FAZER LOGINLos días siguientes fueron un infierno silencioso.
Adam cumplió su promesa. No volvió al bar. No volvió a buscar a Gatúbela. Llegaba a casa más temprano que nunca, pero su presencia era un fantasma frío. La culpa lo devoraba por dentro, y en lugar de enfrentarla, la enterraba bajo capas de indiferencia.
Se volvió más frío.
Más distante.
Y más generoso.
Llegaba con regalos: joyas de Tiffany, bolsos de diseñador, tarjetas de crédito con límites astronómicos. Dejaba cajas de terciopelo sobre la mesita de noche, sobres con dinero en la cocina, como si pudiera comprar el perdón que no se atrevía a pedir.
Natasha miraba los regalos sin tocarlos. Los dejaba acumularse como un recordatorio de lo que él no podía decirle.
—No necesito esto —dijo una noche, señalando un collar de diamantes que él había dejado sobre la almohada.
Adam la miró, su rostro impasible.
—Es para ti —respondió, y su voz era plana—. Tómalo.
—No quiero tus regalos, Adam. Quiero que me mires. Que me hables. Que...
—Estoy cansado —la interrumpió, girándose hacia la puerta del baño—. Voy a ducharme.
Natasha se quedó sola, el collar en sus manos, sintiendo que cada diamante era una puñalada.
Las semanas pasaron.
Natasha había vuelto al bar. Ya no tenía razón para hacerlo. Había logrado su objetivo: demostrarle a Adam que ella sí podía ser deseada. Pero él no deseaba a Natasha. Deseaba a Gatúbela.
Y la culpa de haberla deseado lo había convertido en un hombre más frío que nunca.
La rutina se instaló como una losa. Adam trabajaba, llegaba, dejaba regalos y se encerraba en su silencio. Natasha seguía siendo la mujer de casa, la esposa aburrida, la que siempre esperaba.
Pero algo estaba cambiando en su cuerpo.
Esa mañana, Natasha se levantó sintiendo que el mundo giraba.
Un mareo violento la golpeó en cuanto puso los pies en el suelo. Se aferró a la mesita de noche, tratando de estabilizarse. Su estómago se revolvió, un sudor frío recorrió su espalda.
Solo es cansancio, se dijo. Solo es el estrés.
Pero cuando dio el primer paso hacia el baño, las piernas le fallaron.
El mundo se oscureció.
Y todo se apagó.
El sonido del cuerpo de Natasha golpeando el suelo fue sordo, pero suficiente para que Adam, que estaba a punto de salir por la puerta principal, lo escuchara.
—¿Natasha? —llamó, pero no hubo respuesta.
Corrió de vuelta a la habitación. La encontró en el suelo, pálida, inmóvil. Su cabello oscuro se extendía sobre la alfombra como un abanico. Sus ojos estaban cerrados, sus labios sin color.
—¡Natasha! —gritó, arrodillándose a su lado—. ¡Natasha, despierta!
No se movía.
El pánico se apoderó de él. La tomó en sus brazos, sintiendo su peso inerte, la fragilidad de su cuerpo contra el suyo. Corrió hacia el auto, su corazón latiendo con fuerza, su mente en blanco.
No puede estar pasando esto. No puede. No puede.
La carretera se difuminó mientras manejaba a velocidad, una mano en el volante y la otra sosteniendo a Natasha contra él.
—Despierta —susurró, y su voz era un ruego—. Natasha, despierta. No te vayas. No me dejes.
No obtuvo respuesta.
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En el hospital, todo fue un caos. Médicos, camillas, luces blancas que parpadeaban. Adam quedó fuera de la sala de emergencias, sentado en una silla de plástico, las manos cubiertas de un sudor frío.
Horas que se hicieron eternas.
Cuando el médico finalmente salió, Adam se puso de pie de un salto.
—¿Mi esposa? —preguntó, su voz ronca—. ¿Está bien?
El médico sonrió.
—Sí, señor. Su esposa está bien. Fue un desmayo por cambios hormonales. Está deshidratada, pero tanto ella como el bebé están fuera de peligro.
Adam parpadeó.
—¿Bebé?
El médico asintió.
—Sí. Su esposa está embarazada. De aproximadamente un mes y medio. ¿No lo sabía?
Adam sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Embarazada.
Un mes y medio.
Hace más de un mes y medio que no tocaba a Natasha. Hace meses que no hacían el amor. Su última noche juntos había sido... había sido...
No recordaba la última vez. Fue hace tanto tiempo que ni siquiera lo recordó.
Su sangre se heló.
—¿Dónde está mi esposa? —preguntó, y su voz era un cuchillo.
—En la habitación 304. Ya está despierta.
Adam caminó hacia la habitación con pasos firmes, pero su mente era un torbellino. Embarazada. Un mes y medio. Todo encajaba en un lugar oscuro, un lugar que no quería visitar.
Mientras yo trabajaba, pensó, y la furia comenzó a hervir. Mientras yo le daba todo... ella estaba con otro.
Entró en la habitación sin golpear.
Natasha estaba en la cama, pálida, sosteniendo una taza de agua. Lo vio entrar y supo, en ese mismo instante, que todo se había roto.
—Adam —dijo, su voz débil—. ¿Qué pasó? ¿Qué dijeron?
Él se detuvo frente a la cama. Su mirada era de acero, su mandíbula apretada.
—Estás embarazada —dijo, y las palabras cayeron como piedras—. De un mes y medio.
Natasha sintió que el corazón se le detenía. Un mes y medio. La noche en el bar. La noche en que Gatúbela hizo el amor con Adam.
—Adam, yo puedo...
—¿Explicarme qué? —la interrumpió, su voz cortante—. ¿Qué estás esperando un hijo de otro hombre? ¿Que mientras yo te daba todo, tú estabas con alguien más?
—No, Adam, no es lo que piensas...
—¡Entonces dime qué es! —rugió, y su voz rebotó en las paredes—. ¡Hace meses que no estamos juntos! ¡MESES! ¿Cómo es posible que estés embarazada si no te he tocado?
Las lágrimas quemaban los ojos de Natasha.
—Adam, por favor, escúchame. Nunca he estado con otro hombre. Nunca. Te lo juro.
Él soltó una risa amarga.
—¿Nunca has estado con otro? —repitió, y cada palabra era veneno—. Entonces, ¿de quién es ese hijo?
—Es tuyo —susurró ella—. El hijo es tuyo, Adam.
Él la miró con desprecio.
—¿Mío? ¿Ahora resulta que soy padre sin tocarte? ¿Me tomas por estúpido?
Natasha cerró los ojos. Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—¡Dime la verdad! —gritó, golpeando la pared con el puño—. ¡De una vez!
Natasha abrió los ojos. Lo miró.
Y lo dijo.
—Yo soy Gatúbela.
El silencio fue absoluto.
Adam la miró como si hubiera enloquecido.
—¿Qué? —preguntó, su voz apenas un susurro.
—Soy Gatúbela —repitió Natasha, su voz firme a pesar del llanto—. Yo era la bailarina del bar. Yo soy la mujer con la que estuviste esa noche. El hijo que llevo dentro es tuyo.
Adam negó con la cabeza.
—No —dijo—. No puede ser. Ella no era como tú. No era... no era aburrida. No era...
La palabra cayó como un hacha.
Natasha sintió que se partía en dos.
—¿Aburrida? —repitió, y su voz era un susurro roto—. ¿Siempre fui aburrida para ti?
Adam la miró. Y por primera vez, la vio realmente. Su esposa. La mujer que había esperado años. La mujer que él había ignorado. La mujer que se había convertido en Gatúbela para que él la deseara.
Y él la había deseado.
Con cada fibra de su ser.
Pero no sabía que era ella.
—¿Cómo sabes de Gatúbela? —preguntó, su voz temblorosa—. ¿Me has estado espiando?
Natasha lo miró con incredulidad.
—¿No me crees? —preguntó—. ¿Después de todo, todavía no me crees?
—¡No puede ser! —gritó Adam, retrocediendo—. ¡No puede ser porque siempre fuiste aburrida en la cama!
La frase fue un puñal directo al corazón.
Natasha sintió que algo se rompía dentro de ella. Algo que había estado aguantando durante años. Algo que ya no podía sostener.
—Entonces —dijo, y su voz era fría como el hielo—. ¿Eso quiere decir que me engañaste?
Adam la miró.
No dijo nada.
No podía.
Porque era verdad. La había engañado. No sabía que era ella, pero la había engañado. Había deseado a otra mujer, había hecho el amor con otra mujer, había jurado que no volvería a pasar.
Y esa mujer era su esposa.
Pero él no lo sabía.
Y eso, de alguna manera, lo hacía peor.
Adam la miró un largo momento. Su rostro era una máscara de confusión, culpa y furia. No dijo nada. Simplemente se giró y salió de la habitación.
La puerta se cerró detrás de él.
Natasha se quedó sola.
Las lágrimas brotaron como un río desbordado. Se llevó las manos al vientre, sintiendo la vida que crecía dentro de ella.
Me engañó, pensó. Me ha engañado con muchas más. No me ama. Nunca me amó.
—¿En serio quiere verme? —preguntó Luciana, con los ojos brillando de emoción—. ¿En serio, Valentina?Valentina la miró con el rostro tenso. No quería decirle que sí. No quería darle esa satisfacción. Pero Mateo lo había pedido. Y ella no podía negarle nada.—Sí —respondió, con voz fría—. Quiere verte.Luciana sintió que el corazón le daba un vuelco. Se llevó una mano al pecho, como si la noticia la hubiera conmovido. Pero sus ojos brillaban con un triunfo que no podía ocultar.—Yo sabía —dijo, con voz temblorosa—. Yo sabía que su gran amor no me podía olvidar. Yo sabía que Mateo me recordaba. Que me necesitaba. Que me esperaba.Se giró lentamente hacia Natasha, que estaba sentada en una silla, al fondo del pasillo. La miró con desprecio. Con lástima. Con una superioridad que helaba la sangre.—Lo siento mucho, Natasha —dijo Luciana, con una sonrisa falsa—. Pero parece que Mateo no te recuerda a ti. Te recuerda a mí. A su prometida. A la mujer que ama. A la mujer con la que va a casar
Valentina respiró hondo antes de entrar. Sabía que lo que estaba a punto de enfrentar era delicado. Mateo no recordaba nada. Ni a Natasha. Ni a Mati. Ni la vida que había construido en los últimos años. Su mente se había borrado. Su corazón, también. Y ahora ella tenía que ser la que le contara la verdad. Poco a poco. Sin presionarlo. Sin hacerle daño.Abrió la puerta y entró. Mateo estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en las almohadas y la mirada perdida en la ventana. Al verla, algo en su rostro cambió. Sus ojos verdes, que minutos antes miraban a Natasha con frialdad, ahora se llenaron de una emoción distinta. Se le pusieron vidriosos. Como si la viera después de mucho tiempo. Como si fuera la única persona en el mundo a la que reconocía.—Valentina —dijo, con voz ronca—. Ven. Acércate.Valentina sintió que el corazón se le encogía. Caminó hacia la cama y se sentó en la silla, junto a él. Le tomó la mano. La apretó con suavidad.—¿Cómo estás? —preguntó, con voz suave.
—¿Mi esposa? —preguntó Mateo, con voz ronca—. No. Eso es mentira. Yo no estoy casado. Yo no tengo esposa.Natasha sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Esas palabras la golpearon como un puñetazo en el pecho. Se quedó quieta, mirándolo, esperando que en cualquier momento él sonriera y le dijera que era una broma. Pero no lo hizo. Solo la miró con el ceño fruncido, como si ella fuera una desconocida.—Mateo —dijo, con voz temblorosa—. Sí estás casado. Conmigo. Desde hace cinco años. Tenemos un hijo. Mati. ¿Te acuerdas de Mati?Mateo negó con la cabeza. Sus ojos verdes, que tantas veces la habían mirado con amor, ahora la recorrían sin reconocerla. Como si fuera una extraña.—No tengo esposa —repitió, con voz cortante—. No tengo hijo. No sé quién eres. No sé de qué me hablas.Natasha sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Quiso contenerse. Quiso ser fuerte. Pero el dolor era demasiado grande. Las lágrimas cayeron por sus mejillas, y un sollozo escapó de su garganta. Dio un
Las tres mujeres se quedaron en el pasillo, en silencio, con el corazón en un puño. Natasha no podía dejar de temblar. Sus manos estaban frías, y su mente era un torbellino de pensamientos. Mateo despertó. Mateo abrió los ojos. Mateo está vivo. Pero no habla. No dice nada. Solo mira. Solo parpadea.En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y el médico salió. Su rostro era serio, pero no alarmante. Natasha se levantó de un salto.—Señora Di'Carlo —dijo el médico, con voz calmada.—¿Qué pasa? —preguntó Natasha, con voz tensa—. ¿Cómo está Mateo?El médico la miró un momento. Luego, miró a Valentina y a Luciana, que también se habían acercado.—Necesito hablar con usted —dijo el médico, con voz calmada—. En privado.—Doctor —intervino Valentina, dando un paso adelante—. Somos familia. Por favor, háblenos a todos aquí. Necesitamos saber qué pasa.Natasha dudó un momento. Miró a Luciana, y en sus ojos vio una mezcla de curiosidad y preocupación. Sabía que Luciana no tenía derecho
Valentina respiró hondo, sintiendo que la rabia le quemaba las venas. Pero antes de que pudiera responder, una voz sonó desde la puerta.—¿Qué está pasando aquí?Las dos mujeres se giraron. Natasha estaba de pie en el umbral, con el rostro pálido y los ojos encendidos. Había llegado en silencio, y había escuchado parte de la conversación. Llevaba el cabello recogido en un moño desordenado, y su ropa estaba arrugada. Pero había una fuerza en su mirada que helaba la sangre.—Natasha —dijo Valentina, con alivio.Natasha caminó hacia ella, sin apartar los ojos de la mujer que estaba frente a la puerta. La reconoció de inmediato. Era la misma mujer que había aparecido en la oficina de Mateo hacía unas semanas. La misma que se había acercado a él con una sonrisa demasiado dulce. La misma que le había dado un beso en la mejilla que había durado más de lo necesario. La misma que había hecho que su corazón se detuviera por un instante.—Hola, Val —dijo Natasha, con voz calmada pero tensa—. ¿Có
La mañana había llegado al hospital con una calma engañosa. El sol se filtraba por las ventanas del pasillo, iluminando el suelo de linóleo con una luz dorada que contrastaba con la tormenta de emociones que flotaba en el aire. Valentina estaba sentada junto a la cama de Mateo, sosteniendo su mano, hablando en voz baja, como si él pudiera escucharla. Pero Mateo seguía dormido. Seguía ausente.De repente, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Una mujer entró como un torbellino, con el cabello rubio alborotado, los ojos desorbitados y una expresión de angustia que helaba la sangre. Llevaba un abrigo de piel sobre un vestido de seda, y sus tacones resonaban en el suelo con cada paso. Su perfume, dulce y penetrante, llenó la habitación.—¡Mateo! —gritó, mirando a su alrededor con desesperación—. ¡Mi Mateo! ¿Dónde está? ¡Lo quiero ver!Valentina se levantó de un salto, con el rostro transformado en una máscara de furia contenida.—¿Qué haces aquí? —preguntó, con voz cortante, dando







