper corazones… Perfecto… Hermoso… Pero ni siquiera eso me alegró. Me cambié como si esto fuera parte de un disfraz donde yo era el payaso y, tras terminar, salí con mi chofer para llegar al lugar acordado. Llegaba al Museo Metropolitano de Arte Moderno. No me llevaron por la entrada principal, sino por una parte trasera. Como si fuera un pecado solo verme, me llevaron por un área donde nadie podía notarme. El lugar… brillaba. Sonrisas falsas. Trajes elegantes. Vestidos costosos. Obras con precios tan exorbitantes que parecían una broma de mal gusto. Mientras caminaba por el lugar, podía sentir miradas curiosas en mi espalda. Algunos se reían con ligereza, otros despertaban indiferentes. No me reconocían; era lógico, para muchos probablemente era una mujer que entró al evento. Tomaba una copa de champán de los meseros. Posaba mi mirada en una que otra obra con los precios debajo. Al parecer, esa noche iban a poner algunas en subasta y todo sería donado. Daba varios sorbos a mi copa, mirando el contenido… esta noche era un desastre, pues estaba aburrida… hasta que ocurrió. Todo mi cuerpo se erizó. El aire de la sala fue colonizado. Algunos exhalos de sorpresa y murmullos se tornaron un pequeño mar. Y como si algo magnético obligara a todos a mover la cabeza, mi cuerpo lo hizo. Él había llegado. Oliver Chevalier… Una presencia hipnótica. Sonrisa de catálogo. Entró como si el lugar le perteneciera. Traje oscuro. Mirada calculadora. Era atractivo, lo sabía, por eso caminaba con seguridad. Solo con su presencia dominaba todo. Caminaba por la sala buscando algo y, como si algo lo atrapara, su mirada se posó en mí. Dejé de respirar, él hizo lo mismo. No nos movimos; era como si alguien detuviera el tiempo con nosotros. Desde la distancia, parecía haber un olor que me atraía. Masculino, con un tono amaderado. Hubo una chispa que no supe reconocer. Tragué en seco, y esa visión de sueño se rompió de repente. —Oliver, espérame. Una voz femenina provocó que las miradas volcaran hacia la mujer. Caminó acelerada, estuvo a punto de “caerse”, por lo que utilizó a Oliver como soporte. —Lo siento, ya sabes que estos tacones me hacen resbalar —pronunció en un tono francés. Agatha Monroe. Alta. Sonrisa perfecta. Cabello rojo, ojos esmeralda. Ambos parecían hechos para una escena de película. Oliver cortó la mirada que había sostenido conmigo y miró a la mujer a su lado. —No pasa nada, puedes sostenerte de mí. Habían unos camarógrafos cercanos que comenzaron a tomar fotos. Los flashes explotaron, algo que provocó que los presentes los miraran con más curiosidad. —¡Oliver, aquí! ¡Agatha, Agatha! ¡Sonríe! Ellos mantuvieron una sonrisa sincronizada, como si hubieran practicado para eso. Era doloroso ver a Oliver con esa sonrisa. No era esa sonrisa fría que me regaló cuando nos tomaron una foto en la boda. No, era encantadora. Ella mantuvo su mano sobre su pecho mientras tomaban fotos. Preguntas iban y venían sobre el supuesto matrimonio de Oliver. Le preguntaban si Agatha era su esposa, por qué ella no tenía un anillo, a lo que él, con un tono frío, contestó: —Mi vida personal no es de entorno público. Agradecería si no me preguntan sobre mi esposa. Esto solo provocó más preguntas. Agatha reía con coquetería, esperando más preguntas. Su mirada se mantuvo en la cámara. Hacía gestos de cortesía para que dejaran de fotografiarlo. Oliver no me miró… No me buscó ni siquiera con la mirada… Parecía que quería ignorar mi presencia. Que si fuera por él, yo debía ser invisible. Dolería. Él quería que lo representara como su esposa, pero ahí estaba, alejado con otra mujer. Y desde el fondo de mi alma, no supe si todo esto que estaba aguantando valía la pena por lo que él pagó.POV Oliver Chevalier Muchos decían que la felicidad estaba en el dinero… ¿Para mí? Era mi familia. Acomodaba con calma mis gafas de sol, suficientes para poder ver a los pequeños. Emma construía un castillo de arena con Brandom y Brittany mientras Eliott intentaba nadar Aurora, la hija de Jeremy y Daniela, observaba a mi hijo desde la distancia. Un leve gimoteo infantil hizo que desviara los ojos. Pierre acomodaba a su pequeño de apenas seis meses para darle de comer. —Noah, este jugo te gustará. —Pierre lo acomodaba. —Intenta con el de sandía Katherine envió extra por los niños; además, es refrescante —sacaba la botella de plástico. —También puede ser que tenga hambre. —Anthony sacó las galletas de una de sus bolsas—. Mérida es muy prevenida y envió cosas extras. Los mellizos a veces cambian mucho. —Oh, tal vez sea que está muriendo. —Jeremy torció un poco la nariz haciendo una mueca. Pierre levantó a su pequeño dándole unas palmaditas y lo que recibió fue un gran
POV Leila LionheartHoy era el día en que tanto tiempo de espera daba sus frutos.Cuatro años siendo una de las estudiantes más destacadas. Mientras caminaba, los aplausos de mis compañeros me envolvían. Miré hacia arriba, sintiendo las miles de luces sobre mí. Apenas podía ver, pero aun así, sin distinguirlo entre el público, sonreí, pues mi corazón me gritaba que él estaba ahí.Me dirigí al podio tras ser presentada como la mejor estudiante, con el promedio más elevado de mi generación. Las luces me iluminaron y respiré profundo. Di un discurso de esperanza, fuerza, resiliencia y, sobre todo, esfuerzo. No solo en el ámbito de los estudios, sino también en el de la vida.La esperanza cuando los días parecen más oscuros.La fuerza que debes tener cuando parece que estás cayendo.La resiliencia para adaptarte cuando las cosas no salen como quieres…Y, sobre todo, el esfuerzo que debes hacer. A veces muchos nacen con una ventaja inevitable, pero con esfuerzo también pueden ser alcanzados
POV Katherine Chevalier—Oliver, yo puedo sola.—No puedes.Sin siquiera mirarme, tomó el ramo de flores que llevaba entre los brazos como si fuera la cosa más pesada del mundo y él debiera protegerernos.—Nuestro bebé merece que lo cuiden desde ahora... y tú también. Quiero que ni siquiera cargues una pluma, Katherine —su tono fue firme y con una preocupación latente.No pude evitar hacer una ligera mueca ante su exageración. Él respondió con una de esas sonrisas que seguían desarmándome incluso después de todo lo que habíamos vivido. Fue suficiente para que cualquier molestia que hubiera sentido desapareciera en un solo respiro.—Bueno, de acuerdo —suspiré con derrota.Aquel día era especial.Después de tantos meses de espera, por fin descubriríamos si nuestro pequeño era niño o niña. Oliver insistió en hacer una revelación de género y, para mi sorpresa, estaba incluso más emocionado que yo. Llevaba toda la mañana preguntando la hora cada cinco minutos, incapaz de ocultar los nervios
POV Daniela Washington Hoy sería el día más especial de mi vida… porque hoy haría algo ilegal. Iba a secuestrarlo. Pero primero lo primero. Emocionada, tocaba de manera agitada la puerta de la oficina de Oliver hasta que escuché un simple: —Pase. Al entrar, noté a Mérida que, a pesar de que su vientre aún estaba plano, se veía radiante. Ella y Oliver revisaban unos papeles cuando ambos levantaron la vista. —¿Sí? —Hoy vengo a pedir mis vacaciones —coloqué el formulario sobre la mesa con una sonrisa coqueta. Oliver parpadeó varias veces antes de bajar la vista al escritorio y volver a mirarme. —¿Vacaciones? —Sí, dos semanas. —Daniela, creo que se te pasó que debes pedirlas con anticipación —Mérida me reprendió con esa típica mirada de jefa. —Eh... no. Mira, prefiero pedirlas ahora porque nuestro lindo, caballeroso, vigoroso... —Daniela, no me adules —suspiró Oliver. —Bueno, nuestro jefe se irá por un tiempo cuando Katherine dé a luz al bebé, más o menos en dos meses y medi
POV Anthony Gray Había creado mi vida de una manera tan perfectamente cronometrada, que muchos antes me consideraban más un robot que una persona… hasta que ella me enseñó a vivir. Desesperado, frotaba mi mano caminando de un lado a otro. Oliver me de dio un leve golpe en el hombro con una sonrisa juguetona. —Ella ha tardado un poco —revisó su reloj—. Tal vez se escapó. Mi rostro debió ser demasiado bueno porque Jeremy dejó escapar una leve risa. Se encogió de hombros ladeando la cabeza. —Oliver, no lo asustes. Él tuvo suerte de que, después de tanto insistir, Mérida haya aceptado por fin casarse de verdad con él y no ser la prometida. Sí… Le había pedido casi todos los días casarnos, donde pensé que pasarían dos cosas… Dejaría mi apartamento y me entregaría mi anillo de compromiso, o se casaría conmigo. Por suerte, pasó lo segundo. Ella no quiso nada pomposo, nada que pareciera de película; solo un pequeño lugar con nuestras personas más allegadas. Escogimos el valle Hudson.
El sol mañanero se filtraba por la ventana cubriendo con ámbar la habitación.Decían que la felicidad no podía ser tan plena. Se equivocaban.Mi cuerpo dolía por la intensa noche anterior, pero no me importaba. Estaba con el amor de mi vida en la hermosa Bora Bora. Desde mi ventana podía ver la laguna de ese azul eléctrico que parecía falso, pero no lo era. El sol hacía que brillara aún más.Recostada, miraba el hermoso lugar. Ya teníamos casi cuatro semanas allí y regresaríamos pronto. Sabía que volveríamos a nuestra vida de trabajo, pero no me molestaba, pues lo que habíamos disfrutado esos días era más que suficiente.Relajada, sentí algo que me hizo saltar. Unas manos juguetonas se colaron por debajo de mis sábanas. Decidí fingir que dormía, pero una risa áspera y juguetona me dio a entender que lo sabía. Movió mi cuerpo colocándome boca arriba, donde abrió mis piernas.Sentí besos juguetones por mis muslos. Olfateaba. Me estremecía arqueando mi espalda.—Oliver, ¿acaso no te cansa







