INICIAR SESIÓNVael Zarkov tiene dos reglas fundamentales: Si el daño dolió, el pago va a quemar. Nada de lo que comienza queda inconcluso. Cuando una negligencia médica le arrebata a la única persona que jamás habría permitido perder, el hombre conocido como el Creador de Ejércitos convierte la venganza en una sentencia. Su búsqueda lo conduce hasta un grupo de investigadores extranjeros y, entre ellos, a un apellido que lleva años esperando encontrar: Roque. Avery Crown, una brillante bioquímica, solo pretendía construir una carrera junto a Jayden, el hombre con quien planea casarse. Pero un incidente le hace ver una realidad que ignoraba de su prometido, arrastrándola hacia un mundo donde las leyes no las dictan los gobiernos, sino las mafias. Las peores del mundo. El primer encuentro con Vael debería despertar miedo. Despierta...algo más. Él representa todo de lo que Avery debería huir, pero está destinada a siempre poseer. Ella es el único pensamiento capaz de romper la disciplina del hombre al que incluso los criminales llaman demonio. Entre secretos, ejércitos privados, lealtades imposibles y una atracción que amenaza con incendiarlo todo, ambos descubrirán que hay guerras que no se libran con armas. Algunas comienzan con una sola mirada.
Ver másVael Zarkov.
«—Huyó— dicen a mi espalda. Pero mis oídos no captan más cuando solo me dedico a abrazar el cuerpo de mi hermana sobre la camilla. Siguen informando que el mediocre médico no está registrado, y que sólo se unió al acondicionamiento experimental de manera temporal. Que pagó en efectivo y que sólo uno de ellos lo recuerda por rostro y alias. No por un nombre completo. No hablo, y en esta ocasión no es porque no pueda, sino porque mi mente repite que me he quedado sin la única persona que nunca hubiese deseado perder; mi única hermana. Las muertes en batalla son honorables y cómo eso se tomó la de mi padre. Las inevitables, cuando no hay cura también se acepta. Pero la burla que me la quitó…¡Esa no! Dejó sólo una parte de ella, la cual suelta el llanto, recordando su existencia. Todo por una estúpida mala praxis de un imbécil que huyó en cuanto supo que no podría arreglar lo que causó. Ni lo que dejó atrás». El recuerdo, como la sangre que derramé esta noche, ahora se diluye y la vida se extingue en mis manos, que cobran la muerte de mi hermana, mientras el nombre que se repite en mi cabeza no deja de oírse en eco. Porque ahora tengo uno. Sé cómo se llama quién no sólo pasó por encima de una de mis reglas; no ver, tocar o codiciar sangre Zarkov. Pero ya no necesito que el grupo respire para identificarlo. Tengo lo que necesito para ir por él. —Señor…—hipa el único testigo que hubo estos años. —Ya hice lo que quería —se ahoga con su propia saliva. —Lo traje con los amigos del estudiante. Le dije que eran ellos y…¡Por favor, no me asesine! Sus dientes ensangrentados salpican la nieve cuando cae de rodillas al ser empujado para que avance. Él no me interesa. Por ello, solo cumplo con mi función de cobrar la burla, la falla y el pecado. La cabeza rueda, el hacha se arrastra hasta la nieve en donde el color rojo es absorbido. Mi espalda gotea no solo mi sangre, sino la de todos los que cayeron esta madrugada, en mi búsqueda por encontrar el nombre de quien creyó que podría escapar de mi obsesiva m@ldición. «Una que une su putrefacción a mi castigo». Y ahora que lo tengo, solo sé que así como la estocada me dolió, a él le quemará. —Quiero que lo traigas —lanzo el hacha hacia Timur. Tendrá una cicatriz cruzando su ojo por la herida que ahora sangra. Pero ni eso lo detiene. Tomo aire y espero a que el dolor en mi paladar se calme para volver a hablar. —Confirma si es verdad que regresó —aprieto la lengua en el cielo de mi boca de nuevo. —Quiero ver la cara que todos estos años huyó de mí. —¿Quiere verlo? —Esa brigada médica militar no fue financiada en vano— establezco. La trenza cae por mi espalda cuando continúo mi regreso, goteando la sangre que escurre entre cada hebra a medida que camino, llamando con un ademán a Svarog. El presa canario deja caer lo que tiene en la boca para volver a mí. Los volki, mis soldados personales, aplastan los cráneos dejando la firma ante la obra que, por la mañana, puedo leer en los titulares más importantes de Rusia, mientras me sirven el desayuno. “Masacre de un grupo de científicos y militares” titulan. Aunque no es verdad. No eran todo eso. Ni sólo eso. Lo que ahora soy me da para saber que su manera de atacar no pertenece a la milicia. Por lo que el miserable que, a estas alturas debe estar enterado de lo que perdió, tampoco es solo lo que predica. Y eso me gusta más que tener a un chillón como presa. Tomsk es mi hogar dentro de Rusia. Uno, al que acceder es solamente con mi autorización desde que mi nombre fue grabado, no como un sello, sino como una condena. «Concreté una reunión con él». El mensaje de Timur llega para que el desayuno no tenga el mismo sabor. De él sólo he tenido un retrato dado por la miseria andante que debe estar en una fosa a éstas alturas. Debo verlo cara a cara. Porque quiero que eso le haga sentir que el éxito puede convertirse también en una de las mayores trampas. Dejo el celular sobre el periódico cuando escucho pasos provenientes del distribuidor. El roce del reloj acondicionado para la persona que lo porta, roza en ocasiones con el metal del pasamanos, hasta que puedo distinguir de soslayo su silueta en los primeros peldaños. Ark, mi sobrino, ahora con trece años, arrastra la silla en dos ocasiones, antes de la definitiva para sentarse en el lugar que le corresponde en la mesa. Sin verlo, corto un draniki, crujiente como suelo comerlo, llevándolo a la boca, en tanto él forma cuadros de los suyos. Se asegura de dejar el plato sin migaja alguna al deslizar la servilleta sobre la superficie lisa, para comenzar a comerlos. Los lentes oscuros se mantienen en su lugar, mientras su rostro tiene la dirección hacia la silla que debía estar ocupada por su madre; mi hermana. No un vacío estructural que hizo tambalear a la familia que queda. El silencio se hace cargo de nuestro desayuno. Él no ignora nada desde que su cerebro le permitió entender la condición de algunas personas. Aunque ahora ya puede ser controlado, a diferencia suya, yo no las comprendía cuando tenía su edad. —¿Traigo algo?— mi voz detiene el movimiento sobre su plato. Niega sin emitir sonido al respecto. —Aprendí algo nuevo sobre las plantas de frutos exóticos —me dice dejando el cubierto sin hacer ruido. Inclina ligeramente la cabeza cuando sabe que tiene mi atención, aunque no lo vea. —La mayoría de las personas creen que solo los animales perciben ciertos peligros —se apoya en la silla—, pero algunas plantas también desarrollan mecanismos para protegerse. Un niño cualquiera se habría aprendido solo el nombre de una fruta, pero Ark aprendió cómo funciona la defensa natural del elemento. La ceguera, debido a las condiciones de su nacimiento, nunca le quitó la curiosidad. Solo cambió la dirección de ella. Así como entramos, salimos; cada uno por su lado. Aunque, estoy consciente de que él no atravesará ningún sitio en donde no sienta seguridad propia. De la misma forma que él sabe que tengo que salir. Y no al mozg; el sitio de acondicionamiento humano donde me instalo días completos, cuando no estoy en casa. Excepto hoy que haré cumplir la base de nuestro linaje. La venganza. La creación del dolor por el daño. Roque. El apellido que ahora está en mi lista, ya que con una mala praxis quiso borrar su burla. No solo cometió la equivocación más grande de alguien con su especialidad, sino que intentó esconder lo que hizo por medio de un error médico. Firmó su m@ldición al haberlo hecho con un Zarkov. La buena memoria no está ahí para hacerte ver el funcionamiento óptimo que puede llegar a poseer, sino para recordarte que como tú recuerdas, otros también. La mafia tiene un código irrompible, el cual sólo entienden quienes tienen la mentalidad para soportarla. En ese camino, soy el mejor instruyendo y para eso fui creado, ya que la sangre ha sido mi marca. Impuesta en cada ejército que he creado; volki, centinela, voiny ada, cazador o cualquier otro grupo sanguinario que ha pasado por mis manos. Y ahora les toca a los Roque. Un apellido que entra en la devoción rusa a la que todo ser que la conozca le teme, porque en mi versión la vida se seca. Acepto las consecuencias de un acto sin goce de solución. No los que tenían medio de reparación y el encargado de encontrarla, optó por darle prioridad a una situación que podía esperar. El Doctor Roque no mató a mi hermana con sus manos. La condenó cuando tuvo una alternativa y encontró una solución. El mundo lo llama un prodigio. Yo solo conozco el nombre del hombre que dejó morir a una Zarkov.Vael Zarkov. Al acercarme noto las señales que su aspecto me ofrece y con la palidez de su rostro, la manera en que se aferra con las uñas a su pierna mientras la inconsciencia la hace murmurar, concluyo que su organismo ha entrado en una fase de rechazo térmico debido a la infección descontrolada en su rodilla lastimada. La cama no es más cómoda que una camilla de hospital, pero con mayores comodidades han muerto miles por fiebre más controlables que la suya.Las yemas de mis dedos reciben la temperatura de su piel cuando recorro su sien con dos de ellos. Ya no es calidez lo que encuentro, sino grados tan elevados que el aire helado de la barraca parece evaporarse a su alrededor, tiñéndole las facciones de un rojo encendido e insalubre. Sufre de forma evidente en mitad del letargo. Aprieta sus facciones, emitiendo sonidos bajos y lastimeros, los cuales se convierten en ruidos que atrapan toda la mano sobre sus pómulos, limpiando las gotas de sudor que le humedecen las hebras oscur
Vael Zarkov. No me molesto en traer una cama a este lugar, porque en pocas ocasiones lo uso para dormir. Me recuesto sobre el sofá de cuero negro del taller, doblando el brazo izquierdo bajo la nuca. Intento conciliar el sueño, pero el mecanismo de mi cerebro se encasquilla en la penumbra. Busco el vacío del descanso, tratando desesperadamente de que una melena oscura, húmeda y rebelde no me joda la concentración cada vez que cierro los párpados. Es ridículo; puedo ver la nitidez de su silueta proyectada contra el reverso de mis ojos, el rastro de la sangre en su boca y la vibración de su resistencia en el hormigón. El estímulo sigue activo en mi inventario biológico, por lo visto. Tan activo como para hacerme probar el enojo de nuevo al evocar su osadía en el subterráneo, aunque dentro de mis sueños, todo acaba de una manera más sangrienta, menos controlada y con más gritos de los que podría darme. Despierto rápido, exactamente a los ciento veinte minutos, antes de que la alarma d
Vael Zarkov. Hago girar el lápiz entre mis dedos, despacio, ejerciendo una presión de doscientos gramos sobre el papel. La celulosa cruje. Dejo caer un punto negro, denso y brillante de carbón. Parece la marca que deja una mira telescópica sobre la piel antes de que el percutor haga su trabajo.Porque ahí es donde toma la forma que busco. La tiene. La demuestra con sólo darle un vistazo al plano desmantelado que muestra el proceso que tuvo. Fases de descomposición y montaje.Nunca he tenido problemas con la creación de armas, porque en eso me especialicé desde que tenía la mitad de la edad de Arkady. Por eso no dudo de que la que acabo de terminar en el plano no va a darme ningún detalle que no pueda controlar.Las piezas ya las tengo todas. Aunque la última no era tan necesaria, y en cuanto la consideré decidí desecharla. Porque ninguna de las anteriores lo ha requerido. Sin embargo, al parecer se me metió en las fauces la idea de que debe llevarla, y ahora ya no la veo sin enroscar
Avery Crown. Ni siquiera puedo respirar, porque mis pulmones están apretados, mientras mi cuerpo tropieza, mi cerebro busca posibilidades y se llena de más horror. Miro hacia atrás por puro reflejo de terror, buscando la distancia que me separa de sus colmillos. Pero solo es un error fatal dentro de un laberinto que pretende lo mismo que el animal, porque descuido el frente durante una fracción de segundo. Mi cuerpo termina impactando de lleno contra una superficie sólida, rígida e inamovible como el blindaje de un tanque.El impacto me rebota hacia atrás, pero antes de que mis pies de plástico derretido toquen el suelo, unas manos enguantadas, de un agarre de hierro implacable, me sujetan por la cintura, frenando mi caída en seco. Me aferro por reflejo con el corazón lanzando estrepitosos latidos que me ensordecen peor que antes. El olor a tabaco de liar, pólvora y aceite de motor inunda mis sentidos, apagando el olor a azufre del subsuelo.Levanto la mirada con dificultad, parpad






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