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Capítulo 6.

last update Fecha de publicación: 2025-12-09 12:36:50

No había pasado ni un minuto desde que Jason y yo salimos del sitio del traficante cuando sentí el frío metal de dos espadas contra mi cuello. No tuve tiempo de suplicar por mi vida: una voz profunda, seca y poderosa mandó bajar las armas.

—Bajen sus aceros. Súbanlos al caballo.

Me levantaron como si fuera un costal de papas y me acomodaron delante de un hombre cuyo rostro no pude ver. Mi cuerpo estaba tan rígido que apenas respiraba. En cuanto me sujetó por la cintura para estabilizarme, partimos entre la oscuridad del bosque.

El trasero me dolía como si me estuvieran golpeando a cada trote, pero no solté ni un quejido. ¿Para qué? No sabía ni quiénes eran ni qué querían conmigo. Y si algo había aprendido en los últimos días, era que hablar sólo atraía más problemas.

Cabalgamos horas. Cuando finalmente se detuvieron en un claro para cambiar los caballos, pensé que podría caminar un segundo para estirar las piernas… ja. Me subieron a otro caballo igual de bruto, como si fuera una muñeca sin voluntad.

Seguimos hasta que el amanecer pintó el cielo. Y entonces lo vi.

Al salir del bosque, emergió ante nosotros una ciudad… y en el centro, dominándolo todo como un gigante de piedra y orgullo, un castillo enorme. Tan alto que la luz parecía romperse en sus torres.

Un jinete del grupo se adelantó a toda velocidad y, minutos después, las murallas se abrieron para recibirnos. La ciudad aún dormía. Las pocas personas en las calles no nos miraron ni un segundo, como si ver un grupo de este tamaño fuera normal.

Pasamos una segunda muralla, aún más gruesa, que se abrió con igual rapidez.

La del castillo.

Los caballos redujeron la marcha hasta detenerse en un establo. Antes de que pudiera acomodarme o enderezar mis piernas entumidas, me bajaron sin delicadeza.

—Llévenla con Morgana —ordenó una voz que reconocí de inmediato: el rey Kryos Draven—. Y díganle que le dé un baño. Que me informe cuando termine con ella.

No me miró.

Me olfateé discretamente. Olía a río… pero no mal. No como para este trato, sin embargo no dije nada.

—Padre… —comenzó Jason mientras descendía del caballo.

Pero el rey lo cortó.

—Tú, ven conmigo.

Jason me miró y articuló un "todo va a salir bien".

Le di mi mejor mirada de incredulidad...

Y me arrastraron fuera del establo antes de que pudiera abrir la boca.

---

Intenté memorizar el camino. Lo juro. Pero después de cinco minutos me rendí. El castillo era un maldito laberinto de pasillos y escaleras torcidas, como si el arquitecto hubiera estado borracho o inspirado en las montañas de Helen.

Quince minutos de vueltas después, abrieron una puerta.

Dentro, una mujer de mediana edad daba órdenes a un grupo de jóvenes sobre unas cortinas que parecían valer más que mi vida entera. Sus ojos pasaron del trabajo… a mí.

—Disculpe, señorita Morgana —dijo uno de los lobos—. El rey Kryos pidió que le trajéramos a esta hembra para que le dé un baño y después vaya a reportarse con él.

La loba me examinó de arriba abajo con una cara neutra, casi aburrida.

Su cabello oscuro le caía sobre los hombros en ondas elegantes, y llevaba un vestido sencillo, pero con un porte que gritaba: “Soy no le desde la cuna”.

Se encogió de hombros.

—Díganle que recibí el mensaje.

Los lobos me empujaron adentro y cerraron la puerta.

Morgana suspiró.

—Dejen las cortinas. Necesito que comiencen a calentar agua y la lleven al cuarto especial.

Me sostuvo la mirada mientras las jóvenes se dispersaban con rapidez.

—¿Nombre?

—Anwen —susurré.

—Bien, Anwen. Sígueme.

Y claro que la seguí. ¿Qué otra opción tenía? Después de diez minutos más de caminar pasillos interminables, llegamos a una habitación grande donde una bañera de madera ocupaba el centro como un trono. En la pared del fondo, un enorme espejo decoraba la habitación de piso a techo.

Las lobas entraron enseguida con cubos enormes y comenzaron a verter agua caliente en la bañera. El vapor llenó la habitación con olor a hierbas y jabón.

Morgana habló:

—Desnúdate.

Negué de inmediato.

—No… gracias.

Ella arqueó una ceja con la precisión de alguien acostumbrada a lidiar con idiotas.

—Desnúdate, o prepárate para enfrentar las consecuencias de no seguir una orden del rey.

Ah. Puestas así las cosas…

Me quité la ropa despacio, cubriéndome como pude. Las jóvenes salieron y, al cerrar la puerta, me quedé sola y desnuda con una loba que no tenía pinta de aceptar “no” como respuesta.

Morgana me hizo un gesto hacia la bañera.

Entré en el agua caliente con cuidado, tratando de meterme lo más rápido posible para tapar mi… todo.

—Usa esto para restregar tu cuerpo —dijo, entregándome un pedazo de tela áspera—. Yo me encargaré de tu cabello.

Se acomodó detrás de mí, moviendo mi cabello con cuidado. Yo me limpiaba con manos rápidas, deseando terminar ya.

Entonces escuché su respiración cortarse.

Después una maldición. Una que no entendí, pero cuyo tono sí reconocí: sorpresa absoluta.

Me giré apenas, confundida, haciendo que mi brazo saliera un poco del agua.

Morgana estaba mortalmente pálida.

Su mirada no estaba en mi rostro, ni en mi cuerpo… sino en un punto de mi espalda.

Instintivamente, llevé la mano al lugar.

—¿Qué…? —susurré.

Ella retrocedió apenas escuchó mi voz.

—Toma —dijo, empujándome un frasco con algo que olía a flores—. Frótalo en tu… cabello. Volveré enseguida.

Y sin esperar respuesta, salió corriendo como si hubiese visto un fantasma.

O peor.

Tragué saliva y me levanté, saliendo de la bañera para acercarme al espejo.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, giré un poco para ver mi espalda...

Y grité.

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