FAZER LOGINPaso la noche en el cuarto de huéspedes, solo, mirando el techo, tocándome todavía los labios donde ella me besó, y por más que me repito que fue un error, que fue el whisky, que no significó nada, no me lo creo ni yo.
Significó todo. Ese es el problema.
Porque ese beso no se pareció a ningún otro beso de mi vida. Hubo un segundo, cuando empezó, suave, tanteando, en que s
LeonardoÁngela me cita al día siguiente, y voy, porque necesito acabar con esta duda de una vez, porque no aguanto otra noche encerrado en el estudio comparando antifaces en mi cabeza.Nos vemos en el mismo bar. Y esta vez ella está distinta, más suave, menos insistente. No recita detalles, no se insinúa, no presiona. Habla poco, me deja llevar la conversación, y esa contención me desarma más que cualquier avance, porque no parece una mujer tratando de convencerme de nada. Parece, simplemente, una mujer que espera.Y al final, cuando ya nos vamos, me detiene.—Espera. Quiero darte algo. —Busca en el bolso, saca algo envuelto en un pañuelo, y me lo pone en la mano con cuidado, casi con ceremonia—. Lo guardé todo este tiempo. No sé bien por qué. Supongo que porque esa noche significó algo para mí también.
Leonardo volvió a casa esa tarde con el almuerzo revuelto en el estómago y la cabeza hecha un nudo.No podía sacarse de encima lo que Ángela había dicho. La cifra doble. El pago que hizo esa noche para que ningún otro pudiera tener a la desconocida, un impulso que no le había confesado a nadie, y que sin embargo esa mujer conocía. Le daba vueltas y vueltas mientras conducía, mientras entraba a la mansión, mientras colgaba el saco. Si ella sabía eso, tenía que haber estado ahí. Tenía que ser la desconocida. Y si era la desconocida, entonces el fantasma que lo había obsesionado durante semanas por fin tenía cara y nombre.Pero entonces, ¿por qué al mirarla no sentía nada?Esa era la piedra en el zapato, la que no lo dejaba en paz. La cabeza le gritaba "es ella, tiene los datos, es ella", y el cuerpo, el instinto, ese lugar en el pech
RenataVomito por segunda vez en la mañana, agarrada al lavamanos del baño de mi oficina, y cuando me miro al espejo estoy tan pálida que casi no me reconozco.—Es el estrés —le digo a mi reflejo, porque tiene que ser eso—. Es todo esto. Cualquiera se enfermaría.Y me lo creo, porque prefiero creerlo. Entre el fin de semana, la llamada de Emiliano, la mentira de Leonardo y la mujer misteriosa que apareció de la nada, tengo motivos de sobra para que el cuerpo se me revuelva. El estómago me da vueltas, la cabeza me late, no he podido retener el desayuno, pero los nervios hacen eso, la angustia hace eso, y en cuanto resuelva este desastre se me va a pasar.Me enjuago la boca, me acomodo el pelo, y vuelvo a mi escritorio, porque tengo un problema mucho más urgente que un malestar estomacal. Tengo una impostora.Porque eso es lo que ha
LeonardoLlego a casa temprano, como le prometí, con ganas de verla, con ganas de borrar la distancia rara del viaje de vuelta.Pero Renata está indispuesta.La encuentro en el sillón, con una taza de té y una manta sobre las piernas, pálida, apagada, con una sonrisa cansada cuando me ve entrar.—Llegaste temprano —dice—. Cumpliste.—Te dije que sí. —Me siento a su lado—. ¿Estás bien? Te ves pálida.—Cansada, nada más. El viaje, la reunión. —Se encoge de hombros—. Se me revolvió un poco el estómago. Debe ser algo que comí. No es nada.La miro, y no me convence del todo, pero tampoco insisto, porque ella no parece querer hablar, y porque yo tampoco sé bien qué decir. Toda la noche siento que hay algo entre los dos que no se dice, ella con su malestar
LeonardoCuelgo el teléfono con el corazón golpeándome de una manera que no me gusta, y cuando me giro hacia Renata, ella me está mirando con una cara que no sé leer.—¿Quién era esa mujer? —pregunta, y lo pregunta con una calma tensa, cuidadosa—. La que Emiliano encontró.Y ahí está el problema. Porque no le puedo decir la verdad. No le puedo decir que la noche antes de nuestra boda pagué una fortuna en un club por acostarme con una desconocida, que esa noche me marcó de una manera que no he podido explicar, que llevo semanas buscándola como un obsesionado. No a ella. No ahora, no después de este fin de semana, no cuando por fin las cosas entre nosotros empezaban a ser algo bueno. Sería tirarlo todo por la borda.Así que hago lo que hago siempre que me acorralan. Miento.—Nadie importante. &
RenataLlevo media hora dando vueltas en la cama, sin poder dormir, con la piel todavía tibia de sus besos en la arena y el corazón que no se calla, cuando tocan a la puerta.Suave. Dos golpes.Me levanto, me acomodo el pelo por puro nervio, y abro. Y ahí está Leonardo, descalzo, con la camisa a medio abrochar y el pelo revuelto y una cara de no saber muy bien qué hace ahí.—No puedo dormir —dice, bajito.—Yo tampoco. —Me hago a un lado—. Entra.Y entra, y cierro la puerta, y de repente el cuarto se siente pequeño, con los dos ahí de pie, con toda la tensión de la playa todavía flotando entre nosotros. Nos sentamos en el borde de la cama, y hablamos, porque es más fácil hablar que mirarnos, y hablamos de cosas suaves, del mar, de la reunión de mañana, de tonterías, mientras el aire se v







