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CAPÍTULO 2: La red de la Gata.

Author: R. Vivas
last update publish date: 2026-08-06 23:36:15

Los días pasaron como un sueño febril.

Natasha bailaba cada noche en Lux, y cada noche Adam estabña allí. Sentado en la misma mesa, con el mismo bourbon, la misma mirada fija en el escenario. Marcos ya no lo acompañaba; Adam iba solo. Llegaba puntual, se sentaba, y esperaba.

Esperaba a Gatúbela.

Y ella nunca lo decepcionaba.

Cada baile era para él. Cada movimiento de sus caderas, cada arqueo de su espalda, cada deslizamiento por el tubo de acero, todo estaba calculado para clavarse en su memoria como una obsesión que no podía sacudirse. Bailaba para él, lo provocaba con sus ojos, lo desafiaba con su cuerpo.

Y él, el hombre frío, el CEO imperturbable, el esposo que nunca miraba a su mujer, estaba completamente atrapado.

Le daba dinero. Mucho. Billetes que ella dejaba sobre la mesa sin recogerlos. No necesitaba su dinero. Solo necesitaba una cosa: demostrarle que ella sí servía como mujer.

Mírame, pensaba mientras sus caderas se movían al ritmo de la música. Mírame como nunca me miraste. Deséame como nunca me deseaste.

Y Adam la miraba. Y la deseaba. Y cada noche, su obsesión crecía más.

Pasaron tres semanas.

Adam ya no podía concentrarse en el trabajo. Su mente divagaba en reuniones importantes, veía el antifaz negro en los papeles que firmaba. Llegaba a casa tarde, siempre tarde, y Natasha estaba allí, esperando.

---

Esa. Noche en el bar, la música era lenta, sensual. Gatúbela se movía en el escenario con la seguridad de una pantera, sus ojos fijos en él. Adam estaba sentado, su bourbon olvidado, su mirada atrapada en cada curva de su cuerpo.

Ella bajó del escenario.

Caminó hacia su mesa con la lentitud deliberada de quien sabe exactamente lo que quiere. Sus caderas se balanceaban, sus dedos se deslizaban por su propio cuerpo, y Adam no podía respirar.

Se detuvo frente a él. Sus manos se posaron en los hombros de Adam, y ella se inclinó. Su rostro enmascarado quedó a centímetros del suyo. 

Y entonces lo besó.

Fue un beso suave, apenas un roce de labios. Pero fue suficiente. Adam sintió que el mundo se incendiaba. Su mano se alzó instintivamente, atrapando la nuca de ella para profundizar el beso.

Gatúbela se separó lentamente, sus ojos brillando con un destello de triunfo.

Adam la miró, y en su mirada había algo que Natasha nunca había visto: deseo puro, descontrolado, animal.

Ahí está, pensó ella. Ahí está el hombre que siempre quise despertar. Y solo pude hacerlo cuando no soy yo misma.

Pero también sintió algo más. Una certeza que la llenó de poder: Sí sirvo como mujer. Sí puedo ser deseada. Él solo no quería verme.

Cuando terminó la presentación, Adam se levantó de su silla. Sin decir una palabra, tomó la mano de Gatúbela y la guió hacia la habitación VIP. No preguntó, no dudó. Solo actuó.

La puerta se cerró tras ellos.

La tomó por la cintura y la atrajo hacia sí, sus labios encontrando los de ella con una urgencia que la dejó sin aliento.

Sus manos bajaron, posándose en sus nalgas con una posesividad que la hizo estremecerse. Gatúbela sintió un escalofrío recorrer su espalda, un temblor que no era fingido, que era completamente real.

Es mi esposo, pensó, mientras los dedos de él se hundían en su carne. Y me está deseando.

Adam quería más. Sus manos subieron a su rostro, buscando el antifaz.

—Quiero verte —susurró, su voz ronca, casi desesperada—. Quiero ver quién eres.

Pero Gatúbela tomó sus manos y las apartó suavemente.

—No —dijo, su voz firme, pero suave—. Puedes quitarme todo menos el antifaz.

Adam la miró. Su pecho subía y bajaba con la respiración agitada. Había algo en sus ojos, una lucha interna que él mismo no entendía. Pero el deseo era más fuerte.

Tomó el borde del corsé de Gatúbela y lo deslizó hacia abajo lentamente, sus dedos rozando su piel desnuda. El corsé cayó al suelo. Luego el sostén. Luego la falda.

Ella estaba desnuda frente a él, solo el antifaz cubriendo sus ojos. Adam la miró como si fuera la primera mujer que veía en su vida.

La levantó en sus brazos y la recostó en el sofá de cuero. Su cuerpo se posó sobre el de ella, sus labios recorrieron su cuello, sus hombros, sus pechos. Gatúbela arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios.

—Eres tan hermosa —susurró Adam contra su piel—. ¿Cómo es posible que existas?

Natasha cerró los ojos. Esas palabras, esas caricias, era todo lo que había querido escuchar durante años. Pero no eran para ella. Eran para Gatúbela.

Y entonces Adam la hizo suya.

Lo hicieron en el sofá de cuero, entre caricias desesperadas y susurros roncos. Natasha se aferró a su espalda, sintiendo cada movimiento, cada beso, cada respiración. Por primera vez en años, su esposo la tocaba como si fuera la mujer más deseada del mundo.

Y lo era. Pero no lo sabía.

Cuando terminaron, Adam quedó sobre ella, su pecho presionando el de ella, su respiración agitada. Los dedos de él acariciaron el borde del antifaz, y Natasha sintió que el mundo se detenía.

Pero entonces Adam se separó. Se puso de pie con un movimiento brusco, casi violento.

Y la realidad cayó como un golpe.

—Dios mío —susurró, pasándose las manos por el cabello—. Dios mío, ¿qué he hecho?

Gatúbela se incorporó lentamente, cubriendo su desnudez con los brazos.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.

Adam la miró, y en sus ojos ya no había deseo. Solo culpa. Horror. Arrepentimiento.

Se giró, buscando su ropa con movimientos rápidos y torpes. Se puso la camisa con dedos que no dejaban de temblar, se abrochó los pantalones sin mirarla.

—Esto no debería haber pasado —dijo, su voz ahora más firme, la voz del CEO que toma decisiones—. Esto fue un error. No puedo... no puedo volver a hacer esto.

Gatúbela se levantó del sofá. Su cuerpo aún temblaba por el placer que él le había dado, pero en su pecho crecía un vacío frío.

—¿Un error? —preguntó ella, su voz apenas un susurro.

Adam la miró. La deseaba, Natasha podía verlo en sus ojos. Pero el deseo libraba una batalla con la culpa, y la culpa estaba ganando.

—Esto no va a volver a pasar. No voy a volver al bar. 

Y antes de que ella pudiera responder, Adam salió de la habitación.

La puerta se cerró con un golpe.

Natasha se vistió rápidamente. Tenía que llegar antes que él a casa. Siempre llegaba antes, Adam siempre llegaba tarde. Pero esta noche... esta noche la urgencia era mayor.

Corrió al camerino, se quitó el corsé con manos temblorosas, guardó el disfraz en su bolso. Se puso la ropa de siempre: el vestido sencillo, los zapatos cómodos, el cabello recogido.

Y corrió a casa.

Llegó justo a tiempo. Entró por la puerta trasera, se cambió rápidamente, se puso un camisón y tomó un libro de la mesita de noche.

Cuando Adam entró, Natasha estaba en la cama, la luz prendida, leyendo tranquilamente.

Él se detuvo en la puerta. Su corbata estaba torcida, su camisa mal abrochada. Tenía el cabello revuelto y una expresión que Natasha no le había visto nunca: confusión, culpa, algo parecido al miedo.

Natasha levantó la vista del libro y lo miró.

—Te ves raro —dijo, y su voz sonaba tan natural como siempre—. Estás diferente.

Adam parpadeó, sorprendido por la observación.

—¿Diferente? —repitió, y su voz sonó más alta de lo normal. Se aclaró la garganta—. No, no. Solo... solo estoy cansado. El trabajo fue pesado hoy. Voy a ducharme.

Se giró rápidamente y caminó hacia el baño. Natasha lo oyó cerrar la puerta con más fuerza de la necesaria. Y entonces, el sonido de la ducha.

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liscandiales72
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