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Enfrentandolo

Autor: Yina Zabala
last update Fecha de publicación: 2026-01-14 07:16:33

Luciano pasó sus dedos por los labios de ella, un gesto demasiado íntimo, y su cuerpo pareció notarlo porque de inmediato reaccionó.

—No sigas haciendo esto… porque después te puedes arrepentir —espetó con voz ronca—. Alístate, tengo una reunión muy importante a la que quiero que asistas. Vas a ir como mi esposa. Y espero que hagas un buen trabajo.

—Claro que lo haré, finalmente estoy agradecida por la manera en la que tratas a mi hermana. Creo que esa es la mejor forma de que trabaje bien con
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Último capítulo

  • Perversa obsesión del mafioso   Fin

    Quince años habían pasado desde que las llamas consumieron la vieja destilería ycon ella, los restos de Dante Russo. La mansión Costello, aunque seguía siendo una fortaleza, había mudado. Las enredaderas cubrían ahora los muros de piedra y los jardines, una vez diseñados para tener líneas de tiro despejadas, eran ahora un laberinto de rosas blancas y robles.Luciano Costello estaba de pie en su despacho, el mismo lugar donde una vez firmó con manos temblorosas un divorcio que casi le arranca el alma. Ahora, sus sienes mostraban algunos hilos de plata y su rostro tenía las líneas de expresión de un hombre que ha cargado el peso de un imperio, pero sus ojos negros conservaban el brillo letal de quien no ha bajado la guardia ni un solo segundo.Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.—Adelante —dijo Luciano, su voz más profunda y rasposa por los años.Emma entró. A sus veinticuatro años, Emma Costello era la viva imagen de la elegancia y la inteligencia. Graduada en leye

  • Perversa obsesión del mafioso   Luz al final

    La luz del amanecer se filtraba por los ventanales de la mansión Costello, pero esta vez no traía consigo la sombra del miedo. El aire se sentía limpio, como si la tormenta de sangre de la noche anterior hubiera sido lavada por una lluvia purificadora. En la habitación principal, el silencio era absoluto, roto solo por la respiración de Aurora y el suave murmullo del bebé, que descansaba en una cuna junto a la cama.Luciano entró en la habitación con pasos lentos. Se había bañado y cambiado; ya no quedaba rastro del verdugo que había ardido en la destilería. Vestía una camisa blanca impecable, abierta en el cuello, y su rostro, aunque marcado por el cansancio, reflejaba una paz que Aurora jamás le había visto.Ella se incorporó al sentir su presencia. Sus ojos, todavía hinchados por el llanto, se iluminaron al verlo. Luciano se acercó y se sentó en el borde de la cama, tomándole las manos con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que había usado horas antes para destruir a su

  • Perversa obsesión del mafioso   El fin de Dante

    El estruendo de los disparos se desvaneció, reemplazado por un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el goteo rítmico de una tubería rota y los jadeos sibilantes de Dante. Luciano se quedó de pie en el centro, observando cómo Aurora se alejaba con el bebé bajo la escolta de Gino. Solo cuando el motor del carro rugió a lo lejos, Luciano permitió que la máscara de frialdad se resquebrajara para revelar el abismo de furia que habitaba en su pecho.Se giró lentamente hacia Dante. El hombre que alguna vez fue su socio intentaba arrastrarse sobre el suelo, dejando un rastro de sangre espesa y oscura tras de sí. Su brazo derecho colgaba inútil, destrozado por la bala del francotirador.—¿A dónde vas, Dante? —preguntó Luciano. Su voz no era un grito. era un susurro gélido que parecía vibrar en las vigas de hierro de la destilería—. La fiesta acaba de empezar.Luciano caminó hacia él con una parsimonia aterradora. Cada paso de sus botas resonaba como un tambor de guerra. Se agachó,

  • Perversa obsesión del mafioso   A salvo

    El aire en las viejas destilerías del sur era una mezcla espesa de moho, óxido y el olor metálico de la sangre que acechaba en cada rincón. Aurora detuvo el coche a unos cincuenta metros de la entrada principal, un edificio esquelético cuyas ventanas rotas parecían cuencas oculares vacías observándola. Sus manos, aferradas al volante, estaban tan blancas que los nudillos amenazaban con perforar la piel.—Quédate aquí, Emma. No salgas del carro por nada del mundo. Pase lo que pase, mantén las puertas cerradas —instruyó Aurora con una voz que intentaba ser firme, pero que se quebraba.—Tengo miedo, Aurora... ¿Dónde está Luciano? ¿Por qué no vino con nosotros? —preguntó la niña, sollozando en el asiento trasero.Aurora no respondió. No podía. Se bajó del vehículo sintiendo que sus piernas eran tan frágiles. En el bolsillo de su abrigo, su mano derecha apretaba l un revólver pequeño que había robado del despacho de Luciano antes de irse. No era una experta, pero la desesperación le otorga

  • Perversa obsesión del mafioso   Divorcio

    Luciano se quedó petrificado en medio de la habitación, con el aire escapando de sus pulmones como si le hubieran disparado a quemarropa en el pecho. Las palabras de Aurora “quiero el divorcio” resonaban en las paredes de mármol, golpeándolo con más fuerza que cualquier traición de sus enemigos. Él, que había construido un imperio sobre cadáveres y voluntad, se sentía de repente como un niño perdido en la oscuridad. Su amor por ella no era un simple sentimiento; era el eje sobre el cual giraba su cordura.—No... no estás diciendo esto en serio, Aurora —susurró Luciano, dando un paso vacilante hacia ella. Sus manos, aún manchadas con la sangre de los traidores en el sótano, temblaban visiblemente—. Estás en shock. El parto, el gas, ese maldito de Dante... te han roto los nervios. Descansa, mi vida. Mañana verás las cosas de otra forma. Yo traeré a nuestro hijo, te lo juro por mi honor.Aurora sintió que su corazón se partía en mil pedazos al ver la vulnerabilidad en los ojos de su mar

  • Perversa obsesión del mafioso   Prueba

    Luciano no había dormido. No se había curado la herida del hombro, que seguía manchando su camisa blanca. En el sótano de la propiedad, bajo las luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico, tres guardias colgaban de las muñecas, encadenados a las vigas del techo.Gino estaba a un lado, apoyado en su bastón, observando a su jefe con una mezcla de tristeza. Jamás, en todos sus años de servicio, había visto a Luciano así. No era la furia de siempre, era una desconexión total de cualquier rastro de piedad.—Uno de ustedes abrió el panel de servicio —dijo Luciano, su voz era un susurro que cortaba el aire—. Uno de ustedes aceptó el dinero de un hombre quemado que debería estar muerto y le entregó a mi hijo.Luciano caminó hacia el primero de los guardias. Sin previo aviso, le propinó un golpe seco en las costillas con una barra de acero. El sonido del hueso rompiéndose fue lo único que rompió el silencio.—¡No fui yo, señor! ¡Lo juro por mi madre! —chilló el guardia, escup

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