FAZER LOGINDarle la espalda a la puerta del apartamento de Adriana Summers fue, sin lugar a dudas, la prueba de voluntad más exigente a la que me había enfrentado en toda mi maldita vida.
Mientras caminaba de regreso hacia el ascensor, cada músculo de mi cuerpo estaba tenso, listo para girar sobre mis talones, derribar esa puerta de madera y cumplir la promesa que le había hecho a escasos centímetros de su boca. Quería arrinconarla, quitarle mi chaqueta con mis propias manos y devorar cada inseguridad que albergaba en esa cabeza suya hasta que solo pudiera pensar en mi nombre.
El ding del ascensor me sacó de mis fantasías oscuras. Entré al cubículo vacío y me pasé una mano temblorosa por el cabello, desordenando el peinado impecable que siempre mantenía por protocolo.
«Control, Alan. Eres un hombre de control», me repetí como un mantra inútil.
Salí del edificio y me metí en mi auto. El calor de las calles de Roma de la media tarde seguía siendo asfixiante, pero el verdadero infierno estaba dentro del habitáculo. Tan pronto como cerré la puerta, me vi envuelto en una nube invisible pero letal: el aroma a vainilla dulce y café recién molido había impregnado el cuero de los asientos. El aire acondicionado se encendió automáticamente, pero solo sirvió para hacer circular su maldito perfume por cada rincón.
Golpeé el volante con la palma de la mano abierta. El sonido seco resonó en la cabina.
Arranqué y me incorporé al tráfico con una agresividad que no era propia de mí. Conducía un auto diseñado para circuitos de carreras en una ciudad histórica, sorteando turistas y motocicletas con la pericia de un hombre que necesita desesperadamente huir de sus propios instintos.
Mientras esperaba en un semáforo frente al Coliseo, la ironía de la situación me golpeó con fuerza. Hacía apenas unas semanas, mi mundo se había venido abajo por una mujer. Había entregado mi lealtad, mi tiempo, mi dinero y mi paciencia a alguien que me había tratado como un peón en su propio juego de dudas. Me había jurado a mí mismo, con la frialdad que me caracterizaba en las salas de juntas, que el amor y el deseo eran inversiones de alto riesgo que no volvería a tolerar. Había levantado un muro de hielo tan grueso que creí que nada podría atravesarlo.
Y entonces, mi vida comenzó a cambiar.
Adriana no había empujado el muro; lo había derretido con una sonrisa nerviosa y el roce involuntario de su rodilla contra mi mano.
El claxon del auto detrás de mí me devolvió a la realidad. Pisé el acelerador, dejando atrás un rastro de goma quemada en el asfalto italiano.
Veinte minutos después, aparqué en el garaje subterráneo de mi edificio en el centro financiero de la ciudad. Tomé el ascensor privado que subía directamente a mi penthouse. Las puertas se abrieron con un siseo silencioso, revelando mi santuario.
Mi apartamento era el reflejo exacto de la mente del empresario que el mundo conocía: doscientos metros cuadrados de mármol negro, ventanales de piso a techo con vistas panorámicas de la ciudad eterna, muebles de diseño minimalista en tonos grises y blancos, y un orden absoluto, casi clínico. No había objetos fuera de lugar. No había ruido. No había caos.
Era el lugar más frío de toda Roma. Y por primera vez desde que lo compré, lo odié.
Me quité la corbata de seda de un tirón, arrojándola sobre un sofá de cuero blanco que costaba más que un auto promedio, y me desabroché los tres primeros botones de la camisa. Caminé directo hacia el bar empotrado en la pared del salón. Tomé un vaso de cristal tallado y me serví tres dedos de Macallan puro. Ni siquiera me molesté en ponerle hielo.
Bebí un trago largo. El líquido ámbar quemó mi garganta con una ferocidad bienvenida, ofreciéndome la primera distracción real desde que sus ojos oscuros se clavaron en los míos en la floristería.
Me apoyé contra la barra de mármol y dejé caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
La imagen de Adriana en la calle regresó a mí como un bucle tortuoso. El sonido de la tela rasgándose. Su pánico. Sus lágrimas contenidas. La sociedad y los malditos estándares de belleza habían destrozado la confianza de una mujer que era un monumento a la perfección. Recordé cómo mi chaqueta le quedaba enorme, cómo envolvía su cintura curvilínea, cubriendo esa franja de piel pálida y suave que había quedado expuesta.
Mi mano se cerró con tanta fuerza alrededor del vaso de cristal que temí romperlo. El instinto que me había llevado a protegerla en la calle no había sido caballerosidad. Había sido posesividad en estado puro. La había cubierto no solo para que la gente no la viera, sino porque la simple idea de que otro hombre posara sus ojos sobre un centímetro de su piel desnuda me hervía la sangre de una forma enfermiza.
«Eres un hipócrita, Brooks», murmuró la voz del escritor en mi cabeza.
Dejé el vaso sobre la barra con un golpe seco y caminé hacia mi despacho. La habitación estaba dominada por un escritorio de caoba maciza y estanterías repletas de libros, desde manuales de economía hasta las ediciones de lujo de mis propias novelas publicadas bajo pseudónimo.
Como autor, me ganaba la vida explorando los rincones más oscuros y prohibidos de la psique humana. Creaba personajes que caían en la tentación, que se dejaban consumir por la lujuria y rompían todas las reglas morales por un momento de placer absoluto. Escribía sobre el morbo de lo prohibido con una precisión que volvía locas a mis lectoras en todo el mundo.
Pero una cosa era ser el titiritero detrás de un teclado, y otra muy distinta era estar atrapado en la telaraña.
Me senté en el sillón de cuero y abrí mi portátil. Tenía que revisar los informes trimestrales de la junta directiva de mañana. Tenía que ser el administrador. Abrí el archivo de Excel, pero los números en la pantalla no tenían sentido. Eran solo manchas negras sobre un fondo blanco.
Cerré la hoja de cálculo y abrí un documento de texto en blanco. Mis dedos se posaron sobre las teclas por inercia. Si no podía escapar de ella en el mundo real, la exorcizaría en la página.
Empecé a teclear a un ritmo frenético.
Describí el calor de un espacio cerrado. Describí el aroma abrumador de una mujer que huele a café y pecado. Describí la tensión insoportable de un roce no intencionado, y la urgencia animal de arrinconar a esa mujer contra una puerta de madera para devorar sus dudas con la boca. Escribí sobre el contraste del cabello rojo derramándose sobre una chaqueta gris, sobre la culpa de traicionar a una amistad fantasma, y sobre cómo el veneno más letal es a veces el único que quieres beber.
Tecleé durante media hora sin pausas, sin respirar, vertiendo toda la maldita tensión sexual que tenía acumulada en el teclado. Cuando finalmente me detuve, tenía mil palabras de la prosa más cruda, explícita y real que había escrito en años.
Leí el último párrafo en la pantalla brillante. Era una confesión. Era la prueba irrefutable de que estaba perdiendo la batalla.
Me froté los ojos con cansancio, sintiendo la pesadez de la derrota, cuando un zumbido agudo rompió el silencio de la oficina.
Mi teléfono móvil, que había dejado sobre el escritorio, se iluminó, vibrando contra la caoba.
Giré la cabeza. Pensé que sería mi asistente, o tal vez un correo electrónico corporativo. Pero el nombre que brillaba en la pantalla hizo que el corazón se me detuviera por una fracción de segundo antes de empezar a golpear mis costillas con una furia renovada.
Adriana Summers.
Me quedé mirando el aparato como si fuera un artefacto explosivo. ¿Por qué me escribía? ¿Había decidido sermonearme por mi actitud? ¿Iba a usar la carta de la culpa y recordarme a su amiga?
Lentamente, como si me acercara a un animal salvaje, extendí la mano, tomé el teléfono y desbloqueé la pantalla. Abrí la notificación del mensaje.
Leí las líneas una vez.
Luego las volví a leer, asegurándome de que mis ojos no me estuvieran engañando.
«El conserje dijo que las tintorerías están cerradas hasta el lunes. Supongo que tendrás que venir tú mismo por tu chaqueta, Alan.»
El silencio de mi penthouse fue roto por el sonido de mi propia risa. Fue una risa oscura, áspera, carente de cualquier tipo de humor. Era el sonido de un depredador que acaba de darse cuenta de que la presa no solo ha dejado la jaula abierta, sino que está sosteniendo la llave y provocándolo.
Volví a leer el mensaje. No había disculpas. No había menciones a la lealtad ni miedos. Era un desafío envuelto en una excusa tan barata que resultaba exquisita. Ella estaba sola en su apartamento. Llevaba mi ropa encima. Y me estaba desafiando a cruzar la línea de no retorno.
La culpa que había estado sintiendo durante todo el día por la traición a mi antigua relación se evaporó en un instante, quemada por la pura audacia de sus palabras. ¿Quería jugar? ¿Quería tentar al hombre de hielo y ver qué pasaba cuando este se derretía por completo?
Bloqueé la pantalla del teléfono, sin molestarme en responderle. No necesitaba palabras para esto. Las palabras eran para los libros.
Cerré el portátil de un golpe, descartando a la junta directiva, descartando mis reglas, descartando todo lo que no fuera el incendio que Adriana acababa de provocar. Me levanté del sillón con una energía repentina y letal. Tomé las llaves del auto que descansaban en el borde del escritorio y di media vuelta, abandonando la frialdad estéril de mi apartamento.
No iba a esperar hasta el lunes. Ni siquiera iba a esperar quince malditos minutos. Iba a ir por esa chaqueta ahora mismo, y le iba a demostrar a Adriana Summers exactamente por qué el placer de lo prohibido siempre terminaba en ruinas.
Y ambos íbamos a disfrutar de cada segundo de la caída.
El interior de la ambulancia olía a yodo, a plástico esterilizado y a su propia adrenalina rancia. Daisy se estremeció cuando el paramédico, un chico joven con ojeras marcadas, le aplicó un antiséptico frío sobre el labio partido y la mejilla hinchada. El escozor fue agudo, pero lo recibió casi con gratitud; era un dolor real, físico, anclándola al presente y alejándola de la pesadilla del búnker subterráneo.A través de las ventanas tintadas del vehículo, las luces rojas y azules de las patrullas policiales teñían la noche madrileña con destellos frenéticos. La "Mansión de Cristal", antes un monumento a la intocabilidad de Arturo Vargas, parecía ahora la escena de una zona de guerra. Agentes de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) entraban y salían cargando cajas de documentos, discos duros empaquetado
La bofetada no fue un golpe limpio; fue el impacto descontrolado de un animal herido. La mano de Arturo cruzó el rostro de Daisy con la fuerza de un latigazo, enviándola al suelo junto con la silla de cuero, que volcó con un crujido sordo contra la alfombra persa.El dolor estalló en su mejilla, agudo y cegador, y el sabor metálico de la sangre llenó su boca al instante. Su labio inferior se había partido contra sus propios dientes. Por un segundo, el mundo giró violentamente, reducido a un zumbido agudo en sus oídos y al destello de la lámpara de caoba sobre ella.Pero no gritó. No lloró. Había anticipado la violencia física como el último recurso de un hombre al que le acababan de arrebatar el control del universo.Se apoyó sobre los codos, escupiendo una mezcla de saliva y sangre sobre la inmaculada alfombra. Cuando alzó la vista, la má
El amanecer posterior a la subasta llegó perezoso, bañado en la luz dorada y engañosa de la primavera madrileña. La mansión, usualmente impecable antes de que sonara el primer despertador, aún mostraba las cicatrices de la ostentación nocturna. El personal del servicio de catering desmontaba las carpas de cristal en silencio sepulcral, conscientes de que el patrón dormía, agotado tras su triunfo.Daisy no había dormido. Se había duchado largamente, fregando su piel hasta enrojecerla para borrar cualquier rastro físico de la celebración de Arturo, aunque sabía que la verdadera mancha, el acuerdo tácito de su sumisión, tardaría mucho más en desaparecer.Se vistió con un conjunto de lino crudo, sencillo, la antítesis de la esmeralda brillante de la noche anterior. Su reflejo en el espejo le devolvía la mirada de una mujer que h
La noche de la subasta benéfica, la finca de Arturo Vargas resplandecía como una constelación artificial caída sobre La Moraleja. Las inmensas carpas de cristal, iluminadas desde el interior con un cálido resplandor ámbar, albergaban a doscientas de las personas más poderosas del país. El murmullo de las conversaciones, el tintineo del cristal de Baccarat y la suave música de un cuarteto de cuerda flotaban en el aire primaveral.Daisy estaba frente al espejo de cuerpo entero de su suite. El vestido que Arturo había elegido para ella era una obra de arte de alta costura, un diseño de seda esmeralda que se adhería a sus curvas como una segunda piel, con un escote en la espalda que descendía peligrosamente bajo. Era una joya para ser exhibida, y el color verde no era casualidad: era el color del éxito financiero, el color de la envidia.En su muñeca derecha brillaba un
Las siguientes tres semanas fueron un ejercicio agotador de disociación y actuación para Daisy. La maquinaria para la subasta benéfica se había puesto en marcha con la fuerza de un huracán contenido. La mansión, habitualmente silenciosa como un mausoleo, se llenó de un zumbido constante de actividad controlada.Arturo y Javier habían transformado la idea de Daisy en un despliegue faraónico de su poderío corporativo recién consolidado. Organizadores de eventos, floristas, arquitectos efímeros y técnicos de sonido desfilaban por los jardines sur, siempre escoltados por los hombres de Diego.Daisy participaba en las reuniones de planificación, eligiendo mantelerías de lino belga, decidiendo entre orquídeas blancas o peonías para los centros de mesa, y aprobando el menú diseñado por un chef de tres estrellas Michelin. Se movía por los
El domingo por la mañana, el cielo sobre Madrid amaneció de un gris plomizo, amenazando con una tormenta primaveral que encajaba perfectamente con la opresión perpetua de la mansión. Sin embargo, en el interior de Daisy, el clima era muy distinto. Había amanecido con una claridad mental fría, afilada y deslumbrante.Lo primero que hizo al despertar, antes incluso de que Elena llamara a la puerta, fue asegurar su botín. El viejo teléfono Android y el USB estaban escondidos en el estuche de cepillos faciales, pero eso era un escondite temporal, demasiado vulnerable a una inspección rutinaria de limpieza.Daisy se encerró en el inmenso vestidor. Fue hasta la sección del fondo, donde guardaba los bolsos de noche y las piezas de colección que Arturo le había comprado pero que rara vez usaba. Eligió un clutch vintage de Chanel, rígido y forrado en satén negro, que tenía un defecto de fábrica en el doble fondo. Con la precisión de un cirujano, introdujo el teléfono, el cable USB-C robado del







