INICIAR SESIÓN**MAGNUS**
“Maldita mocosa insoportable”.
El sudor me corría por la nuca mientras permanecía de pie en la penumbra del Obsidian, el club nocturno más exclusivo y decadente de la ciudad. El aire estaba saturado de humo de vapeador, alcohol caro y el pulso ensordecedor de los bajos que hacían vibrar el hormigón bajo mis botas. Mis ojos, entrenados para detectar la amenaza antes de que se materializara, no se habían apartado de ella en toda la noche. Amara. Era un faro de problemas bajo las luces de neón carmín.
Se había escapado por la ventana de su habitación solo para demostrarme que podía hacerlo. Como si burlar las malditas cámaras de su padre fuera un logro. Pero yo la había seguido. Siempre la seguiría, no por el fajo de billetes que su progenitor me pagaba, sino porque el mero pensamiento de que alguien la tocara me despertaba un instinto animal que me costaba domar.
Allí estaba, en el centro de la pista, moviéndose como una pecadora entregada al ritmo. Llevaba un vestido de seda plateada que parecía flotar sobre su piel, apenas un suspiro de tela que se ceñía a sus curvas con una indecencia criminal. Cada uno de sus giros era una provocación directa hacia donde yo estaba, oculto entre las sombras de las columnas VIP. Sabía que la miraba. Su mirada obsesiva me buscaba entre la multitud, desafiante, burlona.
Entonces, el imbécil de turno entró en escena.
Un tipo de traje italiano y sonrisa engreída se le acercó por la espalda. Amara, en lugar de apartarse como dictaría el sentido común, le regaló una sonrisa radiante, arqueando la espalda y permitiendo que el desconocido le colocara una mano en la cadera. Sentí una descarga de adrenalina pura y helada recorrerme la espina dorsal. Mis puños se cerraron con tanta fuerza que las cicatrices de mis nudillos se blanquearon. “Está jugando conmigo”, me dije, intentando respirar con calma. “Quiere ver hasta dónde aguanto”.
Pero el tipo se confió. Vi cómo sus dedos descendían más de la cuenta, apretando la carne de Amara con una posesividad vulgar. Ella se tensó, el juego en sus ojos se apagó de golpe y trató de apartarse, pero el infeliz la sujetó del brazo, arrastrándola hacia la penumbra del pasillo que conducía a los baños, creyéndose el rey del lugar.
El control que tanto me había costado construir en el ejército se evaporó en un nanosegundo.
Crucé la pista de baile como un espectro de demolición. La gente se apartaba a mi paso, intuyendo la violencia que emanaba de mí. Cuando entré al pasillo oscuro, el tipo tenía a Amara arrinconada contra la pared, con el rostro demasiado cerca del suyo. Ella intentaba empujarlo, el pánico cruzando sus facciones perfectas por primera vez.
Sin dudar, lo giré bruscamente por el hombro de su costoso saco. Mi puño impactó en su rostro con un crujido seco y satisfactorio, lanzándolo al suelo. Antes de que pudiera reaccionar, lo levanté por la camisa y le propiné una brutal patada en el estómago, dejándolo sin aliento y retorciéndose.
—Si la vuelves a mirar, no vas a volver a caminar —le siseé, mi voz saliendo desde lo más profundo de mi pecho, un gruñido salvaje que asustaría al mismísimo demonio.
Giré la cabeza hacia Amara. Estaba pálida, con la respiración entrecortada, pero en sus ojos no había miedo hacia mí; había una fascinación ardiente, una devoción enferma que me encendió las entrañas. La tomé del brazo con brusquedad, arrastrándola lejos del alboroto, subiendo las escaleras de servicio hacia el reservado VIP privado que había confiscado a la fuerza minutos antes.
Abrí la puerta de una patada y la empujé dentro, cerrando el cerrojo tras de nosotros.
Las luces rojas del reservado nos tiñeron de una atmósfera clandestina y asfixiante. La arrinconé contra la pared de terciopelo, atrapándola entre mis brazos, pegando mi pecho al suyo. Estaba furioso. Furioso con ella por su imprudencia, furioso conmigo mismo por el deseo salvaje, primitivo y obsceno que me quemaba las venas cada vez que la tenía cerca.
—¿Estás demente? —le rugí, nuestras respiraciones mezclándose en el aire pesado—. ¿Crees que esto es un maldito juego? Pude haberlo matado, Amara. Me importa un demonio tu dinero y tu estatus, pero no voy a dejar que te destruyas solo para llamar mi atención.
Ella no mostró señal alguna de retirada. De hecho, hizo exactamente lo opuesto a lo que uno podría esperar. En lugar de dar un paso atrás, o incluso de mantener su distancia, pegó su cuerpo aún más firmemente contra el mío, en una cercanía que era casi asfixiante, pero al mismo tiempo extrañamente embriagadora. Sus pechos, suaves y cálidos, subían y bajaban rítmicamente contra mi propio pecho, un recordatorio constante de su respiración acelerada y, quizás, de su propio nerviosismo o excitación. Sus ojos, profundos y oscuros, se mantuvieron fijos, casi imperturbablemente anclados en mi boca, con una intensidad y una fijeza que rozaban lo desquiciado, revelando una determinación que me dejó sin aliento y sin palabras, anticipando cada movimiento o sonido que pudiera surgir de mis labios.
—Pues mátalo —susurró ella, su voz temblando de pura excitación, su mano subiendo por mi cuello hasta enredar los dedos en mi cabello—. Haz lo que quieras, Magnus. Pero mírame así siempre. No me importa el peligro… si el peligro eres tú.
El aroma de su perfume combinado con la adrenalina de la pelea me nubló el juicio. Dios me ayude, porque estuve a un milímetro de devorarle la boca allí mismo.
En la noche, las farolas de la calle arrojaban sombras danzantes sobre su rostro, iluminando sus ojos con un brillo febril. Magnus, el nombre que susurró, resonaba en el eco de mi mente, un tamborileo que acompasaba el pulso acelerado de mi sangre. Su aliento, una mezcla embriagadora de menta y deseo, rozaba mis labios. Mis dedos se tensaron en su cintura, atrayéndola aún más, la tela fina de su vestido como una segunda piel entre nosotros. El “peligro” que tanto anhelaba, lo olía en el aire, lo sentía en la electricidad que crepitaba entre nuestros cuerpos.
Sabía que lo que hacía estaba mal, que las consecuencias podrían ser catastróficas, pero en ese instante, bajo el manto de la noche, las normas se desdibujaron, y solo existía ella. Solo existía la promesa de ese abismo al que me arrastraba con cada caricia, con cada palabra. Me incliné, mi mirada fija en la suya, y el mundo se redujo a la distancia entre nuestros labios. El sabor de su boca era todo lo que importaba.
**AMARA**Las luces frías del quirófano me encandilaban la vista, pero la silueta colosal del gigante a mi costado cubría la mitad del mundo. La marea de contracciones me desgarraba las caderas en olas rabiosas, continuas, quemándome las entrañas con una violencia que jamás creí experimentar.—¡Una vez más, señorita Sterling! —ordenó la doctora Charlotte al pie de la camilla, la voz firme entre el pitido acelerado de los monitores.Apreté los dientes con una saña feroz, clavándole las uñas en la muñeca a Magnus con tanta rabia que sentí su piel ceder bajo mis dedos. Arqueé la espalda, soltando un grito ahogado, desgarrador, que retumbó en las paredes de cristal del hospital.—¡Eso es, mocosa, sáquelo de una vez! —me rugió Magnus a un milímetro del oído, la voz rota por un dolor compartido, apretándome el rostro con su mano gigantesca para obligarme a mirarlo—. ¡Míreme a mí, Amara! ¡Míreme a los ojos y no se me rinda ahora!—¡Le estoy dando un imperio a tu sangre, salvaje! —jadeé entre
**AMARA**"Estar condenada al reposo absoluto en la suite principal de Surrey bajo la guardia de un salvaje de Glasgow es la tortura más dulce y sofocante que me ha tocado vivir".Llevaba tres días encerrada entre las sábanas de seda negra. El médico había sido drástico y Magnus había llevado la orden al límite militar: nada de llamadas, nada de documentos de la bolsa y, sobre todo, nada de caminatas por la casona. El gigante había trasladado su despacho improvisado directamente a la esquina de la habitación, donde trabajaba en silencio desde una pequeña mesa de caoba para no perderme de vista ni un solo segundo.Me acomodé sobre las almohadas, sintiendo el peso maduro y firme de mi vientre bajo la bata de seda roja. La luz dorada del atardecer se filtraba entre los ventanales de Surrey, pintando el ambiente de una alta tensión íntima que me estaba carcomiendo la paciencia.—Magnus… —Ronroneé con una picardía insaciable, estirando una pierna desnuda por fuera de las cobijas para llama
**MAGNUS**"Ver a los leguleyos de Mayfair intentar congelar el futuro de mi hijo en un pedazo de papel es la excusa perfecta para enseñarles cómo se resuelven los negocios en los muelles".Irrumpí en la sede del banco matriz en el distrito financiero de Londres a las diez y media. Donny y cuatro de mis muchachos de Glasgow me cubrían las espaldas, abriendo paso entre los ejecutivos de corbata fina que se apartaban aterrorizados al ver mi envergadura colosal avanzar por el vestíbulo de mármol.Entré a la oficina del auditor general sin tocar la puerta. El tipo, un sujeto de anteojos y traje impecable, casi se ahoga con su café al verme aparecer como una pared de granito gris.—Señor Vance… esto es una reunión privada del consejo —balbuceó el auditor, intentando cubrir los folios sobre su escritorio.Me acerqué a pasos salvajes, apoyé ambas manos sobre la madera importada y me incliné sobre su cara, reduciendo la fijeza gris de mis ojos a dos esquirlas de puro acero asesino.—Tiene tre
**AMARA**"Creen que pueden acorralarme con lentes y preguntas estúpidas desde la calle. No entienden que el circo de Mayfair lo dirijo yo desde mi balcón".El murmullo distante de los motores y los destellos lejanos de los flashes rompieron mi descanso a las siete de la mañana. Me incorporé despacio sobre la cama de plumas de la suite principal, ajustándome el camisón de seda crema que apenas lograba cubrir la curva firme y prominente de mi abdomen.Giré la cabeza y noté que el lado de Magnus en la cama ya estaba frío. El salvaje llevaba horas despierto, renegando con Donny y pretendiendo mantenernos a salvo en una jaula de cristal.Sonreí con una picardía insaciable. A mí nadie me mantenía encerrada en mi propio castillo.Me puse encima una bata corta de seda negra, dejando el cinturón ligeramente suelto para que la silueta de mi embarazo fuera absolutamente innegable. Descalza y con el cabello cayéndome en ondas desordenadas sobre los hombros, bajé la escalinata principal con pasos
**MAGNUS**"Pensar por cinco segundos en complacer a la panda de estirados de Mayfair vestidito de novio fue el mayor bajón de tensión de toda mi vida".La invitación en papel de hilo grabado en oro descansaba sobre la mesa provisional del comedor. Una tarjeta de la alta sociedad británica para la gala anual en la galería Tate, donde el tema central en boca de todos los chismosos de Londres era si el salvaje de Glasgow y la rebelde de Mayfair iban a anunciar su boda para taparle la boca al registro civil.Me quedé mirándola con la taza de café cargado entre las manos, masticando el asunto con la rabia de quien sabe que un anillo resolvería los titulares de la prensa de un solo plumazo.Amara bajó a la terraza descalza, envuelta en una bata de seda roja que le marcaba el contorno curvo del vientre. Se acercó por detrás, tomó la tarjeta entre sus dedos perfectos y soltó una carcajada limpia, afilada como un bisturí, que me retumbó en las costillas.—¿De verdad estás pensando en ponerte
**AMARA**Entramos a la oficina principal a pasos firmes. El abogado de la familia ya tenía los documentos extendidos sobre la mesa de caoba. Los papeles del registro civil, el desistimiento de la demanda de tutela y la cesión definitiva de la residencia de Mayfair a favor de la cuenta matriz del bebé estaban listos para la firma.Magnus se instaló detrás de mí como una pared de granito, cruzado de brazos y con la sombra gigante llenando la habitación.—Firme de una vez, viejo —mascó el gigante en un trueno cavernoso, tosco como la lija—. Tengo a mi mujer de pie hace media hora y no voy a aguantarme sus antojos por culpa de sus berrinches legales.Alistair agarró la pluma con los dedos temblorosos. Sabía que no tenía salida. Las cuentas bancarias en Fráncfort estaban congeladas y la orden de embargo sobre su mansión ejecutada. Firmó cada hoja con una furia impotente, tirando la pluma sobre la mesa al terminar.—Te vas a arrepentir de esto, Amara —amenazó el viejo, mirándome con puro v







