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7. No es mi lugar, alfa

Autor: Lizzy Bennet
last update Fecha de publicación: 2026-01-13 00:27:48

Lyra

El comedor es más grande de lo que imaginaba. Las paredes de piedra negra se elevan. 

Una mesa larga ocupa el centro de la estancia, iluminada por candelabros de hierro. 

Hay más lobos presentes: guerreros, consejeros, sirvientes. 

Todos en silencio. Todos rígidos.

Y él.

Alaric Varkon está sentado en la cabecera, erguido, imponente, con el rostro tan inexpresivo que podría estar hecho de mármol. 

No habla. No mira a nadie en particular. Su sola presencia basta para mantener a todos bajo control.

Y por alguna razón eso choca un poco con la imagen del alfa sarcástico que se divirtió burlandose de mi en el camino hasta acá.

Este parece una estatua y sinceramente no sé cuál de las dos versiones me asusta más.

Me detengo en la entrada un segundo más de lo necesario.

Algo me incomoda. No es miedo exactamente. Es… desconcierto.

Pues en cada paso el silencio se hace más espeso. Con ellos, Alaric es una muralla. Frío. Distante. Inaccesible. Conmigo… al menos habla. Aunque sea para humillarme.

Camino hacia la mesa y, por puro instinto, busco el asiento más alejado de él. El extremo opuesto. Donde pueda pasar desapercibida.

Y entonces…

—¿Qué demonios estás haciendo?

La voz de Alaric corta el aire como un latigazo y resuena con tanta fuerza en el lugar que me hace dar un respingo.

Me detengo en seco y muy lentamente, como si me enfrentara a un animal salvaje, me voy dando la vuelta.

—Iba a sentarme… señor —respondo, señalando la silla.

Sus ojos grises parecen brillar en molesta y  se clavan en mí.

—No ahí.

Frunzo el ceño, la replica picando en mi boca hasta que se me escapa.

—¿Entonces…?

Golpea la mesa con los nudillos, una sola vez. Una orden silenciosa que no espera replica alguna, eso es evidente.

—Aquí.

Sin embargo, al notar el lugar que señala: la silla a su lado, consigue que los nervios me recorran entera. Eso tiene que ser otra de sus burlas, no puede estar hablando en serio.

Pero cuando lo miro, él tiene esos ojos de plomo fijos en mí.

Mi corazón da un vuelco.

Ese lugar… ese lugar es para la pareja del Alfa. Para su Luna. Decido ser lo más diplomatica posible, no quiero ser su diversión nuevamente.

—Yo… no quiero ofender a nadie —digo con cautela—. No es mi lugar.

Un gruñido bajo vibra en su pecho.

—Si te digo que te sientes ahí, es porque ahí es donde debes sentarte —espeta—. No me gusta que me cuestiones. Creí que ya te lo había dicho, loba. Ahora obedece.

Aprieto los dientes. Siento la respuesta arder en mi lengua, las ganas de replicar, como  nunca sentí en mi manada, me arden por dentro, pero me la trago.

No le des ese gusto, me repito en la mente.

—Sí, señor —murmuro.

Me muevo y tomo asiento a su lado, sintiendo decenas de miradas clavarse en mí. Puedo sentir el juicio, la curiosidad, el desprecio contenido.

Entonces Alaric de una palmada y mueve una de sus manos y a los segundos uno a uno de los presentes empieza a retirarse.

¿Pero qué demonios…?

La servidumbre llega antes de que pueda asimilar lo sucedido. Empiezan a servir la comida. Platos rebosantes. Carne, pan, guarniciones que no reconozco. El olor es intenso.

Demasiado.

—¿Solo… cenaremos usted y yo? —pregunto en voz baja.

Alaric me mira de reojo.

—¿Quieres invitar a alguien más?—Ahí está, la burla, el tono humillante.

Y eso es como lo último que mi mente necesitaba para hacer explosión,

—Solo hice una pregunta —replico, molesta—. No tiene que ser tan borde.

Nada más decirlo me arrepiento en el acto, eso…. eso ha sido suicidio, joder.

El silencio cae y nos rodea como un manto mientras contengo la respiración esperando el grito, el golpe, lo que sea.

Entonces me atrevo a mirarlo. Lo siento antes de verlo: la sorpresa en sus ojos. Breve. Fugaz.

—Vaya —dice despacio—. No sabía que la loba que compré era tan respondona. De haberlo sabido… tal vez habría mandado a que te pusieran una mordaza, aunque tampoco es tarde, ¿Dime, voy a necesitarla?

El miedo, la rabia y la humillación me golpea al instante.

—Lo siento, señor —me apresuro a decir—. No fue mi intención.

No entiendo qué demonios pasó, con mi padre siempre mantuve la boca cerrada.

Me observa unos segundos más, evaluándome.

—Eso está mucho mejor —dictamina—. Ahora come. 

Me trago mi rabia y miro mi plato. Trago saliva. Es… una cantidad descomunal de comida y aunque mi estómago ruge de hambre ante la visión, sé muy bien que no podré con tanto.

—Es… demasiado —digo, tomando un trozo  de carne con el tenedor.

—Mas te vale comerlo todo —corrige—. No bromeo cuando digo que pareces un palo.

Maldigo por lo bajo y empiezo a comer. Despacio. Con cuidado. Años de raciones escasas,  casi invisibles,me han enseñado a no excederme. Cada bocado pesa.

Al cabo de unos minutos, el estómago empieza a dolerme. Me detengo y alejo el plato.

—Ya estoy llena… señor.

Su ceño se frunce.

—Eso es una m****a. Apenas has comido.

Vuelvo a mirar el plato y aunque parece que no he comido nada, lo que él no sabe es que probablemente comí más de lo que comía en casa de mi padre en días.

—No puedo más.

—Termina.

—De verdad, señor, ya no puedo.

Su voz se vuelve más dura.

—No te pedí una opinión.

Con manos temblorosas, sigo comiendo. El estómago me arde. La náusea sube rápido, violenta.

Me levanto de golpe.

—¿A dónde demonios crees que vas? ¡Regresa aquí! —ordena.

No lo hago. No puedo hacerlo o será peor.

Corro. 

Apenas llego al baño cuando todo sale. Me arrodillo frente al inodoro, temblando, avergonzada, vacía.

La puerta se abre de golpe.

—¿Qué demonios fue eso? —gruñe Alaric—. ¿Estás enferma?

Niego con la cabeza, con la respiración agitada.

—No… solo… ya había comido suficiente.

Me observa con suspicacia.

—Una sanadora vendrá a verte.

—No es necesario —digo, molesta—. No le miento.

—Ve a tu habitación. La sanadora irá en un momento —responde con frialdad.

No discuto. No tengo fuerzas para hacerlo.

En la habitación, me siento en la cama, abrazándome los brazos. Me siento expuesta. Débil.

Y en menos tiempo del que me hubiera gustado escucho como la puerta se abre sin llamar.

Entra la sanadora. Es mucho mayor a la de mi manada y se ve mucho menos amable.

Y detrás de ella… Alaric.

Me enderezo de golpe.

—¿Qué hace aquí? —pregunto, y enseguida añado—. Señor.

Gruñe.

—Eres de mi propiedad —dice sin rodeos—. Si hay algo mal en ti, debo saberlo.

La vergüenza me quema y trato de no mirar a la loba presente.

Su propiedad, un objeto.

No le importas, me digo. Solo eres una inversión.

Guardo silencio. La sanadora me revisa. Frunce el ceño.

—Alfa… esta loba no tiene fragancia.

Aguanto la respiración al oírla y siento que me quemo de adentro hacia afuera, pero para mi sorpresa lo que el alfa dice es:

—No es por eso que estás aquí —la corta Alaric—. Haz tu trabajo.

Ella obedece. Coloca las manos sobre mí, murmura palabras antiguas.

Finalmente, se aparta.

—Tiene anemia, alfa —informa—. Su cuerpo no está acostumbrado a recibir tanta comida. Necesita vitaminas y una dieta progresiva.

El calor sube a mis mejillas.

Ahora lo saben. Saben cómo vivía.

—Puedes retirarte —dice Alaric.

Cuando quedamos solos, se acerca.

—Desde ahora vigilaré tus tres comidas —sentencia—. No pienso dejar que mi inversión se vaya a la m****a.

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Comentarios (1)
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Rosa Villalonga
Muy interesante.
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