INICIAR SESIÓNUn contrato implacable. Un amor no correspondido. Y el fantasma del pasado que regresa para reclamar su trono. Para la sociedad, Ethan Vance es el tiburón corporativo más implacable y codiciado de la ciudad; un hombre poderoso que lo tiene todo, excepto a la mujer que le rompió el corazón. Para salvar el control del imperio familiar, Ethan necesita una esposa de inmediato. La solución: un matrimonio por contrato con Nicole, la hija de un empresario al borde de la quiebra. Nicole entra al altar ciega de amor, dispuesta a ser la esposa abnegada que convierta esa casa fría en un hogar. Pero la realidad la golpea de inmediato: para Ethan, ella no es más que una transacción humillante, un trámite desagradable y un reemplazo barato de Chloe, la ex que lo abandonó años atrás. Durante seis oscuros meses, Nicole soporta el desprecio, las humillaciones públicas y una noche de entrega apasionada que termina destruyendo su alma cuando él murmura el nombre de Chloe en el clímax del deseo. Ese dolor apaga la última chispa de amor en Nicole. Ya no hay lágrimas ni súplicas; solo una mujer de hielo con una dignidad recuperada que decide no volver a arrastrarse por nadie. Pero cuando la indiferencia de Nicole finalmente empieza a descolocar el ego de Ethan, la puerta de su oficina se abre: Chloe ha vuelto del extranjero, lista para recuperar su lugar. Ahora, atrapado entre la sombra del pasado que siempre idealizó y la esposa fría que ya no puede controlar, Ethan descubrirá que el arrepentimiento tiene un precio muy alto... y que recuperar el corazón de Nicole será la batalla más cruel que jamás haya librado.
Ver másEl chasquido metálico del tintero al cerrarse retumbó en las paredes frías de la oficina del registro civil como si fuera el golpe seco de un martillo condenatorio en un tribunal.
Nicole soltó despacio el aire que llevaba contenido en la garganta, sintiendo una presión insoportable en el centro del pecho. Sobre la mesa de caoba oscura, su firma destacaba en tinta negra junto a la gráfica elegante e impecable de Ethan Vance. Se supuso que una novia, en el día de su boda, debía sentir el aleteo ansioso de las mariposas en el estómago o, al menos, un destello fugaz de ilusión al ver su apellido unido para siempre al del hombre que había amado en secreto durante años. Pero allí, bajo la luz parpadeante de los tubos fluorescentes y rodeada por carpetas burocráticas desgastadas, lo único que recorría sus venas era un frío glacial.
—El trámite ha quedado oficialmente registrado —anunció el juez de paz, levantando la vista por encima de sus gafas de lectura con una sonrisa ensayada y carente de calidez—. De acuerdo con la ley civil, los declaro marido y mujer. Felicidades a los nuevos esposos.
Ethan ni siquiera se molestó en mirar al funcionario. Sin articular palabra, se abotonó el saco de su impecable traje italiano hecho a medida, ajustó los gemelos de plata que brillaban en sus muñecas y giró sobre sus talones. Caminó a pasos largos y decididos hacia la puerta de salida, sin volver la cabeza ni un solo instante para verificar si ella lo seguía.
Nicole tuvo que apresurarse, dando tirones torpes al faldón de su sencillo vestido blanco de seda sintética. Los taconazos que había comprado para la ocasión le lastimaban los tobillos a cada paso sobre el suelo de granito, pero el dolor físico no era nada comparado con la humillación de tener que correr tras el hombre que acababa de jurarle lealtad ante la ley.
Al salir a la calle, el aire fresco de la tarde le golpeó el rostro. Una cadena de destellos de cámaras fotográficas la cegó por un segundo; la prensa financiera acosaba las escalinatas buscando la exclusiva del año. Ethan ni siquiera le ofreció el brazo para protegerla del tumulto. Con la mandíbula apretada y una expresión de piedra, abrió paso a través de los reporteros hasta llegar a la puerta abierta de una limusina negra de cristales polarizados. Prácticamente la empujó al interior antes de deslizarse él mismo y ordenar al chofer que avanzara inmediatamente.
En cuanto las puertas se sellaron, el ruido de la ciudad desapareció, reemplazado por un silencio denso, pesado y sofocante.
Nicole juntó las manos sobre su regazo, apretando los dedos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos para ocultar el temblor que amenazaba con traicionarla. De reojo, observó el perfil perfecto y aristocrático de su ahora esposo: la línea dura de su mandíbula marcada, la sombra tenue de su barba perfecta y esos ojos grises, tan hermosos como desprovistos de cualquier rastro de humanidad.
—Ethan... —murmuró ella con la voz temblorosa, armándose de un valor que no sentía. Extendió la mano lentamente y posó las yemas de sus dedos sobre la manga del traje de él—. Sé que la forma en que llegamos a esto no fue la ideal... pero estoy dispuesta a poner de mi parte. Quiero intentar ser una buena esposa para ti, si me das la oportunidad...
Ethan apartó el brazo con un movimiento brusco y violento, como si el contacto de Nicole le causara repulsión o le quemara la piel. La miró directamente a los ojos por primera vez en todo el día, y la frialdad implacable de su mirada le atravesó el alma como una hoja de afeitar.
—No me vuelvas a tocar —su voz sonó baja, rasposa y cargada de una amenaza latente—. Y hazte un favor, Nicole: no te confundas. Llevas mi apellido impreso en un documento oficial, pero para mí no eres más que el trámite más desagradable, humillante y molesto que he tenido que firmar en toda mi existencia.
El corazón de Nicole dio un vuelco doloroso en su pecho. Sintió que la garganta se le cerraba, pero luchó por mantener la dignidad.
—Mi familia estaba atravesando una situación desesperada, Ethan... tú sabías lo de las deudas de mi padre...
—Me importan un carajo tus patéticas excusas familiares —la interrumpió él con total frialdad, inclinándose ligeramente hacia ella para que cada una de sus palabras quedara grabada a fuego en su mente—. El testamento de mi abuelo era muy claro: o me casaba antes de cumplir los treinta años, o la junta directiva le entregaría la presidencia ejecutiva de Vance Enterprises a mi primo. Cumplí con ese absurdo capricho contractual porque no pienso perder el imperio que construí con mi sangre. Tú obtienes el dinero suficiente para salvar a tu padre de la ruina y yo mantengo mi trono. Nada más.
—Yo no lo hice solo por el dinero... —susurró ella, sintiendo cómo las lágrimas quemaban detrás de sus párpados—. Yo de verdad sentía algo por ti...
—Guárdate tu teatro melodramático —escupió Ethan, volviendo la cara hacia la ventanilla para ignorar su presencia por completo—. Este matrimonio es una transacción comercial con una cláusula de caducidad implícita. En cuanto consolide el control absoluto de la junta directiva y asegure el fideicomiso familiar, te tramitaré el divorcio y te daré un cheque. No esperes afecto, no esperes fidelidad, no esperes que comparta mi vida contigo y, sobre todo, jamás se te ocurra intentar ocupar un lugar en esta casa que no te pertenece ni te pertenecerá jamás. Así que te sugiero que no te acomodes demasiado en mi mundo.
Nicole apretó los labios hasta sacarles sangre, mirando fijamente la alfombra de la limusina mientras las lágrimas silenciosas comenzaban a rodar por sus mejillas. El hombre al que había idealizado en sus sueños acababa de convertir su boda en la sentencia de muerte de todas sus ilusiones.
Las tres semanas posteriores a la gala transcurrieron bajo una disciplina sofocante. Ethan había ordenado cambiar la dinámica de la mansión por completo: eliminó los horarios rígidos que Nicole odiaba, retiró al personal de seguridad invasivo que vigilaba sus pasos y dio instrucciones estrictas de que nadie la molestara en el ala oeste.Sin embargo, a pesar de la libertad recuperada, Nicole mantenía una vigilancia constante sobre su propio corazón. Sabía que la caballerosidad tardía de Ethan no era más que el fruto de su ego herido y del pánico a perder el control.Esa noche, una tormenta feroz azotó la ciudad. La lluvia golpeaba con furia los enormes ventanales de la residencia y los truenos hacían retumbar la estructura de la casa.A las dos de la mañana, Nicole bajó a la cocina a buscar un vaso de agua, vistiendo un sencillo camisón de seda perla y una bata ligera. Al llegar a la isla central, se detuvo en seco al notar que las luces tenue del fondo estaban encendidas.Ethan es
Al día siguiente, la mansión Vance amaneció envuelta en una calma engañosa. Para el mundo exterior, la portada de la sección de negocios y sociedad mostraba a Nicole impecable, sosteniendo la mirada con dignidad frente a las cámaras, coronada por la prensa como «La dama de hierro de la dinastía Vance». Pero dentro de las paredes de la residencia, la realidad era una guerra de desgaste emocional donde cada gesto contaba.Ethan bajó a la biblioteca a primera hora. Había pasado la noche en blanco, dando vueltas en su cama del ala este mientras repasaba cada palabra del ultimátum de Nicole. El miedo a perderla definitivamente en seis meses había activado en él un instinto desconocido: la urgencia de reparar lo que él mismo había despedazado.Cuando Nicole descendió a desayunar a las ocho en punto, vestida con un traje blanco de líneas puras que realzaba su postura erguida, encontró una escena inédita en el comedor principal.Sobre la mesa no estaban únicamente los platos plateados del
Las palabras de Nicole resonaron dentro de la limusina con el impacto de un mazo de acero.«Faltan exactamente seis meses... me divorciaré de ti y no volverás a ver mi cara en tu vida».Ethan sintió como si el aire dentro del vehículo se convirtiera en veneno. La miró desorbitado, buscando desesperadamente una grieta de duda en su perfil perfecto, un temblor en sus labios, una chispa de despecho o rabia que revelara que solo estaba hablando por despecho. Pero Nicole no mostraba nada. Su rostro reflejaba la tranquilidad absoluta de quien ya ha tomado una decisión meditada durante noches enteras de soledad.—Nicole, por favor... escúchame —suplicó Ethan con una voz rota que él mismo apenas reconoció. Se inclinó hacia ella, intentando tomar su mano, pero Nicole la retiró despacio y la colocó sobre su regazo, marcando una frontera invisible pero infranqueable.—No hay nada más que hablar, Ethan —dijo ella, con el tono calmado de un juez leyendo un veredicto final—. Salvé tu empresa es
El murmullo de las copas de cristal de bohemia y la música de violines flotaban sobre el gran salón del club, pero para Ethan, el ambiente se sentía pesado como el plomo. Desde una esquina del área VIP, mantenía los ojos fijos en Nicole. La veía desenvolverse entre los diplomáticos y presidentes de bancos con una desenvoltura fascinante; reía con gracia, respondía con astucia a las preguntas sobre la fundación y manejaba a la prensa con la destreza de una diplomática veterana. Era perfecta. La esposa que cualquier hombre de su estatus soñaría tener. Y sin embargo, la sola idea de que toda esa calidez fuera una simple actuación profesional para proteger el apellido Vance le quemaba las entrañas. —Parece que la campesina aprendió rápido a vestirse de seda —susurró una voz cargada de veneno a su espalda. Ethan se giró sobre sus talones de golpe. Chloe estaba de pie junto a las columnas de mármol. Vestía un atrevido vestido de lentejuelas doradas, llevaba una copa de martini en la m


















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