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GRIETAS ABIERTAS

Autor: Nelpin
last update Data de publicação: 2026-06-21 21:52:55

**MAGNUS**

—¿Destruirte? —repetí, y la palabra supo a pólvora y pecado en mi boca—. No tienes la menor idea de lo que estás pidiendo, Amara.

La lluvia matutina golpeaba los cristales con una cadencia monótona, pero entre nosotros el aire estaba a punto de estallar. No la solté. Al contrario, mis dedos se cerraron un poco más alrededor de su muñeca, sintiendo el latido desbocado de su pulso atrapado bajo mi pulgar. Estaba tan cerca que podía ver el reflejo de mi propia mirada hostil en sus pupilas dilatadas. Su fragancia, una mezcla embriagadora de jazmín y el aroma limpio de la cachemira, se me metía por la nariz, saboteando cada uno de mis jodidos intentos de recordar quién era yo y quién era ella.

“Suéltala. Da un paso atrás. Sé el profesional que te salvó de morir en el fango”.

Pero mi cuerpo se negó a obedecer. Había una fuerza gravitacional, oscura y primitiva, que me empujaba hacia ella. Su boca, esa maldita boca hinchada que yo mismo había devorado hacía unas horas, se entreabrió con un jadeo sutil. Vi cómo sus ojos felinos descendían hacia mis labios con una fijeza que me heló la sangre y, al mismo tiempo, encendió una chispa salvaje en mis entrañas. Ella no me temía; se alimentaba de mi furia.

—Pruébame —desafió ella en un susurro apenas audible, pero que resonó como un cañonazo en el silencio de la cocina—. Demuéstrame que tu disciplina es más fuerte que las ganas que tienes de arrojarme otra vez sobre esa mesa.

Un juramento sordo escapó de mi garganta.

La solté de la muñeca solo para rodear su cintura con el brazo libre, atrayéndola de golpe contra mi pecho. El impacto de sus curvas contra mi uniforme fue tan sólido que me arrancó un gemido gruñido. Con la otra mano, le apresé la mandíbula con firmeza, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo la blanca línea de su cuello donde aún se adivinaban los estragos de la madrugada.

—Eres un demonio caprichoso —siseé, rozando mis labios contra su oreja, sintiendo cómo se estremecía entera—. Quieres que me convierta en el monstruo que tu padre cree que soy. Quieres que te rompa para tener una excusa y sentirte viva.

—Sí —gimió ella, clavando sus dedos con saña en los músculos de mis antebrazos, buscando apoyo mientras sus piernas flaqueaban—. Rompe el hielo, guapo. Ya es tarde para volver a ser un santo.

No hubo espacio para la cordura. Estampé mi boca contra la suya con una violencia contenida que rozaba lo criminal. No fue un beso; fue un reclamo carnal, rústico, un castigo por su insolencia y una rendición absoluta a mi propia debilidad. Mis labios devoraron los suyos con urgencia, saboreando el café dulce que aún quedaba en ellos, mientras mi lengua invadía su territorio con la agresividad de un soldado que toma una posición enemiga.

Amara soltó un jadeo ahogado dentro de mi boca, un sonido agudo y necesitado que terminó por demoler mi cordura. Sus brazos se deslizaron alrededor de mi cuello, sus dedos enredándose con desespero en mi cabello corto, tirando de mí para sumergirse más en la vorágine. Su cuerpo se arqueó, buscando fundirse con el mío a través de las capas de ropa, pegando su vientre a mi pelvis con una indecencia que me hizo endurecer al instante.

La arrastré hacia atrás sin romper el beso, mis botas pesadas contra el suelo rústico, hasta que su espalda chocó con un golpe seco contra la pared de piedra de la cocina. El frío de la roca contrastó de golpe con el calor abrasador que emanaba de nuestras pieles. Metí una de mis rodillas entre sus muslos, forzando la apertura de sus piernas a través de la tela de su pantalón, ganando un acceso que me hizo rugir de frustración pura por las barreras que aún nos separaban.

“Tómala justo aquí, en este preciso momento y lugar. Deja de lado completamente el informe que te ha estado preocupando, bórralo de tu mente por un instante. Olvida también al viejo, a esa figura que te causa inquietud o a cualquier autoridad que pese sobre ti. Y, por un breve lapso, desconéctate del mundo entero, de todas sus demandas y problemas. Permítete un respiro, una pausa profunda de todo aquello que te agobia y distrae”.

Mis manos descendieron a sus caderas, apretando el tejido de cachemira, levantándola ligeramente para que sintiera la longitud rígida de mi deseo golpeando contra su intimidad protegida. Amara echó la cabeza hacia atrás contra la piedra, sus ojos entreabiertos y vidriosos por la lujuria, sus labios húmedos y encendidos emitiendo respiraciones cortas y erráticas. Sus mejillas estaban teñidas de un rosa encendido, la viva estampa de la rendición visceral.

—Magnus… —pronunció mi nombre como una súplica, una orden, una blasfemia que me arrastraba directo al infierno.

Me detuve, apoyando la frente contra la suya, mi pecho subiendo y bajando de forma violenta, el aire faltándome en los pulmones. El olor a sexo, a sudor y a obsesión flotaba de nuevo entre nosotros, espeso como la niebla exterior. La miré, viendo las marcas que mis dedos acababan de añadir a su cuello alto, y sentí una oleada de posesividad tan brutal que me asustó.

La solté despacio, dando un paso atrás, obligándome a respirar el aire gélido de la estancia para enfriar la sangre que me hervía en las venas. Mis manos seguían temblando de pura necesidad contenida.

—Vístete bien —le ordené, mi voz saliendo rota, un hilo áspero que apenas reconocí—. El todoterreno de la corporación viene en camino. Nos movemos a Edimburgo en una hora. Y allí habrá ojos por todas partes.

Giré sobre mis talones sin esperar su respuesta, limpiándome la boca con el dorso de la mano, odiando cada segundo de mi falta de control.

El cristal tintado del vehículo reflejaba mi propio semblante crispado. Edimburgo. Un nido de víboras. No me fiaba de nadie, y mucho menos de la cúpula corporativa que ahora nos “protegía”. Sabía que este movimiento era una trampa, una forma elegante de tenerme vigilada, de asegurarse de que mi “falta de control” no se repitiera. A mi lado, ella permanecía en silencio, la mirada fija en el paisaje que se desdibujaba. Demasiado tranquila. Eso me inquietaba aún más que sus reproches. En esta partida, todos éramos peones, pero yo me negaba a ser sacrificada sin antes derribar unas cuantas piezas.

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