LOGINLira Vale no tiene loba interior, no puede transformarse y no tiene un lugar en la manada. Cuando el alfa Kael Thornridge la rechaza ante mil testigos, con la intención de arrebatarle cualquier derecho a pertenecer a ella, se supone que debe desaparecer. Pero, en cambio, algo ancestral despierta en su interior: una fuerza que desconocía y que apenas puede controlar, capaz de poner de rodillas a toda la manada. Ahora, perseguida por los Ancianos que buscan sofocar la amenaza que representa para su poder, y guiada por Fen, un exiliado de ojos plateados que la llama Soberana, Lira descubre que es la última descendiente de un linaje que el Gran Alfa lleva veinte años intentando borrar. Ante ella se abre una elección: huir del mundo que la expulsó o reclamar el trono que intentó negarle, impulsada por su necesidad de aceptación y la convicción de que su poder es su verdadera herencia. Sigue leyendo para descubrir qué sucede después. ESQUEMA DE LA TRAMA Género: Hombres lobo, romance paranormal / fantasía oscura. Tropos: Pareja destinada rechazada, la elegida, segunda oportunidad, de enemigos a aliados. Temas: El poder se reclama, no se concede. El amor frente a la posesión. El precio del silencio. Lo que una mujer le debe a un mundo que intentó borrarla. Ambientación: Un mundo sobrenatural contemporáneo regido por estrictas jerarquías de manadas de hombres lobo, centrado en el territorio de Thornridge y en el antiguo bosque prohibido conocido como el Bosque Primigenio.
View MoreEntré en el Salón Piedra Lunar y supe al instante que estaba en problemas. No fue intuición ni algún instinto de loba; no tengo nada de eso. Fue el olor. Normalmente, aquel lugar olía a cedro y a poder ancestral, pero esa noche parecía el funeral de alguien que aún seguía con vida. Ese alguien era yo.
La gente me miraba como si fuera un accidente que llevaba tiempo esperando presenciar. No me veían como a una persona, sino como un simple tema de conversación. Los susurros no cesaban, un murmullo tenue que siempre anunciaba una ejecución en la manada.
Mírenla susurró alguien.
Era Sarah, una chica con una loba de noble linaje y un carácter horrible.
Sin marca, sin joyas, sin unos zapatos decentes. ¿De verdad cree que Kael va a aceptar a una humana?
Me alisé el vestido. Mi madre había pasado tres noches arreglándolo, con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas. Había cosido sus esperanzas y sus preocupaciones en cada costura, intentando que pareciera una Luna. Yo sabía que solo parecía una chica con un disfraz que no le quedaba bien.
El salón era una burla. Tenía ventanas arqueadas, una suave luz de luna y velas blancas. Todo estaba preparado para un cuento de hadas. Pero el emblema sobre el estrado contaba la verdadera historia: un lobo oscuro atrapado entre espinas. Así eran las cosas en Thornridge. El poder tenía un precio. Y casi siempre se pagaba con sangre.
Lira retumbó una voz.
Me tensé. Era Silas, el beta. No me odiaba. Eso habría sido más fácil. Sentía lástima por mí, como quien mira a un perro al que están a punto de sacrificar.
El alfa está listo dijo.
Ya lo sé, Silas. Tengo oídos.
Mi voz sonó más cortante de lo que pretendía. Necesitaba mostrarme fuerte.
Avancé hasta el círculo. El corazón me latía como un animal atrapado, mientras el miedo y la esperanza me oprimían el pecho. Habían pasado tres días desde la última vez que vi a Kael. Ni llamadas ni mensajes. Solo silencio, y una duda que empezaba a echar raíces.
Él lo sabía. Tenía que saberlo. Habíamos crecido juntos. Él era el futuro, el líder. Yo era la chica que no podía transformarse. La humana.
Cuando estábamos solos, me miraba como si yo fuera la única persona que importaba.
El silencio tiene su peso, Lira me había dicho. Algunas cosas necesitan tiempo.
Me había aferrado a esas palabras. Ahora, mientras la realidad se imponía, la esperanza que contenían se marchitaba dentro de mí, dejando solo decepción.
El beta golpeó el suelo de piedra con su bastón. El salón quedó en silencio. Kael apareció sin medallas ni atuendos ceremoniales ostentosos. Era enorme, de hombros anchos y rostro tallado en granito.
No miró a la multitud. No miró a Silas. Me miró a mí.
Mi cuerpo me traicionó. El vínculo de pareja se agitó en mi pecho. Era un calor sordo, un dolor que quería gritar por él.
Kael llegó al pie de las escaleras y se detuvo frente a mí. Podía olerlo. Madera quemada, viento invernal y ozono. Su mirada era un muro.
La voz de Silas resonó por todo el salón.
—Esta noche, ante la sangre, la luna y la manada como testigos, se convoca al alfa Kael Thornridge a nombrar a la mujer que el destino ha elegido para permanecer a su lado.
Me sudaban las manos. Había llegado el momento. Los nervios me retorcían entre la esperanza y el terror. Aquel era el instante en que terminarían los rumores. El instante en que me convertiría en Luna. O quizá no.
Alfa Kael continuó Silas, ¿aceptas a Lira Vale como tu pareja destinada y Luna de Thornridge?
El silencio era insoportable. Observé los ojos de Kael. No había rastro del hombre que una vez me había abrazado ni del niño que me había dicho que ser diferente era un don.
No necesitaba un micrófono. Su respuesta atravesó el salón, tan helada y definitiva como una tumba en invierno.
No.
La palabra me golpeó como un puñetazo. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Algo se rompió dentro de mi pecho, como una cuerda que se parte.
Un jadeo recorrió el salón. Mil personas tomando aire al mismo tiempo.
Silas tropezó con las palabras del ritual.
Alfa… El vínculo… El mandato de la Luna…
La Luna puede decretar lo que quiera declaró Kael, sin apartar los ojos de los míos—. Una manada solo es tan fuerte como su eslabón más débil. Thornridge necesita una Luna capaz de dirigir una cacería, no una que necesite un guardaespaldas.
Su crueldad no era impulsiva. Era fría y precisa. No hablaba con odio; simplemente pronunciaba aquellas palabras como si estuviera leyendo una lista.
Un pequeño sonido escapó de mi garganta. Un gemido. La humillación y el dolor se entrelazaron. Aquel era el sonido de una chica al comprender que su vida era una mentira.
Entonces llegaron las voces. No esperaron a que me marchara.
Te lo dije susurró alguien. Nunca iba a elegir a una mascota en lugar de a alguien de su misma condición.
Si ella ni siquiera puede…
Miré a Kael, esperando que dijera algo. Tal vez que les ordenara callarse y me permitiera conservar un poco de dignidad. En lugar de eso, me dio la espalda y se alejó, como si yo fuera algo que ya no quería.
La niebla se coló por las puertas, reflejando la bruma fría y gris que me nublaba la mente. Permanecí inmóvil y en silencio, la supuesta «Luna» con su vestido, mientras la manada se movía a mi alrededor como si yo ya fuera un fantasma.
No era una pareja. No era una líder. Solo era una chica humana que había olvidado que, en un mundo de lobos, si no tienes colmillos, no eres más que una presa. No eres más que su próxima comida.
Y mientras veía desaparecer a Kael, un pensamiento ardió entre la humillación:
Voy a hacer que te arrepientas de esto.
No se sentó. Los hombres como Aldric nunca se sientan cuando pueden permanecer de pie e imponerse sobre ti.Se situó en la cabecera de la mesa, apoyó ambas manos sobre el mapa y me miró como se mira algo que llevas años estudiando y que solo ahora ves a plena luz. No estaba sorprendido. Estaba confirmando lo que sabía.«Quieres saber por qué te dejé entrar», dijo.«Quiero saber qué crees que conseguirá esta conversación».«Es la misma pregunta». Inclinó ligeramente la cabeza. «Te dejé entrar porque la manada está observando. Porque veinte años de autoridad no valen nada si huyo de la mujer que acaba de arrasar el Salón del Consejo. Y porque…» Se detuvo, y la pausa fue deliberada. «Necesitas oír lo que sé antes de cometer el siguiente error».Jax se movió junto a la puerta. No lo miré. Mirarlo le indicaría a Aldric que Jax era mi punto débil, y Aldric ya lo sabía, pero yo no iba a confirmárselo.«Habla», repetí.Sacó algo del interior de su abrigo. Un papel doblado, viejo, con los bord
Thornridge apareció ante nosotros a media mañana y lo primero que pensé fue que parecía más pequeño de lo que recordaba.Lo cual no era cierto. Nada había cambiado. Los muros eran de la misma piedra, las puertas del mismo hierro y el emblema mostraba al mismo lobo atrapado entre las mismas espinas. Pero yo había cambiado, y las cosas se ven distintas cuando no les tienes miedo.La guardia exterior nos vio cuando todavía estábamos a unos doscientos metros. Observé cómo se daban cuenta de nuestra presencia. Vi la reacción extenderse entre ellos: un hombre tocó el brazo de otro, varias cabezas se volvieron y alguien retrocedió hacia la puerta. Iba a informar.«Dales treinta segundos», dijo Kael en voz baja a mi lado. «Después abrirán la puerta o no, y sabremos a qué nos enfrentamos».Veintidós segundos. La puerta se abrió.No porque nos estuvieran dando la bienvenida. Sino porque quien la había abierto había calculado cuánto le costaría negarse.Entramos.Había algo extraño en el patio.
Habíamos recorrido unos cinco kilómetros cuando Kael dijo que Aldric habría ordenado cerrar las puertas.«Sabe que vamos», dijo. No era una conjetura. Era una interpretación. Conocía la forma de pensar de su padre como uno conoce las tablas que crujen en la casa donde creció. «Replegará a la guardia interior, desplegará el anillo exterior y dejará que la manada crea que está protegida. Después esperará».«¿A qué?», preguntó Jax.«A que hagamos el primer movimiento visible. Para poder darle su propia interpretación».Seguí caminando. El camino hacia el norte era de tierra y grava vieja, de esos que ya estaban allí antes de que cualquiera de las manadas reclamara el territorio que los rodeaba. Los árboles se apretaban a ambos lados. No era el Bosque Primigenio, solo un bosque corriente, pero bajo la luz gris de la mañana parecían más imponentes de lo que eran.«Ya no tiene al Consejo», dije.«No lo necesita. Tiene el recuerdo que la manada guarda de él. Veinte años de recuerdos». La voz
Fen había guardado silencio durante toda la conversación. Ahora emitió un sonido breve. No exactamente de aprobación. De reconocimiento.«Tiene razón», dijo, como si le costara admitirlo. «Todo se está acelerando. Sea lo que sea que está despertando en la oscuridad, vendrá a buscarte donde tengas menos apoyo si dejamos que Aldric consolide primero el suyo».Miré la ceniza en mi palma. La ventana rota y el cielo corriente que se veía a través de ella.«Está bien», dije. «Iremos a Thornridge».«¿Esta noche?», preguntó Jax.«Mañana. Primero dormiremos». Miré a Cass. «Tú, especialmente».Abrió la boca.«No está a discusión», dije.La cerró. Que obedeciera ya era una señal de lo cansada que estaba.Encontramos una habitación en los niveles inferiores del Salón que estaba casi intacta: piedra antigua, paredes gruesas, ningún cristal roto. Alguien la había usado como almacén en algún momento; había mantas en un arcón de cedro que olían a años de encierro, pero estaban secas y limpias. Jax en






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