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LA PASION CARNAL

Autor: Nelpin
last update Fecha de publicación: 2026-06-21 21:36:02

**AMARA**

El castigo de mi padre había sido el aislamiento absoluto, pero para mí era el paraíso. La tormenta rugía con fuerza en el exterior, azotando los ventanales de la cabaña de piedra fortificada en las afueras de Edimburgo. Los bosques brumosos de Escocia nos rodeaban, devorando cualquier rastro de civilización. Estábamos completamente solos. Nadie a kilómetros a la redonda. Solo él y yo. ¡¡Qué castigo tan maravilloso después de mi escapada!!

Eran las tres de la madrugada. Incapaz de conciliar el sueño, bajé las escaleras de madera crujiente descalza, vistiendo únicamente una camisola de seda blanca que apenas me cubría los muslos. El aire de la planta baja era frío, pero la cocina estaba iluminada por el resplandor mortecino de la chimenea.

Magnus estaba sentado a la mesa rústica. Iba sin camisa, vistiendo solo unos pantalones oscuros. Su espalda era un mapa de cicatrices de guerra, músculos poderosos que se tensaban mientras limpiaba con parsimonia las piezas de su arma reglamentaria sobre un paño negro. El olor a aceite de armas y madera quemada llenaba el espacio. Era una estampa de masculinidad cruda que me aceleró el pulso de inmediato.

—Deberías estar durmiendo, Amara —dijo sin levantar la vista, el sonido metálico de la recámara de la pistola encajando en su sitio cortando el silencio.

—No tengo sueño —contesté, acercándome a la mesa con pasos felinos. El frío del suelo me subía por las piernas, pero por dentro me consumía una hoguera—. Y odio que me des órdenes.

—Soy tu guardaespaldas. Mi trabajo es mantenerte a salvo.

—No quiero tu protección, Magnus. —Me detuve justo frente a él, apoyando los muslos contra el borde de la mesa de madera rústica, obligándolo a levantar la vista. La seda de mi camisola se estiró, dejando muy poco a la imaginación—. Te quiero a ti. Y sé que tú me deseas tanto que te está carcomiendo las entrañas.

Magnus detuvo sus movimientos. Dejó el arma sobre la mesa con una lentitud espeluznante. Sus ojos grises se clavaron en los míos, cargados de una tormenta de autodesprecio, rabia y una lascivia tan densa que casi se podía tocar. Se puso en pie, su imponente altura ensombreciéndome, el calor que desprendía su piel desnuda combatiendo el frío de la estancia.

—No sabes lo que dices —su voz era un susurro ronco y peligroso—. Eres la hija del hombre que posee la mitad de este país, encarnas el derecho y el privilegio, eres todo lo que desprecio.

—Entonces tómame por venganza —provocé, dando un paso adelante, pegando mi vientre a sus pantalones, sintiendo la dureza involuntaria de su cuerpo que desmentía sus palabras—. Tómame para castigarme, Magnus. Pero hazlo ya.

La última línea de su disciplina militar saltó en pedazos.

Con un gruñido gutural, Magnus me tomó de la cintura con sus manos colosales y me alzó en el aire como si no pesara nada, sentándome de golpe sobre la mesa de madera. Las piezas del arma salieron volando, tintineando contra el suelo. Mis piernas se abrieron instintivamente, enredándose alrededor de sus caderas anchas mientras él se metía entre mis muslos, acorralándome con su peso.

—Tú lo has querido, maldita sea —jadeó contra mi cuello, su boca descendiendo como un animal hambriento sobre mi piel.

Sus labios eran calientes, rudos, devorando la línea de mi clavícula mientras sus manos subían por mis muslos, desgarrando la seda de la camisola sin la menor pizca de delicadeza. El contraste de sus palmas callosas contra la hipersensibilidad de mi piel me hizo soltar un gemido agudo que la tormenta exterior ahogó. Magnus me sujetó la nuca con una mano, forzándome a mirarlo; sus ojos estaban inyectados en sangre, una mezcla de furia carnal y entrega absoluta.

—Voy a arruinarte para cualquier otro hombre, Amara —prometió con voz ronca, una promesa que vibró en el aire denso de nuestro encuentro. Sus dedos, fuertes y decididos, se enterraron en mi cadera, una presión que me anclaba a su presente, a su deseo. Podía sentir ya las marcas que dejarían, un mapa de su posesión, y sabía que mañana serían benditas cicatrices, testimonios silenciosos de nuestra locura compartida, de la pasión que nos consumía sin piedad. Cada tacto era una confirmación, un juramento tácito de que, después de él, nadie más podría tocarme el alma de la misma manera.

—Hazlo —supliqué, con la voz apenas un susurro que se mezclaba con el latido frenético de mi corazón.

Mi cuerpo se arqueó instintivamente hacia él, buscando su cercanía, su fuego. Mis uñas se clavaron con fuerza en los hombros musculosos de su espalda, una necesidad incontrolable de sentirlo, de aferrarme a la intensidad de este momento. Buscaba desesperadamente el alivio a la obsesión que me quemaba por dentro, un fuego que solo él podía avivar y, paradójicamente, apaciguar. Quería que me marcara, que me poseyera por completo, que me hundiera en esta vorágine de sensaciones hasta que no hubiera vuelta atrás.

Cuando nuestras pieles se unieron por fin, el dolor y el placer se fundieron en un estallido visceral. Magnus se movió con una urgencia salvaje, perdiendo por completo el control, su cuerpo rústico chocando contra el mío en un ritmo frenético, primitivo. La mesa crujía bajo nuestro peso, las sombras de la chimenea bailaban en las paredes y la habitación se llenó de jadeos ahogados, del roce ardiente de la piel sudorosa y de una pasión tan destructiva como hermosa. Él me reclamaba con la rabia de quien odia amar lo que tiene prohibido, y yo me entregaba con la devoción ciega de quien ha encontrado, por fin, a su dueño legítimo. En mitad de esa tormenta escocesa, el mundo exterior dejó de existir; solo quedaba la cruda y elegante agonía de nuestra mutua perdición.

El fuego crepitante de la chimenea no era nada comparado con el infierno que ardía entre nosotros. Cada embestida de Magnus era una descarga eléctrica que recorría mi cuerpo, uniendo nuestras almas en un pacto silente de anhelo y desesperación. Sus manos, antes firmes y controladas, ahora se aferraban a mi cintura con una fuerza casi posesiva, arrastrándome más y más profundo en el abismo de su pasión. Gemía su nombre, o quizás era el mío, no podía distinguirlo, mientras mis uñas se clavaban en su espalda, trazando senderos invisibles de deseo y sumisión. 

Éramos dos fuerzas de la naturaleza colisionando, dos amantes prohibidos entregados a la dulce tortura de un amor que desafiaba toda razón. En ese instante, bajo el manto de la noche escocesa, no éramos más que cuerpos entrelazados, almas desnudas danzando al compás de un deseo ancestral, un eco de susurros y suspiros perdidos en el tiempo, sellando nuestro destino en la ardiente fragua de la perdición mutua.

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