Mag-log inAnabell
Despierto antes de que suene el despertador.
No porque haya dormido bien.
Sino porque mi cuerpo ya no sabe cómo descansar cuando siente que está a contrarreloj.
La casa está en silencio. Demasiado. Gael aún no se ha levantado, y por una fracción de segundo agradezco no tener que cruzarme con él todavía. No después de anoche. No después de esas palabras que todavía me zumban en la cabeza.
El mío ya parece estar arruinado.
Me levanto despacio, me pongo ropa cómoda —jeans, una blusa sencilla, el abrigo— y bajo a la cocina con una determinación que se siente frágil, pero real.
Hoy voy a trabajar.
Hoy nadie me va a decir que no sirvo.
Preparo café. Tostadas. Huevos revueltos. Nada elaborado, pero suficiente. Algo normal. Algo que parezca una mañana cualquiera y no el inicio de otra batalla.
Dejo el desayuno servido para él.
Tomo un papel del cajón, un bolígrafo, y escribo rápido antes de que me arrepienta:
Salí a entrevistas. No quiero problemas, solo hacer mi parte.
—Anabell.
Doblo la nota y la dejo junto a su taza.
No sé si la leerá con fastidio, con preocupación o con indiferencia. No quiero saberlo ahora.
Salgo.
El aire frío de la mañana me golpea el rostro cuando cierro la puerta. Camino con paso firme, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza aún no se atreve a creer.
La primera entrevista es en una cafetería.
El dueño ni siquiera me deja terminar la frase.
—Buscamos a alguien más joven —dice, sin malicia, como si fuera un hecho meteorológico—. Esto es un lugar con mucho movimiento.
Asiento. Agradezco. Salgo.
La segunda es en una tienda de ropa.
La mujer sonríe, pero sus ojos no lo hacen.
—Nuestro perfil es más… atlético —explica—. Ya sabes, para la imagen de la marca.
Imagen.
Trago saliva.
—Claro —respondo—. Gracias por su tiempo.
La tercera es peor.
—Tienes experiencia, pero… —el hombre se encoge de hombros—. No encajas del todo.
—¿En qué sentido? —pregunto, aunque sé la respuesta.
Me mira. No disimula.
—En el perfil.
Salgo antes de que pueda decir nada más.
Camino. Camino mucho. Entro a dos lugares más. En uno me dicen que el puesto ya se llenó. En otro, que vuelva en unos meses. En otro, que están buscando “algo distinto”.
Algo distinto a mí.
A mediodía, el cansancio ya no es físico. Es algo más profundo. Me detengo en un pequeño local, pido un café y una sopa que apenas pruebo. Me quedo mirando la ventana como si el mundo siguiera avanzando sin enterarse de que yo estoy atascada.
Pienso en Marcelo.
En el juzgado.
En mi madre.
En Karen.
Pienso en lo fácil que es para los demás decidir que no soy suficiente.
Cuando regreso a la casa, el sol ya empezó a caer.
Abro la puerta y lo veo.
Gael está en la sala, de pie, con el teléfono en la mano. Alza la vista en cuanto me escucha entrar.
—¿Cómo te fue?
La pregunta no es dura. Tampoco suave. Es… neutra.
Dejo el bolso en la mesa. Me quito el abrigo con movimientos lentos.
—Mejor no hablemos de eso —respondo.
Pasa un segundo.
—¿No conseguiste nada?
Niego con la cabeza.
El silencio se instala entre nosotros, espeso, incómodo.
—Lo siento —dice al final.
No sé si se refiere al día de hoy.
O a todo lo demás.
Subo las escaleras sin decir nada más, con la sensación de haber perdido otra batalla que nadie va a registrar.
Me encierro en la habitación y cierro la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera delatar lo frágil que estoy.
Me dejo caer en la cama sin quitarme la ropa. Miro el techo. El mismo de anoche. La misma grieta pequeña cerca de la viga. Antes me parecía solo una marca vieja; ahora siento que es un reflejo exacto de cómo me estoy sosteniendo.
No encajo.
Eso es lo que me dijeron hoy, con distintas palabras, en distintos lugares.
Me froto los ojos con el dorso de la mano. No quiero llorar. No otra vez. No por esto. Pero las lágrimas llegan igual, silenciosas, traicioneras, como si el cuerpo necesitara vaciarse para seguir.
Tocan la puerta.
Me sobresalto. Aspiro aire. Me limpio la cara con rapidez, como si eso pudiera borrar la evidencia.
—Adelante —digo, intentando que la voz no me tiemble.
La puerta se abre y aparece Gael.
Está serio, como siempre. La postura recta. La mirada concentrada. No parece incómodo por invadir mi espacio; parece decidido. Y eso, por alguna razón, me pone más nerviosa.
—Tengo una propuesta —dice.
Me río sin humor.
—Ya está bien de propuestas —respondo—. Gracias a las tuyas ahora estoy metida en un embrollo con un novio falso y famoso. Creo que con eso es suficiente por una temporada.
No se mueve. Cierra la puerta detrás de él y da un par de pasos dentro de la habitación, ignorando por completo mi resistencia.
—Estuve pensando en lo que dijiste anoche —continúa—. Sobre la independencia. Sobre el plan que tenías al venir aquí.
Cruzo los brazos.
—No entiendes nada —digo—. Eso era si tenía la casa de vuelta. No la tengo. Y no voy a vivir aquí como una mantenida.
—No necesito que me colabores en nada —responde, sin rodeos—. Soy millonario, Anabell. El dinero no es el problema.
La frase me golpea.
—Vaya —murmuro—. Y dices que no lo dices en mal plan.
Frunce el ceño.
—No lo digo en mal plan. Lo digo como un hecho.
—Claro —replico—. Porque para ti todo esto es un hecho. Para mí es… —me quedo sin palabras— es mi vida.
Suspira, como si estuviera agotado de pelear.
—Deja de ser orgullosa —dice—. Míralo desde otro ángulo. Tú me estás ayudando con este contrato de la novia falsa. Si somos justos, tienes más que perder que yo.
No quiero admitirlo, pero tiene razón.
—Así que —continúa—, como parte del acuerdo, puedo ayudarte. Puedo pagarte mensualmente por tus servicios… o, si te parece mejor, puedo darte el capital para que abras la librería.
Siento que el piso se mueve.
—¿Qué? —susurro.
—Lo que oíste.
Niego con la cabeza de inmediato.
—No puedo aceptar eso —digo—. Es demasiado. ¿Qué crees que soy? ¿Qué va a pensar la gente si recibe pagos por esto?
—¿Qué pensarías tú de mí —replica— si supieras que contraté a una mujer para salir de un embrollo mediático?
No contesto.
Porque la respuesta es obvia.
Me quedo en silencio. La mente se me acelera, como si alguien hubiera abierto todas las puertas al mismo tiempo.
Acepta.
No aceptes.
Es lo que necesitas.
Es vender el alma.
Recuerdo el juzgado.
Recuerdo a mi madre diciéndome que me quedara.
Recuerdo a Karen preguntándome quién me iba a querer así.
Una parte de mí grita que diga que no. Que salga de aquí con la cabeza en alto, aunque no tenga nada más.
La otra, más cansada, más real, me recuerda que ya pagué el precio del orgullo una vez.
Levanto la mirada.
Gael me observa en silencio, sin apurarme, como si supiera que esta decisión no se puede empujar.
—Acepto —digo al fin.
Primero del día, mis amores.
AnabellEl sonido del mazo resuena en la sala, seco, firme, definitivo, y por un instante todo se queda suspendido en un silencio que parece más grande que el lugar mismo. Estoy de pie, con la mirada fija al frente, pero no estoy sola. Ya no. Siento la mano de Gael entrelazada con la mía, cálida, firme, sosteniéndome sin necesidad de palabras, y al otro lado Mel aprieta suavemente mi brazo como si temiera que en cualquier momento todo esto pudiera desaparecer. Pero no desaparece. Esta vez no.El juez habla, pero durante unos segundos no logro procesar lo que dice. Mi mente se escapa, como si necesitara recorrer el mismo camino que me trajo hasta aquí para poder entender lo que está a punto de pasar. Recuerdo la primera vez que estuve en una sala como esta, el peso en el pecho, la sensación de estar completamente sola, de que todo ya estaba decidido antes de que yo abriera la boca. Recuerdo el miedo, la humillación, la impotencia. Recuerdo sentir que no importaba lo que hiciera, porque
GaelHay algo extrañamente tranquilo en el silencio antes de que todo empiece.No es el mismo silencio de hace unas semanas. No tiene peso. No asfixia. No está cargado de incertidumbre ni de todo lo que no sabía cómo enfrentar. Este es distinto. Este es… ligero.Como si por fin todo estuviera donde debe estar.Apoyo una caja sobre el suelo y me enderezo, observando el interior del lugar con una mezcla de satisfacción y algo más difícil de describir. Orgullo, tal vez. O alivio.O ambas.Han pasado semanas desde la entrevista.Semanas desde que decidí dejar de huir.Y en ese tiempo… todo se ha movido más rápido de lo que esperaba.La demanda contra John avanza. No como un espectáculo, no como un circo mediático… sino como lo que siempre debió ser: un proceso legal serio, contundente. Las pruebas han salido a la luz poco a poco, y con cada documento, con cada filtración controlada… su imagen se ha desmoronado.Ha perdido contratos.Clientes.Credibilidad.Prácticamente todo.Y por primer
AnabellEl ruido regresa de golpe cuando las cámaras se apagan.Los aplausos, las voces, el movimiento del equipo técnico llenan el espacio, pero todo me llega amortiguado, como si estuviera bajo el agua. No aparto la mirada de él mientras se levanta de su asiento, mientras intercambia un par de palabras con la entrevistadora y agradece con una sonrisa que, aunque leve, es real.Y entonces… me busca.Lo sé en el instante en que sus ojos recorren el estudio hasta encontrarme.Y cuando lo hacen…todo lo demás deja de importar.No espero.Me pongo de pie casi de inmediato y avanzo hacia él, esquivando cables, personas, luces, todo lo que se interpone en el camino, con el corazón latiéndome en la garganta.Cuando llego hasta él, no digo nada.No lo pienso.Solo lo abrazo.Fuerte.Con todo lo que llevo dentro.Siento cómo sus brazos me rodean de inmediato, apretándome contra él como si también lo necesitara, como si ambos estuviéramos descargando en ese gesto todo lo que acaba de pasar.Y
AnabellEl pasillo se siente más largo de lo que debería.Camino a su lado mientras salimos del camerino, con el sonido amortiguado del estudio filtrándose a través de las paredes, mezclándose con el latido constante de mi corazón. No es miedo exactamente… pero tampoco es calma. Es una tensión distinta, más consciente, como si cada paso que damos nos acercara a algo que va a cambiarlo todo.Porque lo va a cambiar.Lo sé.El productor nos intercepta a mitad del pasillo, hablando rápido, con esa energía característica de quien vive en medio del caos organizado de la televisión en vivo.—Gael, en un minuto entramos —dice—. Anabel, puedes ubicarte en la primera fila, lado derecho. Tendrás buena vista desde ahí.Asiento, aunque apenas registro sus palabras completas.Mi atención está en Gael.En la forma en que asiente con la cabeza, en cómo mantiene la postura firme, en cómo responde con seguridad… pero yo lo veo. Veo lo que otros no notarían.La ligera tensión en su mandíbula.La forma en
GaelEl silencio del camerino no es tranquilo.Es denso.Pesado.Como si el aire mismo supiera que lo que va a pasar después de que esa puerta se abra… no tiene marcha atrás.Estoy sentado frente al espejo, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, mirando mi reflejo sin verlo realmente. La pantalla del televisor en la pared está encendida, pero en volumen bajo, mostrando el programa en el que en cuestión de minutos voy a salir… a decir todo.Todo.Respiro hondo.Y el aire no es suficiente.Hoy es el día.Después de semanas de ruido, de rumores, de titulares que han dicho más de mí de lo que yo mismo he dicho jamás… hoy voy a hablar. Hoy voy a ponerle voz a lo que otros han manipulado a su conveniencia.La entrevista no fue fácil de concretar. No porque no quisiera hacerla. Sino porque sabía lo que implicaba.La esposa de Josh aceptó desde el principio, pero dejó algo claro: no iba a ser un espectáculo armado. Quería la verdad. Quería que yo confiara en ella par
AnbellNo pensé que volvería a sentarme frente a un abogado por esto.Mientras observo la carpeta que tengo entre las manos, con todos los documentos que durante meses evité mirar siquiera, siento cómo algo se remueve en mi interior con una mezcla incómoda de nervios y determinación. No es solo un trámite. No es solo una reunión. Es… enfrentar algo que durante mucho tiempo decidí enterrar.Y ahora estoy aquí.De nuevo.Pero esta vez… no huyo.Levanto la mirada cuando Gael se inclina ligeramente hacia mí, apoyando su mano sobre la mía con una firmeza que no es invasiva, pero sí suficiente para hacerme sentir acompañada.—¿Estás bien? —pregunta en voz baja.Asiento.Aunque no del todo.Aunque una parte de mí sigue temblando.—Sí… —respondo, dejando salir el aire con lentitud—. Solo… es raro volver a esto.Él no suelta mi mano.Y eso… me da más estabilidad de la que quiero admitir.Cuando la puerta del despacho se abre, el abogado nos invita a pasar con una sonrisa profesional que no log







