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Capitulo 8

Autor: Melissa
last update Fecha de publicación: 2026-06-07 12:14:55

El pacto de las sombras

Lia permaneció inmóvil, con la mirada perdida en los ojos de Adrián. El impacto de su presencia, sumado a la reciente confrontación con Daniel, la mantenía en un estado de vulnerabilidad que apenas podía gestionar. No sabía qué decir; las palabras se le atascaban en la garganta como cristales rotos. Él, percibiendo su inestabilidad, la tomó del brazo con una firmeza que, lejos de ser intimidante, se sintió como un ancla en medio de la tormenta.

—Ven conmigo —ordenó él. Su voz era un comando, pero bajo ese tono autoritario subyacía una urgencia que Lia no pudo ignorar.

Ella lo siguió, arrastrando los pies hacia el estacionamiento. Sin embargo, antes de abandonar la acera, su instinto la traicionó. Giró la cabeza hacia atrás, justo a tiempo para ver cómo Daniel subía a su auto, con los hombros hundidos y el rostro demudado por la vergüenza o quizás por la frustración de haber sido humillado públicamente. Su corazón, traicionero, dio un vuelco doloroso. No podía negarlo: a pesar del asco, a pesar de la rabia, aún sentía el eco del amor que alguna vez los unió. Ese sentimiento, aunque agónico, le recordó que las heridas de una traición no cicatrizan de la noche a la mañana.

Al llegar al vehículo de Adrián, una máquina imponente y silenciosa que parecía encapsular todo el poder de su dueño, él abrió la puerta del copiloto.

—Entra —dijo.

Lia dudó. Miró el auto de Daniel, que arrancaba a pocos metros, y luego volvió a mirar a Adrián. Un suspiro pesado, casi un lamento, escapó de sus labios antes de deslizarse en el asiento de cuero. El interior del vehículo olía a sándalo y a algo más, un aroma masculino y complejo que le resultó, inexplicablemente, familiar. Adrián cerró la puerta con un golpe seco y preciso. Dio la vuelta al vehículo con una elegancia felina, se soltó el botón de su saco —un gesto que revelaba una tensión contenida— y ocupó el asiento del conductor.

El silencio dentro del coche era absoluto. Adrián la observó durante unos segundos antes de encender el motor.

—Ese es tu novio, ¿cierto? —preguntó con una voz gélida, casi desprovista de emoción.

Lia asintió levemente, evitando su mirada. No quería darle explicaciones a su jefe; sentía que su vida privada era un territorio que él no tenía derecho a invadir. Adrián encendió el motor, que rugió con un ronroneo potente, y comenzó a conducir hacia la salida del estacionamiento. Lia, por su parte, se aferró a la ventanilla, observando cómo las luces de la ciudad comenzaban a parpadear como estrellas artificiales.

Adrián la observaba de reojo, atento a cada uno de sus movimientos, como un cazador analizando a su presa.

—No te preocupes —dijo él, rompiendo la tensión del trayecto—. Él te pedirá perdón; es el ciclo natural de los hombres como él. Pero, dime, ¿qué fue lo que ese hombre te hizo para que terminaran discutiendo en plena calle?

Lia se giró hacia él, con los ojos brillando de indignación.

—No quiero hablar de mis asuntos con mi jefe —respondió tajante—. Creo que estamos cruzando una línea que no se debe cruzar, señor Valenti. Le recuerdo que yo soy su empleada y usted es mi jefe.

Adrián suspiró, un sonido que denotaba fatiga. Llegaron a un semáforo en rojo y él aprovechó el alto para girarse y verla directamente.

—Lo sé —admitió con voz más suave—. Pero también sé que eres una buena chica, Lia. Llevas tres años trabajando para mí, conoces mi carácter mejor que nadie. Solo te pido ayuda, por favor.

Lia lo miró, sintiendo que la jerarquía que siempre había definido su relación se estaba desmoronando ante la urgencia de la situación.

—Señor Valenti… hagamos un trato —propuso ella, con una resolución que la sorprendió incluso a sí misma.

Adrián la miró con una sorpresa genuina, arqueando una ceja.

—¿Un trato? ¿De qué tipo? —preguntó él.

Justo en ese momento, el semáforo cambió a verde. Adrián arrancó con suavidad, pero su atención seguía fija en ella, esperando la sentencia. Lia volvió a mirar por la ventanilla, observando el tráfico de la ciudad mientras formulaba su plan de venganza.

—Quiero darle celos a mi prometido —dijo, con voz firme—. Quiero ver si él en verdad me ama o si soy solo una opción desechable.

Adrián arqueó la ceja nuevamente, esta vez con un matiz de diversión y perplejidad.

—¿Eso es todo? —preguntó—. ¿Quieres darle celos a tu novio conmigo?

—Sí —confirmó ella—. Él me engañó con mi prima. Se casarán en una semana, pero yo quiero arruinar esa boda. Quiero que en una semana usted vaya conmigo, de la mano, y se siente a mi lado en esa iglesia.

Adrián guardó silencio. Por su mente pasaron las consecuencias: el escándalo social, la exposición de su vida privada, el riesgo de que la farsa se saliera de control. Pero, más allá de la lógica empresarial, una chispa de curiosidad —o quizás algo más oscuro y visceral— se encendió en él.

—Trato hecho —dijo Adrián, esbozando una sonrisa que era más una declaración de guerra que un gesto amable.

Lia sintió un escalofrío. Solo quería que ese día llegara, quería visualizar la cara de Daniel al verla entrar del brazo del hombre más poderoso de la ciudad. Imaginaba el desconcierto de su familia, la humillación de Andrea y, sobre todo, el tormento de Daniel al verla lucir tan radiante y protegida por alguien que, en todos los sentidos, lo superaba.

Sin embargo, mientras conducía, Adrián comenzó a observarla con una atención distinta. Sus ojos recorrieron la curva de su mandíbula, la suavidad de su cabello y la forma en que sus labios se apretaban al pensar en su venganza. Un pensamiento intrusivo cruzó su mente como un relámpago: «Su cabello, su barbilla, sus labios... se parecen tanto a ella».

El sudor frío comenzó a acumularse en sus sienes. «¿Qué es lo que estoy pensando? Me voy a volver loco. No puede ser ella. Nunca me acostaría con mi secretaria, y ella es demasiado profesional como para caer en algo así». El conflicto interno era insoportable. Por un lado, la necesidad de mantener su farsa familiar para salvar a su abuelo; por otro, la perturbadora sensación de que esa mujer a su lado escondía secretos que conectaban peligrosamente con su propio pasado.

El coche avanzaba por la avenida principal, dejando atrás el caos de la jornada. Para Lia, era el inicio de su liberación; para Adrián, era el comienzo de una peligrosa obsesión que amenazaba con destruir los cimientos de su vida estructurada. Ninguno de los dos era consciente de que, al aceptar aquel pacto, habían firmado un contrato con el destino, uno que no solo cambiaría su estatus social, sino que alteraría permanentemente la naturaleza de sus corazones.

Adrián se aclaró la garganta, intentando recuperar el control de su propia mente.

—Tendremos que ser cuidadosos, Lia —dijo con voz ronca—. A partir de hoy, la farsa comienza. Tendrás que aprender a ser mi prometida ante el mundo, no solo ante mi abuelo. Eso implica cenas, eventos, llamadas telefónicas... ¿Estás preparada para vivir una mentira a tiempo completo?

Lia se giró hacia él, con una determinación que dejó a Adrián sin aliento.

—Si eso significa ganar esta batalla, señor Valenti, estoy preparada para interpretar el papel que usted desee.

Adrián apretó el volante con tal fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Sabía que estaba jugando con fuego, pero, por primera vez en años, sentía que el riesgo valía la pena. La venganza de ella y la necesidad de él se habían entrelazado en una espiral de secretos, promesas falsas y una tensión sexual que, aunque ambos negaban, crecía con cada segundo que permanecían en la penumbra del vehículo. La boda en una semana no era el fin del camino, sino el escenario donde todo —sus miedos, sus deseos y sus verdaderas identidades— terminaría saliendo a la luz.

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