INICIAR SESIÓNValeria permaneció inmóvil. Miró la enorme mansión y luego volvió la vista hacia Sebastián.
—No la llame mi casa. Solo estoy aquí porque firmé un contrato. —Lo sé. —Y cuando ese contrato termine, me iré. —Si eso es lo que quieres cuando llegue el momento... nadie te detendrá. Aquella respuesta tomó a Valeria por sorpresa. Esperaba que intentara convencerla de lo contrario o que le recordara las condiciones del contrato. Pero no. Él simplemente aceptó su decisión, como si ya supiera algo que ella todavía ignoraba. —¿Así de fácil? —preguntó, arqueando una ceja. Una leve sonrisa apareció en los labios de Sebastián. —Nunca he obligado a nadie a quedarse a mi lado. Valeria desvió la mirada por un instante. No sabía por qué, pero esas palabras pesaban más de lo que deberían. Aquella respuesta la desconcertó. Esperaba una discusión, una amenaza o alguna condición. En cambio, Sebastián hablaba con una tranquilidad que le resultaba imposible descifrar. Se acercó a la gran puerta de madera y la abrió. —¿Vienes? Valeria respiró hondo antes de entrar. Lo primero que sintió fue el silencio. No era el silencio de una casa vacía, sino el de un lugar donde todo parecía estar bajo control. El piso de mármol reflejaba la luz del amanecer, los enormes ventanales iluminaban cada rincón y un delicado aroma a café recién hecho flotaba en el ambiente. Era una casa elegante. Demasiado elegante. Pero también fría. Como si las paredes ocultaran historias que nadie se atrevía a contar. —Buenos días, señor Sebastián. Una mujer de unos cincuenta años apareció desde el pasillo con una cálida sonrisa. —Buenos días, Clara. —¿Ella es la señorita Valeria? Sebastián asintió. —Desde hoy vivirá aquí. Clara se acercó con amabilidad. —Mucho gusto, señorita. Si necesita cualquier cosa, solo tiene que pedirla. —Gracias. Valeria respondió por educación, aunque seguía sintiéndose fuera de lugar. Mientras observaba el enorme recibidor, no dejaba de hacerse la misma pregunta. ¿Por qué ella? Entre tantas mujeres, ¿por qué él la había elegido precisamente a ella? Como si hubiera leído sus pensamientos, Sebastián habló. —Sé que tienes muchas preguntas. Valeria soltó una risa breve. —Creo que tengo más preguntas que respuestas. Él giró apenas el rostro para mirarla. —Y tienes derecho a hacerlas. —Entonces empezaré por la más importante. ¿Por qué yo? Durante unos segundos, Sebastián guardó silencio. Parecía escoger cada palabra con cuidado. —Porque eras la única persona que podía aceptar mi propuesta. Valeria frunció el ceño. —Esa no responde mi pregunta. —Lo sé. —Entonces, ¿cuándo piensa responderla? Sebastián continuó caminando. —Cuando llegue el momento indicado. Valeria suspiró con frustración. —¿Siempre habla en acertijos? Una ligera sonrisa se dibujó en el rostro de Sebastián. —No. Solo cuando la verdad necesita tiempo para ser entendida. —Esa parece ser su respuesta para todo. Él la miró fijamente. —La paciencia siempre revela más que la prisa. Valeria cruzó los brazos. —No soy una mujer paciente. —Lo descubriremos. Por primera vez desde que lo conocía, Sebastián dejó escapar una sonrisa apenas visible. Era pequeña. Casi imperceptible. Pero bastó para que Valeria entendiera que aquel hombre no era tan fácil de leer como había imaginado. —Clara te mostrará tu habitación. Descansa un poco. Más tarde hablaremos del contrato... y de las reglas de esta casa. Aquellas últimas palabras hicieron que el estómago de Valeria se encogiera. Las reglas. Claro... debía haber reglas. Y tenía el presentimiento de que ninguna sería sencilla de cumplir.El sábado llegó más rápido de lo que Sebastián hubiera querido.Desde temprano, la mansión estuvo tranquila. Valeria había decidido pasar la mañana con su madre y, aunque no había mencionado nuevamente su salida de esa noche, sabía que Sebastián no había olvidado lo que le dijo.Él tampoco.Durante el desayuno, Sebastián revisaba su teléfono cuando escuchó los pasos de Valeria acercándose.Levantó la mirada.—Buenos días.—Buenos días.Valeria se sentó frente a él y tomó una taza de café.—¿Tienes planes hoy? —preguntó Sebastián.Ella lo miró por encima de la taza.—Sí.—¿Los mismos de anoche?—¿Te refieres a mi salida?—Sí.Valeria sonrió.—Tal vez.Sebastián dejó el teléfono sobre la mesa.—¿Con el mismo hombre?Ella sostuvo su mirada.—Quizá.—Entiendo.Valeria tuvo que contener una sonrisa.—¿Seguro?—¿Por qué no habría de estarlo?—No sé. Ayer parecías bastante interesado.—Solo preguntaba.—Claro.Sebastián volvió a tomar su teléfono.—Haz lo que quieras.Valeria bajó la mirada
Los días siguientes pasaron mucho más rápido de lo que Valeria esperaba.Después del evento, Sebastián tuvo que viajar fuera de la ciudad por una reunión de negocios que se había extendido más de lo previsto.La primera mañana, Valeria apenas prestó atención a su ausencia.Tenía sus propias cosas que hacer.El segundo día fue igual.El tercero comenzó a parecerle extraño no encontrarlo en la casa.No porque lo extrañara —o eso se repetía—, sino porque se había acostumbrado a saber que él estaba allí. A escuchar sus pasos por el pasillo, verlo salir temprano con su traje impecable o encontrarlo por las noches revisando documentos en el estudio.Ahora la casa parecía demasiado silenciosa.Sebastián, por su parte, estaba demasiado ocupado para pensar en ello.Reuniones, llamadas, cenas de negocios.Sin embargo, cada noche, cuando regresaba al hotel, había una pregunta que aparecía inevitablemente en su cabeza:¿Qué estará haciendo Valeria?No entendía por qué le importaba.No tenía motiv
La sala permanecía en silencio.Valeria seguía sentada en uno de los extremos del sofá, con un libro abierto entre las manos. Llevaba varios minutos en la misma página.No estaba leyendo.Cada vez que escuchaba a Sebastián mover algún papel, su atención se desviaba hacia él.Pero se obligaba a no mirarlo.Sebastián estaba sentado al otro lado de la sala, concentrado aparentemente en su computadora.Aparentemente.Porque llevaba varios minutos revisando el mismo documento.Sabía que Valeria estaba incómoda.Podía sentirlo incluso sin mirarla.Y aunque una parte de él quería acercarse y preguntarle qué le ocurría, otra le recordaba que debía dejar las cosas claras.Había sido él quien había dicho que no debían confundir el contrato con algo más.Ahora tenía que sostener esa decisión.Valeria pasó una página.No había leído una sola palabra.¿Por qué me afecta tanto que él esté actuando como si nada?Apretó ligeramente el libro entre sus manos.Lo peor era que Sebastián no estaba siendo
Sebastián salió del club junto a Valeria y caminó hacia el automóvil.—¿Estás bien? —preguntó mientras le abría la puerta.—Sí —respondió ella, sonriendo—. Aunque creo que tú estás más preocupado que yo.—Has bebido.—Solo un poco.Sebastián la observó unos segundos antes de cerrar la puerta.—Sube.Una vez dentro, el silencio los acompañó durante los primeros minutos.Valeria miraba por la ventana, pero de vez en cuando volvía los ojos hacia él.—¿Qué? —preguntó Sebastián.—Nada.—Me estás mirando.—¿Y?Él negó con la cabeza y continuó conduciendo.—Me gustó esta noche —dijo ella después de unos segundos.—Lo noté.—También me gustó bailar contigo.—Eso ya lo dijiste.Valeria sonrió.—Es que todavía no puedo creer que sabes bailar.Sebastián soltó una pequeña risa.—Ya sabes demasiado.Ella lo observó.—Creo que todavía no sé suficiente.Sebastián la miró brevemente antes de volver la atención a la carretera.—Quizá sea mejor así.Valeria se quedó pensativa.Cuando el automóvil se de
La tarde transcurrió con tranquilidad en la mansión.Elena descansaba en su habitación después del almuerzo, mientras Valeria permanecía en la sala revisando algunas cosas en su teléfono.Sebastián apareció unos minutos después.—¿Qué haces?Valeria levantó la mirada.—Nada importante.Él asintió y dejó unas carpetas sobre la mesa.Durante unos segundos ninguno dijo nada.Valeria lo observó.—¿Siempre eres así de callado?Sebastián la miró con expresión seria.—¿Así cómo?—Cuando estamos solos.—¿Y cómo quieres que sea?Ella sonrió ligeramente.—No sé. Un poco más amable.—No sabía que tenías exigencias.Valeria soltó una pequeña risa.—No es una exigencia.—Entonces no hay problema.Ella negó con la cabeza, divertida.—Eres imposible.Sebastián tomó nuevamente las carpetas.—Elena debería descansar. El médico fue claro.—Lo sé. Por eso no quiero molestarla.—Bien.Valeria lo miró unos segundos.—¿Tienes algo que hacer?—Sí.—¿Mucho trabajo?—Lo suficiente.Ella bajó la mirada.—Está
Después del desayuno, Elena decidió salir al jardín.—Quiero tomar un poco de aire —dijo mientras se levantaba—. Y ustedes deberían acompañarme.Valeria sonrió.—Claro, mamá.Sebastián dejó los documentos sobre la mesa y se puso de pie.—Vamos.Los tres caminaron hasta el jardín.Elena se adelantó unos pasos para observar las flores, dejando a Valeria y Sebastián detrás.—Tu mamá parece estar mucho mejor —comentó él.—Sí. Me tranquiliza verla así.Sebastián la observó de reojo.—A ti también te hacía falta descansar.—¿Eso fue una orden?—Una recomendación.Valeria sonrió.—Qué amable.—Intento serlo.Ella soltó una pequeña risa.Al llegar a unas escaleras, Valeria tropezó ligeramente con el borde de uno de los escalones.Sebastián reaccionó de inmediato y la sujetó por la cintura.—Cuidado.Valeria quedó completamente quieta.La mano de Sebastián permanecía sobre su cintura.Sus rostros estaban mucho más cerca de lo que ninguno había previsto.—Estoy bien —murmuró ella.Sebastián no







