FAZER LOGINLos días pasaron como un sueño febril.
Natasha bailaba cada noche en Lux, y cada noche Adam estabña allí. Sentado en la misma mesa, con el mismo bourbon, la misma mirada fija en el escenario. Marcos ya no lo acompañaba; Adam iba solo. Llegaba puntual, se sentaba, y esperaba.
Esperaba a Gatúbela.
Y ella nunca lo decepcionaba.
Cada baile era para él. Cada movimiento de sus caderas, cada arqueo de su espalda, cada deslizamiento por el tubo de acero, todo estaba calculado para clavarse en su memoria como una obsesión que no podía sacudirse. Bailaba para él, lo provocaba con sus ojos, lo desafiaba con su cuerpo.
Y él, el hombre frío, el CEO imperturbable, el esposo que nunca miraba a su mujer, estaba completamente atrapado.
Le daba dinero. Mucho. Billetes que ella dejaba sobre la mesa sin recogerlos. No necesitaba su dinero. Solo necesitaba una cosa: demostrarle que ella sí servía como mujer.
Mírame, pensaba mientras sus caderas se movían al ritmo de la música. Mírame como nunca me miraste. Deséame como nunca me deseaste.
Y Adam la miraba. Y la deseaba. Y cada noche, su obsesión crecía más.
Pasaron tres semanas.
Adam ya no podía concentrarse en el trabajo. Su mente divagaba en reuniones importantes, veía el antifaz negro en los papeles que firmaba. Llegaba a casa tarde, siempre tarde, y Natasha estaba allí, esperando.
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Esa. Noche en el bar, la música era lenta, sensual. Gatúbela se movía en el escenario con la seguridad de una pantera, sus ojos fijos en él. Adam estaba sentado, su bourbon olvidado, su mirada atrapada en cada curva de su cuerpo.
Ella bajó del escenario.
Caminó hacia su mesa con la lentitud deliberada de quien sabe exactamente lo que quiere. Sus caderas se balanceaban, sus dedos se deslizaban por su propio cuerpo, y Adam no podía respirar.
Se detuvo frente a él. Sus manos se posaron en los hombros de Adam, y ella se inclinó. Su rostro enmascarado quedó a centímetros del suyo.
Y entonces lo besó.
Fue un beso suave, apenas un roce de labios. Pero fue suficiente. Adam sintió que el mundo se incendiaba. Su mano se alzó instintivamente, atrapando la nuca de ella para profundizar el beso.
Gatúbela se separó lentamente, sus ojos brillando con un destello de triunfo.
Adam la miró, y en su mirada había algo que Natasha nunca había visto: deseo puro, descontrolado, animal.
Ahí está, pensó ella. Ahí está el hombre que siempre quise despertar. Y solo pude hacerlo cuando no soy yo misma.
Pero también sintió algo más. Una certeza que la llenó de poder: Sí sirvo como mujer. Sí puedo ser deseada. Él solo no quería verme.
Cuando terminó la presentación, Adam se levantó de su silla. Sin decir una palabra, tomó la mano de Gatúbela y la guió hacia la habitación VIP. No preguntó, no dudó. Solo actuó.
La puerta se cerró tras ellos.
La tomó por la cintura y la atrajo hacia sí, sus labios encontrando los de ella con una urgencia que la dejó sin aliento.
Sus manos bajaron, posándose en sus nalgas con una posesividad que la hizo estremecerse. Gatúbela sintió un escalofrío recorrer su espalda, un temblor que no era fingido, que era completamente real.
Es mi esposo, pensó, mientras los dedos de él se hundían en su carne. Y me está deseando.
Adam quería más. Sus manos subieron a su rostro, buscando el antifaz.
—Quiero verte —susurró, su voz ronca, casi desesperada—. Quiero ver quién eres.
Pero Gatúbela tomó sus manos y las apartó suavemente.
—No —dijo, su voz firme, pero suave—. Puedes quitarme todo menos el antifaz.
Adam la miró. Su pecho subía y bajaba con la respiración agitada. Había algo en sus ojos, una lucha interna que él mismo no entendía. Pero el deseo era más fuerte.
Tomó el borde del corsé de Gatúbela y lo deslizó hacia abajo lentamente, sus dedos rozando su piel desnuda. El corsé cayó al suelo. Luego el sostén. Luego la falda.
Ella estaba desnuda frente a él, solo el antifaz cubriendo sus ojos. Adam la miró como si fuera la primera mujer que veía en su vida.
La levantó en sus brazos y la recostó en el sofá de cuero. Su cuerpo se posó sobre el de ella, sus labios recorrieron su cuello, sus hombros, sus pechos. Gatúbela arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios.
—Eres tan hermosa —susurró Adam contra su piel—. ¿Cómo es posible que existas?
Natasha cerró los ojos. Esas palabras, esas caricias, era todo lo que había querido escuchar durante años. Pero no eran para ella. Eran para Gatúbela.
Y entonces Adam la hizo suya.
Lo hicieron en el sofá de cuero, entre caricias desesperadas y susurros roncos. Natasha se aferró a su espalda, sintiendo cada movimiento, cada beso, cada respiración. Por primera vez en años, su esposo la tocaba como si fuera la mujer más deseada del mundo.
Y lo era. Pero no lo sabía.
Cuando terminaron, Adam quedó sobre ella, su pecho presionando el de ella, su respiración agitada. Los dedos de él acariciaron el borde del antifaz, y Natasha sintió que el mundo se detenía.
Pero entonces Adam se separó. Se puso de pie con un movimiento brusco, casi violento.
Y la realidad cayó como un golpe.
—Dios mío —susurró, pasándose las manos por el cabello—. Dios mío, ¿qué he hecho?
Gatúbela se incorporó lentamente, cubriendo su desnudez con los brazos.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.
Adam la miró, y en sus ojos ya no había deseo. Solo culpa. Horror. Arrepentimiento.
Se giró, buscando su ropa con movimientos rápidos y torpes. Se puso la camisa con dedos que no dejaban de temblar, se abrochó los pantalones sin mirarla.
—Esto no debería haber pasado —dijo, su voz ahora más firme, la voz del CEO que toma decisiones—. Esto fue un error. No puedo... no puedo volver a hacer esto.
Gatúbela se levantó del sofá. Su cuerpo aún temblaba por el placer que él le había dado, pero en su pecho crecía un vacío frío.
—¿Un error? —preguntó ella, su voz apenas un susurro.
Adam la miró. La deseaba, Natasha podía verlo en sus ojos. Pero el deseo libraba una batalla con la culpa, y la culpa estaba ganando.
—Esto no va a volver a pasar. No voy a volver al bar.
Y antes de que ella pudiera responder, Adam salió de la habitación.
La puerta se cerró con un golpe.
Natasha se vistió rápidamente. Tenía que llegar antes que él a casa. Siempre llegaba antes, Adam siempre llegaba tarde. Pero esta noche... esta noche la urgencia era mayor.
Corrió al camerino, se quitó el corsé con manos temblorosas, guardó el disfraz en su bolso. Se puso la ropa de siempre: el vestido sencillo, los zapatos cómodos, el cabello recogido.
Y corrió a casa.
Llegó justo a tiempo. Entró por la puerta trasera, se cambió rápidamente, se puso un camisón y tomó un libro de la mesita de noche.
Cuando Adam entró, Natasha estaba en la cama, la luz prendida, leyendo tranquilamente.
Él se detuvo en la puerta. Su corbata estaba torcida, su camisa mal abrochada. Tenía el cabello revuelto y una expresión que Natasha no le había visto nunca: confusión, culpa, algo parecido al miedo.
Natasha levantó la vista del libro y lo miró.
—Te ves raro —dijo, y su voz sonaba tan natural como siempre—. Estás diferente.
Adam parpadeó, sorprendido por la observación.
—¿Diferente? —repitió, y su voz sonó más alta de lo normal. Se aclaró la garganta—. No, no. Solo... solo estoy cansado. El trabajo fue pesado hoy. Voy a ducharme.
Se giró rápidamente y caminó hacia el baño. Natasha lo oyó cerrar la puerta con más fuerza de la necesaria. Y entonces, el sonido de la ducha.
El fin de semana había llegado y la familia Di'Carlo decidió disfrutarlo juntos. El sol brillaba en lo alto, y el cielo de Miami estaba despejado y radiante, como si el clima mismo estuviera de su lado. Natasha y Mateo habían planeado llevar a Mati al centro comercial, un lugar que al niño le encantaba por sus juegos, sus tiendas y la oportunidad de comer helado.—¡Mami, papi, vamos! —gritaba Mati, saltando de emoción mientras caminaban hacia el auto—. ¡Quiero ver la tienda de juguetes! ¡Y quiero montarme en los carritos! ¡Y quiero comer helado de chocolate!—Vamos, campeón —respondió Mateo, riendo y alborotando su cabello—. Pero primero, desayunamos algo, ¿de acuerdo? No podemos comer helado antes del desayuno.—¡De acuerdo! —respondió Mati, subiendo al auto con la energía de un pequeño huracán.Natasha tomó la mano de Mateo y lo miró con una sonrisa. Había algo en la forma en que la luz del sol acariciaba su rostro, en la manera en que Mati reía, en la forma en que Mateo la miraba,
Habían pasado varios días desde la subasta benéfica. Varios días en los que Natasha había intentado recuperar la normalidad, aunque sabía que nada volvería a ser igual. Adam estaba en Miami. Adam la había visto. Adam sabía que ella estaba viva y que tenía una nueva vida. Y eso era algo que no podía ignorar, por mucho que quisiera.Pero también sabía que no podía esconderse para siempre. No podía vivir con miedo, encerrada en la mansión, alejada de su trabajo y de su pasión. Había construido una carrera, un nombre, un imperio, y no iba a permitir que Adam se lo arrebatara. Había luchado demasiado para llegar hasta donde estaba, había superado demasiadas adversidades, y no iba a dejar que el fantasma de su pasado la volviera a encerrar en una jaula.Esa mañana, Natasha estaba en la cocina, tomando una taza de café humeante mientras miraba por la ventana. El sol de Miami se filtraba a través de los cristales, bañando la estancia con una luz cálida y dorada. Llevaba una bata de seda color
La noche había terminado, pero la tormenta que se había desatado en el interior de Adam no daba tregua. Cada paso que daba fuera del hotel era un golpe de rabia que se acumulaba en su pecho, una mezcla de celos, impotencia y un dolor que no sabía cómo procesar. Había visto a Natasha en los brazos de otro hombre. Había escuchado la palabra "esposo" salir de sus labios y había sentido que el suelo se abría bajo sus pies. La imagen de ella, tan hermosa y segura, en los brazos de ese hombre, se repetía en su mente como una pesadilla de la que no podía despertar.Regresó a su habitación en el hotel y cerró la puerta de golpe, el sonido resonando en la habitación vacía como un eco de su furia. Se quitó el saco y lo arrojó al suelo con violencia. Se desabrochó la corbata y la lanzó contra la pared. Caminó de un lado a otro, con los puños apretados y la respiración agitada. Su mente era un torbellino de imágenes: Natasha sonriendo, Natasha tomada de la mano de otro, Natasha diciendo "no es na
La noche había caído sobre Miami con un brillo especial. El hotel donde se celebraba la subasta benéfica era uno de los más exclusivos de la ciudad, con una entrada alfombrada en rojo, candelabros de cristal que colgaban del techo y una elegancia que solo los eventos de caridad podían reunir. Las personas más importantes de la ciudad estaban allí: empresarios, celebridades, filántropos y diseñadores de renombre. El murmullo de las conversaciones se mezclaba con el tintineo de las copas y la música suave de la orquesta.Natasha y Mateo llegaron juntos, vestidos con sus mejores galas. Natasha llevaba un vestido azul noche que resaltaba sus ojos y su figura, con un escote delicado y una caída de tela que se movía con cada paso. Su cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros, y un collar de perlas adornaba su cuello. Mateo, a su lado, llevaba un traje negro impecable que acentuaba su presencia imponente. Su corbata gris plata combinaba perfectamente con el vestido de Natasha, y su sonr
El centro comercial bullía de vida. La música alegre, las risas de los niños, el sonido de los juegos y las luces parpadeantes creaban un ambiente de felicidad que contrastaba profundamente con la tristeza que comenzaba a apoderarse de Adam. El bullicio a su alrededor era ensordecedor, pero él no lo escuchaba. Solo escuchaba el eco de sus propios pensamientos, el latido acelerado de su corazón, el peso de una culpa que no lo dejaba en paz.Después del encuentro con ese niño en el baño, Adam se había quedado paralizado. Algo en esa pequeña criatura lo había golpeado con una fuerza que no podía explicar. No era solo su sonrisa, o su forma de hablar, o la confianza con la que le había devuelto la billetera. Era algo más profundo. Algo que no podía nombrar, pero que sentía en lo más profundo de su ser.Era solo un niño, un niño desconocido. Pero Adam no podía sacarlo de su mente. Su risa, la forma en que había levantado una ceja y le había dicho "me estás copiando", la seguridad con la qu
Había pasado una semana desde que Adam había intentado entrar a Diseños Di'Carlo. Una semana de relativa calma en la mansión, pero también de tensión latente. Natasha había seguido trabajando desde casa, sumergida en sus diseños, mientras Mateo reforzaba la seguridad y se aseguraba de que no hubiera amenazas cercanas.Pero esa mañana, Mati había despertado con una energía que no podía contenerse.—¡Mami! ¡Papi! —gritó, corriendo hacia la habitación de sus padres—. ¡Quiero salir! ¡Quiero ir a un parque de diversiones! ¡Por favor, por favor, por favor!Natasha y Mateo intercambiaron una mirada. Sabían que era importante mantener a Mati feliz y distraído, y también sabían que no podían mantenerlo encerrado para siempre.—Está bien, campeón —dijo Mateo, con una sonrisa—. Vamos a llevarte a un centro comercial que tiene un parque de diversiones adentro. ¿Qué te parece?—¡Sí! —gritó Mati, saltando de alegría—. ¡Vamos, vamos, vamos!Natasha sonrió, sintiendo que la alegría de su hijo era con







