LOGIN«Era lo que me faltaba», piensa Marina, encogiéndose en la silla, deseando que ese hombre no la notara allí.
— Está bien, firmaré, pero necesito revisar primero — responde Rodrigo, tomando el papel de las manos del hombre.
— ¡Por Dios, Rodrigo! ¿Todavía no has conseguido una asistente que haga eso por ti? — cuestiona el hombre, impaciente.
— Tienes razón — responde Rodrigo con una sonrisa. — Ya la tengo. De hecho, estoy hablando con ella justo ahora — dice, señalando a Marina en la silla.
«Ay, Dios mío, estoy perdida», piensa Marina, sintiendo cómo los ojos oscuros del hombre queman a su piel.
— Esta es Marina Ferreira, mi nueva asistente. Acaba de llegar.
Al ver a la joven de cabello rubio y ojos azules encogida en la silla, Víctor sonríe con ironía.
— Vaya, el mundo sí que es pequeño — se burla, al notar la evidente incomodidad de Marina con su presencia.
— Marina, este es Víctor Ferraz, mi hermano y socio — anuncia Rodrigo.
«¿Socio?», piensa Marina, indignada por la revelación. No puede creer que trabajará en la empresa del hombre más grosero que ha conocido.
Intentando mantener la compostura, Marina se levanta de la silla, decidida a no perder el control.
— Hola, señor Ferraz. Es un placer conocerlo — dice, aunque las palabras le saben amargas en la boca.
— ¿Placer? — Víctor ríe, dejando a Rodrigo confundido. — No fue lo que pareció esta mañana — provoca, dejando a Marina desconcertada.
— ¿Ya se conocen? — pregunta Rodrigo, percibiendo la tensión en el ambiente.
Ante la insistencia de Víctor en no dejar pasar el incidente de la mañana, Marina decide intentar suavizar la situación.
— Nos encontramos esta mañana en la panadería de mis padres — explica Marina, tratando de mantener el control. — El señor Ferraz tenía prisa, pero logramos intercambiar algunas palabras — dice.
Víctor la mira sorprendido. Nota que ella quiere calmar las cosas, así que decide no desaprovechar la oportunidad.
— En realidad, ella me amenazó — expone en tono burlón. — Dijo que pincharía las llantas de mi coche si volvía a ese barrio. Me pregunto si haría lo mismo ahora, sabiendo quién soy.
— Lo dije porque fue muy grosero con mis padres — responde ella, alzando la cabeza.
— Expliqué que tenía prisa y tus padres lo entendieron, ¡la única grosera en ese lugar fuiste tú! — la desafía.
Marina le lanza una mirada furiosa y abre la boca para contestar, pero Rodrigo interviene.
— Está bien, terminemos esta discusión — interrumpe Rodrigo, buscando calmar el ambiente. — Víctor, ¿no dijiste que tenías prisa para que firmara el documento?
— ¿De verdad tengo que repetirlo? — responde Víctor, ignorando a Marina.
— Ya que mi asistente está aquí, le pediré que revise el documento antes de firmarlo — dice Rodrigo, entregándole el papel a Marina, que aún intenta mantener la calma.
— No hace falta revisar, yo mismo lo redacté — afirma Víctor, ofendido porque Rodrigo confía el documento a Marina.
— No cuesta nada revisarlo una vez más — responde Rodrigo, acomodándose en la silla con una leve sonrisa.
Marina toma el documento y comienza a leerlo. Aunque está concentrada, siente los ojos impacientes de Víctor fijos en ella. Al llegar al último párrafo, una sonrisa discreta se forma en sus labios, como si hubiera encontrado una ventaja en medio de tanta tensión.
— Hay un error —comentó, mirando a Víctor con una mirada desafiante.
— ¿Cómo dices? — pregunta él, impaciente.
— Escribió «procedente» donde debía poner «precedente». —Afirma con calma.
Con un gesto brusco, Víctor le arrebata el papel a Marina y examina el texto. Lentamente, se lleva la mano al rostro, los dedos deslizándose por su mandíbula en un gesto nervioso. Sus hombros están tensos, y sus ojos entrecerrados se enfocan en el documento mientras acaricia su barbilla repetidamente, tratando de contener la creciente irritación. Su mandíbula se contrae visiblemente, y el movimiento impaciente de sus dedos intensifica la tensión que intenta disimular. Su respiración se vuelve corta y, con cada gesto, la frustración crece, revelando el frágil control que tiene sobre su enfado.
— Tienes razón — murmura, como si admitir el error fuera una derrota.
Rodrigo percibe el malestar de su hermano y no puede evitar sonreír. Es la primera vez que ve a Víctor admitir un error.
— Parece que la señorita Ferreira es realmente eficiente. Me alegra tenerte con nosotros, Marina. ¡Estoy seguro de que nos llevaremos muy bien! — dice Rodrigo, satisfecho. — Puedes ir con Katrina. Ella te ayudará con lo que necesites hasta que te familiarices con el entorno.
— Muchas gracias, señor Ferraz — responde Marina, sonriendo mientras se levanta.
Cuando se pone de pie, nota que Víctor se le acerca, como si quisiera bloquear su paso. Él entrecierra los ojos, claramente irritado por haber sido desafiado.
— Con permiso, señor — dice Marina, manteniéndose firme y sin bajar la mirada.
Víctor sonríe, pero da un paso atrás, dejándola pasar. Ambos hombres observan cómo Marina sale de la sala y, cuando la puerta se cierra, Víctor se gira hacia su hermano.
— No me gusta. Despídela — declara, sentándose en la silla frente a Rodrigo.
Rodrigo abre los ojos, sorprendido, y lo mira incrédulo.
— ¿Solo por corregirte?
— No es eso — protesta Víctor, visiblemente molesto. — ¡Es insolente!
Rodrigo no puede contener la risa al ver cuán afectado está su hermano.
— Es competente, Víctor. Si no hubiera detectado el error, eso podría haber cambiado el sentido del documento.
— No lo niego, pero cualquier idiota habría notado ese error — rebate Víctor, aún contrariado.
— ¿Entonces por qué tú no lo notaste? — desafía Rodrigo, viendo cómo su hermano se desmorona ante la verdad.
— ¡Porque tenía prisa! —respondió, levantándose con furia.
— Está bien, no te alteres. Pídele a Katrina que imprima una nueva versión del documento, y yo lo firmo — concluye Rodrigo, sintiendo que su hermano ya había sido humillado lo suficiente.
— De acuerdo — dice Víctor, despidiéndose y saliendo de la sala.
Al salir, ve a Marina sentada en un escritorio cercano al de Katrina. Lentamente, se acerca, notando el leve nerviosismo en el rostro de Marina al verlo.
— Oye, rubiecita — llama, notando el disgusto en el rostro de Marina ante el apodo. — Imprime el documento corregido y, cuando mi hermano lo firme, llévalo a mi oficina.
Katrina, al oír la conversación, interviene:
— Puedo hacerlo yo, Víctor — dice con voz melosa.
— No hace falta, ya le di la orden a la rubiecita, y ella la va a cumplir.
— Pero ella es nueva… — protesta Katrina.
— No importa. Que se acostumbre a obedecer mis órdenes — dice Víctor, mirando a Marina con tono amenazante. — Mírame bien, rubiecita. Aquí, el que manda soy yo, ¿me oíste? — Luego se gira para irse.
Entonces, Marina aprovecha que él le da la espalda y murmura:
— Qué idiota.
— ¿Qué dijiste? — La voz estruendosa de Víctor retumba, haciendo que Marina se sienta acorralada al saber que él acaba de oír lo que ella susurró.
—¿Qué ocurrió? —pregunta Amelie preocupada, al ver las expresiones serias en los rostros de sus padres.Así, Víctor cuenta toda la verdad a la hija. Amelie escucha todo y también hace preguntas, sobre todo aquello que siempre tuvo dudas. Cuando terminan de hablar, ella está con los ojos llenos de lágrimas.—Gracias por no esconderme nada —dice ella, con la voz quebrada.Despidiéndose de los padres, se va a su cuarto. Aquella noche, Amelie no consiguió dormir. No bastaba la expectativa del viaje que haría a los Estados Unidos: ahora sabía toda la verdad sobre la vida de sus padres y sus abuelos.Al día siguiente, en un impulso, envía un mensaje a Daniel. No tarda mucho en recibir la respuesta del chico.“¿Puedo llamarte?”Entonces, conversan por largas horas. Amelie cuenta la verdad, dice que nunca fueron parientes y que no hicieron nada malo.[…]Faltaba un día para que los hijos fueran a los EE.UU. a estudiar, así que Marina y Víctor decidieron pasar el sábado con ellos.—¿Quieren cen
Ya es de noche cuando el avión de Víctor finalmente aterriza. Él había enviado un mensaje a su esposa, explicando que iba a retrasarse un poco y prometió contar los motivos en cuanto llegara a casa. La respuesta de ella, como siempre, fue simple y acogedora: «Está bien, voy a preparar la cena para cuando llegues».La actitud comprensiva de ella lo conmovió profundamente. Era única, diferente de cualquier otra persona que él hubiera conocido. Su paciencia, empatía y capacidad de crear un hogar cálido lo hacían amarla aún más. En un mundo lleno de incertidumbres, Marina era la certeza que siempre quiso. Sabía que había elegido a la mujer correcta para construir una familia y, incluso después de todos esos años, se sentía inmensamente agradecido por tenerla a su lado.Cuando el coche se estaciona en el garaje, él baja de él. Antes de entrar en casa, percibe a Amelie en el jardín trasero, sentada al borde de la piscina, jugando con los dedos en el agua.Él se acerca despacio, se quita los
Sin entender de inmediato lo que su madre acababa de decir, Víctor opta por permanecer callado, esperando que ella continuara.—Mentí para ti y para tu hermano —confiesa Joana, con su voz cargando un peso evidente. —Siempre hice que ustedes creyeran que tu padre y yo nunca tuvimos desacuerdos, pero esa no es la verdad. —Ella baja la mirada, toma una pequeña cuchara y empieza a mezclar su té, como si necesitara de ese pequeño movimiento para reunir coraje antes de continuar. —Después de tener a Rodrigo, me di cuenta de que tu padre se volvió más distante, parecía cansado de estar con nosotros. Hice de todo para animarlo, para que volviera a interesarse por nuestra vida en familia… pero nada funcionaba. Empezó a mencionar el deseo de tener otro hijo y, por un momento, vi una chispa de entusiasmo en sus ojos. Yo también me entusiasmé, y entonces comenzamos a intentarlo nuevamente.Víctor escucha atentamente; su mirada fija observa a la madre, mientras ella hace una pausa, aún mezclando e
Una camarera se acerca con el pedido, interrumpiendo la conversación. Joana, visiblemente sorprendida, intenta disimular la expresión de asombro mientras la joven acomoda la mesa. En cuanto la camarera se aleja, se inclina hacia adelante y pregunta con una voz llena de incredulidad:—¿Un hijo?—Sí —responde Víctor con un tono más serio. —El muchacho es algunos años mayor que mis hijos. Andressa lo escondió de todos nosotros.—¿Y cómo te enteraste de eso? —Joana continúa, visiblemente afectada.Víctor suelta un largo suspiro antes de responder:—Hace un año. Amelie llegó a casa diciendo que estaba enamorada y contó que quería presentarnos a su novio.El silencio que sigue es denso. Joana percibe por la hesitación de Víctor que lo que está a punto de decir será difícil de escuchar.—Me sentí incómodo con la situación. Para mí, Amelie siempre será mi niñita, pero reconozco que el tiempo no se detiene. Decidido a evitar que mi hija tuviera una relación a escondidas, acepté que lo trajera
El tiempo fue pasando sin prisa. Las semanas se transformaron en meses, y antes de darse cuenta, ya había transcurrido un año entero.Todos parecían haber retomado su rutina normal. Amelie y Arthur habían terminado la secundaria y estaban a punto de ingresar a la universidad. Arthur había optado por Harvard, mientras que Amelie eligió la Universidad de Yale. Su decisión fue motivada por el enfoque flexible de Yale en sus programas de grado, que permitían a los estudiantes explorar una amplia gama de disciplinas antes de comprometerse con un área específica de estudio. Amelie lo hizo porque, en el fondo, aún se sentía confundida sobre el camino que debía seguir.Víctor y Marina también retomaron sus rutinas en la oficina, aunque sentían el corazón oprimido ante la inminente partida de sus hijos al extranjero, sabiendo que solo los verían nuevamente durante las vacaciones.Sumergido entre papeles y planillas, Víctor intentaba mantener la mente ocupada. Sin embargo, el insistente timbre
Nada en aquel momento podía consolar el corazón de Amelie mientras escuchaba la explicación de su madre sobre todo lo que había ocurrido en el pasado. Cada nueva revelación la llenaba de más tristeza y pesar.Ya pasaba de la medianoche cuando Marina acompañó a su hija hasta su habitación, donde ella se acostó en la cama sin fuerzas siquiera para seguir llorando.—¿Por qué tenía que pasarme esto a mí, mamá? —pregunta Amelie, sujetando el brazo de su madre, que está sentada a su lado.—A veces la vida nos juega bromas que no logramos entender, hija —comenta Marina, pasando suavemente la mano por el largo cabello oscuro de la muchacha. —Sé que en este momento todo parece sin sentido, pero con el tiempo volverás a ser feliz. Pronto te volverás a enamorar.—De todos los hombres del mundo, tenía que enamorarme justo de él —dice, aún sin creer lo que había sucedido.Entonces, una gran duda surge en la mente de Marina, algo que le duele como una espina en el pecho, hasta perturbarla. No sabía







