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Capítulo 4

Autor: Chelencho
last update Fecha de publicación: 2025-08-25 10:46:29

La habitación, con su pulcritud asfixiante, se había convertido en una jaula de lujo. Las sábanas blancas perfectamente tendidas, el escritorio de caoba reluciente, las cortinas de lino que filtraban el alba en rayos ordenados: todo era una fachada cruel, un decorado diseñado para ocultar la traición de Violeta. Ana se desplomó contra la puerta cerrada, sintiendo el peso del cerrojo como una sentencia de muerte. Las palabras de su madre aún resonaban en su cabeza, frías y calculadoras: “¿Diego? Cariño, Ana está en casa. ¿Puedes venir?”

—No, no, no… —susurró para sí misma, la voz convertida en un eco de pánico que se enredaba en su pecho como alambre de espino—. Esto no puede estar pasando.

La traición de Violeta fue un puñal más afilado que cualquier moretón. Pero la idea de Diego acercándose —con su sonrisa de acero y sus manos crueles— era un abismo negro que amenazaba con tragársela entera. Había huido del altar, del vestido de novia, del anillo que marcaba su esclavitud… y ahora volvía a estar atrapada, en la misma casa que prometía refugio y solo ofrecía cadenas.

Se puso de pie con las manos temblando. Recorrió la habitación como un animal enjaulado, buscando una salida que no existía. El cerrojo era inamovible. La puerta de roble, un muro infranqueable. Sus ojos desesperados se posaron en la ventana: un rectángulo de cristal que dejaba entrar la luz pálida del amanecer. Con un impulso de pura supervivencia, corrió hacia ella y la abrió de un tirón. El aire frío le golpeó el rostro, despejando el pánico por un segundo. Se asomó al balcón. Abajo, el jardín impecable de la mansión se extendía como un paraíso falso: arbustos recortados con precisión quirúrgica, césped brillando bajo el rocío. Pero la altura era vertiginosa. Un salto que prometía libertad… o fractura mortal.

—¡Que alguien me ayude! —gritó, la voz rompiendo el silencio del amanecer. Era tanto súplica como desafío—. ¡Por favor!

El viento se llevó sus palabras, pero no su esperanza.

A lo lejos, Alberto seguía en el BMW. Sus dedos tamborileaban el volante con nerviosismo. La imagen de Ana se le había clavado en el alma como una espina imposible de arrancar. Su cabello revuelto, sus ojos cargados de secretos… todo eso lo había arrancado de un letargo que creía eterno. Valeria, la mujer que lo traicionó por dinero y poder, aún era una herida abierta. Pero Ana era distinta. Su vulnerabilidad y su fuerza lo desafiaban a ser más que un hombre roto.

—Maldición… —murmuró, la voz áspera por el whisky y la certeza—. No podía dejarla ir.

Un presentimiento oscuro le apretó el pecho. Apagó el motor a una cuadra de distancia. Bajó del auto y caminó hacia la mansión con pasos silenciosos pero decididos. Sonrió con amargura al darse cuenta de que nunca había arriesgado tanto por una mujer. Había jurado no volver a hacerlo después de Valeria. Pero Ana era un incendio que no podía apagar.

Dudó frente a la puerta de roble, la mano suspendida sobre el pomo, cuando un grito lejano lo atravesó como un relámpago.

—¡Que alguien me ayude!

Era Ana. Su voz desesperada flotaba desde el segundo piso.

Sin pensarlo dos veces, empujó la puerta y corrió hacia el interior. El vestíbulo impecable se abrió ante él como un escenario de perfección fría. Los candelabros relucían, el mármol reflejaba sus pasos apresurados, pero el aire estaba cargado de una tensión que lo guio directamente hacia las escaleras.

—¡Ayuda, por favor, quien quiera que sea! —volvió a gritar Ana, la voz más cercana ahora, vibrando desde un balcón al fondo del pasillo.

Alberto salió al jardín trasero, justo debajo del balcón, y alzó la vista. Allí estaba ella, asomada al vacío, la sudadera gris colgando de su figura delgada, los tenis negros balanceándose al borde del precipicio. Sus ojos, grandes y aterrorizados, se encontraron con los suyos. Un destello de sorpresa y alivio cruzó su rostro.

—¿Tú? —susurró, la voz temblando entre la incredulidad y la esperanza.

—¿Qué sucede? —gritó él, el corazón latiéndole con una urgencia que no podía explicar.

Ana se aferró al marco de la ventana, respiración entrecortada.

—¡Alberto, ayuda, por favor! Mi esposo está aquí… y no puedo escapar.

El eco de pasos pesados resonó en la escalera, acompañados por una voz que cortó el aire como un cuchillo afilado.

—Cariño, ¿me extrañaste?

Era Diego. Subía con calma siniestra, el tintineo de la llave del cerrojo en su mano como un presagio de muerte. Su rostro, iluminado por la luz del pasillo, era una máscara de furia contenida. El clavel rojo en su traje torcido parecía una gota de sangre fresca.

Alberto miró hacia arriba, evaluando la distancia. El balcón estaba a varios metros del suelo. Un salto que podía salvarla… o romperla.

—¡Está bien, salta! —gritó, abriendo los brazos—. ¡Yo te atrapo!

Ana lo miró, los ojos abiertos de puro pánico mientras calculaba la altura.

—¿Qué…? —susurró, la voz quebrándose.

Detrás de ella, la puerta de la habitación tembló bajo los golpes de Diego. El cerrojo crujió como un hueso roto. Desde el otro lado, la voz de Diego se filtró como veneno dulce:

—Querida esposa… ya estoy aquí.

Ana se congeló. Su aliento quedó atrapado en la garganta. Sus ojos, abiertos de terror, encontraron los de Alberto a través del vacío. Él estaba abajo, en el jardín, figura recortada contra el césped bañado en rocío, los brazos abiertos como la única promesa que le quedaba en el mundo.

—Está aquí —susurró ella, la voz convertida en un hilo a punto de romperse—. Justo detrás de la puerta.

Alberto alzó la mirada. Sus ojos oscuros ardían con una certeza que desafiaba al miedo mismo.

—Tranquila, Ana —dijo, la voz firme pero cálida, un ancla en medio de la tormenta—. Yo te atraparé. Confía en mí.

El corazón de Ana latía desbocado, atrapado entre dos abismos: el vacío del balcón, que prometía libertad a cambio de un riesgo mortal, y Diego, cuya presencia era una sentencia de muerte.

Y en ese instante suspendido entre el cielo y la tierra, solo quedaba una pregunta:

¿Saltaría?

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