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EL RETORNO

Autor: Nelpin
last update Fecha de publicación: 2026-06-21 22:00:33

**AMARA**

Cree firmemente que el concepto de distancia social, implementado de manera estricta y consistente, será el factor determinante que nos permitirá superar la crisis actual. Está convencido de que mantener una separación física adecuada entre las personas es la medida más efectiva para contener la propagación del virus y, en última instancia, salvaguardar la salud y el bienestar de la población en su conjunto.

—Eres tan aburrido. 

—Soy un guardaespaldas simplemente, no su juguete, señorita. 

—No te estoy pidiendo que seas mi juguete —respondí, cruzándose de brazos, mi voz sonando más a un desafío que a una queja—. Solo te pido un poco de… no sé… ¿Chispa? Llevamos dos días encerrados en este sitio y lo único que haces es seguirme como una sombra y mirar a la nada con esa cara de póker.

Él se mantuvo inmutable, sus ojos recorriendo el perímetro de la habitación, sus sentidos alertas a cualquier anomalía.

—Mi función es garantizar su seguridad, señorita. No entretenerla.

Yo solté un bufido, un mechón de cabello oscuro cayendo sobre mi frente.

—Mi seguridad está garantizada por los tres metros de muro que nos rodean, los guardias armados en cada esquina y el hecho de que mi padre es el hombre más poderoso del país. ¿De verdad crees que alguien se atrevería a acercarse?

—Las amenazas pueden venir de cualquier parte —dijo él con voz monótona, sin siquiera mirarme.

—¡Oh, por favor! —exclamé, exasperada—. Eres joven, supongo que guapo y debajo de ese traje aburrido y esa actitud de “soy un robot”. ¿No tienes ni una pizca de curiosidad por la vida? ¿Por algo más que ser una sombra?

Finalmente, sus ojos se encontraron con los míos. Eran de un color indescifrable, una mezcla de gris y azul que le recordó al cielo antes de una tormenta.

—Mi curiosidad, señorita, está en asegurar que usted llegue sana y salva a su destino. Es lo único que me importa.

Ella lo miró fijamente, buscando alguna fisura en su armadura, alguna señal de que él no era tan impenetrable como quería aparentar. No encontró nada. Solo una determinación fría y una lealtad inquebrantable. Soltó un suspiro, dándose por vencida por el momento.

—Bien —dije, con un tono más suave—. Si tu única misión en la vida es ser un aburrido, entonces sé el guardaespaldas más aburrido del mundo. Pero no esperes que yo disfrute de tu compañía.

El viaje de regreso en el asiento trasero del vehículo blindado fue un suplicio de silencio y miradas prohibidas a través del espejo retrovisor. Magnus conducía con una concentración letal, con sus manos de gigante aferradas al volante de cuero con tanta fuerza que sus nudillos permanecían blancos. Yo observaba el paisaje escocés difuminarse a través de los cristales ahumados, sintiendo el roce del suéter de cachemira contra mis pezones hipersensibles, un recordatorio constante de la fricción de su cuerpo contra el mío en la cocina. Él intentaba levantar sus muros de nuevo, pero yo ya había aprendido a dinamitarlos.

Cuando el coche cruzó las enormes rejas de hierro de la mansión familiar en el distrito más exclusivo de Edimburgo, la burbuja se rompió. El hogar de los Sterling era un palacio de piedra gris, una fortaleza de hipocresía y opulencia que de pronto me pareció una cárcel aburrida.

Varios hombres del equipo de seguridad privada de mi padre rodearon el vehículo de inmediato. Magnus bajó primero, recuperando esa postura erguida e imponente, su rostro transformado otra vez en la máscara de granito que tanto odiaba y amaba. Abrió mi portezuela con una formalidad asquerosa, ofreciéndome la mano enguantada.

Alcé la vista hacia él, dedicándole una sonrisa cargada de veneno y promesa. Deslicé mi palma descalza sobre su guante de cuero negro, apretando deliberadamente mis dedos contra los suyos, transmitiéndole todo el calor que aún guardaba de su toque rústico. Él no parpadeó, pero el músculo de su mandíbula se tensó visiblemente.

—Bienvenida a casa, señorita —dijo su voz, formal, vacía, un mero eco de profesionalismo. Era una mentira perfecta, cuidadosamente construida para cualquier oído indiscreto que pudiera estar a la escucha, una fachada impecable para la audiencia invisible que siempre nos rodeaba.

—Gracias, señor Vance. Su servicio ha sido verdaderamente… inolvidable —respondí, permitiendo que un leve matiz de sarcasmo tiñera la última palabra. Deslicé mi cuerpo fuera del lujoso vehículo con la elegancia innata y calculada de una heredera que comprende a la perfección su lugar en el mundo, que sabe, sin atisbo de duda, que es el centro innegable de su propio universo, y de muchos otros, si me lo permitieran. Mis movimientos eran gráciles, cada gesto una declaración silenciosa de mi estatus y mi inquebrantable confianza.

Caminamos hacia el interior de la residencia. En el gran salón, mi padre nos esperaba de pie junto a la chimenea, sosteniendo un vaso de cristal con whisky prémium. Su mirada calculadora nos barrió a ambos, buscando cualquier anomalía, cualquier indicio de que su preciosa inversión hubiera sido profanada por el hombre que contrató para vigilarla.

—Amara —su tono fue una advertencia velada—. Me alegra ver que el aislamiento en la cabaña te ha devuelto un poco la cordura. Vance dice que no causaste problemas.

—El señor Vance es un alcaide excelente, papá —dije, dándome la vuelta lentamente para quedar de espaldas a mi padre y de frente a Magnus, quien permanecía firme junto a la puerta—. Sabe exactamente cuándo usar la fuerza y cuándo mantener los límites. Ha sido una experiencia muy… educativa.

Magnus sostuvo mi mirada con unos ojos grises que prometían violencia si seguía tirando de la cuerda. Sabía que estaba jugando con su vida, pero la adrenalina de ver al gigante de mi padre temblando bajo su armadura era una droga de la que no pensaba rehabilitarme.

—Retírate, Vance —ordenó mi padre con un desdén casual—. Mañana evaluaremos el nuevo despliegue en los eventos de la firma. Puedes ir a los barracones del ala oeste.

—Entendido, señor. —Magnus hizo una breve inclinación de cabeza, estrictamente profesional, y se giró para salir.

“Disfruta de tu noche de paz, soldado”, pensé mientras lo veía alejarse, el ancho de sus hombros llenando el pasillo. “Porque en esta casa, las reglas las dicto yo. Y esta noche voy a visitarte a tu celda”.

Un estremecimiento de pura anticipación me recorrió la espina dorsal. La caza apenas estaba comenzando.

La puerta se cerró con un suave clic, y el silencio de la mansión pareció volverse más denso, cargado con mi propia excitación. Mi padre, ajeno a la tormenta que se gestaba en mi interior, se recostó en su sillón, el fuego crepitando plácidamente en la chimenea. Mi mente, sin embargo, ya estaba muy lejos de la calidez del hogar. Estaba en los barracones del ala oeste, visualizando el estrecho camastro, la austera celda que pronto se convertiría en mi coto de caza personal.

Me levanté con una lentitud premeditada, cada movimiento un paso más cerca de mi objetivo. “Necesito un poco de aire fresco, padre”, dije, mi voz sonando extrañamente tranquila, incluso para mí. Él asintió, absorto en sus papeles, y yo salí al frío de la noche, mi corazón latiendo un ritmo marcial. La luna llena iluminaba el camino hacia los barracones, proyectando sombras largas y danzarinas que parecían susurrar promesas de lo prohibido. La adrenalina se disparaba, un dulce veneno que me recorría las venas. Vance creía que había escapado a mi control, pero esta noche le demostraría que mis cadenas eran invisibles, forjadas con deseo y una voluntad inquebrantable. Y cuando lo encontrara, no habría escapatoria.

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