INICIAR SESIÓNLuciano Costello es un hombre frío y calculador. Un mafioso arrogante que siempre hace su voluntad y nunca acepta un no por respuesta. Aurora Bianchi es una mujer inteligente y hermosa, una mujer que hace todo por su familia incluso si debe ponerse como última opción. Aurora se cruza inevitablemente en el camino de Luciano volviéndose una peligrosa atracción para él. Un contrato de placer entre ellos dos será suficiente para que ella sea su protegida, con la única condición de no enamorarse. Aurora se ve envuelta en un triángulo amoroso peligroso del que no será fácil salir. ¿Podrá ella escapar ante la vida que le impone Luciano? ¿Luciano seguirá siendo el mismo hombre de siempre luego de que Aurora llegue a su vida? Un duelo entre el amor y el deseo, lo correcto y lo inmoral serán los protagonistas.
Ver másQuince años habían pasado desde que las llamas consumieron la vieja destilería ycon ella, los restos de Dante Russo. La mansión Costello, aunque seguía siendo una fortaleza, había mudado. Las enredaderas cubrían ahora los muros de piedra y los jardines, una vez diseñados para tener líneas de tiro despejadas, eran ahora un laberinto de rosas blancas y robles.Luciano Costello estaba de pie en su despacho, el mismo lugar donde una vez firmó con manos temblorosas un divorcio que casi le arranca el alma. Ahora, sus sienes mostraban algunos hilos de plata y su rostro tenía las líneas de expresión de un hombre que ha cargado el peso de un imperio, pero sus ojos negros conservaban el brillo letal de quien no ha bajado la guardia ni un solo segundo.Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.—Adelante —dijo Luciano, su voz más profunda y rasposa por los años.Emma entró. A sus veinticuatro años, Emma Costello era la viva imagen de la elegancia y la inteligencia. Graduada en leye
La luz del amanecer se filtraba por los ventanales de la mansión Costello, pero esta vez no traía consigo la sombra del miedo. El aire se sentía limpio, como si la tormenta de sangre de la noche anterior hubiera sido lavada por una lluvia purificadora. En la habitación principal, el silencio era absoluto, roto solo por la respiración de Aurora y el suave murmullo del bebé, que descansaba en una cuna junto a la cama.Luciano entró en la habitación con pasos lentos. Se había bañado y cambiado; ya no quedaba rastro del verdugo que había ardido en la destilería. Vestía una camisa blanca impecable, abierta en el cuello, y su rostro, aunque marcado por el cansancio, reflejaba una paz que Aurora jamás le había visto.Ella se incorporó al sentir su presencia. Sus ojos, todavía hinchados por el llanto, se iluminaron al verlo. Luciano se acercó y se sentó en el borde de la cama, tomándole las manos con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que había usado horas antes para destruir a su
El estruendo de los disparos se desvaneció, reemplazado por un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el goteo rítmico de una tubería rota y los jadeos sibilantes de Dante. Luciano se quedó de pie en el centro, observando cómo Aurora se alejaba con el bebé bajo la escolta de Gino. Solo cuando el motor del carro rugió a lo lejos, Luciano permitió que la máscara de frialdad se resquebrajara para revelar el abismo de furia que habitaba en su pecho.Se giró lentamente hacia Dante. El hombre que alguna vez fue su socio intentaba arrastrarse sobre el suelo, dejando un rastro de sangre espesa y oscura tras de sí. Su brazo derecho colgaba inútil, destrozado por la bala del francotirador.—¿A dónde vas, Dante? —preguntó Luciano. Su voz no era un grito. era un susurro gélido que parecía vibrar en las vigas de hierro de la destilería—. La fiesta acaba de empezar.Luciano caminó hacia él con una parsimonia aterradora. Cada paso de sus botas resonaba como un tambor de guerra. Se agachó,
El aire en las viejas destilerías del sur era una mezcla espesa de moho, óxido y el olor metálico de la sangre que acechaba en cada rincón. Aurora detuvo el coche a unos cincuenta metros de la entrada principal, un edificio esquelético cuyas ventanas rotas parecían cuencas oculares vacías observándola. Sus manos, aferradas al volante, estaban tan blancas que los nudillos amenazaban con perforar la piel.—Quédate aquí, Emma. No salgas del carro por nada del mundo. Pase lo que pase, mantén las puertas cerradas —instruyó Aurora con una voz que intentaba ser firme, pero que se quebraba.—Tengo miedo, Aurora... ¿Dónde está Luciano? ¿Por qué no vino con nosotros? —preguntó la niña, sollozando en el asiento trasero.Aurora no respondió. No podía. Se bajó del vehículo sintiendo que sus piernas eran tan frágiles. En el bolsillo de su abrigo, su mano derecha apretaba l un revólver pequeño que había robado del despacho de Luciano antes de irse. No era una experta, pero la desesperación le otorga






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