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Capítulo 145

Autor: ATHS
last update Fecha de publicación: 2026-07-08 12:33:06

La noticia de la boda se extendió por el pueblo como el viento salado que recorría los acantilados. En menos de una semana, todo el mundo sabía que la viuda del faro y el hijo bastardo de los Chestifer iban a casarse. Y aunque algunos murmuraron con envidia y otros con incredulidad, la mayoría se alegró. Porque después de tantas tormentas, el puerto necesitaba una celebración.

Valentina estaba sentada en la cocina del faro, con una taza de té entre las manos y una sonrisa que no podía ocultar.
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  • Un Contrato con el Conde    Capítulo 175

    El faro había sido testigo de tormentas y calmas, de pérdidas y reencuentros, de amores prohibidos y promesas cumplidas. Pero nunca, en sus cien años de historia, había sido escenario de un evento tan grandioso como el que estaba a punto de celebrarse.La familia Chestifer Dávila, ahora una de las más influyentes de la costa, había decidido organizar un baile de gala en honor al centenario del faro y a la memoria de Mariana Dávila. Pero no sería un baile cualquiera. Sería un evento que uniría a la nobleza, la aristocracia y el pueblo, un evento que demostraría que la luz del faro no conocía fronteras ni clases.La noticia se extendió como la espuma del mar. Desde la capital llegaron duques, condes y barones. Desde el extranjero, embajadores y miembros de la realeza. Y desde el pueblo, pescadores, comerciantes y todas las almas que habían encontrado su hogar en la luz del faro.Nicolás, ahora el patriarca de la familia, supervisaba cada detalle con la misma dedicación con la que su bis

  • Un Contrato con el Conde    Capítulo 174

    El faro amaneció envuelto en un silencio que no era tristeza, sino respeto. Mariana había partido en paz durante la noche, rodeada del amor de su familia y la luz que había protegido durante toda su vida. Su partida no fue una pérdida; fue una transición. Como la luz del faro que nunca se apaga, solo se transforma.Elías, su compañero de toda una vida, había dormido a su lado, sosteniendo su mano hasta el último momento. Cuando despertó y sintió que su mano ya no respondía, no lloró. Sonrió. Porque sabía que ella estaba donde siempre había querido estar: en la luz eterna.La noticia se extendió por el faro como el viento. Valentina, Diego, Nicolás, Luz, Martín, Clara, el pequeño Sebastián y todos los descendientes de los Chestifer Dávila se reunieron en la terraza, donde los diez vasos esperaban en la mesa. Pero esta vez, había un vaso más. Un undécimo vaso, de cristal blanco, que brillaba con una luz propia.—La abuela siempre decía que la familia crece —dijo Nicolás, con la voz firm

  • Un Contrato con el Conde    Capítulo 173

    El faro cumplía cien años. No cien años desde que se construyó, sino cien años desde que la primera Mariana Dávila colocó los nueve vasos en la terraza y comenzó la tradición que había unido a generaciones enteras.La noticia del centenario se extendió por el pueblo y más allá. Periodistas, historiadores y curiosos llegaban al faro para ser parte de la celebración. Pero para la familia Chestifer Dávila, no era solo una celebración. Era un homenaje. Un reconocimiento a todos los que habían mantenido la luz encendida a lo largo de un siglo de tormentas, de pérdidas y de reencuentros.La mañana del centenario amaneció con un cielo despejado y un mar en calma, como si el Atlántico mismo hubiera decidido vestirse de gala. La terraza estaba decorada con flores silvestres y cientos de velas que titilaban como estrellas caídas. Los diez vasos estaban en el centro de la mesa, brillando bajo el sol de la mañana.Mariana, ahora de ochenta y cinco años, se sentó en su lugar habitual, con Elías a

  • Un Contrato con el Conde    Capítulo 172

    El tiempo, como el mar, nunca se detiene. Pasaron cinco años desde que Nicolás entregó el libro de poesía al océano y renovó el sello del faro. La luz eterna brillaba con más fuerza que nunca, y el faro se había convertido en un lugar de peregrinación para aquellos que buscaban respuestas, consuelo o simplemente un momento de paz.Nicolás, ahora con treinta años, era el guardián indiscutible del faro. Su barba crecida y su mirada profunda le daban un aire de sabiduría que trascendía su edad. Los pescadores del puerto lo llamaban "el hombre que habla con el mar", y los jóvenes fareros que llegaban a la escuela lo miraban con admiración.Pero la vida en el faro no era solo para Nicolás. La familia se había expandido aún más.---Valentina y Diego habían tenido un segundo hijo, una niña a la que llamaron Luz, en honor a la luz eterna. La pequeña Luz, ahora de cuatro años, correteaba por la terraza persiguiendo gaviotas con la misma energía que su hermano mayor, Nicolás, había tenido a su

  • Un Contrato con el Conde    Capítulo 171

    El pequeño Nicolás creció en el faro como una flor silvestre, fuerte y llena de vida. Desde muy temprano, mostró una conexión especial con la luz eterna. Cuando lloraba, su madre lo llevaba a la cima y la llama lo calmaba. Cuando tenía miedo, su abuela Mariana lo sentaba en sus rodillas y le contaba historias de los nueve vasos. Y cuando reía, todo el faro parecía iluminarse con una luz más brillante.Pero había algo en Nicolás que lo hacía especial. Algo que todos notaban pero nadie podía explicar. Desde que aprendió a hablar, hablaba con el mar. No con las olas ni con los barcos, sino con el mar mismo. Como si el océano le respondiera.—Mamá —dijo una tarde, mientras miraba el horizonte desde la terraza—. El mar me dice que va a haber una tormenta. Pero no una tormenta mala. Una tormenta que traerá algo bueno.Valentina lo miró con sorpresa. El cielo estaba despejado y el mar en calma. Pero esa noche, una tormenta ligera azotó la costa, y a la mañana siguiente, el mar arrastró a la

  • Un Contrato con el Conde    Capítulo 170

    La vida en el faro había florecido como un jardín en primavera. La llegada de Diego a la familia había traído una nueva energía, y su amor por Valentina era evidente en cada gesto, en cada mirada, en cada palabra. Pero el faro estaba a punto de recibir una noticia que lo llenaría de una alegría aún mayor.Todo comenzó una mañana de otoño, cuando Valentina despertó con una náusea que no podía explicar. Al principio, pensó que era el pescado de la cena anterior. Pero cuando las náuseas se repitieron durante varios días, algo en su interior comenzó a sospechar.—Diego —dijo una tarde, sentada en la cocina con una taza de té de jengibre entre las manos—. Necesito que vayamos al médico.Diego levantó la mirada de sus apuntes y la miró con preocupación.—¿Estás enferma? ¿Qué te pasa?—No lo sé —respondió ella, con una sonrisa temblorosa—. Pero creo que... creo que podría estar embarazada.Diego se quedó paralizado. Durante un largo momento, no dijo nada. Solo la miró con los ojos abiertos d

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