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CAPÍTULO 3 — La puerta prohibida

Autor: Angel Summer
last update Fecha de publicación: 2026-01-19 12:08:57

La mañana siguiente amaneció con un cielo despejado, pero en la mansión Rivas, el aire tenía un peso extraño. Amelia despertó sintiendo un vacío en el pecho, como si la noche anterior hubiera sido un mal sueño.

Pero no sabía por qué, su cabeza daba vueltas, y no recordaba como llegó a la cama, lo último que recordaba era leer un libro en la sala.

Como cada mañana Patrick abrió la puerta de la habitación con su sonrisa habitual y una taza de chocolate caliente entre las manos, Amelia lo miró con una sonrisa.

Buenos días, amor —dijo Patrick, acercándose para besarle la frente. — ¿Como te sientes?

—Buenos días. Un poco mareada, no recuerdo como llegué a la cama, y me duele la cabeza.

— Cuando llegué de la oficina estabas durmiendo en el sofá, te traje en mis brazos y te acosté. El embarazo te tiene cansada.

Amelia soltó un suspiro de alivio, aunque su corazón latía como si algo no encajara.

—Gracias mi amor, sin duda no sé qué haría sin ti.

Su mano rozó la de ella con cariño.

Su voz era dulce.

Sus ojos parecían sinceros.

—¿Dormiste bien? —preguntó él, ofreciéndole la taza.

Amelia la tomó.

—Sí.

Patrick se sentó a su lado, acarició su vientre con la familiaridad de un esposo enamorado.

—Hoy tengo que ir a la empresa más temprano… pero volveré antes de la cena.

Amelia asintió.

—Claro.

Él la besó y ella le respondió, pero su cuerpo se erizó y no de la manera placentera que siempre lo hacía.

***

Después del desayuno, Amelia bajó al estudio. Quería distraerse, ordenar papeles, hacer algo que mantuviera su mente ocupada.

Pero al entrar, algo la detuvo.

Las fotos del estante.

Había una de su  boda: ella con un vestido blanco precioso, sosteniendo el brazo de Patrick.

Pero… No recordaba haber usado ese vestido.

No recordaba haber caminado hacia él.

Ni haber dicho “sí”.

Se acercó.

Observó el fondo de la imagen.

El mantel de flores… una mesa de vidrio…

Parpadeó.

Otro flash. Breve. Violento.

Otro vestido pero era un vestido distinto.

Unos ojos azules la miraban a través del espejo, una mano tatuada sobre su cintura.

Amelia dio un paso atrás, apoyando una mano en la sien.

—¿Qué me pasa? —murmuró, más para sí misma que para el mundo.

Su vientre dio un pequeño salto. El bebé se movía más cada día.

Ella respiró profundo, tratando de calmarse.

Tomó otra foto: Patrick y ella en la playa, sonriendo.

Ese vestido tampoco lo recordaba. Tampoco esa playa.

Una punzada de náusea le subió por la garganta.

—Debo comer algo —susurró, pero el estómago se retorció como si rechazara la idea.

Trató de atribuirlo al embarazo. Pero no podía negar que el malestar empezó justo esta mañana, se sentía rara, como si algo malo hubiera pasado y lo hubiera olvidado.

Cerró los ojos.

Y entonces, como un susurro que se cuela entre los recuerdos rotos, la voz volvió.

“¿Te casarías conmigo?”

Amelia abrió los ojos de golpe.

Esa voz… esa voz aceleraba su corazón sin razón, era como un ancla, como un abrazo perdido.

Pero ella no conocía a nadie más. Patrick era su vida. Patrick era todo lo que recordaba. Era su todo desde la secundaria, a quien podría pertenercer esa voz.

***

La tarde transcurrió lenta.

Patrick se despidió con un beso en la frente y la dejó en la mansión con la servidumbre.

Amelia trató de leer, de ver televisión, de bordar… nada la distraía.

El vacío crecía. Las náuseas también.

Y esa voz desconocida, rota y cálida, aparecía en huecos de silencio.

No llores sola. No otra vez. Ya no tienes que llorar sola, ahora yo estoy a tu lado

Amelia dejó caer el bordado al suelo y se llevó las manos a la cara.

—¿De quién es esa voz…? —susurró.

Trató de hacer memoria, de recordar, pero cada vez que intentaba su cabeza dolía.

***

Al día siguiente, Amelia despertó más temprano de lo normal.

La luz aún no entraba por las cortinas. Patrick no estaba a su lado, se incorporó lentamente.

Sabía que él salía a correr cada mañana pero esta vez quiso bajar a la cocina para prepararle algo antes que llegara, lo sorprendería con desayuno.

Se puso una bata y bajó las escaleras en silencio.

Fue entonces cuando lo vio.

Patrick estaba en la cocina, con ropa deportiva, respiraba hondo, como si viniera de un trote… pero sus zapatillas estaban limpias.

Él no la vio.

Abrió la despensa, sacó una bandeja metálica y la llenó con pan, agua y una jarra de jugo.

Demasiada comida para él y eso le llamó la atención a Amelia, algo en su interior decía que guardara silencio.

Amelia se agachó detrás de la baranda de la escalera superior, observándolo en secreto.

Patrick tomó la bandeja con ambas manos y cruzó la sala hacia su despacho.

Abrió la puerta.

Entró. Amelia corrió descalza al despacho para ver qué iba a hacer.

Y en lugar de dejar la bandeja en el escritorio…

Movió un libro rojo y un panel se abrió.

Un panel que Amelia jamás había visto.

Una puerta escondida.

Pequeña, discreta.

Una puerta secreta.

Patrick entró.

La puerta se cerró detrás de él.

La casa quedó en silencio.

Amelia sintió su corazón martillar contra el pecho.

Un impulso visceral, primitivo, le recorrió el cuerpo.

Miedo. Curiosidad. Ansiedad.

Y otra emoción desconocida, como si algo en lo más profundo de su memoria supiera exactamente qué había detrás de esa puerta, como si algo la llamara.

Entró al despacho, miró el panel y cuando estuvo a punto de abrir el libro rojo, escuchó pasos volviendo.

Patrick.

Amelia corrió en puntas de pie hasta la planta alta y llegó a la habitación en segundos.

Entró al baño fingiendo haber estado cepillándose el cabello.

Patrick abrió la puerta con una sonrisa fresca.

—Buenos días, amor. ¿Despertaste recién?

Ella se volvió hacia él.

—Sí —mintió—. ¿Saliste a correr?

Patrick asintió y se secó la frente con una toalla, aunque no tenía ni una gota de sudor.

—Como cada mañana.

Amelia sonrió.

Perfecta.

Controlada.

Pero por dentro, su corazón gritaba.

Detrás del pecho, la voz desconocida, cálida como un fuego encendido, susurró:

“Encuéntrame mi amor”

Ella cerró los ojos.

Y por primera vez desde el accidente, no supo si ese “mi amor” le pertenecía a Patrick…

o a otra persona que había olvidado.

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