INICIAR SESIÓNNARRADOR
Zyla camina de regreso hacia el palacio, su mente un mar de pensamientos que la llevan de nuevo, una y otra vez, a aquel momento. Aquella chica en sus brazos, la forma tan posesiva con la que la protegía, como si ella fuera lo más valioso en su vida. Nunca había visto esto. Nunca, en todos los años que había visto a su hijo perder el control y convertirse en una bestia violenta sedienta de sangre, había visto que alguien pudiera calmarlo de tal forma. Eso solo podía significar una cosa: esa chica era especial, pero también una debilidad. Llegó a los jardines del palacio, mirando la sangre y los cuerpos sin vida que aún estaban siendo levantados. En la entrada a las puertas del gran salón estaba el beta de su hijo, Rowan. Se acercó a él; necesitaba saber si la había seguido o no, ya que era el único que podía saber exactamente dónde estaba Kayne siempre. —Dime, por favor, que él viene. —Sí, no está muy lejos. —Bien —respondió, cambiando toda su expresión, mirando ahora a los guardias con los mantos dorados. Ellos eran la unidad designada para controlar al Lycan de su hijo, aunque muchas veces eso no era suficiente. —Necesito que elimines a todos aquellos que se hayan incorporado recientemente. —Dame una buena razón y está hecho. Ella suspiró, volteando a verlo de nuevo. No sabía cómo expresarlo; sentía que tal vez había una esperanza, pero también tenía miedo de que esa esperanza fuera arrebatada. —Aurora— solo un nombre, solo una palabra, y eso fue suficiente para que Rowan tomara una postura diferente. Asintió, alejándose, llamando a tres de los últimos guardias que se habían incorporado. —Luna Zyla— ella volteó al escuchar la voz de su doncella personal— hay un joven en la entrada. Dice que busca a su hermana; su nombre es Lessan, de la manada Luna Azul. Lessan, apenas cubierto por una capa que alguno de los guardias le dio, camina de un lado a otro. Su aspecto es desordenado, su cabello desaliñado y sus ojos muestran emociones complejas de miedo y preocupación. Escuchó pasos acercarse y se inclinó ligeramente al ver quién era. —Reina Zyla. — ¿Lessan, cierto? —Ssí... lamento que venga a molestarla. Sé que debe estar ocupada, pero... no encuentro a mi hermana. Ella... no tiene un lobo y estoy preocupado. Me gustaría saber si puede ayudarme con uno o dos guardias. No pido mucho, solo eso, por favor. Se inclinó de nuevo, su respiración temblorosa, sus manos apretándose en puños sin saber qué hacer si se negaba. Pero, sin darse cuenta, había dicho algo que atrapó la atención de Zyla. Ella no tenía un lobo; era completamente humana. No es común, pero tampoco extraño. —¿Has venido solo? —Sí, Luna. —¿Tus padres? —Ellos… —se quedó en silencio, la rabia sobrepasando ese pequeño autocontrol que apenas tenía justo ahora. ¿Cómo podía decir que sus padres ni siquiera estaban haciendo el intento de buscar a su propia hija? —Bien, no necesitas responder. Ahora ven conmigo, Lessan; hay cosas de qué hablar. Él la siguió en silencio, sintiendo la tensión tan densa y pura que era capaz de cortarse con un simple papel. Llegaron a una sala vacía; no había muebles, no había decoraciones, solo la luz tenue de una lámpara en una esquina. Lessan se quedó parado en medio de ella, mirando cómo la Luna Zyla camina tranquilamente hacia las puertas del balcón, abriéndolas, dejando que la suave brisa entrara por ellas y algo más… La luz de una luna llena que resplandece en el cielo, tan grande, tan hermosa, pero caótica. —Déjame decirte que tu hermana está bien—comenzó—, pero no puedes llevártela, al menos no por ahora. —¿Por qué?—preguntó confundido, desconfiado, dando otro paso al frente. —Porque está en las manos del Lycan de mi hijo y él no la va a soltar, no hasta que esa luna llena desaparezca al amanecer. Hubo silencio después de eso, como si esa simple respuesta se hubiese llevado todo lo demás. Su mente había quedado en blanco, siendo reemplazada únicamente por un miedo abrumador al darse cuenta del peso de aquellas palabras. "Su hermana estaba en las manos del Lycan". —Ella…—trató de buscar las palabras, pero no salían; muchos escenarios estaban pasando por su mente. —Aurora estará bien, él no va a lastimarla— se giró por fin mostrándose ante él. —Y de eso precisamente es de lo que debemos hablar. Todos en el Reino saben lo que significa la luna llena y el peor de los escenarios ocurrió hoy. Los brujos, por alguna razón, fallaron en su predicción, algo que casi nunca ocurre, pero sucedió. Muchos han muerto y muchos más hubiesen muerto de no ser por tu hermana. —¿Qué quiere decir? ¿Me está diciendo que debo dejarla como sacrificio simplemente para salvar a miles de vidas más? Ella negó. —No, Lessan, estoy diciendo que Aurora logró calmar ese instinto, esa bestia que apenas podemos contener cada luna llena. Él negó, entendiendo a dónde iba, lo que quería decir; sin embargo, no estaba dispuesto a dejarla, eso no era una opción. —Ella no va a quedarse. —No tiene que hacerlo, solo debe estar aquí para esos días. Zyla se acercó, tocando su hombro, mostrando dolor, angustia y también esperanza. —Solo debe venir cada luna llena. Prometo su seguridad; no estará en contacto con él como seguramente ahora lo está. Habrá una barrera de por medio, una contención mucho más segura… Lessan se alejó, con la mirada baja, tragando grueso como si quisiera sacarse ese nudo que le apretaba el pecho. —No —dijo con firmeza. La determinación de proteger a Aurora estaba escrita en su rostro. Él no iba a ceder, y eso para la Reina Zyla no era aceptable. Ella asintió despacio, estudiando con cuidado sus palabras, sus expresiones, al lobo que lleva en su interior; ninguno cederá y ella tampoco lo hará. —Entonces no me dejas opción, Lessan. La puerta se abrió, mostrando a un hombre alto, imponente, un Lycan sin duda, pero no era uno cualquiera. Su cabello rojo cae hasta sus hombros, y sus ojos oscuros se mantienen fijos en Lessan. Rowan impone su dominio ante él, haciéndolo caer de rodillas, tomando sus brazos. Lessan levanta la mirada hacia ella, la mujer que se acerca, cortando su mano con un cuchillo para luego hacer lo mismo con la de él. —Este será un pacto entre ambos, Lessan, uno que nadie excepto nosotros conocerá. Tu hermana vendrá cada luna llena; tú autorizarás la entrada para que vayan por ella sin preguntas, sin saber nada que no deban. Si decides desobedecer, tu lobo será quien sufra. Lessan gruñe ante aquella orden de sangre, sin poder negarla. —No te preocupes, no haré lo mismo con ella, pero se lo tienes que hacer saber. Ahora ve y descansa; mañana podrás ver a tu hermana. Rowan lo ayudó a levantarse, diciéndole que lo siguiera, y eso hizo Lessan. Se dio la vuelta en silencio, mirando su mano; la herida ya cerrándose, pero la orden latiendo en sus venas, incapaz de ignorar.AURORA El palacio hoy rebosa de alegría; las doncellas se apresuran por los pasillos dejando todo listo, incluso a una se le cae una toalla mientras corre de regreso. Me agacho con cuidado para levantarla, colocando una mano en mi abultado vientre hasta que logro enderezarme de nuevo. Sigo mi camino por el pasillo acariciando a mi pequeño, sonriendo porque estos meses han sido todo un reto, pero también una montaña rusa de emociones. Creo que el que más sufre es el pobre de mi compañero, y no es que yo sea insoportable, es que él siente miedo hasta del aire que respiro. Aunque estas últimas semanas, ha estado agresivo. Ya nadie lo soporta, solo yo. —Pateas muy fuerte— le digo a mi cachorro con una sonrisa, acariciando el lugar. Cruzo hacía las escaleras, sonriendo más ampliamente por el bullicio de voces. Juego con el borde de la toalla entre mis manos hasta acercarme al filo. Ahí está Samantha, vuelta loca porque su ceremonia de unión es hoy y quiere todo perfecto.
AURORA —Kayne… Sam se lanzó a los brazos de Kayne, llorando, temblando, ahogando todo su dolor en su pecho. Yo me quedé ahí parada a su lado, sintiendo las miradas de mis padres encima. —¿Cómo sigue? —Mal, muy mal, no reacciona, no hay cambios, su lobo no lo cura, lo estoy perdiendo. Kayne la sostiene mientras la ayuda a sentarse dándole palabras de consuelo. Yo, por otro lado, por fin me digno a ver a mis padres. Mamá tiene una sonrisa suave en sus labios y mi padre… él aparta la mirada volviendo a sentarse. —Hola hija, ¿cómo has estado? —Bien. Sus manos se aprietan entre sí ante mi respuesta seca, quiere decir algo más, lo puedo ver. —¿Me permites hablar a solas contigo? por favor. Observo a Kayne, luego a Sam y decido acceder. Llegamos a un pequeño espacio en el hospital, las mesas redondas con sillas están vacías. Nos sentamos y espero a escuchar a lo que tenga que decir. —Sé que… en el pasado me equivoqué mucho, pensé… pensé que oir siempre a tu padre, era lo correct
AURORA —Salgan. —Aurora, si no fueran por las cadenas, te habría matado. —Está bien, por favor salgan. No había temblor en mis palabras, no había miedo reflejado en mis ojos. Solo la determinación de traer de vuelva a la bestia que gruñe de forma depredadora, a las dos personas que se mueven a mi espalda para salir. Ahora sí tenía toda su atención, una claramente curiosa mientras evalúa lo que soy. Se acerca con cautela, hasta donde las cadenas se lo permiten. Sus ojos rubíes me recorren todo el cuerpo. No con lujuria, no con hambre, parece más bien, posesión. Cómo si ya supiera que le pertenezco de una forma u otra. Sus ojos van ahora a mi cuello, donde se refleja su marca; sus ojos cambian unos segundos, ese rojo se hace más intenso, más peligroso, un gruñido escapa de su pecho tan profundo que me hace temblar. Talvez piensa que la marca es de alguien más y no de él. Me acerco, otro paso, uno que me deja a milímetros de ser tocada por sus filosas garras. Veo la
AURORA Abrí los ojos lentamente, los párpados me pesaban negándose a mantenerse abiertos por completo. El aire olía a desinfectante y cloro, con las paredes blancas sin nada más que la adornaran. Trato de incorporarme sintiendo un dolor extender desde mi vientre por todo mi cuerpo; logro apenas sentarme para reparar en la persona que duerme de forma incomoda en la silla. Es Zyla. No es Kayne, no es Lessan. Busco a mi loba en mi interior mientras los últimos recuerdos se reproducen en mi mente sin yo llamarlos. No quería, no me sentía lista para llegar a una posible verdad que me aterraba más que cualquier otra cosa. Toqué mi vientre plano, con las manos temblorosas, las lágrimas de angustia se acumulan en mis ojos al recordar la sangre caliente saliendo de mis entrañas. ¿Lo había perdido? ¿Mi cachorro ya no estaba? El primer sollozo escapó desde mi garganta; roto, vacío, doloroso. No lo sentía en mi interior, no sentía nada más que un silencio horrible y devastador.
NARRADOR —Es hora de terminar con esto, el tiempo se acabó, lo que significa, que el tuyo igual. Clavó sus garras en una de sus piernas y la otra bajó con rapidez hacia su vientre. El destello filoso se reflejo con horror en los ojos de Aurora, esto era todo, perdería todo ese día. Pero algo dentro de ella se negó a rendirse, se negaba a ceder. En el último instante movió su cuerpo, urgida por la angustia y la necesidad de salvar a su cachorro. Las garras apenas rozaron su vientre y eso fue suficiente para tomar la decisión más desesperada de su vida. Su loba emergió con un rugido que resonó en todo el bosque, sus colmillos se cerraron en uno de los brazos de Andras, hasta quebrarle los huesos. Su grito de agonía y rabia explotó en su garganta mientras ahora la loba rasgaba todo lo que encontrara a su paso sin querer soltarlo. Ya no era solo una loba furiosa defendiéndose, era una madre acorrala dispuesta a defender a su cachorro no nacido. El dolor la estaba comenzando a sof
NARRADOR —¿Qué te hizo cambiar de opinión, Andras? antes querías utilizarme, hace semanas me lo dejaste claro cuando estuve frente a ti. Andras se detuvo a escasos pasos; en sus labios una sonrisa torcida por la burla. —Antes no habías cometido el error de marcarlo, antes tenía probabilidad de recuperar algo, pero lo he perdido todo, Aurora, ya no queda nada. Tu siempre lo eliges a él, al mounstro que crees perfecto, al que me arrebató todo. Así que, si yo me hundo, te arrastraré conmigo. Aurora levantó otro escudo, apenas sostenible para el golpe de las garras de Andras. No fue el primero, fue solo el comienzo de muchos. Cada golpe, cada rasguño, creaba una grieta que comenzaba a extenderse como finos hilos de telaraña. Sentía sus piernas ceder, su fuerzas abandonarla y el dolor en su cuerpo aumentando más. Pero tenía que resistir, aún no era tarde, su cachorro seguía dentro de ella y mientras lo sintiera, eso era suficiente para soportar aunque no le quedaran fuerzas.







