LOGINEn un lujoso apartamento de la Ciudad de Acapulco, Alejandro y Rodrigo brindaban con copas de cristal fino. La arrogancia de Alejandro contrastaba con la modernidad del lugar.
-¡Amigo! Es un gusto verte -dijo Alejandro, dejando su maleta de diseñador en el suelo. -¡Lo mismo digo yo! Aunque estás menos guapo... ¿qué te pasó? -bromeó Rodrigo. -¿Menos? O más... Soy irresistible para las chicas -respondió Alejandro, con esa suficiencia que solo el dinero otorga. Tras acomodarse, la conversación tomó un rumbo más serio. Alejandro explicó la presión de su familia en Italia y la absurda regla de la herencia: el primer varón que se case toma el control del imperio Barcherotti. -No entiendo nada, ¡pero suena loco! -exclamó Rodrigo-. ¿Y por qué no te casas con una de tus novias? -¿Cuál novia? Tengo amigas, pero ninguna para esposa, ni siquiera de mentira. Ayúdame a conseguir a alguien que se case conmigo por dos años máximo. Una mujer que, por una buena cantidad, se haga pasar por mi mujer. -¿Y quién? -preguntó Rodrigo, intrigado. -No lo sé, pero una que no vaya a ser un problema después. Solo negocios. Eso sí: que sea bonita, fina y muy... sexy. -¡Uy, señor exigente! -rio Rodrigo-. ¿Y qué gano yo? Ser independiente es costoso. -Un departamento nuevo, un auto y unos millones en la cuenta. ¿Te sirve? -Me sirve. Te conseguiré algo muy bueno. Mientras Alejandro planeaba su "negocio", en otra parte de la ciudad, la vida de Ana Laura se desmoronaba. Su hermano Diego empeoraba cada hora. El cáncer de estómago avanzaba con la crueldad de una sombra que todo lo devora. Al día siguiente, el destino movió sus piezas. Rodrigo, que trabajaba como regulador del Estado, se dirigió al hospital central. Al mismo tiempo, Ana Laura llegó al mostrador, con los ojos inyectados en sangre por el llanto y la furia. -¡Cómo es posible! -gritaba Ana Laura frente a la ventanilla-. ¡Ha pasado más de un mes y mi hermano necesita esas medicinas! -Señorita, no es nuestra culpa. ¿Puede calmarse? -respondió la enfermera con indiferencia. -¿Calmarme? ¿Estaría usted calmada si uno de sus seres queridos se estuviera muriendo y no pudiera darle las medicinas porque no llegan? Los gritos llamaron la atención de Rodrigo, quien salía de la oficina del director. -¿Qué pasa aquí? -preguntó con autoridad. -Lo siento, señor Vaukoth -dijo el director-. Es lo de siempre, gente que cree que se les tiene que dar todo cuando ellos digan. Ana Laura se giró hacia Rodrigo. A pesar de su ropa desgastada y su cabello alborotado, su belleza era innegable: una mirada fiera y una piel morena que irradiaba una fuerza natural. -Es que hace más de un mes espero una medicina para mi hermano -dijo ella, tratando de controlar el temblor de su voz-. ¡Tiene cáncer! Se está muriendo, solo tiene nueve años. Rodrigo la observó detenidamente. Vio la desesperación, pero también la dignidad. Una idea audaz cruzó su mente. -Venga conmigo -le dijo a Ana Laura, señalando la oficina del director. Dentro de la oficina, Ana Laura se sentó con desconfianza. -Dígame... ¿por qué no tiene a su hermano con un médico privado? -preguntó Rodrigo. -Porque es muy costoso y no tengo ese dinero. ¿Le parece justo que mi hermanito muera siendo solo un niño? -No, claro que no. ¿Cómo se llama usted? -Ana Laura Chávez. -Hola, Ana Laura. Soy Rodrigo Vaukoth... y creo que tengo una propuesta para ti. Eres muy bonita. Ana Laura se tensó, poniéndose a la defensiva. -Señor, lo siento, pero yo no... -¡No, no es lo que piensas! -la interrumpió él rápidamente-. Escúchame. Mi mejor amigo necesita una esposa por contrato. Solo dos años. A cambio, él pagará todo. Ana Laura lo miró como si hablara en otro idioma. -¿Qué? ¿Está loco? ¿Cómo me voy a casar con un hombre que no conozco? -Ana Laura, ¿sabes cuánto tiempo le queda a tu hermano si sigues esperando aquí? Estas medicinas no van a llegar. Soy el regulador y te digo que este hospital no tiene recursos. Si aceptas, tu hermanito será trasladado hoy mismo a la mejor clínica del país. El silencio que siguió fue denso. Ana Laura pensó en el rostro de Diego, en sus desmayos, en la sábana blanca que cubrió a su madre. -¿Hoy mismo empezaría el tratamiento? -preguntó con un hilo de voz. -Hoy mismo. Pero tendrás que someterte a un cambio extremo. Tendrás que aprender a ser una dama de la alta sociedad italiana. No habrá sexo, mi amigo tiene dónde satisfacer esas necesidades. Solo serás su esposa ante el mundo. Al final, tendrás dinero para vivir como quieras. Ana Laura cerró los ojos y tomó aire. El peso de la vida de Diego estaba sobre sus hombros. -Acepto -dijo con firmeza, aunque por dentro temblaba de miedo. -Perfecto. Vamos a una cafetería, necesito que me cuentes absolutamente todo sobre tu vida.George caminaba por la oficina con el corazón pesado. Ver a Victoria en el colegio, aunque fuera por unos instantes, había sido suficiente para reabrir una herida que creía estar cicatrizando. Sabía que ella había elegido a Liam, pero el sentimiento se negaba a morir. Lo que él no sospechaba era que alguien lo observaba desde las sombras, lista para usar su dolor como un arma. En casa, la atmósfera era radicalmente distinta. Victoria llegó del bufete y saludó a Liam con la calidez que solo el amor verdadero desprende. -¿A dónde fuiste, amor? -preguntó él mientras ella se servía un café. -Fui al bufete. Quería asegurar mi lugar para cuando estés recuperado. -No tienes necesidad de trabajar ahí, Victoria. Yo puedo darles todo lo que necesiten. Ella sonrió, se acercó y se sentó con delicadeza sobre las piernas de Liam. -Me gusta sentirme útil, Liam. Siempre he trabajado y... De pronto, Victoria se quedó muda. Sintió un movimiento bajo ella. -¿Acabas de mover las piernas? -p
Albert Hansel abandonó el departamento de su hijo con una indignación que apenas podía contener. Para él, Victoria no era más que un error que amenazaba el prestigio de los Hansel. Al llegar a la residencia que compartía con Elisa en la ciudad, descargó su furia. -¿Cómo pudiste permitir que una muchacha tan corriente se convirtiera en la mujer de nuestro hijo? -le recriminó a su esposa. -¿Crees que no lo intenté? -replicó Elisa, sirviéndose una copa de vino con manos temblorosas-. ¡Me opuse, pero Liam y Heidy jamás me escuchan! -¡Últimamente bebes demasiado! -sentenció Albert. -¡Bebo porque esta situación me supera! -estalló ella-. Me preocupa el niño; es idéntico a Liam y muy inteligente, pero se está criando al lado de esa mujer que no tiene modales ni educación. ¡Solo mira el nombre que le puso! Albert se desabrochó el saco, respirando con dificultad. -El nombre es lo de menos, Elisa. Es la clase, los modales... es nuestro nieto y no quiero que crezca rodeado de gent
Albert Hansel abandonó el departamento de su hijo con una indignación que apenas podía contener. Para él, Victoria no era más que un error que amenazaba el prestigio de los Hansel. Al llegar a la residencia que compartía con Elisa en la ciudad, descargó su furia. -¿Cómo pudiste permitir que una muchacha tan corriente se convirtiera en la mujer de nuestro hijo? -le recriminó a su esposa. -¿Crees que no lo intenté? -replicó Elisa, sirviéndose una copa de vino con manos temblorosas-. ¡Me opuse, pero Liam y Heidy jamás me escuchan! -¡Últimamente bebes demasiado! -sentenció Albert. -¡Bebo porque esta situación me supera! -estalló ella-. Me preocupa el niño; es idéntico a Liam y muy inteligente, pero se está criando al lado de esa mujer que no tiene modales ni educación. ¡Solo mira el nombre que le puso! Albert se desabrochó el saco, respirando con dificultad. -El nombre es lo de menos, Elisa. Es la clase, los modales... es nuestro nieto y no quiero que crezca rodeado de gent
Las semanas en el departamento de Liam transcurrieron entre terapias y una convivencia que sanó las grietas del pasado. Victoria se convirtió en su roca, renunciando temporalmente a su rutina para ser su enfermera, su apoyo y su guía. Una mañana, al llevarle el desayuno, notó la sombra de la duda en el rostro de Liam. -¿Qué te pasa, amor? -preguntó ella, dejando la bandeja en la mesa de noche. -Estaba pensando... ¿y si no vuelvo a caminar? ¿Qué clase de vida voy a darte así? Victoria se sentó en el borde de la cama y tomó su mano con firmeza. -Vas a volver a caminar, estoy segura. Pero incluso si esto fuera permanente, quiero estar contigo. Te amo, Liam. Ya no quiero perder más tiempo en rencores. El accidente me hizo ver que la vida es un suspiro y no quiero pasarlo lejos de ti. Liam la miró con los ojos empañados. -Perdóname. Si pudiera retroceder el tiempo, jamás te habría dejado. Perdí tantos años... tantos besos que eran para ti. -Eso ya no importa -susurró el
Emocionado por la sorpresa que había preparado para Victoria, Liam conducía hacia su casa con una certeza renovada. Estaba convencido de que esta noche lograría reconquistar a la única mujer que había amado de verdad. El cielo, sin embargo, se cerraba en un gris plomizo; nubarrones espesos amenazaban con una tormenta inminente. Deseando llegar antes de que la lluvia arruinara sus planes, Liam aceleró. En su distracción, no vio la señal de alto. El impacto fue brutal. Otro vehículo lo embistió de costado, proyectándolo fuera de la vía hasta chocar violentamente contra un muro de concreto. Liam quedó inconsciente, con el rostro sobre el volante ensangrentado, mientras las sirenas de la ambulancia comenzaban a rasgar el aire de la ciudad. Victoria llegaba a casa agotada. La ruptura profesional con George la había dejado emocionalmente vacía, pero había algo más: una punzada de angustia en el pecho, un presentimiento oscuro que no la abandonaba. Solo el abrazo de Juan Manuel lo
Victoria se metió en la cama esa noche con una sonrisa grabada en el rostro. Los besos de Liam seguían quemando en su piel y, al cerrar los ojos, fue inevitable que el deseo la venciera. Soñó con él, soñó que hacían el amor con la misma pasión desbordante de años atrás, sintiendo que el tiempo no había pasado y que sus cuerpos aún se pertenecían. A la mañana siguiente, al llegar al colegio con Juan Manuel, sus ojos se iluminaron al ver el auto de Liam. -¡Papá! -gritó el niño, lanzándose a sus brazos. -¡Qué pesado estás hoy! -bromeó Liam, llenándolo de besos. Sin embargo, el momento de felicidad se congeló cuando Victoria vio bajar del auto a una mujer de una elegancia gélida y sofisticada. Era Elisa Hansel, quien caminaba hacia ellos con paso firme, evaluando todo a su alrededor. Liam, notablemente tenso, le pidió a Victoria que se acercara. -Ella es mi mamá. Vino conmigo para conocer a Juan Manuel -dijo él, sin rastro de entusiasmo en su voz. -Mucho gusto, señora -sal







