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Autor: Lucia
last update Fecha de publicación: 2026-10-17 20:43:17

Harper

Apenas salimos del elevador cuando las cámaras nos golpean como una pared. Se me olvidó que Elias es un multimillonario de m****a.

Un segundo Elias me está agarrando de la mano, el pulgar frotándome los nudillos como si no pudiera parar de tocarme ahora que por fin admití que estoy en esto, y al siguiente hay gritos y destellos y gente empujándonos micrófonos en la cara.

“¡Señor Voss! ¿Es esta su nueva esposa?”

“¡Harper, por aquí! ¡Sonría!”

“¿Quién es la chica, Elias?”

Elias se pone rígido a mi lado. Su mano se aprieta en la mía tan fuerte que duele y entonces se mueve, tirando de mí contra su costado, el brazo trabándose alrededor de mi cintura como una banda de acero. Gira el cuerpo para que yo quede medio escondida detrás de él, el hombro bloqueando la mayoría de los lentes.

“Aléjense”, escupe, voz baja y mala suficiente para que un par de fotógrafos realmente tropiecen.

Pero no se alejan. Se amontonan más cerca. Preguntas volando una encima de la otra.

“¿Es cierto que se casaron en secreto?”

“¿Cuánto tiempo llevan juntos?”

“Harper, ¿son ciertas los rumores? ¿Te pagó?”

Me río. No puedo evitarlo. Sale afilada y de perra. “Sí, me pagó con amenazas y secuestro. Bien romántico.”

Elias me lanza una mirada de cállate, Harper, pero hay un pequeño tic en su boca como si también quisiera reírse.

Empieza a caminar, arrastrándome con él hacia el auto que espera. La multitud se mueve con nosotros, las cámaras haciendo clic como ametralladoras. Alguien me agarra del brazo y Elias pierde la cabeza.

Se da la vuelta de golpe, empuja al tipo con fuerza suficiente para que la cámara vuele. “Vuelve a tocarla y te rompo la puta mano.”

El tipo se echa para atrás, manos arriba. Los demás dudan pero siguen disparando.

Elias abre la puerta del auto, básicamente me tira adentro, se mete detrás de mí, la cierra de un golpe. El chofer arranca antes de que la puerta esté del todo cerrada.

Estoy respirando fuerte, el corazón a mil. Elias mira por la ventana, la mandíbula apretada tan fuerte que le oigo rechinar los dientes.

“Oye”, digo, dándole un codazo en el muslo. “¿Estás bien?”

Gira la cabeza despacio. Ojos oscuros. “Nadie te toca. Nunca.”

“¿Posesivo, no?”

Me agarra la cara, me jala a un beso duro. Rápido pero que deja moretón. “Sí.”

Me separo, me limpio la boca aunque no hay nada. “Sacaron fotos. Va a estar en todos lados mañana.”

“No me importa.”

“Debería. Tú eres el recluso, ¿recuerdas?”

Resopla. “Era.”

Se supone que vamos a alguna inauguración de galería, mi primera cosa pública desde la boda, algún amigo artista suyo o lo que sea, pero ahora estoy electrizada y enojada y medio quiero ir a casa y esconderme debajo de las cobijas.

El auto se detiene afuera de la galería de todos modos. Más cámaras. Menos que antes pero todavía suficientes para que se me caiga el estómago.

Elias me mira. “Podemos saltárnosla.”

“No”, digo, porque a la m****a eso. “No voy a dejar que me arruinen esta noche.”

Asiente una vez, se baja primero, da la vuelta a mi lado. Abre la puerta y me tiende la mano como un escudo. La tomo y salgo a los destellos otra vez.

Me mantiene pegada a su costado todo el camino hacia adentro, el brazo ahora alrededor de mis hombros, la mano extendida sobre mi clavícula como si estuviera marcando territorio. Adentro es mejor, luces tenues, arte pretencioso en las paredes, gente con ropa cara fingiendo que lo entiende.

Aguntamos diez minutos. Diez minutos enteros bebiendo champán y Elias presentándome como “mi esposa” con ese filo orgulloso en la voz que me aprieta el pecho.

Luego aparece ella.

Aurora.

Alta, rubia, piernas eternas, vestido rojo que grita mírame. Ve a Elias al otro lado del salón y se dirige directo, sonrisa afilada como un cuchillo.

“Elias, cariño”, dice, lo bastante alto para que la mitad del salón se voltee. Se inclina y le besa la mejilla. Se demora. Labial y todo.

Lo siento como una bofetada.

Elias se echa para atrás rápido, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano. “Aurora.”

Me ignora por completo al principio, ojos solo en él. “Te ves bien. La vida de casado te sienta bien.”

Su mirada por fin se desvía hacia mí. Sonrisa falsa. “Y esta debe ser la novia niña de la que he leído tanto.”

Le devuelvo la sonrisa, toda dientes. “Y tú debes ser la ex que no entiende una indirecta.”

Se ríe, aguda y falsa. “Fogosa. Linda.”

Elias da un medio paso delante de mí. “Nos vamos.”

“No”, dice Aurora, agarrándole el brazo. “Tenemos que hablar. En privado.”

Se la sacude. “No hay nada de qué hablar.”

Ya tuve suficiente. El vaso de champán golpea una bandeja que pasa con fuerza suficiente para que se salpique. Me doy la vuelta y camino. Rápido.

Oigo que me llama por el nombre pero no me detengo. Empujo entre la gente, salgo por la puerta lateral, a la calle. Más cámaras pero sigo moviéndome, metiéndome en el callejón al lado del edificio porque necesito aire y espacio y no golpear a alguien.

Pasos detrás de mí. Rápidos.

“¡Harper!”

Me doy la vuelta. Él está ahí, respirando fuerte, ojos salvajes.

“¿Qué carajos fue eso?” grito.

“Ella no es nada”, dice, acercándose. “Tú lo sabes.”

“¿Lo sé? Porque te besó y tú solo te quedaste parado ahí.”

“¡Me separé!”

“¡No lo suficiente rápido!”

Se pasa una mano por el pelo. “No quería montar un número.”

“Sí, bueno, ¡tarde!”

Intento pasar a su lado pero me agarra de los brazos, me empuja contra la pared de ladrillo. No fuerte. Solo firme.

“Suéltame.”

“No.” Su voz baja. “Estás celosa.”

“Vete a la m****a.”

“Lo estás.” Su boca se mueve. “Está caliente.”

Le empujo el pecho. “Ni se te ocurra sonreír ahora.”

No lo hace. Solo me mira desde arriba, las manos deslizándose de mis brazos a mi cintura, clavándome ahí.

“Odio esto”, espeto.

“¿Odiar qué?”

“¡Vete a la m****a! Me secuestras, me obligas a casarme contigo y ahora traes a alguna novia a burlarse de mí.”

Sus ojos se oscurecen. “¿Sí?”

“Sí.” Mi voz se quiebra en eso.

Gime bajo en la garganta y entonces su boca está en la mía.

Dura y desesperada y castigadora. Le devuelvo el beso igual de mala, mordiéndole el labio, las uñas clavándose en sus hombros a través de la chaqueta.

Me aprieta más contra la pared, el muslo deslizándose entre los míos, manos por todos lados: mis caderas, mi culo, mi pelo. Enrollo una pierna alrededor de su cadera y él se frota contra mí y gimo en su boca como una idiota.

Estamos hechos un desastre. Respiración entrecortada. Mi vestido subido, su corbata aflojada a tirones.

Ya estoy temblando y ni siquiera me ha tocado la piel.

Se separa solo lo suficiente para jadear contra mis labios. “Dime que pare.”

“No.”

“Harper.”

Le agarro la cara, lo jalo de vuelta. “Ni se te ocurra dejar de besarme.”

Gruñe y se lanza de nuevo, la lengua follándome la boca hasta que se me doblan las rodillas. Me sostiene fácil, una mano bajo mi muslo, la otra enredada en mi pelo, inclinándome la cabeza como quiere.

Estoy empapada. Vergonzosamente. Todo el cuerpo en llamas. Me froto contra su muslo sin vergüenza y él sisea.

“Joder, bebé.”

“No me llames así ahora”, jadeo. “Sigo enojada.”

“Mentirosa.” Me muerde el cuello. “Estás goteando en mi traje.”

Le empujo el hombro. “¡Cállate!”

Se ríe contra mi piel, bajo y áspero. Luego me besa otra vez, más lento esta vez, pero más profundo. Como si estuviera tratando de meterse dentro de mí.

Estoy temblando de la cabeza a los pies cuando por fin se separa.

Estamos los dos destrozados. Pelo revuelto. Labial por todos lados, el mío en él, el de ella probablemente todavía en su mejilla. Trajes arrugados. Respirando como si hubiéramos corrido un maratón.

Apoya la frente contra la mía, las manos todavía en mis caderas, los pulgares dibujando círculos lentos.

“Lo siento”, dice, voz ronca. “Por Aurora. Por todo.”

Trago duro. “Más te vale.”

“Ella no es nada. Tú eres todo.”

Resopló, pero sale húmedo. “Bastardo cursi.”

Sonríe chiquito. “Tu bastardo cursi.”

Pongo los ojos en blanco pero no discuto.

Nos arreglamos lo mejor que podemos: alisamos vestidos, volvemos a atar corbatas, limpiamos labial con su pañuelo de bolsillo. Él sigue tocándome igual. Mano en mi espalda, dedos en los míos, como si tuviera miedo de que me escape otra vez.

De vuelta adentro evitamos a Aurora por completo. Ella mira desde el otro lado del salón pero no se acerca. Lista.

Nos vamos temprano de todos modos. El viaje en auto a casa es callado pero su mano se queda en mi muslo todo el tiempo, el pulgar acariciando.

En el elevador hacia el penthouse reviso mi teléfono, el quemador que mantengo escondido, y hay un mensaje de Sofia.

No confíes en el dueño de la galería. Trabaja para Aurora.

Lo miro hasta que la pantalla se apaga.

Elias se da cuenta. “¿Qué?”

“Nada”, miento, metiendo el teléfono en el clutch.

Frunce el ceño pero no insiste.

Adentro nos sirve whisky. Me lo tomo de un trago. Él mira, cejas arriba.

“¿Noche difícil?”

“Se podría decir.”

Se acerca, me quita el vaso, lo deja. Me toma la cara con suavidad.

“¿Estás bien?”

No. Estoy celosa y caliente y confundida y asustada porque me estoy enamorando demasiado rápido y ahora hay un dueño de galería sospechoso trabajando para su ex y no sé qué carajos está pasando y tal vez tengo este síndrome de Estocolmo.

Pero digo: “Sí. Solo cansada.”

Asiente despacio, como si supiera que estoy llena de m****a pero no me va a confrontar todavía.

“Ve a cambiarte”, dice. “Espero.”

Voy al dormitorio, me quito el vestido, me pongo una de sus camisetas y nada más porque a la m****a los panties ahora mismo.

Cuando vuelvo él está en el sofá, sin chaqueta, mangas arremangadas, whisky en la mano.

Me meto en su regazo sin pedir permiso. Él deja el vaso rápido, las manos yendo a mis muslos desnudos.

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