INICIAR SESIÓNEn las sombras de Nueva Roma, Isabella vende su cuerpo para salvar a su madre moribunda. Dante Salvatore, el heredero que odia su compromiso, la reclama con una mirada y un toque prohibido. Celos letales, traiciones sangrientas y secuestros encienden una guerra entre clanes. Entre lujuria cruda y lágrimas, solo uno sobrevivirá: el amor o la mafia.
Ver másEl sol de Nápoles caía como plomo derretido sobre los tejados viejos del puerto. Dante y yo bajamos del coche blindado en un callejón estrecho. Giovanni y tres hombres nos cubrían las espaldas, pero yo ya no me sentía como la Isabella que temblaba en el palazzo años atrás. Ahora caminaba con la cabeza alta, la Beretta en la cintura y un cuchillo enfundado en el tobillo. El anillo de esmeralda brillaba en mi dedo como una advertencia.—Luca era solo el principio —murmuró Dante, su mano rozando la mía un segundo antes de apretar la culata de su pistola—. El Heredero Fantasma dejó semillas. Vamos a quemar el campo entero.Asentí. Mi cuerpo aún recordaba la noche anterior en la casa segura: Dante follándome contra la pared con furia contenida, sus embestidas profundas y castigadoras mientras me susurraba al oído que mataría por mí, que me follaría viva aunque el mundo ardiera. Me había corrido gritando su nombre, las uñas clavadas en su espalda, su semen caliente marcándome por dentro. Es
—Dante, no me mientas. Esa llamada de Giovanni no era por un puerto cualquiera —dije, cruzando los brazos mientras lo observaba desde la puerta de la habitación. La lluvia seguía cayendo afuera, un tamborileo constante que parecía burlarse de la calma que habíamos fingido durante semanas.Él se giró lentamente, con Sofia aún dormida contra su pecho. Sus ojos azules, esos que una vez me habían devorado en un estudio oscuro, ahora cargaban un peso nuevo. Cansancio. Rabia contenida. Y algo más oscuro, algo que reconocí de los viejos tiempos en Roma.—No es mentira, Isabella. Es... un eco. Alguien en Palermo está removiendo nombres viejos. Dicen que Raffaele dejó un hijo bastardo. Un muchacho de diecinueve años llamado Luca. Lo llaman el Heredero Fantasma. Giovanni cree que está reuniendo a los descontentos, prometiendo restaurar el “honor” de los Lombardi.Me acerqué y tomé a Sofia con cuidado, depositándola en la cunita. La bebé suspiró, ajena a todo. Mi mano tembló un segundo al soltar
Sofia cumplió cuatro meses y la casa parecía haber encontrado un nuevo ritmo. Las noches seguían siendo cortas, pero ya no eran desesperadas. La bebé se despertaba dos o tres veces, pedía pecho con esa urgencia hambrienta y volvía a dormirse pegada a mí. Dante se levantaba siempre primero, la cargaba contra su pecho desnudo mientras yo terminaba de despertarme, y caminaba con ella por la habitación murmurándole cosas en voz baja que solo ellos entendían. Esa mañana llovía suave. Me quedé en la cama un rato más, escuchando el golpeteo en el techo y la voz grave de Dante en la sala. Lorenzo y Valeria ya estaban desayunando; se oían los cubiertos y las risas contenidas. Me puse una camiseta grande de él y bajé descalza. Dante estaba de pie junto a la ventana, con Sofia dormida sobre su hombro y una mano sosteniéndole la cabecita. La imagen me golpeó en el pecho. Ese hombre que había matado sin pestañear, que había enterrado a su propio hermano, ahora mecía a su hija como si fuera lo má
Los meses después de la boda fueron como un respiro largo que por fin llenábamos con aire limpio. Lorenzo había cumplido once años y ya era más alto que yo, con las mismas cejas serias de su papá y una curiosidad que lo hacía preguntar por todo. Valeria, con ocho años, era un torbellino de rizos negros y risas que llenaban cada rincón. Una mañana de abril, el calor ya empezaba a apretar. Estaba en la cocina preparando jugo de mango cuando escuché las carcajadas desde la playa. Me asomé por la ventana. Dante corría detrás de los niños con una pelota de fútbol vieja, cojeando un poco por la pierna pero sin quejarse. Lorenzo intentaba regatearlo y Valeria se tiraba al suelo riendo cada vez que su hermano la esquivaba. Sonreí y salí descalza. El sol me calentó la piel. Dante me vio llegar y su mirada cambió, esa mirada azul que todavía me hacía sentir como la primera noche en el palazzo, pero ahora sin peligro, solo con deseo tranquilo y profundo. —Ven, mamá —gritó Valeria—. ¡Papá no p






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