Mag-log inValentina respiró hondo antes de entrar. Sabía que lo que estaba a punto de enfrentar era delicado. Mateo no recordaba nada. Ni a Natasha. Ni a Mati. Ni la vida que había construido en los últimos años. Su mente se había borrado. Su corazón, también. Y ahora ella tenía que ser la que le contara la verdad. Poco a poco. Sin presionarlo. Sin hacerle daño.Abrió la puerta y entró. Mateo estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en las almohadas y la mirada perdida en la ventana. Al verla, algo en su rostro cambió. Sus ojos verdes, que minutos antes miraban a Natasha con frialdad, ahora se llenaron de una emoción distinta. Se le pusieron vidriosos. Como si la viera después de mucho tiempo. Como si fuera la única persona en el mundo a la que reconocía.—Valentina —dijo, con voz ronca—. Ven. Acércate.Valentina sintió que el corazón se le encogía. Caminó hacia la cama y se sentó en la silla, junto a él. Le tomó la mano. La apretó con suavidad.—¿Cómo estás? —preguntó, con voz suave.
—¿Mi esposa? —preguntó Mateo, con voz ronca—. No. Eso es mentira. Yo no estoy casado. Yo no tengo esposa.Natasha sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Esas palabras la golpearon como un puñetazo en el pecho. Se quedó quieta, mirándolo, esperando que en cualquier momento él sonriera y le dijera que era una broma. Pero no lo hizo. Solo la miró con el ceño fruncido, como si ella fuera una desconocida.—Mateo —dijo, con voz temblorosa—. Sí estás casado. Conmigo. Desde hace cinco años. Tenemos un hijo. Mati. ¿Te acuerdas de Mati?Mateo negó con la cabeza. Sus ojos verdes, que tantas veces la habían mirado con amor, ahora la recorrían sin reconocerla. Como si fuera una extraña.—No tengo esposa —repitió, con voz cortante—. No tengo hijo. No sé quién eres. No sé de qué me hablas.Natasha sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Quiso contenerse. Quiso ser fuerte. Pero el dolor era demasiado grande. Las lágrimas cayeron por sus mejillas, y un sollozo escapó de su garganta. Dio un
Las tres mujeres se quedaron en el pasillo, en silencio, con el corazón en un puño. Natasha no podía dejar de temblar. Sus manos estaban frías, y su mente era un torbellino de pensamientos. Mateo despertó. Mateo abrió los ojos. Mateo está vivo. Pero no habla. No dice nada. Solo mira. Solo parpadea.En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y el médico salió. Su rostro era serio, pero no alarmante. Natasha se levantó de un salto.—Señora Di'Carlo —dijo el médico, con voz calmada.—¿Qué pasa? —preguntó Natasha, con voz tensa—. ¿Cómo está Mateo?El médico la miró un momento. Luego, miró a Valentina y a Luciana, que también se habían acercado.—Necesito hablar con usted —dijo el médico, con voz calmada—. En privado.—Doctor —intervino Valentina, dando un paso adelante—. Somos familia. Por favor, háblenos a todos aquí. Necesitamos saber qué pasa.Natasha dudó un momento. Miró a Luciana, y en sus ojos vio una mezcla de curiosidad y preocupación. Sabía que Luciana no tenía derecho
Valentina respiró hondo, sintiendo que la rabia le quemaba las venas. Pero antes de que pudiera responder, una voz sonó desde la puerta.—¿Qué está pasando aquí?Las dos mujeres se giraron. Natasha estaba de pie en el umbral, con el rostro pálido y los ojos encendidos. Había llegado en silencio, y había escuchado parte de la conversación. Llevaba el cabello recogido en un moño desordenado, y su ropa estaba arrugada. Pero había una fuerza en su mirada que helaba la sangre.—Natasha —dijo Valentina, con alivio.Natasha caminó hacia ella, sin apartar los ojos de la mujer que estaba frente a la puerta. La reconoció de inmediato. Era la misma mujer que había aparecido en la oficina de Mateo hacía unas semanas. La misma que se había acercado a él con una sonrisa demasiado dulce. La misma que le había dado un beso en la mejilla que había durado más de lo necesario. La misma que había hecho que su corazón se detuviera por un instante.—Hola, Val —dijo Natasha, con voz calmada pero tensa—. ¿Có
La mañana había llegado al hospital con una calma engañosa. El sol se filtraba por las ventanas del pasillo, iluminando el suelo de linóleo con una luz dorada que contrastaba con la tormenta de emociones que flotaba en el aire. Valentina estaba sentada junto a la cama de Mateo, sosteniendo su mano, hablando en voz baja, como si él pudiera escucharla. Pero Mateo seguía dormido. Seguía ausente.De repente, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Una mujer entró como un torbellino, con el cabello rubio alborotado, los ojos desorbitados y una expresión de angustia que helaba la sangre. Llevaba un abrigo de piel sobre un vestido de seda, y sus tacones resonaban en el suelo con cada paso. Su perfume, dulce y penetrante, llenó la habitación.—¡Mateo! —gritó, mirando a su alrededor con desesperación—. ¡Mi Mateo! ¿Dónde está? ¡Lo quiero ver!Valentina se levantó de un salto, con el rostro transformado en una máscara de furia contenida.—¿Qué haces aquí? —preguntó, con voz cortante, dando
Natasha lo miró, sorprendida. ¿Él va a cocinar? Nunca lo había visto cocinar. Nunca lo había visto hacer nada doméstico. En los años que estuvieron casados, Adam siempre tenía personal que se encargaba de todo. Nunca levantó un dedo para ayudarla. Nunca le preparó ni un vaso de agua.Pero ahora... ahora estaba en la cocina, abriendo la nevera, sacando ingredientes. Natasha lo observaba desde el sofá, con el corazón latiéndole con fuerza. ¿Cómo es que ha cambiado tanto? —se preguntó—. ¿Cómo es que ahora es tan atento? ¿Tan servicial? ¿Tan... diferente?Adam cocinó en silencio. Preparó una sopa de verduras, un plato de pasta y una ensalada fresca. Luego, sirvió todo en la mesa y llamó a Natasha.—La comida está lista —dijo, con una sonrisa suave.Natasha se levantó y caminó hacia la mesa. Se sentó y miró el plato que Adam le había servido. Era sencillo, pero olía delicioso. Tomó el tenedor y probó un bocado. Y luego otro. Y otro.—¿Te gusta? —preguntó Adam, observándola con atención.—S







