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CAPÍTULO SIETE

last update Fecha de publicación: 2026-04-24 19:47:13

—¡Por favor! Puedo arreglar esto—

—Y asegúrense —añadió ella, volviendo por fin la mirada hacia él— de que recuerde exactamente cuál es su lugar.

Greene cayó esta vez completamente de rodillas. Justo ahí, delante de todos.

—¡Elara, por favor! ¡No lo sabía! ¡Te juro que no lo sabía—!

Ella lo miró, imperturbable.

—Tienes razón —dijo en voz baja—.

—No lo sabías.

Sus labios se curvaron levemente, no en una sonrisa, sino en algo más frío.

—Y esa ignorancia te costó todo.

Se giró hacia los guardias y luego se inclinó un poco hacia Greene, acercándose a su oído.

—Pasé diez años fregando tus suelos, Greene. Esta noche y para siempre, tú fregarás los míos.

—Por favor… Elle, por el bien de lo hermoso…

La mano de ella impactó contra su rostro en una bofetada, haciendo que su cara se girara.

—¿Hermoso qué? —preguntó, entrecerrando los ojos—. Recuérdame, ¿qué tuvo alguna vez de hermoso en ti?

—Llévenselo.

Los guardias lo agarraron y lo arrastraron hacia atrás mientras él gritaba, suplicaba, se resistía. Nadie intervino. Nadie habló. Porque el veredicto ya había sido dictado y la sala lo había aceptado.

—Bien merecido lo tenía, hablaba demasiado —murmuró alguien entre la multitud.

—¿Cómo pudo insultar así a la Alfa Elara? —susurró otro.

—Pero más importante, ¿qué relación hay entre Elara y ese hombre? ¿Y Beatrice? Estaba aquí hace un momento.

—Están pasando demasiadas cosas… ¿y qué hace nuestro todopoderoso Silas en el suelo?

—¿Dónde está Beatrice? —preguntó Elara, recorriendo lentamente a la multitud con la mirada, aguda y escrutadora—. Encuéntrenla.

No dirigió la orden a nadie en particular, pero llevaba tal autoridad que varios guardias y asistentes se movieron de inmediato, abriéndose paso entre los invitados.

Momentos después, se escuchó:

—¡Déjenme en paz! ¡Suéltenme!

Las protestas se hicieron más fuertes, más cercanas, hasta que Beatrice fue arrastrada hacia adelante y empujada bruscamente al suelo a los pies de Elara.

Una leve mueca de desprecio cruzó los labios de Elara al mirarla.

—¿Dijiste que eras qué exactamente? —preguntó, con voz calmada pero cortante, inclinándose ligeramente.

Beatrice temblaba bajo su mirada, el pánico escrito en todo su rostro.

—¿La hija del Presidente?

—Yo… yo no dije eso —respondió Beatrice rápidamente, demasiado rápido. Su voz temblaba mientras desviaba la mirada, que terminó posándose en Silas, aún en el suelo, su cuerpo retorciéndose sutilmente mientras luchaba por mantenerse en control.

Los ojos de Elara se entrecerraron.

—¿Qué dijiste? —insistió, con un tono más bajo.

Antes de que Beatrice pudiera responder, una ola más intensa y dominante de feromonas se extendió desde atrás. La multitud se apartó instintivamente, abriendo un camino.

El Presidente.

Y a su lado, el Primer Ministro.

—¿Qué está pasando aquí? —la voz de su padre resonó, firme y autoritaria.

Beatrice se puso de pie de inmediato y corrió hacia el lado de su padre como una niña asustada en busca de protección.

La mirada del Presidente pasó de ella y se posó casi de inmediato en Silas, que aún intentaba —sin lograrlo— ponerse de pie.

—¿Qué le pasa?

—Está enfermo —respondió Elara rápidamente, casi demasiado rápido.

Los ojos de Calvin se clavaron en su rostro al instante, con sospecha.

—Yo… estoy bien —logró decir Silas, con la voz tensa mientras se incorporaba a medias, solo para que su cuerpo volviera a fallarle. No parecía debilidad, sino algo que lo desgarraba desde dentro.

—¿Por qué estás causando un escándalo? —preguntó el Primer Ministro, con irritación en su tono mientras miraba entre Elara y su hija.

Elara se enderezó, su expresión enfriándose al instante.

—¿Por qué? ¿Acaso no tengo derecho a castigar a ciudadanos que cometen errores en este país?

—¿En tu primer día de regreso? —replicó él—. Todos están aquí para celebrarte, y tú decides convertirlo en un espectáculo frente a invitados distinguidos.

Elara soltó una suave risa sin humor.

—Si su hija no hubiera robado mi identidad, no habría tenido motivo.

Se hizo un breve silencio.

—¿Y por qué robaría ella tu identidad? —preguntó su padre, con voz medida pero inquisitiva—. ¿Pensaste en preguntárselo?

El puño de Elara se cerró a su costado.

Antes de que pudiera responder, Calvin dio un paso al frente, clavando la mirada en Beatrice.

—¿Por qué robaste la identidad de la Alfa? —preguntó sin rodeos.

Beatrice dudó, sus labios entreabiertos mientras su mirada volvía a deslizarse hacia Silas.

—Porque… —comenzó, con la voz temblorosa, lo justo para sonar convincente—. Porque estoy enamorada de Silas.

Un murmullo recorrió a la multitud.

—¿Qué? —Elara frunció el ceño, la incredulidad evidente en su tono—. ¿Estás enamorada de Silas… y eso te llevó a Greene?

Incluso Silas, en su estado aturdido, pareció registrar su nombre débilmente, su expresión tensándose como si intentara —sin lograrlo— comprender la conversación.

—¿Quién es Greene para ti? —preguntó el Primer Ministro con suavidad, redirigiendo la situación con facilidad.

Beatrice se irguió un poco, aferrándose a su historia.

—Estoy diciendo la verdad. Tuve que disfrazarme… para poner celoso a Silas. Era la única manera.

Se escucharon risas suaves por toda la sala.

Luego vinieron los susurros, todos románticos, dramáticos y divertidos.

La tensión cambió.

—Bueno, eso lo aclara, ¿no? —continuó el Primer Ministro, con un tono ligero pero incisivo—. Somos familia, Elara. Este tipo de asuntos deben manejarse en privado, no convertirse en entretenimiento para una multitud.

Su mirada se afiló ligeramente.

—¿O perdiste tus modales durante tu ausencia de doce años?

El golpe fue directo. Elara lo sintió… pero no reaccionó.

No por fuera.

El Primer Ministro se volvió, colocando una mano sobre el hombro de Beatrice mientras comenzaba a guiarla fuera.

Al moverse, Beatrice miró hacia atrás.

Y sonrió.

Una pequeña, afilada sonrisa de victoria, dirigida únicamente a Elara.

—Encárgate de esto —dijo el Presidente, con un tono más bajo pero igual de firme—. Y reúnete conmigo mañana por la mañana en mi despacho. Me explicarás todo.

Luego se dio la vuelta, siguiendo al Primer Ministro.

La multitud comenzó a dispersarse lentamente, aunque los susurros no cesaban.

Elara exhaló despacio. La tensión en su pecho no disminuyó, sino que se tensó aún más.

Entonces volvió la mirada hacia Silas. Él aún la observaba, respirando de forma irregular, todavía afectado.

Y esta vez, ella no dudó.

Comenzó a caminar hacia él.

—¿Qué le pasa? —la voz de Calvin la detuvo a mitad de paso.

Elara se detuvo.

—¿A quién? —preguntó, aunque ya lo sabía.

Calvin levantó ligeramente la mano, señalando.

—A Silas.

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Último capítulo

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