INICIAR SESIÓNBrianna salió de la casa que creía sería su refugio de amor y felicidad. Las paredes que ella había diseñado con tanto esmero ahora parecían frías y vacías, reflejo de su propio corazón. Sintió que se vaciaba de toda emoción, pero extrañamente, eso la fortalecía. Decidió que nunca más derramaría una lágrima por Fidel. No valía la pena.
En cuanto cerró la puerta, sacó su teléfono y marcó el número de Fidel. Su voz sonaba distante, cargada de una frialdad que Brianna no reconocía. Sin embargo, estaba decidida.
— Fidel, quiero el divorcio — dijo, con una voz firme y clara.
Fidel, lejos de mostrarse avergonzado o arrepentido, reaccionó con una frialdad que la dejó atónita.
— ¿Divorcio? ¿Quién te crees que eres para pedirme eso? Seguro que tú también me has estado engañando. ¿No es así, Brianna? — la acusó con desprecio —. No me sorprendería que tuvieras a otro hombre, aunque con ese aspecto tuyo, dudo que alguien se atreva a mirarte.
“¿Tan fea la creían?” Pensó, mientras se limpiaba una lágrima traicionera.
Brianna, demasiado desgastada para discutir, simplemente colgó el teléfono. Las palabras de Fidel no merecían una respuesta. En su mente, ya había terminado con él, aunque el proceso legal aún estuviera por comenzar.
Al llegar a la empresa, descubrió que su exmarido había ido más allá en su venganza. Fidel era su jefe y, aprovechando su posición, había decidido reemplazarla con Liz, su hermanastra. Solo entonces se dio cuenta de que ella, la chica con la que creció, era la mujer que su ex esposo lleo a la casa y a quien la hizo su mujer allí. Era Liz la amante. La mujer por quien la cambió.
Liz, con una sonrisa fingida de amabilidad, se acercó a Brianna mientras ella empacaba sus cosas.
— Hermanita, él y yo realmente nos amamos y no hay nada que pueda hacer al respecto. No quiero renunciar a nuestro amor — dijo Liz, con una voz que pretendía ser conciliadora pero que solo destilaba hipocresía —. En verdad, lamento todo esto…
Brianna la miró con una mezcla de incredulidad y desprecio, y sonrió de lado.
— No es nada, Liz. Siempre quieres robar mis cosas, ¿no? De la misma forma que tu madre robó a mi padre de mi madre. Si quieres esa basura de hombre, ¡ahí lo tienes! — respondió con una calma que enmascaraba su ira.
— ¿Cómo te atreves a hablarme de esa forma? Yo soy tu hermana y te quiero — siseó, mirando a su alrededor.
— ¡Claro! Me quieres tanto como para revolcarte con mi marido y quitarme el trabajo — escupió —. Eso no es cariño, eso se llama envidia y exactamente la envidia, te llevó a convertirte en la amante de un hombre casado. Pero gracias. Me has hecho un gran favor.
Liz quedó sorprendida y furiosa ante la respuesta de Brianna, pero no dijo nada más. Brianna terminó de empacar sus pertenencias y salió de la oficina con la cabeza en alto. No iba a permitir que la humillaran más. Sin embargo, Fidel la alcanzó, la tomó de los hombres y le dio un golpe en la cara que la mandó al suelo.
— Nadie tiene derecho a faltarle el respeto a mi prometida y eso te incluye a ti, Brianna.
La joven frunció el ceño, y con el orgullo herido y la dignidad que le quedaba, se levantó del suelo. Miró a su hermanastra, quien tenía una sutil sonrisa dibujada en sus labios, apenas visibles. Brianna le devolvió la sonrisa, borrando la suya.
— No me meteré con ella, Fidel — respondió, haciendo que el hombre asienta satisfecho, sin embargo, ella continuó —. No lo haré si no se mete conmigo. Si ataca, también lo haré y eso, te incluye a ti, Fidel.
Utilizó sus mismas palabras, para finalmente darse la vuelta y alejarse de esas dos personas traidoras.
Al regresar a casa, encontró a su madrastra, Cristina, esperándola con furia en los ojos. Era obvio que Liz ya le había contado todo.
— ¡Brianna! — gritó Cristina, agarrándola del brazo con brusquedad —. ¿Con qué derecho te atreves a humillar a mi hija, después de todo lo que hemos hecho por ti?
— Creo que te han contado mal. Ellos me han humillado a mí, Cristina — dijo ella con sorna —. Al menos para mí lo fue. Que mi propia hermana arruine mi matrimonio… es vergonzoso.
Plas… Le dio una cachetada. Era el segundo golpe en lo que va de su día, y eso que ella se considera una persona tranquila, pero la paciencia se le estaba acabando.
— Tu marido te abandonó porque eres una "gallina que no puede poner huevos". No puedes concebir un hijo incluso después de estar casada tantos años — gritó —. Pero ahora mi hija, está encima de ti. Ya no vivirá bajo tu sombra.
Lo decía con tanto orgullo. Sin embargo, esas palabras resonaron en la mente de Brianna, recordándole el reciente aborto espontáneo que había sufrido. Pero antes de que las lágrimas pudieran aflorar y darle el gusto a su madrastra de verla derrotada, Brianna tomó su equipaje y salió de la casa, cerrando la puerta con fuerza detrás de ella.
Estaba harta. Harta de las mentiras, de la traición, de la manipulación. Ya no iba a permitir que nadie más la pisoteara. Con una mezcla de tristeza y determinación, caminó hacia un futuro incierto pero lleno de posibilidades. Brianna sabía que el camino sería difícil, pero también sabía que era fuerte y que, al final, encontraría la manera de reconstruir su vida y volver a encontrar la felicidad.
Mientras caminaba por las calles, sintió una mezcla de dolor y liberación. Las luces de la ciudad brillaban a su alrededor, reflejándose en los charcos de la reciente lluvia. Brianna se detuvo un momento y respiró hondo. El aire fresco de la noche le llenó los pulmones, dándole una sensación de renovada fuerza.
— ¿A dónde iré ahora? — murmuró para sí misma.
Se sentía abatida y sola. No tenía a nadie a quien recurrir a excepción de su mejor amiga, Vivianne, pero ella en este momento no iba a atender porque se encontraba en la universidad.
Igual, optó por llamarla y probar suerte.
— Mi bella, Bri… ¡Justo pensaba en ti! — Habló su amiga y sus lágrimas brotaron en sus ojos.
—Vivi… me fue infiel. Me engañó y me dejó sin nada — soltó de golpe.
Su amiga al otro lado de la ciudad quedó muda. Fidel nunca le había caído bien, pues siempre que compartían, veía como se burlaba de su amiga por su forma de vestir, y su dedicación al trabajo.
— Esa escoria mal oliente — suspiró —. Tomaré el primer vuelo hacia ti. no estás sola ni lo estarás. ¿Tienes donde quedarte?
— Sí. No tienes que volar hasta aquí por mí. Además, estás de exámenes y… — Un coche lujoso se había estacionado frente a ella —. Yo estaré bien.
— ¿Estás segura? — preguntó Vivianne indecisa y con dudas.
— Muy segura. Esto no puede afectar, ni derrumbarme.
La tarde era cálida y tranquila, y Brianna no podía evitar sonreír mientras ayudaba a Vivianne con los detalles finales de su boda. La despedida de soltera estaba a la vuelta de la esquina, y el salón comenzaba a llenarse de adornos y detalles que Brianna había elegido con cariño para su mejor amiga. Vivianne la miró de reojo mientras sujetaba un ramo de flores y bromeó:— ¿Segura que no te vas a arrepentir de haberme dado carta blanca con esto? ¿Y si termino escogiendo un vestido naranja fosforescente?Brianna rió, con la serenidad de quien ya había recorrido un largo camino.— Confío en ti, Vivianne — respondió, su voz suave, como si en cada palabra se le escapara un poco de la paz que por fin había alcanzado —. Además, es tu boda.Justo en ese momento, una de las empleadas del salón se acercó a Brianna con un sobre en la mano, lo cual le hizo fruncir el ceño. Era raro recibir correspondencia en un momento así, y más aún en aquel lugar. La empleada le explicó que acababa de llegar,
La gala estaba en pleno apogeo, con risas y voces entremezclándose bajo las luces resplandecientes del salón. Brianna caminó por el lujoso lugar con la pequeña Bianca en brazos y una seguridad que irradiaba en cada paso. Vestía un traje que acentuaba su figura maternal, dejando claro a todos que su belleza y fuerza sólo habían crecido con el tiempo. Los murmullos admirados la rodeaban como una sinfonía.“¿Es Brianna Casanova? Está radiante…”“Mira su porte… es como si el tiempo no pasara para ella”Cuando llegó al lado de Maximiliam, él no dudó en tomar a Bianca en sus brazos, y luego, inclinándose, besó a Brianna.— Estás hermosa, radiante… — le susurró con una sonrisa orgullosa. Ella le devolvió la sonrisa, disfrutando del afecto y la admiración en su mirada.Pero mientras avanzaban hacia su mesa, Brianna escuchó un murmullo que heló su serenidad. Apenas perceptible, pero imposible de ignorar:“¿Ese no es…? Claro que es él… Fidel Enrique, el exesposo de Brianna”.La curiosidad pudo m
Los días transcurrían en la mansión Casanova con una calma y felicidad que parecían impensables tras todo lo que habían atravesado. Brianna y Maximilian se dedicaban a disfrutar de cada instante junto a su hija, Bianca, cuyo pequeño mundo estaba lleno de amor y paz. El tiempo compartido en familia era un refugio para Brianna, y ella se sentía completa, como si por fin el universo le hubiera dado una segunda oportunidad.Una noche, en una ocasión especial, Maximilian la sorprendió invitándola a cenar en uno de sus restaurantes más lujosos. La pequeña Bianca quedó al cuidado de una niñera de confianza, permitiéndoles disfrutar de una velada a solas. El restaurante era un lugar de ensueño; los grandes ventanales ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada, y las luces tenues del lugar creaban un ambiente romántico y acogedor.Durante la cena, Brianna y Maximilian conversaron animadamente, compartiendo anécdotas, risas y recuerdos. El ambiente de bienestar los envolvía, y Brianna
Los días en el hospital fueron una mezcla de esperanza y agotamiento para Brianna y Maximilian. Cada día que pasaba, la pequeña Bianca ganaba un poco más de fuerza, y Brianna contaba cada hora hasta el momento en que por fin podría tenerla en sus brazos sin intermediarios. Maximilian pasaba las noches en vela, cuidando de Brianna y esperando a que la enfermera viniera con el último parte médico. Después de lo que habían vivido, cada minuto en el hospital parecía eterno, pero la recuperación de Brianna y Bianca avanzaba con éxito.Finalmente, el día de la tan esperada alta llegó. Cuando la enfermera colocó a Bianca en los brazos de Brianna, sintió el mundo entero comprimirse en esa frágil y diminuta figura. Con ojos llenos de lágrimas, Brianna la observó en silencio, admirando cada rasgo, desde sus pequeñas manitos hasta el brillo de vida en sus ojos entreabiertos.— Es tan pequeñita… — murmuró Brianna, mirando a Bianca con un amor incondicional que la desbordaba —. Pero es tan fuerte,
La espera parecía eterna. Maximilian caminaba de un lado a otro en la sala, se sentaba un par de minutos y luego, volvía a caminar, sus ojos fijos en la puerta que lo separaba de la vida de su esposa e hijo. Su mente divagaba por caminos oscuros, atrapado entre el miedo y la esperanza, incapaz de librarse de la sensación de impotencia que le oprimía el pecho. Su familia, que seguían allí en silencio, lo miraban de reojo, respetando el momento, sabiendo que cualquier palabra podría empeorar las cosas.Finalmente, la puerta se abrió, y el médico salió. Su rostro estaba tenso, severo, con una expresión que envió una punzada de terror al corazón de Maximilian. Sin pensarlo dos veces, se puso de pie como un resorte, sus ojos clavados en el médico.— ¿Cómo están mi esposa y mi hijo? — preguntó, su voz casi un susurro.El médico soltó un suspiro pesado, y Maximilian sintió que el aire se detenía a su alrededor. Su mente comenzó a negar, incapaz de aceptar la idea de que lo peor pudiera haber
El aire en la sala de espera se volvió denso y opresivo. Maximilian observaba al oficial frente a él, un hombre cuya expresión endurecida y tensa dejaba claro que no tenía intenciones de ceder. Las acusaciones que habían traído a Maximilian hasta este punto no eran más que mentiras y manipulaciones, ¡bueno! No todas eran falsas, pero estaba seguro de que no llegarían al poder de los policías; pero el oficial parecía estar cegado por algo que no tenía nada que ver con la justicia. Y Paula, aquella figura débil y traicionera, miraba con una satisfacción cruel, claramente disfrutando cada segundo de la tensión.Luciano, el abogado de confianza de Maximilian, dio un paso al frente, con su portafolio de pruebas en la mano, o las copias de ellas. El resto estaba en camino.— Oficial, tengo aquí las pruebas necesarias que demostrarán la inocencia de mi cliente — dijo con firmeza, sosteniendo los documentos y las grabaciones que habían preparado —. Lo que esta mujer alega no es más que una ser







