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Capitulo 9

Autor: Melissa
last update Fecha de publicación: 2026-06-07 12:15:46

La encrucijada del destino

El motor del vehículo se apagó, dejando tras de sí un silencio denso que se filtraba por las rendijas de las ventanas del auto. Frente a ellos, la fachada de la prestigiosa clínica privada donde se recuperaba el patriarca de la familia Valenti se alzaba como una fortaleza de cristal y acero. Adrián estacionó con precisión quirúrgica, pero no hizo el amago de bajar. Se quedó inmóvil, con las manos sobre el volante, observando el edificio antes de girarse hacia el asiento del copiloto.

Lia estaba allí, su silueta recortada contra la luz mortecina del atardecer. Sus manos, que antes se habían movido con soltura sobre el teclado, ahora descansaban apretadas en su regazo, revelando el nudo de ansiedad que la atenazaba.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián, con un tono que buscaba ser conciliador, aunque su voz conservaba esa aspereza característica—. Hoy te presentaré ante mi abuelo. Es el momento de la falsedad.

La observó con detenimiento. Notó cómo un pequeño temblor recorría sus labios y cómo su mirada evitaba el contacto directo con la suya. El hombre, acostumbrado a gestionar crisis empresariales de millones de dólares, se sintió extrañamente desarmado ante la vulnerabilidad de su secretaria. Intentó suavizar el semblante, dibujando una sonrisa que, aunque carecía de ternura, transmitía una seguridad innegable.

—Solo relájate, Lia —dijo, estirando una mano con cautela antes de retraerla, como si hubiera recordado de pronto la distancia profesional que debían mantener—. Mi abuelo no te hará nada. Él tiene un instinto desarrollado para los negocios, pero ante una mujer como tú, solo puede ser caballeroso.

Lia levantó la vista. Sus ojos, profundos y cargados de un brillo inquisitivo, se clavaron en él.

—No es eso, señor Valenti —replicó ella, su voz apenas un susurro—. Es que su abuelo me conoce. Me ha visto en su oficina mil veces, me ha pedido café, me ha visto recoger sus expedientes. ¿Qué pensará él cuando me vea entrar como su prometida? ¿No le parecerá… sospechoso?

Adrián soltó una carcajada seca, un sonido breve que no llegó a sus ojos.

—No te preocupes por eso. Diré que me has cautivado poco a poco. Explicaré que, durante estos tres años que has trabajado para mí, he sido un ciego, pero que finalmente me he dado cuenta de que eres la mujer de mi vida. Diré que he descubierto en ti una profundidad que nadie más posee.

Lia frunció el ceño, sintiendo una punzada de incredulidad.

—¿Usted es capaz de mentirle así a su abuelo? ¿Sin que le tiemble la voz? —preguntó ella, con una mezcla de fascinación y rechazo por la frialdad de su jefe.

Adrián se puso serio al instante. El juego de la seducción desapareció para dar paso a la cruda realidad de su situación familiar. Se recostó en el respaldo, dejando que la sombra del habitáculo ocultara parte de sus facciones.

—Lia, todo esto lo hago por la salud de mi abuelo —dijo, con un peso en las palabras que no estaba allí hace unos minutos—. Su corazón es frágil, y sus convicciones sobre el deber y la familia son inamovibles. Si él no siente que el futuro del legado está asegurado, su mejoría se detendrá. No estoy mintiendo por placer, estoy protegiendo un pilar que sostiene todo lo que soy.

Lia lo observó, notando una grieta en su armadura de hierro.

—Dígame, señor Valenti —dijo ella, con una curiosidad audaz que rara vez se permitía—, ¿usted nunca se ha enamorado de verdad? ¿Es esta farsa la única forma en la que sabe tratar con el sentimiento?

Adrián se quedó paralizado. Miró hacia la calle, donde el ir y venir de las enfermeras y los familiares de los pacientes creaba un murmullo ajeno a su propia tormenta. Suspiró, un gesto largo que pareció extraer el aire de sus pulmones. Volvió a mirarla, y esta vez, había una honestidad brutal en sus pupilas verdes.

—Te diré algo, Lia —comenzó, con la voz un poco más ronca—. Me está gustando alguien.

Lia sintió que el corazón le daba un vuelco extraño, una sensación que no pudo catalogar como celos, sino como una sorpresa desconcertante. Alzó una ceja, intrigada.

—Perfecto —dijo ella, intentando recuperar su compostura—. Entonces, si la tiene tan cerca, búsquela. Preséntela como su novia y libéreme de este compromiso ficticio.

Adrián frunció el ceño con frustración.

—No es tan fácil, Lia. Ojalá la tuviera frente a mí. No sé dónde vive, ni siquiera sé su nombre completo. La vi una sola noche… —Hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Bueno, no exactamente así… —dijo, omitiendo los detalles de la habitación de hotel, el perfume y la máscara que aún le quemaban en la memoria—. Solo escúchame. Esta mujer es diferente. Cuando ella regrese, cuando el destino decida ponérmela en el camino de nuevo, hablaré con ella. Le explicaré esta situación, le diré la verdad de este compromiso y sé que ella me entenderá. Y entonces tú hablarás con ella y le contarás que todo esto fue una farsa necesaria.

Lia sonrió con una nota de amargura.

—Sí que tiene todo bien organizado, señor Valenti. Tiene un plan para la mentira, para la verdad y para la mujer que ni siquiera conoce. Es brillante.

Adrián sonrió, aunque era una sonrisa que no aliviaba su carga. Lo que ninguno de los dos sospechaba —lo que el destino ocultaba con crueldad— era que la mujer a la que él se refería estaba allí mismo, respirando el mismo aire viciado del auto, con el mismo perfume que él buscaba desesperadamente en cada esquina de la ciudad. Adrián se había propuesto encontrar a esa desconocida, esa aparición nocturna que lo había dejado desarmado, sin saber que la tenía justo frente a él, oculta detrás de la máscara de la secretaria eficiente y abnegada.

El ambiente dentro del coche se volvió eléctrico. Lia sentía que, aunque estaba ayudando a un jefe frío a salvar a su familia, también estaba jugando con un fuego que podría consumirlos a ambos. Mientras tanto, Adrián miraba la barbilla de Lia, la forma en que su cabello caía sobre sus hombros y la curva de sus labios, sin conectar los puntos. Un pensamiento fugaz cruzó su mente, una sospecha tan rápida como un relámpago en una noche cerrada: ¿Es posible que…? Pero la desestimó de inmediato. «No, no es ella. Yo nunca me acostaría con mi secretaria, y ella es demasiado reservada, demasiado profesional para haberse entregado a un desconocido en un baile de máscaras».

El error de Adrián era su propia soberbia; la creencia de que conocía a Lia de pies a cabeza después de años de supervisar sus informes financieros, olvidando que los seres humanos son islas y que, en la oscuridad, las máscaras caen revelando verdades que la luz de la oficina nunca llega a ver.

—Bueno —dijo Lia, interrumpiendo el silencio que se prolongaba—. Si el trato está hecho, no perdamos más tiempo. Vamos a ver a su abuelo. Vamos a hacer que crea que usted es el hombre que él quiere que sea.

Adrián asintió, sintiendo que un nuevo capítulo de su vida, lleno de peligros y mentiras, comenzaba a escribirse. Abrió la puerta, bajó del auto y, por primera vez en mucho tiempo, caminó hacia la entrada de la clínica con una sensación que no era de poder, sino de incertidumbre total. Lia salió tras él, ajustándose la falda, con la cabeza alta. Ninguno sabía que, al cruzar esa puerta, el pacto dejaría de ser un simple acuerdo de negocios para convertirse en un juego emocional donde, al final, ambos terminarían perdiéndose en la farsa que ellos mismos habían construido.

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