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CAPÍTULO CINCO

last update Fecha de publicación: 2026-04-23 20:45:05

—¿Qué acabas de decir? —la voz de Silas cayó como una guillotina. Dio un paso desde detrás de Elara, su presencia expandiéndose hasta parecer eclipsar la luz misma de la habitación. La intensidad de su mirada era un golpe físico, pero Greene, cegado por su propia ilusión, no retrocedió.

—¿A quién crees que tienes la audacia de hablarle así? —preguntó Silas, su voz vibrando con una furia que hizo que los invitados más cercanos dieran un paso atrás al unísono.

—¿Y quién eres tú para hablarme de esa manera? —replicó Greene, inflando el pecho. Se burló, recorriendo a Silas de arriba abajo con un gruñido despectivo—. ¿Eres tú quien la metió de contrabando aquí? —se mofó, señalando vagamente el vestido de Elara—. ¿También estabas invitado? No pareces un Alfa, más bien un Beta que se alimenta de supresores.

Silas dio otro paso hacia adelante, su sombra cerniéndose sobre Greene.

—¿Qué acabas de decir?

—¡Estoy con la hija del Presidente! —presumió Greene, pasando un brazo alrededor de la cintura de Beatrice—. No querrás que te echen de aquí. ¡Puedo hacer que te despidan con una sola palabra a su padre!

Beatrice, sin embargo, se había puesto mortalmente pálida. Sus ojos estaban fijos en Silas, y su expresión cambió de arrogancia a un terror puro y absoluto. Lo había reconocido. Todos en el círculo interno conocían a la “Bestia de la Guardia Presidencial”. Comenzó a encogerse, su voz un susurro frenético.

—Greene… baja la voz.

—¿Bajar la voz? ¡No voy a bajar la voz! ¿Me hablas así cuando estás aquí conmigo? ¡Voy a hacer que se encarguen de él!

—Greene, deja de alzar la voz… —suplicó Beatrice, su mano temblando mientras intentaba apartarse de su lado.

Los murmullos del público se volvieron más agudos, cortando el silencio.

—¿Quién es ese tipo que le habla con tanta arrogancia al Alfa Vance?

—Debe tener deseos de morir. ¿Quién le dio una invitación? ¿Ahora los Alfas ordinarios de bajo rango pueden entrar en lugares como este?

—Y está señalando a Silas… esa bestia a la que nadie se atreve a mirar dos veces. Está acabado.

Greene los ignoró a todos, mirando a Beatrice con confusión.

—¿Por qué tienes miedo? ¿Te intimidan? Mírame, soy el exmarido de esta mujer. Tú ya sabes quién es. ¡No es nada!

—¿Eres el exmarido de la Alfa Vance?

La voz que cortó el aire fue como acero frío deslizándose sobre seda. Toda la sala giró. La multitud se abrió como el Mar Rojo mientras un hombre avanzaba, cada paso resonando con el peso de una autoridad absoluta.

Era Calvin.

La respiración de Elara se entrecortó al verlo. Doce años habían transformado al chico que la ayudó a escalar el muro en un titán. Era enorme, su físico moldeado por una década de mando militar, con hombros lo suficientemente anchos como para cargar el peso de una nación. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, enmarcando un rostro increíblemente apuesto, pero tallado en granito. Sus ojos, de un gris depredador y penetrante, se posaron en los de ella por una fracción de segundo, con una leve sonrisa cómplice en los labios, antes de volverse hielo al mirar a Greene.

—Calvin está aquí —susurró alguien—. Ese loco está tan muerto como pueda estarlo.

—¿Dijiste que eras el exmarido de la Alfa Vance? —repitió Calvin, deteniéndose a escasos centímetros de Greene. Silas se hizo a un lado, cediendo el lugar al hombre que había sido preparado para ser la pareja de Elara.

La sonrisa de Greene vaciló. Miró a Elara, luego a Calvin, y de nuevo a Elara. Un destello de duda cruzó por fin su rostro, pero su arrogancia era un hábito difícil de romper.

—No sé nada de una “Alfa Vance”, pero sé que soy el exmarido de esta mujer —respondió, señalando a Elara.

La mandíbula de Calvin se tensó.

—Deja de avergonzarla diciendo que eres el exmarido de la Alfa Vance. Podrías ir a la cárcel por hacer tal afirmación.

—¿A la cárcel por qué? ¡Beatrice, estás oyendo lo que dicen! —Greene se giró hacia la chica, pero Beatrice ya estaba tres pasos atrás, con el rostro cubierto de pánico.

—Deberías quedarte callado en este punto, Greene —dijo Elara, su voz cortando su pánico como un bisturí. Giró su mirada fría hacia la chica—. Beatrice… dijiste que eres la hija del Presidente, ¿verdad?

Beatrice parecía querer fundirse con el suelo. Ni siquiera podía encontrar su voz.

—¡Claro que lo es! —replicó Greene, soltando la mano de Beatrice para gesticular hacia el salón—. Ve a buscar a tu padre, Beatrice. Me encantaría discutir nuestros planes de matrimonio con él ahora mismo.

—¿Planes de matrimonio? —preguntó Elara.

Greene asintió con orgullo, acomodándose las solapas como si ya llevara una corona.

—Sí, planes de matrimonio. Para casarse con un Alfa, estas cosas siempre pasan. No es como con los Omegas, que no tienen un matrimonio real, simplemente se quedan con sus Alfas cuando están marcados… ¿por qué te explico esto como si lo entendieras?

De pronto, Elara comenzó a liberar sus feromonas, mientras la ira crecía dentro de ella. No era solo un aroma; era una ola devastadora de poder puro. Una sensación mareante envolvió a todos en un radio de casi diez metros. El aire se volvió pesado, denso, con un matiz metálico de la furia de una Alfa dominante. Solo los otros depredadores ápice —Calvin, su padre y unos pocos Alfas dominantes— no se vieron afectados. Todos los demás empezaron a tambalearse, llevándose las manos a la cabeza mientras el mareo los invadía. Su padre lanzó una mirada en su dirección, preguntándose qué la había llevado a desatar esa furia.

—¿Quién es este Alfa con feromonas tan fuertes? —preguntó Greene, con la voz quebrándose mientras intentaba taparse la nariz, sus rodillas temblando bajo un peso que no comprendía.

Calvin miró a Elara. Claro, había echado de menos esas feromonas durante tanto tiempo. La sensación le trajo recuerdos de su infancia, de cuando entrenaban hasta que el aire parecía arder. Se conectó a su mente con facilidad, su voz resonando en su cabeza a través de su antiguo vínculo mental.

«¿En serio? ¿Ese hombre es tu exmarido? —preguntó, con un tono mental lleno de incredulidad—. ¿No quisiste que fuera tu pareja para estar con un charlatán como este? ¿Qué te dio para que desperdiciaras años con él?»

«Calvin, cállate.»

«Me callaré, pero deja de esparcir tus feromonas. Estás contaminando la fiesta. Hay Omegas en este edificio, Elara. No sabrás cómo controlar a todos si los haces entrar en celo.»

La advertencia la hizo reaccionar. Recordó a alguien. Se giró de inmediato hacia donde estaba Silas. Él temblaba violentamente, con los nudillos blancos al aferrarse al respaldo de una silla. Intentaba mantener la compostura, pero el sudor empapando su traje lo delataba. Las feromonas de ella lo golpeaban como un impacto físico; ni los supresores más fuertes podían proteger a un Omega de la furia directa de un Alfa dominante.

—¡¿Quién es este Alfa con estas feromonas?! ¡Debería detenerse! —gritó Greene, con la voz cargada de pánico mientras la habitación comenzaba a girar para él.

Elara dio un paso hacia él, su sombra alargándose.

—Soy yo. Soy la mujer de las feromonas de las que hablas.

—¿Tú? —preguntó, intentando burlarse, pero la burla murió cuando ella liberó aún más—. ¿Eres un Alfa?

La oleada fue demasiado. Para sorpresa absoluta de todos, Silas se desplomó en el suelo. El aire se llenó de un nuevo aroma, algo dulce, crudo y terriblemente vulnerable. Sus propias feromonas Omega escapaban de él en una avalancha desesperada e incontrolable, despojándolo por completo ante la presencia de Elara. Era como si hubiera vuelto a tener doce años, atrapado en el aterrador inicio de un género que había ocultado durante una década.

Elara parpadeó, tragando saliva con dificultad cuando el dulce aroma alcanzó sus sentidos.

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Último capítulo

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