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Capítulo 70

Autor: Katia Parra
last update Fecha de publicación: 2026-07-24 23:33:17
Lorenzo

—¡Listo! —veo a Liliana salir de la habitación con María de los Ángeles vestida de nuevo —¿qué tal? —señala a la niña y sonrío por lo hermosa que se ve con ese bañador parecido a una falda y el suéter con unos volantes muy bonitos.

—Hermosa, me gusta mas este traje que el otro —arrugo las cejas y caigo en cuenta de que aquél traje estaba muy destapado, este es de niña.

—Otra cosa —dice Liliana con seriedad —: no quiero que le compres pantallas a María ¿lo harías por favor? —asiento mira
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    LorenzoLa veo caer de espaldas encima de los cojines y suelto una carcajada que contagia al instante a mi hija que viene corriendo con el cuento de que la inscriba en el colegio porque se lo prometí.¿Lo hice anoche en verdad?Bueno, la realidad es que como no lo recuerdo no puedo refutarle absolutamente nada. La veo llegar uy pone los brazos en jarra al escuchar las últimas palabras de Liliana. Me mira con carita asombrada y yo me encojo de hombros sin decir nada para que sepa que… no sé nada.—¡Cosquillas! —grita María de los Ángeles y Liliana abre un ojo.María de los Ángeles se lanza encima de Liliana y a esta no le da tiempo a voltearse o por lo menos retirarse. La niña comienza a hacerle cosquillas y parece que la susodicha es bastante cosquilluda porque grita se retuerce y se ríe a carcajada limpia cuando la cría se ensaña en contra de sus costillas.—¡Basta! —se retuerce un poco más y yo disfruto del espectáculo como un acosador mirándole las piernas ¡uf! —. María de los Ánge

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    LilianaLa cabeza me retumba como si me estuvieran clavando un martillo directamente en la frente. Siento la boca seca, como si hubiera tragado arena de playa, y cada músculo del cuerpo me pesa toneladas. Pero todo el malestar físico se pasa a un segundo plano cuando enfoco la mirada y encuentro a Lorenzo sentado a mi lado.Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, apoyados en las rodillas, y me mira con una intensidad que me eriza la piel. No hay burla en su rostro, tampoco enojo. Hay una seriedad profunda, curiosa, cargada de una preocupación que me descoloca.Trato de incorporarme rápidamente, pero el techo me da tres vueltas de un solo golpe.—Uff... hola —murmuro, llevándome las manos a la cara.—No te muevas tan rápido —su voz suena grave, madura, demasiado clara para la hora que debe ser—. Te vas a marear más.—¿Qué... qué horas son? —alcanzo a preguntar, intentando acomodarme el pelo que debe parecer un nido de pájaros.—Las ocho de la mañana —responde sin quitarme los ojos de

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    LorenzoSon casi las ocho de la mañana y el silencio en la mansión solo se interrumpe con los ronquidos escandalosos de mi esposa que parece un camionero ebrio después de una juerga de toda la noche. Es usual que parezca un cuerpo inerte apenas vivo porque no acostumbra a beber de ese modo. Pero por las palabras que Elena dijo anoche, lo necesitaba mas que respirar. La observo insistentemente, tirada boca abajo en la montaña de almohadones que montamos unas horas antes para la noche de películas de María. Su vestido, arrugado y manchado en el dobladillo, contrasta de una forma extraña con el lujo pulcro de esta sala. Me siento en el borde del sofá, con una manta entre las manos, y se la coloco encima con la delicadeza de quien manipula una pieza de cristal que teme romper.Me quedo ahí, en la oscuridad, mirándola.La cabeza me viaja atrás sin poder evitarlo. Me veo a mí mismo casi seis años atrás, en esta misma casa, en un silencio aplastante pero completamente distinto. Aquella noc

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    GiacomoLas mujeres cantan horrible y a todo pulmón dentro de la limusina.Hortensia, desde el asiento del copiloto, gira el switch y cierra el vidrio que separa la cabina del resto del vehículo. Apenas lo hace, el volumen de las voces se vuelve un poco más soportable… pero solo un poco.—¡Tú no te sabes esa canción, perra! —grita Elena entre risas.—¡Claro que me la sé! —responde Liliana, casi cayéndose del asiento—. Lo que pasa es que tú le cambias la letra a todas las canciones, perra.Las dos estallan en carcajadas otra vez. Están demasiado borrachas para darse cuenta de lo ridículas que se ven con el maquillaje corrido, el pelo alborotado y la ropa manchada de quién sabe qué. Siguen vociferando la canción de Carlos Baute y Marta Sánchez como si estuvieran en el karaoke del mejor antro de Madrid:“Te envío poemas de mi puño y letra…te envío canciones de 440…te envío las fotos cenando en Marbella…cuando estábamos en Venezuela…”Miro por el retrovisor y niego con la cabeza, conte

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    LilianaLlegamos a la mansión y ni siquiera nos molestamos en preguntar qué baño está listo. Yo entro directo al de invitados, Elena desaparece escaleras arriba buscando el suyo, y media hora después bajamos las escaleras con el pelo todavía húmedo, listas para lo que sea que nos espera en algún antro, pero no para lo que Lorenzo ha planeado.Lo que encontramos en la sala nos deja mudas a las dos.Hay almohadones desperdigados por todo el suelo, decenas de ellos, formando una especie de nido gigante frente a la pantalla. Una mesita baja cargada con palomitas de maíz, trufas, galletas, chocolate derretido en un pocillo pequeño con fresas y rueditas de cambur listas para bañar.¡Y un bote de helado gigante!—Me quiero quedar a ver la película con ustedes —anuncio, dejándome caer en uno de los almohadones antes de que nadie pueda opinar y secuestrando el helado de dulce de leche.—Yo también me quedo —dice Elena, asomándose desde el marco de la puerta, corroborando mi decisión con la aut

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    LilianaFernando nos acompaña hasta la entrada principal de su casa, tan caballeroso como siempre, repartiendo abrazos y palmadas en la espalda como si despidiera a su propia familia en lugar de a un grupo de refugiados temporales que invadieron su casa por más de dos días. Cuando llega el turno de Elena, algo en su postura cambia. Se endereza, se acomoda el cuello de la camisa por segunda vez en menos de un minuto, y le toma la mano con una delicadeza que no le había visto usar con nadie más.—Sé que me rechazaste, y lo acepto con toda la elegancia que puedo reunir —le dice, con esa media sonrisa que en cualquier otro hombre resultaría ridícula, pero que, en él, extrañamente, funciona—. Pero quiero que sepas algo: no voy a dejar de cortejarte, Elena. Eres una mujer preciosa, inteligente, con un carácter que no cualquiera se atreve a plantarle cara, y eso, para mí, es irresistible.Pongo los ojos en blanco con tanta fuerza que casi me duele.—Fernando...—Déjame terminar mi discurso,

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