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41. El Despertar de los Lobos

last update Data de publicação: 2026-05-25 10:45:41

Elena no miró atrás cuando la empujaron hacia el interior del vehículo blindado del Melik. La pesada puerta de hierro se cerró, sumergiéndola en una penumbra sofocante donde el aroma a sándalo de Amir fue reemplazado por el olor rudo de la milicia.

El viaje hacia el campamento oriental de Sharqat fue una tortura de saltos y calor asfixiante. Elena fue arrojada en la parte trasera del transporte, custodiada por dos soldados que no apartaban sus ojos de ella. Sin embargo, su mente seguía atrapa
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Último capítulo

  • Perseguida Entre Jeques y Magnates    83. ​La Bala y la Alarma

    El olor a yodo y a alcohol medicinal se mezclaba de manera nauseabunda con el rastro rancio de la pólvora quemada que los tres hombres y Elena habían arrastrado consigo desde los pasillos superiores. La enfermería privada del ala oeste del palacio de Jebel Ali era un espacio gélido, aséptico, revestido de bloques de piedra blanca que devolvían una luz pálida y fantasmal, la luz desvaída de una mañana que avanzaba sin piedad sobre el caos del emirato. En el centro de la estancia, rompiendo la pulcritud del entorno, la camilla de hierro crujía bajo el peso de Matteo De Luca. El siciliano yacía con el torso desnudo, la piel aceitosa por un sudor febril que hacía brillar sus tatuajes criminales bajo las lámparas halógenas. La herida del hombro izquierdo y el desgarro del costado, mal remendado tras las refriegas anteriores, goteaban un fluido espeso y oscuro; la infección, alimentada por el esfuerzo sobrehumano de la batalla del pasillo, avanzaba a pasos agigantados, amenazando con apaga

  • Perseguida Entre Jeques y Magnates    82. Los Diez Minutos del Escorpión

    —La corona ya no escucha a los traidores —rugió Amir, su voz un trueno que hizo vibrar las láminas de oro de la bóveda —Ese hombre llevaba mis insignias en el pecho, Suleiman, pero tu marca en la piel. Me pidieron que defendiera el reino de las milicias del este mientras enviaban a mis propios soldados a clavarle una daga por la espalda a la mujer que legaliza mi agua. Han convertido este Diwán en un mercado de asesinos. Elena Rossi aprovechó el silencio de estupefacción que siguió a las palabras del Emir para avanzar hasta la cabecera de la mesa, el lugar que históricamente correspondía al asiento del gran visir. No pidió permiso, ni esperó a que los ancianos asimilaran el impacto de la cabeza del sargento. Con un movimiento seco, extrajo de los pliegues de su capa de satén negro el estuche de cuero que contenía las escrituras originales de los acuíferos subterráneos de su padre. ¡¡¡CLACK!!! Golpeó el estuche contra la madera de cedro con una fuerza tan desmedida que el eco de la

  • Perseguida Entre Jeques y Magnates    81. La Entrada de la Fiera

    ​Con una frialdad que eclipsó por completo los primeros tonos dorados y rojizos del amanecer que empezaba a teñir las ventanas altas de Jebel Ali, Elena Rossi alzó el estuche de cuero con las escrituras originales y rompió el silencio de la mañana. ​—La guardia ha terminado —dijo, su voz resonando con una autoridad que hizo que los soldados supervivientes del fondo del pasillo bajaran las armas —El Consejo de Ancianos de este emirato ha intentado matarnos a todas esta noche utilizando a los traidores de la guardia real para confiscar estas tierras bajo una ley de seguridad nacional. Han estado cuidando una entrada oficial mientras el enemigo controlaba las entrañas del palacio. ​Dio un paso corto hacia el frente, quedando a escasos centímetros del pecho de Amir, obligando al Emir y a los otros dos hombres a sostenerle la mirada en igualdad de condiciones. ​—Si de verdad quieren el agua de este Oriente, si quieren sobrevivir a la guerra que el norte y el Consejo de Jebel Ali van a d

  • Perseguida Entre Jeques y Magnates    80. El Amanecer de la Leona

    En la izquierda, apretaba contra su pecho un estuche de cuero que contenía los pergaminos robados. No había rastros de la prisionera sometida; Zahra era una estratega militar que veía cómo su imperio psicológico en el harén se desmoronaba ante sus pies debido a la presencia de una intrusa occidental. ​—Este desierto nunca será de una fotógrafa europea —siseó Zahra, su voz una vibración ponzoñosa que resonó en las paredes de piedra caliza como el siseo de una víbora cornuda —Crees que porque Amir te mira con ojos de cordero y esos extranjeros apuntan sus rifles afuera has ganado el derecho a nuestra agua. Eres un parásito en nuestra historia, Elena Rossi. Mi hermano borrará tu nombre de la arena antes de que termine el invierno. ​Con un grito de rabia ancestral que rompió el letargo del subsuelo, la princesa del este se lanzó hacia adelante, esgrimiendo el puñal damasquinado en una trayectoria descendente dirigida directamente a la yugular de Elena. ​Elena levantó el estilete de pla

  • Perseguida Entre Jeques y Magnates    79. Enfrentamiento de las dos Reinas

    Amir miró el sello del Consejo de Ancianos y luego miró la enorme puerta de bronce que resguardaba el harén. En ese instante, la corona de oro y diamantes que llevaba sobre sus sienes se transformó en una burla pesada, un trozo de metal inútil que solo servía para marcar el lugar donde sus propios súbditos querían clavarle la daga por la espalda. Había pasado las últimas horas comportándose como el protector de un estado, ordenando despliegues y negociando tratados en el Diwán, mientras las verdaderas víboras compartían su mesa y dictaban las leyes del reino. ​Se volvió hacia Nikos y Matteo, los dos hombres a los que consideraba intrusos vulgares hace apenas unos minutos. El mercenario lo miraba con una seriedad desprovista de su habitual cinismo, comprendiendo que las reglas del juego de la guerra en Jebel Ali acababan de disolverse. El mafioso siciliano, con los ojos vidriosos por la pérdida de sangre, emitió un murmullo ronco desde el suelo. ​—Tu reino es una mentira, Al-Hadid —d

  • Perseguida Entre Jeques y Magnates    78. El Sello de los Ancianos

    Las balas de calibre 5.56 impactaron contra las columnas labradas, desprendiendo astillas de mármol y pedazos de pan de oro que llovieron sobre los tres hombres como una escarcha maldita. En ese espacio confinado, el estruendo de los disparos era ensordecedor, un rugido que se multiplicaba en las bóvedas del palacio y que anulaba cualquier posibilidad de comunicación verbal. Ya no hacían falta las palabras; los tres lobos operaron en una coreografía brutal de supervivencia cruzada, una danza de sangre y pólvora donde el odio mutuo se supeditó temporalmente a la preservación del cuerpo de Elena. ​Nikos Stavros se convirtió en un baluarte de fuego. Apostado tras la caja de municiones invertida, su fusil táctico escupía fogonazos cortos y precisos que iluminaban su rostro de mercenario con un brillo espectral. Cada vez que el cañón de su arma brillaba, un cuerpo caía en el babor del pasillo. Nikos no buscaba herir; buscaba el centro de masa, la muerte limpia y rápida. Gastó el primer ca

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