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HUIDA

Autor: Tatty G.H
last update Fecha de publicación: 2025-02-10 21:31:12

El alféizar bajo mis pies descalzos se sentía frio, igual que el viento que me daba en la cara, y las manos me temblaban mientras observaba el suelo muy por debajo de mí. ¿Sobreviviría a la caída? Fijé los ojos en el árbol, muy cercano a la ventana y traté de vislumbrar sus brazos en plena oscuridad. Si llegaba a ellas, ¿lograría escapar?

Debía hacerlo, sí fallaba, ¿qué me esperaría?

No lo pensé demasiado, solo tomé valor y me impulsé tanto como pude, y salté al exterior. Enseguida sentí el golpe de las hojas contra la cara y luego las ramas, hasta que pude sujetarme a un brazo.

Sin embargo, mi agarre no fue suficiente y resbalé, golpeándome mientras caía... Contuve un grito cuando me di de lleno contra el césped y por un momento permanecí tendida allí, aturdida de dolor y a punto de desmayarme. No había anticipado que saltaría desde 4 metros.

Mientras trataba de mantenerme consciente, vi las luces de la primera planta encenderse y voces urgidas llenar el silencio. ¿Ya se habían dado cuenta? Me asalto el pánico y me levanté como pude, buscando desesperada donde esconderme. A pocos metros, alcancé a ver un almacén de jardinería, junto en el momento en que a las voces se les unían unos aterradores ladridos. ¿Había perros allí?

Aterrada quise correr, pero al dar el primer paso noté un tirón en el tobillo que me hizo tropezar y contener un quejido. El dolor me nubló los sentidos y estuve a punto de rendirme. No, no podía flaquear tan fácil. Con solo fuerza de voluntad, me puse de pie otra vez y comencé a moverme, sí llegaba al almacén, podría ocultarme allí y cuando amaneciera, solo buscaría la puerta de rejas por donde había entrado esa mañana.

Solo debía aguantar...

—¡Alto ahí!

Una potente luz blanca me cegó e iluminó todo a mi alrededor. Escuché pasos venir hacía mí, ladridos y gritos, justo cuando el dolor en mi tobillo ardía y me hacía caer de nuevo.

—¡Deténgase, señorita Miller!

Desde el suelo, con los ojos entrecerrados por la intensidad de las lamparás, miré cómo un grupo de hombres se acercaban desde la mansión, tirando de feroces perros con gruesas correas que parecían a nada de romper.

Retrocedí llena de miedo, ¿qué clase de loco era para cazarme de esa manera?

—¿Está herida? —uno de los hombres se separó del grupo, era alto y joven, de intenso cabello negro. Parecía ser el jefe de esos vigilantes.

Respingué cuando se arrodilló y tomó mi tobillo con una inusual delicadeza.

—Está torcido, necesitará al médico.

Me tomó del brazo y quiso levantarme, pero yo me negué.

—¡No volveré adentro! ¡Quiero irme a mi casa!

—Por favor, señorita...

Sentí la humedad llenar mis ojos, pero no eran por el dolor en mi pie, sino de impotencia por esa situación de pesadilla.

—¡Vaya y dígale a su jefe que no me va a arrastrar...!

—No hace falta que grites así, te escucho bien —su voz fue como un cuchillo cortando el aire.

Enterré las uñas en el césped, observando como se abría paso entre sus hombres y perros, hasta pararse frente a mí. Temerosa, alcé la cabeza y miré su rostro, oculto en sombras. ¿Qué expresión tenía?

—Así que pensabas que podrías irte en plena noche, ¿no? —tenía un tono aterradoramente sereno—. Ignoraste todo lo que te dije y saltaste desde tu ventana, qué valor tienes, mujer.

Reprimí mis ganas de arrastrarme lejos de él, cuando hincó una rodilla y puso sus ojos a mi nivel. Entonces fui capaz de ver su expresión, era de completa y fría calma.

—Supongo que no sabías que tengo circuito cerrado en esta mansión, es decir, hay cámaras por doquier.

Expiré entre labios y mi alma cayó a mis pies. Nunca tuve la menor oportunidad de irme, eso quería decir. Era realmente una rehén, SU rehén. Ni siquiera me quejé o puse la menor resistencia cuando me jaló del brazo y me subió sobre su hombro. Me devolvió al interior de la cálida mansión, pero no me llevó a mi habitación, sino a otra en la tercera planta. La nueva habitación era más ostentosa que la otra y mucho más grande, tanto cómo mi departamento.

Sobre una cómoda cama que olía exactamente a él, un médico vino y me examinó el adolorido tobillo. Después de ese tiempo, ya se había inflamado y dolía al menor toque.

—Es un esquince —informó, pero dirigiéndose siempre a Jonathan, no a mí.

Él se acercó con los brazos despreocupadamente cruzados sobre el pecho y me miró el pie sin ninguna expresión, mientras el doctor recogía sus cosas.

—¿Deberá guardar reposo? —preguntó sin interés.

—Así es. Que no haga ningún sobreesfuerzo o tardará en sanar.

Lo vi esconder una sonrisa afilada, antes de estrechar la mano del médico y despedirlo. Cuando nos quedamos a solas, se volvió hacía mí y por fin me miró con el enfado que había estado guardando. Yo desvié la mirada, decidida a ignorarlo.

—¿Estás satisfecha ahora? —inquirió, inclinándose y sujetándome la cara.

Contuve un quejido y tuve que verlo. Parecía rabioso, tan enfurecido que las venas de las cien eran visibles en su clara piel. Sus ojos refulgían de un intenso y aterrador brillo azul.

—¿Acaso enloqueciste? —en mi caída del árbol, las ramas me habían arañado la cara y partido el labio, pero yo no me di cuenta hasta que el médico lo dijo.

Le dirigí una mirada llena de desafío, aunque en mi interior solo quería esconderme.

—¿Y usted creyó que le obedecería sin quejas? Está equivocado, ¡usted es un...!

Me hizo callar apretándome las mejillas. Por un momento, solo permaneció en silencio, mirándome con esos ojos brillando en un gélido azul celeste, mientras sus facciones mostraban un enfado de nivel mayor. Su desprecio por mí era algo que ni siquiera trataba de ocultar, me odiaba quizás tanto cómo odiaba a Samuel.

—Sí mis sabuesos te hubiesen encontrado antes que mis hombres, ahora estarías muerta —dijo secamente, asustándome aún más. ¿Se refería a esos perros enormes?—. Ten en cuenta eso sí planeas hacer lo mismo de nuevo, aunque me aseguraré de que no puedas.

Al ver el cambio en mi expresión, las comisuras se curvaron y formaron una sonrisa tan arrogante como divertida.

—¿Ahora estás asustada? ¿Por fin aceptas tu situación?

Sus dedos aligeraron la presión en mi rostro, al tiempo que él subía a la cama y, cuidando de no tocar mi vendado pie, apartó mi cabello y acercó sus labios a mi oído.

—¿Lo ves ahora? Tú, Suzanne Miller —mencionó por primera vez mi nombre, aunque con evidente desagrado—, estarás atrapada aquí por 3 meses y quizás para siempre, sí no haces tu trabajo y convences a tu repugnante hermano de regresar, con Emily, claro.

Tragué saliva cuando apoyó el torso sobre mi estomago y el aroma de su perfume llenó todos mis sentidos. El calor de su cuerpo, a pesar mío, traspasó mi ropa y calmó el frío que sentía por haber huido en plena noche. 

—Toma en cuenta esto, porque es mi única advertencia para ti—agregó bajando la voz y deslizando los labios por mi cuello, rozándome la piel—. No toleraré más intentos de fuga, si se te ocurre intentar la misma estupidez de esta noche, haré que lo lamentes. O mejor...

Me sobresalté cuando buscó mis ojos y me forzó a verlo a la cara. Tenía la expresión más peligrosa que nunca vi en nadie. Siempre creí que Jonathan Verstappen debía su éxito a su atractivo e inteligencia, pero quizás había algo más tras todo eso.

—Haré que te sea imposible hacerlo de nuevo, ¿eso quieres? Puedo hacerlo, aún no sabes quién soy.

Quise negar, pero no pude, estaba paralizada. ¿Realmente era solo el dueño de una cadena de casinos? ¿Ocultaba algo más?

—Ahora, al menos por un tiempo, no podrás intentar ninguna tontería —sonrió un poco y miró mi boca, mejor dicho, mi labio partido.

Frunció sus doradas cejas e hizo una mueca de disgusto, como un niño que ha descubierto que uno de sus juguetes se ha roto.

—Pudiste evitarte esto y quedarte quieta como te dije.

Llevó la yema de un dedo a mi labio y presionó ligeramente. Yo contuve un gesto de dolor.

—¿Pensaste que podrías salir de aquí y desaparecer de mi vista como si nada? —murmuró, llevando el dedo a tráves de los rasguños en el resto de mi cara—. ¿Causaste este desastre solo por ese inutil intento de escape? Eres más ingenua de lo que pensé.

Me estremecí cuando, a pesar de la herida, acercó su boca y con su lengua separó mis labios.

—Aunque, debo darte crédito, no esperaba que saltaras desde la segunda planta —dijo, hablando contra mi boca—. Eso fue interesante.

Cerré los ojos con fuerza y quise apartar el rostro, pero su mano se mantuvo firme y me obligó a permanecer quieta, para poder besarme a placer. Despreciaba tanto a ese hombre y cara toque suyo era desagrado puro.

—¿Acaso... usted no me despreciaba por ser hermana de quién le arrebató a su hermana? —le recordé para salvarme de ese repentino interes en mí.

Él se detuvo y no tardó en soltar un suspiro cargado de irritación. Entonces yo abrí los ojos, solo para ver cómo sus ojos seguían fijos en mí, llenos de una intensidad que nunca vi en ningún otro hombre. Jonathan Verstappen estaba a otro nivel, era tentador, un imán para cualquier mujer, ¿pero eso me incluía?

—Me desagradas, es cierto, pero no me disgusta del todo la idea de juguetear contigo, y hacerselo saber al imbecil de Miller.

Esas palabras, tan frías e insensibles, tiñieron mi piel de rojo. Y tuve el impulso de gritarle que no estaba dispuesta a llegar a nada con él, sin embargo, ni siquiera pude formar media palabra. Sin aviso sus labios se unierón a los míos otra vez, pero más agresivos que antes. Pronto noté el sabor metálico de mi propia sangre en su boca, y no pude evitar hacer un gesto de dolor cuando profundizó el beso, lastimándome.

—¡E-espere...! —traté de hablar.

Incluso llevé mis manos a su pecho y traté de empujarlo con todas mis fuerzas, antes de que las cosas llegarán a un nivel peligroso para mí. Pero él frenó mis intentos al sujetar mis muñecas y aplastarme con todo su peso contra el colchón, olvidandose incluso de mi tobillo adolorido. Antes de poder pensar en otra forma de alejarlo, él coló una pierna entre las mías y me levantó la camisa, para poder acariciarme la cintura.

Enrojecí, entrando en pánico total. No quería eso, menos con él. No quería que un tipo como Jonathan Verstappen pusiera sus manos sobre mí, primero prefería morir. Pero no podía ni respirar, él no me lo permitía.

—¡Basta...! —pedí en vano, comenzando a inquietarme.

¿Realmente terminaría acostandome con el tipo que me tenía allí cómo moneda de cambio? ¿Se lo pondría tan fácil?

—¿Crees que te haré mía? —jadeó deteniendose en el acto.

Cuando se irguió sobre mí, vi una sonrisa engreída en su boca. Sin la menor sensación de deseo, se limpió los labios y me miró con ojos burlones. Yo estaba roja, respirando con rápidez y con los ojos humédos por el pánico.

—Te lo dije, no me interesas. 

Burlandose de mí, me bajó la camisa, hasta volver a cubrir mi abdomen. Luego inclinó el rostro hasta posicionarlo muy cerca del mío. Sus ojos eran muy azules, como un cielo al desnudo. ¿Cómo alguién así de apuesto podía tener esa personalidad tan terrible?

—Pero, si quiero, puedo olvidar mi desprecio hacía ti por una noche —suspiró cerca de mis labios—, así que te sugiero no repetir lo que hiciste hoy.

Ese tipo era un demente, ya lo sabía, pero también tenía algo más, era un imán, y despertaba una atracción magnética que me confundía.

Tatty G.H

Hola, querida lectora. Gracias por interesarte en mi trabajo y espero puedas acompañarme a lo largo de esta historia. ¡Espero contar contigo!

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Último capítulo

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    Salté desde el tejado de la casa, al suelo y reprimí un doloroso quejido causado por el golpe contra el concreto. Pero no tenía tiempo para lamentarme y llorar, enseguida me levanté y corrí por la vacía calle. Ese barrio estaba totalmente abandonado, con casas vaciadas por la delincuencia y calles solitarias, incluso a plena luz del día. Corrí lo más rápido que me lo permitía mi cuerpo debil, solo alentada por la esperanza de reunirme con mi bebé y volver a cargarla.No quería morir allí, sin verla de nuevo. Así que forcé mis piernas a avanzar, me tambaleé por las calles, hasta que me quedé sin aliento. Y justo cuando me detenía a descansar, a tomar aliento, oí un sonoro disparo a mis espaldas. Me volví con la piel de punta.Escuché autos y gritos. ¿Ya se habían dado cuenta de que Christian me había dejado escapar? Lo lamenté mucho por él, se me hizo pequeño el corazón solo de pensar en qué le harían.—¡Sue!Delante de mí, su voz me llamó de manera atronadora y atónita. Yo me volví at

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  • TUYA POR ELECCIÓN   SACRIFICIO

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    —¿Qué dices, Sue? ¿Cooperaras conmigo para recuperar a nuestra bebé? Acercó su boca a mi oreja, su aliento me cosquilleó y puso mis nervios de punta.—No podría hacer eso... nunca —le respondí a media voz, temblando solo de imaginarlo.Cris me quitó pacientemente algunos mechones de cabello de la cara, estaban empapados en sudor. Él había apagado el aire acondicionado y el almacen era un infierno caliente.—¿No es mejor plan tener a Emily con nosotros y criarla juntos? ¿No es una mejor idea a vivir lejos de ella para siempre? Ella sin su madre y tú sin esa hija que tanto amas...Mis parpados se cerrarón, lloré en silencio, con el corazón hecho pedazos por la cruel elección que él me obligaba a hacer. ¿Podría engañar a Jonathan para que me entregará a nuestra bebé? ¿Cómo podría arrebatarle a esa hija que tanto adoraba?Al verme devastada, Cris me dio un agresivo beso en la mejilla y recogió mi cena intacta.—Piensalo y dime qué harás, Sue. Estoy seguro de que elegiras bien, ambos sabe

  • TUYA POR ELECCIÓN   TORMENTO

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  • TUYA POR ELECCIÓN   CRUELDAD

    Luego de la fuerte bofetada que Cris me dio en la mejilla, que me produjó un leve aturdimiento, él se puso al volante y a mí me mandó a la parte trasera. Salimos del estacionamiento y, bajo el sonido de la lluvia golpeando el techo del coche, sentí como tomaba un rumbo muy diferente al que me llevaba a casa.En otras circunstancias, luego de sentir el labio partido y que mi cabeza se recuperará de la bofetada, habría tratado por todos los medios de escapar de esa situación. Quizás habría gritado, pateado a Cris y tratado de abrir las puertas para arrojarme en la autopista.No obstante, no estaba sola en el asiento trasero. Había un hombre sentando que, sin perder un momento, me cubrió la boca con una mano poderosa.—No vayas a cometer la estupidez de asfixiarla —le advirtió Cris, siguiendo a los dos coches que lideraban esa caravana.El hombre soltó un bufido burlón. Era mucho mayor que yo, tal vez arriba de los 30s, piel tostada, la cabeza rapada y tenía un rostro poco amigable. Me q

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