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¡MALDITA DEPRESIÓN!

Penulis: LauraC
last update Tanggal publikasi: 2026-04-22 07:08:43

 Katherine Olson

Cuando Mackenzie salió de la habitación, un vacío inexplicable se apoderó de mi ser. Sentí que una fuerza invisible, una especie de escudo que me había protegido, se desvanecía con su partida. Miré a mi alrededor; la habitación se convirtió en un espacio inmenso y desolado. Aunque era un extraño, sus palabras resonaban con una verdad: me había convertido en una persona permisiva, sometida a la voluntad de Valentino. Había permitido que ejerciera su dominio sobre mí, permitiendo incluso que su violencia alcanzara niveles inimaginables, hasta el punto de matar a nuestro hijo no nacido. ¿Quién en su sano juicio aceptaría semejante situación?

Esa noche, a pesar de la seguridad de estar en el hospital, el sueño se me escapó. La inquietud me mantuvo despierta y el miedo me envolvió en una ansiedad constante. Al amanecer, pedí el alta voluntaria, sintiendo una mezcla de alivio e inquietud. Mi corazón dio un vuelco al descubrir que Leandro había pagado la cuenta del hospital. Pero lo que más me sorprendió fue el sobre que me dejó, con una caligrafía elegante y cuidadosamente escrita: "Katherine".

La curiosidad me hizo temblar de nervios mientras abría el sobre. En su interior, encontré una suma de dinero que superaba cualquier expectativa, acompañada de una tarjeta. La astucia de Leandro se hizo evidente; sabía que la tarjeta que me había dado antes podría perderse. Su gesto, a pesar de la sorpresa que me causó, me dejó con una mezcla de gratitud y confusión. La generosidad inesperada me hizo cuestionar todo lo que creía saber sobre él y sobre mí misma. Respiré hondo y me guardé el sobre en el bolsillo. No me consideraba una mujer interesada, pero la verdad es que no tenía mucho a mi favor, así que el dinero llegó en el momento justo.

Salí a la avenida y tomé un taxi, pidiéndole al conductor que me llevara a mi mansión. Tenía que enfrentar los problemas que había dejado atrás. No llevaba nada conmigo, ni siquiera mi identificación, pero sabía precisamente dónde encontrar unas llaves de repuesto. Fui a la parte trasera de la casa y, en una maceta donde crecía una planta de pompones, encontré las llaves escondidas.

Volví a la puerta principal e intenté abrirla, pero la llave no encajaba en la cerradura. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Lo intenté de nuevo, incluso con la puerta trasera, pero tampoco funcionó. ¡Mierda! ¿Qué estaba pasando? Mi mente se llenó de inquietud.

Sin otras opciones, toqué el timbre insistentemente, pero era evidente que Valentino no estaba allí. Me acurruqué junto a la entrada, abrazándome a mí misma en un intento de encontrar algo de consuelo. No tenía más remedio que esperar a que regresara. Tal vez las llaves que había encontrado no eran las correctas, o tal vez algo más andaba mal. La sensación de impotencia se intensificaba con cada minuto que pasaba.

Pasaron horas que parecieron una eternidad, y mi desesperación crecía con cada minuto. Finalmente, cuando el auto de Valentino apareció en el sendero de la mansión, me levanté con esfuerzo, con las piernas doloridas por la inmovilidad prolongada. Suspiré profundamente, aliviada pero temerosa de lo que vendría.

Valentino bajó del coche y, al verme, su furia fue instantánea.

—¡¿Qué haces aquí, Katherine?! —Su grito fue tan intenso que casi me explota en los oídos.

—Bueno, yo vivo aquí, Valentino —respondí con tono de resignación.

—¡Estabas viva, Katherine! Porque ya no vives aquí. Quiero que te vayas inmediatamente. No tienes nada que hacer en este lugar.

Sus palabras fueron como cuchillos afilados que se hundieron en mi corazón, causándome un dolor agudo. Sin embargo, en medio de aquella agonía, encontré una chispa de valor y lo miré con desafío.

—¡Viva, Valentino! Esta es mi casa —grité, con la furia quemándome la voz—. Mi casa. Aunque te duela, yo también invertí dinero en esto. ¡Así que ábreme la puerta, maldita sea! Valentino frunció el ceño y se pasó una mano por la cabeza, con su frustración evidente. En ese momento, apreté la mandíbula y los puños, dispuesta a enfrentar lo que viniera. Si iba a intentar hacerme daño, lo haría sabiendo que no me rendiría sin luchar.

Estaba preparada para recibir sus golpes, con el cuerpo tenso y el espíritu decidido a no ceder.

—Vete, Katherine, vete antes de que cometa una estupidez —ordenó con voz airada.

—¿Qué, Valentino? ¿Vas a pegarme otra vez? ¿Vas a humillarme como siempre? Ya no puedes causarme más dolor. Ahora voy a luchar por lo que es mío.

—Nada es tuyo. Hace dos días te fuiste, abandonaste el hogar y ya no tienes derecho a nada. Mi abogado te llamará para que firmes el divorcio. Ahora, lárgate de aquí.

Sus palabras fueron como una puñalada fría y sentí que las piernas me empezaban a temblar. Sacudí la cabeza, incapaz de aceptar la realidad que me imponía.

—¿Estás loco? No puedes hacerme esto.

—¡Fuera! —gritó con un tono definitivo.

El eco de su grito resonó en mi mente mientras me enfrentaba a la cruel verdad: no tenía lugar en mi propio hogar. A pesar del dolor y la humillación, sabía que tenía que mantenerme firme, aunque el mundo pareciera desmoronarse a mi alrededor.

—¡No! Valentino me agarró del brazo y empezó a arrastrarme por el sendero, mientras yo forcejeaba con todas mis fuerzas, tratando de liberarme y evitar que me hiciera más daño.

—¡Suéltame! ¡Es mi casa! —clamé desesperada.

De repente, Jennifer Mackenzie, la amante de Valentino y hermana de Leandro, bajó del auto. Llevaba una bata corta de maternidad, el cabello recogido con precisión, tacones altos y gafas de sol oscuras. Cuando me vio, se bajó las gafas y me inspeccionó de arriba abajo con una mirada despectiva. Yo estaba destrozada, con el rostro todavía marcado por los golpes de Valentino.

—¿No escuchaste a mi marido? Lárgate de aquí, arrastrada —dijo con desdén.

—¿Qué hace esta mujer? —pregunté, dirigiendo mi odio hacia ellos.

Jennifer se acercó con pasos firmes, quitándose las gafas de sol de forma imponente.

—Soy la nueva señora de esta casa, y no te preocupes por tus cosas, pordiosera. El camión de la basura ya se las llevó. No queda nada de ti aquí. Vete con tu amante.

Sacudí la cabeza, sintiéndome cada vez más fuera de control. Empecé a caminar en círculos, tirándome del pelo en un intento de procesar lo que estaba pasando.

—Esto no puede ser, no puede ser —repetía con la voz entrecortada.

Valentino, agotado de verme en ese estado, se me acercó de nuevo y, como si me tratara como a una criminal, me agarró del brazo con tal brusquedad que me hizo sufrir aún más. Lo peor era que Jennifer aprobaba el abuso y se reía de mí, disfrutando de mi humillación en mi propia casa. Cada risa suya era un golpe más, un cruel recordatorio de la pérdida total de mi dignidad.

—¡Fuera, sucia! —gritó Valentino mientras me arrastraba hasta el final del camino de la mansión.

—¡No! ¡Por favor, no! —imploré con la voz quebrada. Un ataque de nervios me envolvió y caí de bruces sobre el frío cemento. Valentino cerró la verja de la mansión con un estruendo, dejándome sola. Allí me quedé, golpeando el aire, sufriendo el dolor más profundo que mi corazón jamás había conocido.

—¡Malditos sean los dos! ¡Malditos! —grité desesperada.

Me levanté del suelo, me recogí el pelo con manos temblorosas y me sequé las lágrimas. Con las manos en los bolsillos, empecé a caminar. Antes de llegar a la carretera principal, recordé el dinero y la tarjeta de Mackenzie. Saqué el sobre y extraje un billete.

Tomé un taxi y me dirigí a un hotel barato, sabiendo que el dinero que tenía no duraría mucho. Llegué a un barrio que era un reflejo horrible de mi situación, pero era lo que podía permitirme con el ajustado presupuesto que había calculado en mi mente.

La mujer que me recibió me miró con preocupación y curiosidad.

—¿Qué te han hecho, niña? ¿De qué agujero horrible te han sacado?

—Alquíleme una habitación, por favor —logré decir con voz entrecortada.

—Un hombre te pegó, ¿verdad? Bienvenida al club. Aquí hay muchas como tú, que son golpeadas por sus maridos y echadas a la calle por su amante. Pobre pequeña.

Me quedé en silencio, asimilando sus palabras. ¿Era tan común que una mujer estuviera en mi situación? Sacudí la cabeza, intentando despejar mi mente.

Le pagué a la mujer una semana de alojamiento y ella me entregó las llaves.

—No estás sola, cariño. No estás sola.

Asentí agradecida y me dirigí a la pequeña y descuidada habitación que me tocó. Encendí las luces y, aunque el lugar estaba en malas condiciones, era un alivio estar lejos de Valentino. Me asombraba pensar que Jennifer considerara una fortuna tenerlo a él.

Al principio, Valentino había sido un ser maravilloso, pero con el tiempo reveló su verdadera naturaleza, mostrando la clase de persona cruel que realmente era.

Pasaron un par de días y la depresión me envolvió como una sombra pesada. Me sentía invisible para el mundo y el dolor de la soledad era casi físico. Mi pecho y mi estómago estaban en constante malestar, agravado por la falta de comida. Mi cuerpo se había convertido en un mero armazón de huesos y mi apariencia física era un reflejo de la miseria que me consumía. La muerte, con su fría certeza, parecía una liberación de mi angustia.

¡Maldita depresión!

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