LOGINLa noche había caído sobre la ciudad con una calma engañosa. La mansión Rivas estaba silenciosa, bañada por luces tenues que daban la ilusión de un hogar cálido y perfecto. Amelia bajó las escaleras despacio, un libro entre las manos y una manta sobre los hombros. Había estado sola toda la tarde: Patrick no había salido del despacho y no respondía mensajes, algo poco común en él…
“Probablemente está trabajando mucho”, se dijo, intentando calmar la inquietud que no sabía justificar.
Aun así, decidió llevarle una cena ligera. Era algo que ella hacía por instinto, como si ese gesto viniera de una versión suya anterior al accidente.
Tomó una bandeja de plata, colocó una copa de agua y algo para picar.
Caminó hacia el despacho primero, pero estaba vacío. Luego hacia la biblioteca. Nada.La casa estaba tranquila… demasiado tranquila.
Le vino entonces la idea de revisar la oficina del ala este. Patrick solía trabajar ahí cuando necesitaba absoluta concentración. Quizás se había quedado dormido mientras revisaba documentos, como había pasado la semana pasada.
El pasillo estaba en penumbras, iluminado solo por los faroles de la pared.
Cada paso de Amelia resonaba con un eco suave y vacío. La bandeja tembló un poco en sus manos —quizás por el peso, quizás por algo que su cuerpo sabía antes que su mente—.Al acercarse a la puerta de la oficina, escuchó un ruido.
Al principio, creyó que era una silla moviéndose.
Pero luego…Un gemido femenino. Ahogado. Satisfecho.
Amelia se detuvo en seco.
No podía ser.
Se acercó un paso más.
La puerta estaba entreabierta apenas unos centímetros.
Y el sonido ya no era un gemido aislado, sino una secuencia rítmica, húmeda, urgente.
Sollozos ahogados de placer… y la voz de un hombre, y no cualquier hombre, su esposo, su Patrick.—Así… eso es…
—Patrick… más fuerte… —rogó la mujer, jadeante.La bandeja cayó. El sonido siendo suavizado por la alfombra.
“Esto no está pasando.” “Esto no es real.” “Patrick te ama… él te ama…”
Repetía en su mente, pero los sonidos no dejaban espacio para ilusiones.
Tragó saliva, avanzó casi sin querer, y empujó la puerta apenas lo necesario para ver.
Y lo vio.
Patrick tenía a la mujer inclinada sobre el escritorio, sosteniéndola por la cintura mientras embestía con fuerza salvaje, como un hombre sin autocontrol. Sus dedos se clavaban en la piel desnuda de ella, su boca sobre su cuello, su respiración descontrolada.
La secretaria. La misma mujer que visitaba la mansión para traer documentación. La misma que sonreía con demasiada familiaridad.
Patrick gemía su nombre. No el de Amelia. El de ella.
—Nunca… nunca Amelia será como tú… —gruñó él mientras continuaba moviéndose dentro de la mujer—. Nunca podrá complacerme como tú lo haces… nunca… tú eres mi zorra favorita...
El corazón de Amelia cayó en un abismo.
Las piernas le temblaron, el aire se volvió una aguja en su garganta, la visión se nubló.
Algo dentro se rompió.
Algo que ella ni siquiera sabía que tenía.
Retrocedió, casi sin respirar.
El golpe de su espalda contra la pared fue lo único que evitó que cayera al suelo.Sus ojos ardían. El estómago se le revolvió. El mundo se dobló.
Y en ese instante. Un deja vú.
Como un flash. Un latigazo de memoria.
Su cama, Patrick y esa mujer, se vio corriendo bajo la lluvia y luego esa voz, la voz que la perseguía en sueños.
“Él no te merece.”
“Amelia, mírame… mírame. No llores.” “Deja de temblar… estoy aquí.”Una voz masculina, profunda, rota. Una voz que la abrazaba desde adentro del pecho. Unos ojos azules que la miraban con amor.
Pero esos ojos no eran de Patrick, él tenía los ojos marrones, y esa no era la su voz.
Y no era una fantasía. Era un recuerdo enterrado en su memoria.
Amelia abrió los ojos como si hubiera despertado de un sueño helado. Se llevó una mano a la boca para ahogar un sollozo. Luego retrocedió un paso, otro, otro… pecho chocó con la bandeja haciendo que Patrick mirara y se encontrara con sus ojos.
— MlERDA, Amelia.
Su respiración era irregular, temblorosa.
Una mezcla de náusea y desesperación le apretaba el pecho.Y entonces, la voz volvió. No desde afuera. Sino dentro de su mente.
“Te juro que no voy a dejar que vuelvas a derramar lágrimas por él.”
Amelia se paralizó al verse descubierta, pero al fin sus piernas le respondieron e intentó correr mientras Patrick se subía los pantalones. No alcanzo a llegar a la puerta cuando Patrick la sostuvo.
— ¡¡¡Suéltame maldito asqueroso!!!
— Amelia, por favor déjame explicarte
— ¿Qué me vas a explicar, que te follas a tu secretaria en mi misma casa?, eres un cerdo Patrick. ¡¡¡Quiero el divorcio!!!
— Maldita sea no me dejas otra opción,
Amelia sintió un piquete en el cuello, se giró y vio a la secretaria inyectándole algo.
— ¿Q… qué me hiciste?
— Lo siento Amelia, jamás debiste ver esto, no me dejas otra opción.
Amelia sintió caer en un vacío, sus piernas no le respondían y pronto la oscuridad la consumió.
Mientras Amelia caía inconsciente Patrick la tomaba en brazos.
— ¿No le hará mal que le inyectes doble dosis? — Le preguntó la secretaria.
— Esto es tu culpa, te dije que no follaríamos más en la casa desde que nos pilló en la cama, pero no, tu insistes, de ahora en adelante no quiero que vuelvas a pisar esta casa entendiste.
— Sí Patrick.
— Ahora vete.
La secretaria salió arrastrando los pies mientras Patrick desnudaba a Amelia poniéndole su pijama.
— Lo siento cariño, pero no dejaré que recuperes tus recuerdos, eres mía, y debes ser mía, tú y tu empresa.
EPÍLOGOHabían pasado cuatro años.Cuatro años de paz después de la muerte de Rachel, cuatro años en los que, por primera vez en mucho tiempo, la vida les había permitido respirar sin miedo, sin amenazas, sin la sombra constante de perderlo todo.Y en ese tiempo… la familia no solo había sanado. Había crecido.La mansión Blackwood estaba llena de risas, de pasos pequeños corriendo por los pasillos, de voces infantiles mezclándose con la música suave de una celebración que lo significaba todo.Ese día era especial.El cumpleaños de los hijos de Miguel y Armand.En el jardín, decorado con globos, flores y mesas llenas de dulces, los niños corrían de un lado a otro, ajenos al mundo adulto, viviendo su propia aventura.El pequeño Angelo Rossi corría desesperado, mirando hacia atrás mientras escapaba de su prima Rafaella Carusso.—¡Adrieeeeen, sálvame! ¡Mi prima me quiere pegar! —gritó, escondiéndose detrás del mayor.Rafaella llegó con los brazos cruzados, indignada.—¡Dijo que mi pelo par
Las puertas de la clínica se abrieron de golpe.Armand y Miguel entraban prácticamente corriendo, cada uno sosteniendo a sus esposas, ambas con vientres enormes y rostros contraídos por el dolor.—¡Auxilioooooooo! —gritó Miguel sin ninguna vergüenza.La enfermera que siempre los atendía levantó la vista… y sus ojos se abrieron como platos.—Dios mío… sabía que tenía que quedarme en casa hoy… ¡¿Qué pasó?! —preguntó acercándose de inmediato.—Estábamos en una cena familiar y las dos empezaron con dolores de parto —respondió Armand, claramente descompuesto.—¡Ay, Dios! Iré por el médico.Los enfermeros llegaron corriendo con camillas, moviéndose con rapidez mientras acomodaban a las dos mujeres.Mildred apretaba la mano de Armand con una fuerza brutal.—¡Juro que no dejaré que me toques en tu vida, Armand Carusso! —gritó— ¡Aaaaaaaaaahhh! ¡Duele, duele mucho!Armand la miraba con los ojos llenos de pánico.—Tranquila… tranquila, respira… respira, mi amor…A su lado, Miriam cerraba los ojos
—Damián… no me gustan estas cosas… —murmuró Arabella, aferrándose a su brazo mientras avanzaban.Llevaba un vestido de gala plateado, entallado, que delineaba su figura con elegancia, algo muy distinto a su estilo habitual. A su lado, Damián lucía impecable con un traje hecho a la medida, el cabello arreglado y esa seguridad tranquila que lo hacía ver aún más atractivo.Él la miró de reojo y sonrió con dulzura.—Vamos, mi pequeña fantasmita… Mimi está de luna de miel, que estoy seguro que me traerá un sobrino… Amelia y Erick no pueden salir de noche por Adrien… nos toca a nosotros ser la cara visible de las empresas.Arabella hizo un pequeño gesto.—Mmm… lo detesto igual…Damián soltó una risa baja.—Vamos… tú puedes, mi fantasmita.Ella lo miró unos segundos… y terminó sonriendo antes de inclinarse y besar sus labios.—Está bien… vamos.Al llegar al restaurante, la elegancia los envolvió de inmediato. Era un lugar amplio, lleno de luces cálidas, mesas perfectamente decoradas y person
La fiesta se desarrollaba con naturalidad, envuelta en luces cálidas, música suave y risas que llenaban cada rincón de la mansión.Los cuatro recién casados estaban al centro de la pista. El vals comenzaba y por un momento… Parecía que flotaban.Los movimientos eran perfectos, sincronizados, elegantes… como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.Las telas de los vestidos giraban en el aire, los trajes impecables marcaban cada paso, y las miradas… Las miradas lo decían todo.Amor, devoción, historia.Al terminar, un aplauso envolvió el salón, y poco a poco las demás parejas se unieron a la pista, rodeándolos, continuando la danza.Erick tomó a Amelia de la cintura, atrayéndola con cuidado hacia él, la miró… como siempre lo hacía. Con ese amor infinito que parecía no tener fin.—Mi hermosa Mily… —murmuró cerca de su oído— te ves tan hermosa como el primer día que te vi… cada día me enamoro más de ti… cada día te amo con más devoción… eres todo lo que pude desear… tú y nuestro
Pasaron los meses, y la mansión Blackwood estaba rebosante de vida.Flores por todos lados… arreglos elegantes cubrían cada rincón, el aroma dulce inundaba el ambiente, los meseros corrían de un lado a otro y el organizador daba órdenes sin piedad, intentando mantener todo bajo control en medio del caos perfecto de una boda doble.En la habitación principal… Amelia y Arabella observaban a las dos mujeres frente a ellas.Por un lado, Miriam… con su cabello negro cayendo en suaves ondas sobre sus hombros, vestía un vestido amplio, estilo princesa, con una falda vaporosa y un corsé en forma de corazón que moldeaba su figura de manera perfecta.A su lado, Mildred… con su cabello rubio recogido elegantemente, dejando algunos mechones caer sobre su cuello, llevaba un vestido estilo sirena, con un escote de corazón que realzaba cada una de sus curvas.Ambas vestían en un delicado tono rosa pálido.Y ambas… se veían absolutamente hermosas.Amelia se acercó, acomodando con delicadeza el vestid
Los hombres de Adriano limpiaron todo con una rapidez impresionante. En menos de lo que cualquiera podría imaginar, la habitación volvió a parecer normal, como si nada hubiera pasado. Mientras tanto, Gerald y Adriano, vestidos como paramédicos, se encargaron del cuerpo de Rachel. Nadie notó nada entre el caos habitual del hospital, entre médicos corriendo y pacientes reales entrando y saliendo.Una hora después… Volvían a la habitación como si nada hubiera ocurrido.—No sabía que tenías ese talento… —comentó Adriano con una leve sonrisa— es muy bueno saberlo.Gerald acomodó su chaqueta con arrogancia.—Soy un hombre de muchos talentos.Adriano lo miró de reojo.—¿Te quedarás en París?—Sí… —respondió Gerald con naturalidad— allá está mi mariposa… y mi hermana encontró el amor. Trasladaré una filial a París para instalarme allá.Adriano asintió, pensativo.—Es bueno saber que tengo un aliado en París… ya tengo en Italia… y ahora en Francia.Gerald sonrió de lado.—Cuenta conmigo, pajarr







