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Capítulo 3. Navidades entre sombras.

Auteur: Jeda Clavo
last update Date de publication: 2024-12-02 10:11:30

Emma Uzcátegui.

Después de esa llamada, fuimos invitados a la fiesta de Navidad de la familia y ahora estoy aquí aislada en una isla de apariencias y luces centelleantes, aferrada a mi copa de Cabernet, un salvavidas en medio de la locura navideña.

La habitación se arremolina con jerséis navideños tan brillantes que podrían guiar el trineo de Papá Noel a través de una ventisca. Bebo un sorbo, el rico vino apenas enmascara el sabor de mi propio cinismo.

En serio, si vuelve a sonar «Jingle Bell Rock» por los altavoces, puede que me meta un tronco de Navidad dentro.

Al otro lado de la habitación, Gabriel está en su elemento, animado y vivo entre el caos, como un reno entre elfos. Sus hermanos se apiñan a su alrededor y sus risas ponen el contrapunto a las canciones navideñas que he puesto mentalmente en mi lista negra. Ahí está, alto y algo menos despreocupado de lo que yo recordaba.

Esos mechones grises prematuros en sus sienes son como pequeñas insignias de los juegos injustos de la vida. Se inclina hacia mí, como un cuentacuentos que atrapa a su público, mientras sus ojos azules, antaño vibrantes y ahora con historias propias, bailan con una chispa que parece reservada sólo para momentos como este.

Con cada carcajada del otro lado de la sala, siento una punzada, una opresión en el pecho. Es la envidia, que me corroe y me recuerda lo fácil que él encaja en esta escena perfecta. Aquí estoy, prácticamente camuflada contra el papel pintado, bebiendo mi copa y elaborando observaciones sarcásticas como mecanismo de defensa.

Porque, admitámoslo, el sarcasmo es mi complemento ideal para las fiestas en las que destaco como un Grinch en una convención de pan de jengibre.

Vuelvo a mirar a Gabriel. Echa la cabeza hacia atrás riendo, un raro atisbo de su antigua alegría contagiosa asomando entre las nubes de su reciente comportamiento. Por un momento, recuerdo al hombre que me abrazaba en una habitación llena de gente, haciéndome sentir que éramos los únicos que importaban. Ahora, hay un abismo entre nosotros, y no sólo el físico creado por una habitación llena de jerseys feos y entusiastas del ponche de huevo.

Él solía ser mi ancla, pero últimamente, sobre todo después del fracaso del último tratamiento de fertilidad, me he sentido a la deriva, flotando cada vez más lejos en una marea de palabras no dichas y silencios compartidos. Y mientras le observo ahora, tan a gusto con todo el mundo, menos conmigo, no puedo evitar preguntarme si él siente esa misma distancia, o si soy yo, sola en un bote de dudas, remando en círculos.

Armada de valor, me abro paso entre la multitud de familiares, cada uno más exuberante que el anterior. Es como sortear una carrera de obstáculos adornados con espumillón y con un ligero olor a canela y a privilegio. Justo cuando veo un hueco en el mar de jerséis navideños, se abalanza sobre mí la hermana de Gabriel, Gladys, la gemela mayor, con los ojos afilados como si acabara de ver una grieta en su colección de porcelana, por lo demás inmaculada.

—Emma, cariño —, me arrulla, con una voz que destila ese tipo de preocupación almibarada que me pone los dientes de punta. —Debe de haber mucho silencio en tu casa, sin el ruido de los piececitos.

Su mirada está cargada de un juicio tácito, como si nuestro hogar estuviera incompleto, una casa de pan de jengibre sin puerta de bastón de caramelo.

—El silencio puede ser una bendición —, repico, forzando los músculos de mi cara para esbozar algo parecido a una sonrisa.

Por dentro, estoy furiosa y las palabras «no te metas en lo que no te importa» bailan en mi lengua. Pero permanecen enjauladas tras los barrotes del decoro. Porque hacer una escena es el truco de la familia de Gabriel, no el mío.

—Por supuesto, cariño —, responde ella, ajena o indiferente al filo de mi tono. Se aleja revoloteando, sin duda, para dar sus opiniones no solicitadas en otra parte.

Me escapo y me deslizo hasta la cocina con la excusa de que necesito un recambio, una verdad a medias, porque lo que realmente necesito es un descanso de esta alegría incesante y de las asfixiantes expectativas que cuelgan como muérdago sobre nuestras cabezas. La cocina es mi santuario, el zumbido del frigorífico es un agradable ruido blanco comparado con los cascabeles que suenan fuera.

Apoyada en la fría encimera, cierro los ojos e inhalo profundamente, el aroma del pino y el de las galletas compitiendo por el dominio. Mi ritmo cardíaco se estabiliza al ritmo de mi respiración y, por un momento, encuentro consuelo en este remanso de paz. A solas, puedo dejar de actuar, permitir que la sonrisa se desvanezca y que el surco de mi frente se relaje.

—Contrólate, Emma —, murmuro a la habitación vacía, ignorando el nudo de inquietud que se ha instalado en mis entrañas.

Mis dedos buscan instintivamente la cruz de plata que llevo al cuello, cuyo peso familiar me reconforta un poco. Cuando por fin abro los ojos, el reflejo que me devuelve el cristal de la ventana se parece un poco menos a un ciervo bajo los focos y más a una mujer dispuesta a enfrentarse de nuevo al pelotón de fusilamiento de la felicidad familiar.

—Es la hora del espectáculo —, susurró, apartándome de la encimera con la nueva determinación de sobrevivir a la noche.

El pomo de la puerta gira con un sigiloso chirrido y entra Glenda, un torbellino de alegría inconsciente con su delantal de Papá Noel.

—Emma, no te vas a creer las últimas travesuras de los gemelos —, dice sin preámbulos, sacando galletas del horno con la facilidad de una madre de anuncio navideño.

—Por supuesto, dímelo a mí —, le digo, esbozando una sonrisa tan falsa como la guirnalda de acebo de plástico que hay por toda la habitación.

Glenda se lanza a contar la última travesura de sus queridos sobrinos, que tiene que ver con pintura, el perro de la familia y una alfombra blanca desafortunadamente colocada.

Mi sonrisa se endurece mientras asiento con la cabeza; cada anécdota es otra aguja que pincha en el globo de mi paciencia.

—¿No es una monada? Se están convirtiendo en unos pequeños artistas —. Su risa es ligera, etérea, flota sobre las cabezas de todos los que no somos padres en la sala... oh, espera, solo estoy yo. Suena el violín solista.

—Absolutamente adorable —, digo, con sabor a ponche de huevo agrio.

En mi cabeza, estoy hojeando una lista de planes de escape. ¿Fingir una llamada? ¿Fingir una intoxicación alimentaria? ¿Declarar una alergia repentina a la alegría festiva?

—Ah, las alegrías de la paternidad —, musito en silencio—, donde cada desorden es un recuerdo y cada chillido de un niño es un soneto.

El sarcasmo es una fina capa sobre el dolor de mi pecho, el anhelo de algo que se niega a ser mío.

—¿Verdad, Emma? ¿Te encantaría que un par de tobilleros convirtieran tu casa en un lienzo de arte en vivo? —. Glenda me da un codazo juguetón, sin darse cuenta de que me está haciendo moratones, pero sobre todo hiere profundamente mi corazón.

«Amor es una palabra muy fuerte», bromeo internamente, conteniendo una risita que no me llega a los ojos. Por fuera, soy la viva imagen del interés atento; por dentro, agito frenéticamente una bandera blanca.

Con cada una de las historias de Glenda, mi monólogo interno gira más frenético, un carrusel de ingenio mordaz al que nadie más puede subirse. Es un espectáculo en solitario en el que yo soy a la vez el actor y el público, atrapado en el punto de mira del guion de otra persona.

«Mantén la compostura», me digo. «Asiente con la cabeza, sonríe y piensa en un lugar, cualquier lugar, lejos de aquí. Como la Antártida. O la superficie de Marte».

—Emma, estás muy callada. ¿Estás bien? —Glenda por fin se da cuenta de mi silencio, ladeando la cabeza con preocupación fraternal.

—Nunca he estado mejor —, miento suavemente, las palabras tan huecas como un conejito de pascua de chocolate. E igual de quebradizas.

—Ven, vamos, nos esperan para el intercambio de regalo de los niños —me dice y sus palabras se clavan en mi corazón como filosos cuchillos. Respiro profundo, pero antes de que pueda encontrar una excusa para escapar, Glenda me toma del brazo. —Además, mamá quiere dar un anuncio importante.

Me dejo arrastrar, con una sensación de inevitabilidad, apretándome el pecho. Cuando llegamos a la sala, la familia se agrupa alrededor del árbol de Navidad, los niños revoloteando como mariposas bajo la luz de las guirnaldas. La madre de Gabriel se coloca en el centro, con esa postura regia que siempre ha tenido.

—Familia, atención, por favor —, dice, alzando su copa con una sonrisa amplia y un brillo triunfal en los ojos.

El murmullo de la sala se apaga rápidamente.

—Queremos compartir con ustedes una noticia de la que estamos seguros, les encantará —, anuncia, haciendo una pausa que parece durar una eternidad.

Los susurros llenan el aire hasta que alguien, desde el fondo, se atreve a preguntar.

—¿Por fin Emma está embarazada?

Todos sueltan una carcajada, mientras el calor sube a mis mejillas como un incendio descontrolado. Antes de que pueda procesar la humillación, la madre de Gabriel responde con una frialdad que corta como una hoja afilada.

—No, no es Emma. Eso sería perder el tiempo. Si fuera por ella, estaríamos celebrando puros adultos.

El golpe es devastador, una herida abierta frente a toda la familia. Las risas nerviosas se entremezclan con el incómodo silencio que sigue a sus palabras, y siento cómo la tierra bajo mis pies amenaza con desmoronarse.

—Nuestra familia va a agrandarse porque... —continúa, pero ya no puedo escucharla. Mi visión se nubla y las palabras se convierten en un murmullo lejano mientras mi corazón late con fuerza contra mi pecho.

Gabriel tomó mi mano, pero incluso su toque no puede calmar el torbellino de emociones que me consume.

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Commentaires (4)
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Omaira Calderon
pobre Emma, ella está dolida y está familia solo agrega más dolor ミ⁠●⁠﹏⁠☉⁠ミ
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Omaira Calderon
y la familia de Gabriel ¿no sabe que Emma ha intentado tratamientos para poder embarazarse? ತ⁠_⁠ತ
goodnovel comment avatar
Esmeralda Labrador
Ya 8dio a esa familia...
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