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04. Yo estaré contigo

last update Data de publicação: 2026-05-06 13:20:25

04. Yo estaré contigo

«El tiempo va corriendo y no está a tu favor.»

Las palabras de Nathan resonaban en la cabeza de Layla; no podía dejar de pensar en ellas, ni en Parker y sus negras intenciones. Se sentía atrapada entre la espada y la pared. Cualquier cosa, cualquier decisión iba a afectar su carrera; todos los años de lucha, castigos y maltratos serían en vano. Perdería todo por culpa de Parker Colman y su malsana envidia.

Layla apretó los puños con fuerza, sintiendo la presión del anillo de compromiso en su dedo anular. Lo miró con discreción y, de la misma manera, se lo quitó. Habían dejado el hotel hacía quince minutos; sus padres no lucían muy contentos, su hermana, ajena a todo, miraba por la ventanilla en silencio. Esa era su familia.

Si no se hablaba de contratos y de dinero, no existía ningún tipo de conversación entre ellos. Layla cerró los ojos y resopló ruidosamente; era la única manera de atraer la atención de su madre.

—¿Qué te pasa? —preguntó con brusquedad.

—No tengo el anillo que Parker me ha dado esta noche —dijo con tono afligido y el semblante preocupado. Sus ojos se llenaron de lágrimas, mostrando su mejor actuación—. Creo que… lo he olvidado en el salón.

—¿Cómo puedes ser tan idiota, Layla? —cuestionó Aria con ese tono superior—. Eres tan inútil como tu padre, ¿tienes idea de la fortuna que debe valer ese anillo?

Layla se mordió el interior de la mejilla.

—Lo sé, será mejor que regrese al hotel, quizá aún tenga oportunidad de recuperarlo.

Aria se rio sin gracia. Más bien, se estaba burlando de Layla.

—¿Eres tonta? —preguntó con acidez—. ¿Crees que alguien en su sano juicio devolverá una joya tan valiosa?

—¡No lo sé, mamá! —exclamó ella, llevando la mano a su pecho—, pero tengo que intentarlo—. Detén el coche —ordenó al chofer.

El hombre obedeció de inmediato.

—Iré contigo, Layla —se ofreció su padre, pero ella lo rechazó de inmediato—. Te lo agradezco, pero prefiero hacerlo sola. Llamaremos menos la atención, aunque… te agradeceré si me prestas tu abrigo —dijo, señalando la prenda color marrón de su padre.

Colton no lo dudó, se quitó el abrigo y se lo entregó.

—Gracias, papá, trataré de que la prensa no me vea —dijo, colocándose el abrigo sobre los hombros.

Aria resopló, se cruzó de brazos indiferente y dio la orden al chofer de continuar. El cuerpo de Layla se sacudió; no era frío, sino anticipación. Había tomado una decisión que podía hundirla o catapultarla a la cima. Eso solo el tiempo lo diría. Con más seguridad de la que en realidad sentía, detuvo un taxi.

El regreso le llevó menos tiempo o es lo que creyó; su corazón latía desbocado dentro de su pecho, el estómago se sentía apretado, como si algo pesado hubiese caído dentro de ella. Layla evitó la recepción; uno de los hombres de Nathan la esperaba en el estacionamiento y fue el encargado de cuidar que nadie más se diera cuenta de su presencia en el lugar.

—Vaya directo a la habitación, el señor Coleman la espera.

Layla tragó el nudo en su garganta; ese tipo sabía muy bien quién era ella, la había visto muchas veces con Parker. El cuerpo volvió a temblarle; los hombros y la columna se tensaron tanto que parecía un arco a punto de disparar. Cada piso que subía, parecía gritarle que estaba a punto de cometer el error más grande de su vida; apretó su bolso de mano para darse valor y cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, estaba delante de Nathan Coleman, su futuro ex suegro y futuro esposo.

Algo nuevo y peligroso despertó en el interior de Layla al sentir la mirada verde de Nathan recorrerla de pies a cabeza. Algo salvaje y primitivo brilló en esos ojos que le erizó los vellos de la nuca.

—Quítate el abrigo —gruñó el magnate al reparar en la prenda de hombre que traía Layla.

Ella parpadeó confundida.

—Es de mi padre, lo necesitaba para no llamar la atención —respondió. ¿Por qué diablos le estaba dando una explicación?

—No importa, quítatelo —insistió.

Layla asintió y lo dejó sobre el sillón. Sus piernas temblaban como gelatinas, arrepintiéndose de su decisión. Nathan no era Parker. Tenía el presentimiento de que, si se metía con él, no podría escapar jamás.

—Si estás aquí, es porque has tomado la decisión correcta —dijo, ofreciéndole una copa de champán.

Con mano temblorosa, Layla aceptó. Bebió un sorbo, necesitando humedecer su garganta y sus labios que repentinamente se pusieron secos.

—No sé si en realidad he tomado la decisión correcta —musitó con la burbujeante bebida deslizándose por su garganta—. ¿Puedo confiar en ti?

Nathan se acercó, estiró la mano para tocarla, pero se detuvo antes de hacerlo, la miró y asintió.

—Puedes.

—Eres su padre…

—Olvídate de eso, Lay —pidió, perdiendo la batalla; la tocó.

Layla se sobresaltó ante el contacto. Los dedos de Nathan fueron dejando un hormigueo por donde tocaba e instintivamente, fue cerrando los ojos. No debía, pero no pudo evitarlo. La copa en su mano resbaló, estrellándose en el piso.

El estruendo rompió el hechizo. Nathan se alejó y ella no supo qué hacer más que quedarse como una estatua de mármol.

—Parker tiene mucho que aprender y saber perder es una de ellas —dijo entre el enojo y la decepción—. Nunca pensé que el corazón de mi hijo albergara tan sucios pensamientos.

Layla se mordió el interior de la mejilla.

—¿Qué es lo que quieres a cambio de ayudarme? —Layla ya no soportó más y se lanzó a las preguntas directas. Sin rodeos.

—Que tengamos un matrimonio en toda la extensión de la palabra, Layla. Quiero que seas mi esposa dentro y fuera de la cama.

Nathan fue tan directo que Layla no supo qué decir, impresionada por las palabras del magnate. Ella no podía siquiera imaginarse lo que venía; si hubiera tenido una idea, quizá no hubiese regresado.

—Las cosas se pondrán cuesta arriba, Lay. Nuestro matrimonio provocará quizá el escándalo más grande de la industria, pero no debes temer, yo estaré contigo.

Ella se humedeció los labios con la punta de la lengua, un gesto que no tenía ninguna otra intención, pero que atrajo la atención de Nathan sobre ella.

—Solo tienes que decirlo, Layla. Dilo —pidió.

Layla negó sin fuerza de voluntad; sus pies no la alejaron de Nathan; por el contrario, cerró la distancia que los separaba. Nathan le estaba ofreciendo la salvación y le estaba colocando en bandeja de plata una venganza que podía resultar tan placentera como peligrosa.

Solo tenía que decirlo, solo una palabra que cambiaría, lo cambiaría todo.

—Acepto.

Nathan cerró la poquísima distancia entre ellos y, sin pedir permiso, la besó. Sellando el pacto entre ellos. 

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Comentários (8)
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Blanca Méndez
quiere un matrimonio en toda la extensión de las palabras dentro y fuera de la cama
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Blanca Méndez
que buena decisión tono Layla
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Micaela Galeano
aún no hay bodorrio y ya Nathan anda de posesivo me gusta (⁠。⁠♡⁠‿⁠♡⁠。⁠)
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