FAZER LOGINElena abrió la boca para preguntar cómo sabía su nombre y su dirección, pero Matteo ya le había dado la espalda, regresando a su círculo de influencia con la fluidez de un rey.
La noche continuó, pero para Elena, el resto de la gala fue un borrón de luces y rostros sin importancia. Su mente estaba fija en Matteo. ¿Por qué ella? Roma estaba llena de fotógrafos de renombre mundial que matarían por un contrato con la Casa De Luca. Cuando finalmente salió de la villa, la lluvia había arreciado. Caminó hacia la parada de autobús, empapada y tiritando. Al llegar a su pequeño apartamento en un cuarto piso sin ascensor, la realidad la golpeó de nuevo. Debajo de la puerta había un sobre rojo: el aviso final del banco. Si no pagaba la deuda de su padre en treinta días, perderían la casa familiar en la Toscana. Se sentó en su vieja mesa de madera y encendió su computadora para descargar las fotos de la noche. Sus dedos temblaban. Mientras las imágenes pasaban por la pantalla, se detuvo en una. Era la foto que había tomado justo antes de tropezar. Matteo De Luca mirando directamente a la cámara. Pero, al ampliar la imagen, Elena sintió que el corazón se le detenía. En el fondo de la imagen, detrás de Matteo, en una vitrina de cristal que formaba parte de la decoración de la villa, había un pequeño objeto. Un camafeo de oro con una inscripción en latín que ella conocía muy bien. Era el camafeo que su padre había tenido que vender años atrás para pagar su primera quiebra. ¿Cómo había llegado eso a manos de Matteo? Presa de una curiosidad febril, Elena comenzó a buscar en sus archivos digitales antiguos. Buscó fotos de su infancia, aquellas que su padre guardaba con celo antes de que el alcohol y las deudas lo consumieran. Encontró una carpeta titulada "Florencia, 2011". Al abrirla, sus ojos se llenaron de lágrimas. Había fotos de ella, con diez años, riendo en un carrusel. Pero en la esquina de una de las fotos, sentado en un banco y observándola con una intensidad que le dio escalofríos, había un joven. Un adolescente de unos dieciocho años, con rasgos afilados y ojos de un azul cobalto inconfundible. Era Matteo, él la había estado observando desde que era una niña. Elena cerró la computadora de golpe, su respiración agitada rompiendo el silencio del apartamento. El contrato que él le había ofrecido no era una oportunidad; era una trampa. Matteo De Luca no la había conocido esa noche por casualidad. Él la había estado esperando. Afuera, un trueno retumbó sobre Roma, y Elena se dio cuenta de que la lluvia no solo estaba mojando las calles de la ciudad; estaba lavando los cimientos de la vida que ella creía conocer. El juego había comenzado, y ella, sin saberlo, era la pieza central en un tablero que cruzaba fronteras y décadas. "Puedes correr, Elena", pareció susurrar el viento contra su ventana, "pero el pasado siempre tiene los ojos de Matteo". Mañana el coche vendría por ella. Y aunque cada fibra de su ser le decía que huyera hacia la frontera más cercana, sabía que no tenía opción. El destino, envuelto en seda italiana y poder absoluto, ya había decidido que esa noche en Roma bajo la lluvia era solo el prólogo de su propia destrucción o de su renacimiento. Elena se acostó, pero no durmió. En la oscuridad, solo podía ver esos ojos azules, acechándola desde el pasado, prometiéndole un paraíso que olía a peligro y a una verdad que quizá nunca debió ser revelada. Roma seguía llorando afuera, ajena a la mujer que acababa de entrar en la jaula de oro de un hombre que no aceptaba un no por respuesta. La mañana en Roma no trajo la claridad que Elena esperaba. El coche de Matteo De Luca, un Maserati negro de cristales blindados, apareció frente a su edificio exactamente a las ocho, como una fiera esperando en silencio a su presa. Elena, con las ojeras marcadas por una noche de insomnio y la cámara apretada contra el pecho, subió al vehículo con la sensación de quien entra voluntariamente en una celda. Sin embargo, el destino tenía otros planes. O quizás, el pasado de Elena era un tablero donde más de un jugador movía las piezas. Antes de llegar a la villa de Matteo, el conductor recibió una llamada. Elena solo pudo escuchar respuestas monosilábicas "Sí, señor. Entendido. Ahora mismo". Sin mediar palabra, el coche cambió de ruta, alejándose del centro histórico hacia el aeropuerto de Ciampino. —¿A dónde vamos? Este no es el camino —preguntó Elena, sintiendo el primer pinchazo de pánico. —Órdenes de arriba, signorina. El plan ha cambiado. Media hora después, Elena se encontraba subiendo la escalerilla de un jet privado. No había rastro de Matteo, pero en el interior la esperaba un sobre con el logo de la Casa De Luca. “El shooting se traslada al Egeo. Mi colección no merece menos que la luz de Grecia. Te veré en Atenas. M.” Elena se hundió en el asiento de cuero del avión. Estaba siendo arrastrada por una corriente de poder que no podía controlar. Pero al aterrizar en Atenas, el caos se desató. Un grupo de hombres con uniformes navales interceptó su transporte en la terminal. No eran hombres de Matteo. Eran más ruidosos, más imponentes y llevaban el emblema de una corona sobre un ancla, el sello de la familia Stavros. —Elena Rossi, bienvenida a bordo —dijo uno de ellos, prácticamente cargando su equipaje antes de que ella pudiera protestar. Para cuando Elena recuperó el aliento, ya no estaba en Atenas, sino en el puerto de El Pireo, frente al yate más grande y escandaloso que jamás hubiera visto. El Stavros Queen no era un barco; era una declaración de guerra arquitectónica. Pintado de un blanco inmaculado que cegaba bajo el sol griego, el navío parecía flotar sobre el agua como una joya sobre terciopelo azul. Elena fue conducida a la cubierta principal, donde la música lounge y el olor a salitre y champán la envolvieron. Era una fiesta privada de la élite europea, pero el ambiente era distinto al de Roma. Aquí no había la frialdad de Matteo; aquí había una energía vibrante, casi salvaje. —Te ves perdida, fotógrafa. Y en mi barco, nadie debería estar perdido a menos que sea en mis brazos —Elena se giró y el aire se le escapó de los pulmones. Si Matteo De Luca era la luna fría y distante, el hombre frente a ella era el sol en su cenit. Nikos Stavros vestía una camisa de lino blanco desabrochada hasta la mitad del pecho, revelando una piel bronceada por mil veranos. Su cabello castaño estaba despeinado por el viento marino, y sus ojos, de un verde esmeralda brillante, chispeaban con una picardía que era a la vez encantadora y peligrosa. —¿Nikos Stavros? —logró decir ella, reconociendo al heredero de la naviera más poderosa del Mediterráneo.El olor a yodo y a alcohol medicinal se mezclaba de manera nauseabunda con el rastro rancio de la pólvora quemada que los tres hombres y Elena habían arrastrado consigo desde los pasillos superiores. La enfermería privada del ala oeste del palacio de Jebel Ali era un espacio gélido, aséptico, revestido de bloques de piedra blanca que devolvían una luz pálida y fantasmal, la luz desvaída de una mañana que avanzaba sin piedad sobre el caos del emirato. En el centro de la estancia, rompiendo la pulcritud del entorno, la camilla de hierro crujía bajo el peso de Matteo De Luca. El siciliano yacía con el torso desnudo, la piel aceitosa por un sudor febril que hacía brillar sus tatuajes criminales bajo las lámparas halógenas. La herida del hombro izquierdo y el desgarro del costado, mal remendado tras las refriegas anteriores, goteaban un fluido espeso y oscuro; la infección, alimentada por el esfuerzo sobrehumano de la batalla del pasillo, avanzaba a pasos agigantados, amenazando con apaga
—La corona ya no escucha a los traidores —rugió Amir, su voz un trueno que hizo vibrar las láminas de oro de la bóveda —Ese hombre llevaba mis insignias en el pecho, Suleiman, pero tu marca en la piel. Me pidieron que defendiera el reino de las milicias del este mientras enviaban a mis propios soldados a clavarle una daga por la espalda a la mujer que legaliza mi agua. Han convertido este Diwán en un mercado de asesinos. Elena Rossi aprovechó el silencio de estupefacción que siguió a las palabras del Emir para avanzar hasta la cabecera de la mesa, el lugar que históricamente correspondía al asiento del gran visir. No pidió permiso, ni esperó a que los ancianos asimilaran el impacto de la cabeza del sargento. Con un movimiento seco, extrajo de los pliegues de su capa de satén negro el estuche de cuero que contenía las escrituras originales de los acuíferos subterráneos de su padre. ¡¡¡CLACK!!! Golpeó el estuche contra la madera de cedro con una fuerza tan desmedida que el eco de la
Con una frialdad que eclipsó por completo los primeros tonos dorados y rojizos del amanecer que empezaba a teñir las ventanas altas de Jebel Ali, Elena Rossi alzó el estuche de cuero con las escrituras originales y rompió el silencio de la mañana. —La guardia ha terminado —dijo, su voz resonando con una autoridad que hizo que los soldados supervivientes del fondo del pasillo bajaran las armas —El Consejo de Ancianos de este emirato ha intentado matarnos a todas esta noche utilizando a los traidores de la guardia real para confiscar estas tierras bajo una ley de seguridad nacional. Han estado cuidando una entrada oficial mientras el enemigo controlaba las entrañas del palacio. Dio un paso corto hacia el frente, quedando a escasos centímetros del pecho de Amir, obligando al Emir y a los otros dos hombres a sostenerle la mirada en igualdad de condiciones. —Si de verdad quieren el agua de este Oriente, si quieren sobrevivir a la guerra que el norte y el Consejo de Jebel Ali van a d
En la izquierda, apretaba contra su pecho un estuche de cuero que contenía los pergaminos robados. No había rastros de la prisionera sometida; Zahra era una estratega militar que veía cómo su imperio psicológico en el harén se desmoronaba ante sus pies debido a la presencia de una intrusa occidental. —Este desierto nunca será de una fotógrafa europea —siseó Zahra, su voz una vibración ponzoñosa que resonó en las paredes de piedra caliza como el siseo de una víbora cornuda —Crees que porque Amir te mira con ojos de cordero y esos extranjeros apuntan sus rifles afuera has ganado el derecho a nuestra agua. Eres un parásito en nuestra historia, Elena Rossi. Mi hermano borrará tu nombre de la arena antes de que termine el invierno. Con un grito de rabia ancestral que rompió el letargo del subsuelo, la princesa del este se lanzó hacia adelante, esgrimiendo el puñal damasquinado en una trayectoria descendente dirigida directamente a la yugular de Elena. Elena levantó el estilete de pla
Amir miró el sello del Consejo de Ancianos y luego miró la enorme puerta de bronce que resguardaba el harén. En ese instante, la corona de oro y diamantes que llevaba sobre sus sienes se transformó en una burla pesada, un trozo de metal inútil que solo servía para marcar el lugar donde sus propios súbditos querían clavarle la daga por la espalda. Había pasado las últimas horas comportándose como el protector de un estado, ordenando despliegues y negociando tratados en el Diwán, mientras las verdaderas víboras compartían su mesa y dictaban las leyes del reino. Se volvió hacia Nikos y Matteo, los dos hombres a los que consideraba intrusos vulgares hace apenas unos minutos. El mercenario lo miraba con una seriedad desprovista de su habitual cinismo, comprendiendo que las reglas del juego de la guerra en Jebel Ali acababan de disolverse. El mafioso siciliano, con los ojos vidriosos por la pérdida de sangre, emitió un murmullo ronco desde el suelo. —Tu reino es una mentira, Al-Hadid —d
Las balas de calibre 5.56 impactaron contra las columnas labradas, desprendiendo astillas de mármol y pedazos de pan de oro que llovieron sobre los tres hombres como una escarcha maldita. En ese espacio confinado, el estruendo de los disparos era ensordecedor, un rugido que se multiplicaba en las bóvedas del palacio y que anulaba cualquier posibilidad de comunicación verbal. Ya no hacían falta las palabras; los tres lobos operaron en una coreografía brutal de supervivencia cruzada, una danza de sangre y pólvora donde el odio mutuo se supeditó temporalmente a la preservación del cuerpo de Elena. Nikos Stavros se convirtió en un baluarte de fuego. Apostado tras la caja de municiones invertida, su fusil táctico escupía fogonazos cortos y precisos que iluminaban su rostro de mercenario con un brillo espectral. Cada vez que el cañón de su arma brillaba, un cuerpo caía en el babor del pasillo. Nikos no buscaba herir; buscaba el centro de masa, la muerte limpia y rápida. Gastó el primer ca







