INICIAR SESIÓNLas tres semanas posteriores a la gala transcurrieron bajo una disciplina sofocante. Ethan había ordenado cambiar la dinámica de la mansión por completo: eliminó los horarios rígidos que Nicole odiaba, retiró al personal de seguridad invasivo que vigilaba sus pasos y dio instrucciones estrictas de que nadie la molestara en el ala oeste.Sin embargo, a pesar de la libertad recuperada, Nicole mantenía una vigilancia constante sobre su propio corazón. Sabía que la caballerosidad tardía de Ethan no era más que el fruto de su ego herido y del pánico a perder el control.Esa noche, una tormenta feroz azotó la ciudad. La lluvia golpeaba con furia los enormes ventanales de la residencia y los truenos hacían retumbar la estructura de la casa.A las dos de la mañana, Nicole bajó a la cocina a buscar un vaso de agua, vistiendo un sencillo camisón de seda perla y una bata ligera. Al llegar a la isla central, se detuvo en seco al notar que las luces tenue del fondo estaban encendidas.Ethan es
Al día siguiente, la mansión Vance amaneció envuelta en una calma engañosa. Para el mundo exterior, la portada de la sección de negocios y sociedad mostraba a Nicole impecable, sosteniendo la mirada con dignidad frente a las cámaras, coronada por la prensa como «La dama de hierro de la dinastía Vance». Pero dentro de las paredes de la residencia, la realidad era una guerra de desgaste emocional donde cada gesto contaba.Ethan bajó a la biblioteca a primera hora. Había pasado la noche en blanco, dando vueltas en su cama del ala este mientras repasaba cada palabra del ultimátum de Nicole. El miedo a perderla definitivamente en seis meses había activado en él un instinto desconocido: la urgencia de reparar lo que él mismo había despedazado.Cuando Nicole descendió a desayunar a las ocho en punto, vestida con un traje blanco de líneas puras que realzaba su postura erguida, encontró una escena inédita en el comedor principal.Sobre la mesa no estaban únicamente los platos plateados del
Las palabras de Nicole resonaron dentro de la limusina con el impacto de un mazo de acero.«Faltan exactamente seis meses... me divorciaré de ti y no volverás a ver mi cara en tu vida».Ethan sintió como si el aire dentro del vehículo se convirtiera en veneno. La miró desorbitado, buscando desesperadamente una grieta de duda en su perfil perfecto, un temblor en sus labios, una chispa de despecho o rabia que revelara que solo estaba hablando por despecho. Pero Nicole no mostraba nada. Su rostro reflejaba la tranquilidad absoluta de quien ya ha tomado una decisión meditada durante noches enteras de soledad.—Nicole, por favor... escúchame —suplicó Ethan con una voz rota que él mismo apenas reconoció. Se inclinó hacia ella, intentando tomar su mano, pero Nicole la retiró despacio y la colocó sobre su regazo, marcando una frontera invisible pero infranqueable.—No hay nada más que hablar, Ethan —dijo ella, con el tono calmado de un juez leyendo un veredicto final—. Salvé tu empresa es
El murmullo de las copas de cristal de bohemia y la música de violines flotaban sobre el gran salón del club, pero para Ethan, el ambiente se sentía pesado como el plomo. Desde una esquina del área VIP, mantenía los ojos fijos en Nicole. La veía desenvolverse entre los diplomáticos y presidentes de bancos con una desenvoltura fascinante; reía con gracia, respondía con astucia a las preguntas sobre la fundación y manejaba a la prensa con la destreza de una diplomática veterana. Era perfecta. La esposa que cualquier hombre de su estatus soñaría tener. Y sin embargo, la sola idea de que toda esa calidez fuera una simple actuación profesional para proteger el apellido Vance le quemaba las entrañas. —Parece que la campesina aprendió rápido a vestirse de seda —susurró una voz cargada de veneno a su espalda. Ethan se giró sobre sus talones de golpe. Chloe estaba de pie junto a las columnas de mármol. Vestía un atrevido vestido de lentejuelas doradas, llevaba una copa de martini en la m
Las órdenes de confirmación para la cena benéfica de la Fundación Vance habían sido enviadas. Faltaban apenas cuarenta y ocho horas para la velada más importante del calendario social de la élite corporativa, y la atmósfera en la mansión se había vuelto sofocante. Ethan no había vuelto a mencionar a Chloe. La ausencia del fantasma que durante tres años había reinado en sus pensamientos debería haber traído paz a la casa, pero en su lugar solo dejó al descubierto el abismo abrumador que existía entre él y su esposa. Nicole caminaba por los pasillos como una sombra elegante y distante. Cumplía con sus obligaciones de anfitriona con una eficiencia implacable, dando instrucciones precisas al personal, organizando los arreglos florales y coordinando con la prensa, pero todo lo hacía con un desapego casi robótico. Esa tarde, el estilista personal de la familia llegó al vestidor del ala este para probar los últimos ajustes del vestuario de la gala. Nicole vestía un imponente diseño de
Las palabras de Nicole quedaron flotando en la penumbra de la habitación como una sentencia inapelable. Ethan permaneció inmóvil, con la mirada fija en ella, esperando ver al menos un parpadeo, un temblor en las manos o un rastro de la antigua vulnerabilidad que solía quebrarla. Pero no hubo nada. Nicole tomó de nuevo su libro, reanudando la lectura con una calma exasperante que terminó por encender una chispa de desesperación en el pecho de él. Apretando los dientes para contener la rabia y el desconcierto que lo carcomían por dentro, Ethan dio media vuelta y salió de la habitación, haciendo retumbar la puerta al cerrarla. Se refugió en su despacho del ala este. Sirvió un vaso de whisky con hielo y se lo bebió de un solo trago, sintiendo cómo el alcohol le quemaba la garganta sin lograr calmar el remolino de su mente. En la mesa de centro, su teléfono comenzó a vibrar insistentemente. El nombre de Chloe parpadeaba en la pantalla. Ethan miró el aparato durante varios segundos







