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TE AMO, PERO TAMBIEN LO AMO A EL
TE AMO, PERO TAMBIEN LO AMO A EL
Autor: Aymara

PRÓLOGO

Autor: Aymara
last update Fecha de publicación: 2025-09-11 02:32:43

PRÓLOGO

El celular vibra en la palma de su mano. Isabella lo mira con el corazón acelerado, como si cada notificación fuera una chispa capaz de encender un incendio imposible de apagar.

La pantalla ilumina su rostro dentro del auto.

[Amor, ¿dónde estás?]

El mensaje de Gabriel aparece con su tono firme, posesivo y a la vez lleno de ternura. Isabella lo lee varias veces. Sus labios se curvan en una sonrisa nerviosa.

Se inclina hacia adelante y le pregunta al chofer del Uber:

—¿Falta mucho para llegar?

El hombre la observa por el retrovisor, indiferente, acostumbrado a los pasajeros ansiosos.

—Unos veinte minutos, señora. Ya casi estamos cerca de la ubicación que marco.

Isabella suspira, apretando el celular entre los dedos. Teclea rápido:

[Llegaré en unos veinte minutos aproximadamente]

No pasa ni un instante cuando la respuesta de Gabriel vibra en la pantalla.

[Está bien, estaré atento a tu llegada. Avísame así salgo a esperarte afuera]

Con un movimiento automático, Isabella responde:

[Listo]

Se reclina en el asiento, mirando por la ventana el desfile de edificios, tiendas y transeúntes que no saben nada de la tormenta que la habita.

Su respiración se agita al pensar en lo que está haciendo.

"Mi esposo Alejandro no tiene ni idea de dónde vengo", se repite en silencio, como si la frase la condenara y la liberara al mismo tiempo.

A él le había dicho otra cosa, una mentira piadosa que se clava como aguijón en su conciencia: “Voy a desayunar con mamá”.

Pero en verdad, unas horas antes, había compartido un desayuno con Alejandro.

El hombre que también era su esposo.

El hombre al que nunca dejó de amar.

Unas horas antes…

La notificación había llegado temprano, aún con la ciudad desperezándose.

[Te estoy esperando para desayunar]

El remitente: Alejandro.

Su Alejandro.

El mensaje iba acompañado de una ubicación: un restaurante discreto, apartado, como todos los lugares donde sus encuentros debían permanecer en secreto.

Isabella se apresuró a responder:

[Ya llego]

La sensación que recorrió su cuerpo en ese instante no fue de culpa, sino de vértigo. Un cosquilleo que combinaba nostalgia, amor prohibido y el recuerdo de la vida sencilla que alguna vez compartieron.

Cuando llegó al restaurante, lo localizó enseguida. Alejandro estaba en una mesa apartada, al fondo. Apenas la vio, se levantó. La sonrisa en su rostro iluminó el lugar entero.

—Te extrañé —dijo, con esa voz grave que siempre le erizaba la piel.

Isabella bajó la mirada, como si al hacerlo pudiera ocultar lo que en verdad sentía.

—Yo igual… —respondió, antes de fundirse en un beso tierno, ansiado, necesario.

Se sentaron. Alejandro le hizo un gesto al mozo.

—Pide lo que quieras.

Un rato después, el camarero trajo un café con tostadas para Alejandro y un desayuno con frutas y yogur para Isabella. Parecían una pareja cualquiera en una mañana cualquiera. Pero no lo eran.

Él la observó un instante, como si tratara de grabar cada rasgo de su rostro.

—¿En serio te tienes que ir hoy? —preguntó, con un dejo de súplica en la voz.

Isabella sostuvo la taza entre las manos, buscando fuerzas en el calor del café.

—Sí, debo irme.

—¿Cuándo te volveré a ver?

—Quizás en diez o quince días… —contestó, fingiendo seguridad. Luego añadió, con una chispa de esperanza—: Estaremos en contacto, y si puedo librarme del trabajo, vendré a verte, amor.

Alejandro entrecerró los ojos.

—Eso espero. Hoy tengo una reunión muy importante para el futuro de mi empresa. Me gustaría que vinieras conmigo.

El corazón de Isabella se tensó. Quiso decir que sí, quiso acompañarlo como antes, ser la mujer que siempre estaba a su lado. Pero la realidad era cruel.

—Me encantaría… pero no puedo.

Su mente gritaba que debía reunirse con Gabriel. Que debía volver a su otro esposo. Que jugar con fuego en la misma ciudad era un riesgo mortal. Y aun así, no pudo resistirse. Tenía que ver a Alejandro, aunque fuera un instante.

Él, sin sospechar la guerra que la devoraba, sonrió.

—Por ahí te sorprendo y voy a visitarte.

Isabella forzó una sonrisa, aunque en su interior deseaba que no lo hiciera.

—Sabes qué amo las sorpresas.

Pero en el fondo, temblaba. Si Gabriel descubría algo, todo se derrumbaría.

Se despidieron con un beso lleno de promesas. Uno de esos besos que saben a despedida, pero también a eternidad.

Isabella salió del restaurante con el alma dividida, y pidió un Uber para dirigirse al evento donde la esperaba su otro esposo.

El presente

El celular vibra de nuevo justo cuando el vehículo se detiene frente al gran salón de eventos.

El mensaje es corto, ansioso:

[¿Llegaste?]

Ella apenas alcanza a teclear una respuesta cuando la puerta del auto se abre desde afuera. Gabriel, impecable en su traje oscuro, se inclina para ayudarla a bajar.

—Gracias —dice Isabella al chofer antes de encontrarse con la mirada de Gabriel.

—Hola, amor… estás preciosa —susurra él, con un brillo de orgullo en los ojos.

Isabella siente la calidez de esas palabras y, al mismo tiempo, la punzada de la traición.

Gabriel toma su mano con firmeza.

—Sabes que no me gusta estar solo en este tipo de eventos. ¿Cómo está tu madre?

—Muy bien, lo de siempre —responde Isabella con una sonrisa ensayada—. Me pregunta cuándo vendrán los nietos.

Gabriel ríe bajo, inclinándose hacia ella con picardía.

—No veo la hora de salir de aquí para practicar la búsqueda.

Isabella finge un gesto coqueto, aunque en su interior la frase le pesa. Los nietos… la maternidad… palabras que la persiguen como fantasmas.

El salón está lleno de mesas lujosas, copas de vino y risas superficiales. Isabella se siente fuera de lugar. Este mundo no es el suyo, nunca lo fue, pero Gabriel insiste una y otra vez en que lo acompañe.

Pronto se ve rodeada de un grupo de esposas que discuten con fervor sobre el nuevo bolso de diseñador que, según ellas, “toda mujer debería tener”. Isabella asiente en silencio, pero sus pensamientos vuelan lejos, muy lejos, hacia un restaurante modesto, hacia una sonrisa franca y unas manos curtidas por el trabajo.

El fastidio la impulsa a excusarse y retirarse al baño. Frente al espejo, se retoca el maquillaje, refresca su rostro con agua fría y trata de convencerse de que todo está bajo control.

Respira hondo, se alisa el vestido y sale del baño.

Y entonces, se detiene.

El mundo parece detenerse con ella.

Allí, a pocos metros de distancia, su esposo Gabriel conversa animadamente con otro hombre. El aire se le escapa de los pulmones al reconocerlo.

Alejandro.

Su Alejandro.

Isabella siente que el suelo se abre bajo sus pies. Sus dos mundos, cuidadosamente separados, colisionan en un instante.

Su corazón late con violencia, cada palpito un grito ahogado. La traición, el amor, el miedo… todo se mezcla en su interior.

Gabriel gira la cabeza hacia ella, sonríe con complicidad e ingenuidad, ajeno al abismo que acaba de abrirse.

—Amor, ven, quiero presentarte a alguien…

Isabella avanza con pasos temblorosos, como si caminara hacia el borde de un precipicio. Sus ojos se encuentran con los de Alejandro, que la observan con intensidad.

El destino acaba de jugar su carta más cruel.

Y el juego apenas comienza.

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Último capítulo

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