FAZER LOGINHoy me ejecutarán frente a los nobles del reino. De alguna forma me encontré en un banquete sangriento, los asientos a mi alrededor ocupados por mi próxima familia política... todos muertos. Y en mi mano, un cuchillo cubierto por su sangre. Tuve un juicio, por supuesto, en donde ni siquiera tuve la oportunidad de defenderme o buscar a los verdaderos traidores. Traidores cuyos oscuros planes iban más allá que solo mi muerte. Así que mientras el filo de la guillotina resplandecía grité al cielo por un maldito milagro y la oportunidad de poder salvar a mi pueblo. Y el cielo respondió. Ahora, con la ayuda de mi mejor amigo, debo huir al reino cercano para salvar mi vida y encontrar las respuestas a los misterios de ese día: ¿Quién asesinó a la familia real? ¿Por qué no puedo recordar nada? y ¿Por qué no puedo contactar con mi loba o transformarme después de eso?
Ver maisCornelius tosió y escupió un poco de sangre. Morgana no le dio tiempo de recuperarse. —Sí, sí, muy interesante tu historia con tu casi pareja... Ahora quiero que nos digas lo que realmente nos importa y que dejes de desviarte. ¿Por qué te pareció buena idea atacar nuestro reino? Cornelius levantó la mirada. —Este jodido reino planeaba atacarme y tratar de tomar mi trono. ¿Se supone que debía dejarle mi puesto a su anterior rey? La declaración vino acompañada de un corto silencio. Eso ya lo habíamos escuchado. Morgana entrecerró los ojos. —Interesante. Se acercó un poco más. —Ahora yo me pregunto... ¿De dónde sacaste esa información? Y esa era la verdadera pregunta. Cornelius no respondió. Su mandíbula se tensó. Había decidido que ya había hablado demasiado. Morgana siguió golpeándolo un poco más, pero Cornelius no volvió a decir una sola palabra antes de perder el conocimiento. Mi hermana soltó un gruñido de frustración. Edwin se acercó a ella y tomó una de sus manos
A pesar de la cantidad de lobos que había en las mazmorras, allí dentro reinaba un silencio sepulcral.Uno que solo se rompía de vez en cuando por el sonido seco de los golpes que mi hermana le daba a Cornelius.El idiota se negaba a hablar.Llevábamos horas intentando sacarle información y, hasta ese momento, lo único que habíamos conseguido eran insultos, amenazas y respuestas que no nos llevaban a ninguna parte.Morgana se limpió con el dorso de la mano una pequeña mancha de sangre que había quedado en su mejilla.—He quebrado a lobos más grandes y fuertes que tú, triste intento de rey —dijo con voz fría—. Podemos estar aquí por días, semanas, meses... Me es indiferente. Solo toma en cuenta que, mientras tú y tu ejército están bajo mis tiernos cuidados, tu reino y tu trono se encuentran desprotegidos.Quizá fue eso lo que finalmente lo obligó a hablar.O quizá simplemente había decidido que llevaba demasiado tiempo callado.Cornelius levantó lentamente la cabeza.—No pienso hablar
Cada metro costaba sangre, golpes y un esfuerzo que comenzaba a quemarme los músculos. Los mercenarios eran buenos. Pero nosotros llevábamos años preparándonos para enfrentarnos a lobos como ellos. Y no pensaba detenerme. Otro cayó bajo mis garras. Un sexto. Ya podía ver a Cornelius con claridad. Estaba detrás de ellos. No peleaba. No ayudaba. Solo observaba. Y entonces me percaté de sus intenciones. Miró hacia un lado. Después hacia el otro. Sus ojos recorrieron el campo de batalla. El número de sus guerreros estaba disminuyendo. La expresión de seguridad que había tenido hasta entonces desapareció poco a poco. Retrocedió un paso. Después otro. No. No iba a dejar que escapara. Apreté los dientes y me lancé contra el siguiente lobo. La pelea fue brutal. El mercenario era más grande que yo y consiguió atraparme por el hombro. Sus garras se hundieron en mi piel. Gruñí. Lo golpeé con la cabeza. No me soltó. Volví a golpearlo. Esta vez lo suficiente para hacerlo t
Pude ver su cara desfigurarse de furia y articular un «traidor». Me importaba una mierda.—Allí está el rey —dije, acercándome al dúo de la muerte. Ambos miraron brevemente hacia donde señalé—. ¿Pueden abrirme un camino?Morgana ni siquiera preguntó qué pensaba hacer.—Hecho.Arrojó, sin parpadear, un par de dagas que llevaba escondidas. Las hojas atravesaron el aire con un silbido y se clavaron en la frente de dos lobos que cayeron hacia atrás antes de que los que estaban a su alrededor siquiera entendieran qué había ocurrido.Edwin se movió de inmediato.Se colocó delante de ella justo cuando varios lobos intentaron lanzarse sobre ambos, bloqueando los primeros ataques mientras Morgana seguía sacando dagas de los lugares más absurdos de su ropa.Una de su muslo.Otra de su cintura.Una tercera apareció entre sus dedos como si hubiera estado allí todo el tiempo.Y todas encontraron un objetivo.—¡Ahora! —gritó Edwin.No necesitaba que me lo dijera dos veces.Me transformé en lobo y c


















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