LOGINDurante tres años, Leona Ferrás fue la mujer invisible en la vida de Ignacio Della Rovere; el secreto mejor guardado del millonario mientras él construía un futuro perfecto junto a la prometida "ideal", Clara Lombardo. Leona soportó ausencias y silencios creyendo en sus promesas, hasta el día en que Ignacio le rompió el corazón con una orden fría: debían terminar porque su boda estaba cerca. Sin lágrimas ni suplicas, Leona tomó la única salida digna: desapareció sin dejar rastro, renunciando a todo. Sin embargo, el destino tenía un plan más despiadado. Un trágico accidente borró su memoria por completo, dejándola al cuidado del médico que le salvó la vida: Luciano Della Rovere... el primo de su examante. Mientras Ignacio la busca con una obsesión enfermiza al darse cuenta de su error, Leona empieza a reconstruir su vida en los brazos del hombre equivocado... o quizás, por fin, del correcto. ¿Qué pasará cuando Luciano descubra el pasado de la mujer que le gusta? ¿Qué hará Leona cuando los recuerdos regresen? Y sobre todo... ¿hasta dónde llegará Ignacio al saber que la mujer que desechó ahora le pertenece a su propio primo?
View MorePOV Leona
—Esto es lo mejor, créeme. Con el tiempo me lo agradecerás —dice Ignacio Della Rovere, con esa firmeza que usa cuando ya decidió algo y no piensa dar el brazo a torcer—. No te preocupes, tendrás todo lo que necesites, como lo estipula el contrato de confidencialidad que firmaste.
Lo miro sin pestañear. Tres años. Tres años esperando que este hombre se dignara a darme un lugar en su vida, y él me lo resuelve con la misma calma con la que resolvería una reunión de negocios.
Durante tres años en donde fuimos, casi todo, casi nada o casi algo. Porque cuando intentanba alejarme, Ignacio volvía a buscarme, hasta que terminé enamorandome por completo de él.
—¿Todo lo que necesite? —repito, y no reconozco mi propia voz—. Qué generoso de tu parte, Ignacio.
Él frunce el ceño, como si mi ironía lo tomara desprevenido. Bien. Que se acostumbre, porque la Leona que se tragaba cada silencio suyo se acaba de morir aquí, en esta sala.
—No te pongas así.
—¿Así cómo? —Doy un paso hacia él, y por primera vez en tres años, no bajo la mirada—. ¿Cómo se supone que me ponga cuando el hombre con el que hice el amor anoche viene hoy a anunciarme su casamiento?
Algo cruza por su rostro. No sé si es culpa o solo incomodidad, y la verdad, ya no me importa distinguirlo.
—Nunca te prometí nada, Leona.
—No. Pero tampoco me dijiste que no me querías —el temblor se me cuela en la última palabra, y lo odio por eso—. Y yo fui lo bastante tonta como para llenar cada uno de tus silencios con esperanza. Cada viaje que cancelabas a último momento, cada cumpleaños que festejamos a puertas cerradas, cada vez que te pedí conocer a tu familia y me dijiste que «todavía no era el momento». Yo lo convertí todo en promesas. Tú nunca prometiste nada. Tienes razón.
Se acerca. Me toma del brazo y me pega a su cuerpo con esa mezcla de urgencia y control que siempre logró desarmarme.
—No es tan simple —murmura contra mi cuello, aspirando mi perfume—. Sabes bien que me vuelves loco…
Por un segundo, mi cuerpo lo traiciona todo y se estremece. Por un segundo, quiero quedarme ahí, fingir que nada de esto está pasando, que mañana no va a vestirse con su impecable traje para otra mujer.
Pero me aparto.
—Solo que no lo suficiente como para elegirme —termino la frase por él—. ¿Qué pensaría tu prometida si supiera que mientras la cortejabas, tú me tenías a mí esperando en las sombras? ¿Que cuando yo te preguntaba por ella cuando salieron esas fotos, me decías que no era nadie, que solo era la hija de unos amigos de tus padres?
La mandíbula de Ignacio se tensa. Cierra el puño.
—¡Leona, no empieces!
Sonrío. Una sonrisa amarga que no sabía que tenía guardada.
—¿Empezar? Llevo tres años sin reclamarte absolutamente nada. Hoy es la primera vez, y va a ser la última, porque después de hoy no pienso volver a dirigirte la palabra. Si se termina, se termina para siempre.
Se pasa una mano por la sien, frustrado. Y yo, con lo poco de dignidad que me queda, camino hasta la puerta de mi apartamento y la abro de par en par.
—Leona, escúchame…
—No, escúcheme, señor. De ahora en más —lo interrumpo, y esta vez mi voz sale firme y cortante—, para usted soy la señorita Eleonora Ferrás. Si el destino me condena a cruzarme con usted otra vez, así deberá dirigirse a mí.
Él avanza hacia mí con la rapidez de un depredador que no está acostumbrado a que su presa se le escape.
—¡Basta de dramas, Leona! Entiendo que estés dolida, pero esto no hace falta.
Cierro los ojos un instante. ¿No hace falta? Qué fácil es todo cuando el corazón roto es el ajeno.
Lo miro directo a los ojos —esos ojos que alguna vez creí saber leer— y le digo, con una calma que me sorprende hasta a mí:
—Váyase, Señor Della Rovere. Y esta vez, créame cuando se lo digo yo: es lo mejor para los dos.
Él esboza una sonrisa cargada de desdén.
—Volveré para terminar de hablar cuando se te pase. Contigo no se puede hablar cuando te pones así.
Le cierro la puerta en la cara antes de que termine la frase. Y ahí, sola, con la espalda pegada a la madera, dejo caer la máscara.
Las lágrimas que contuve durante toda la conversación caen sin permiso. Me deslizo hasta el piso, abrazando mis piernas, y por un largo rato me permito llorar todo lo que no lloré delante de él.
Hubiese querido decirle que le deseaba la muerte. Pero mi estúpido corazón, el mismo que él pisoteó durante tres años, todavía lo sigue amando.
Claro que sí. Porque mañana Ignacio Della Rovere se comprometerá con la dulce, perfecta e intachable Clara Lombardo.
Y yo no quiero estar aquí cuando eso suceda porque apenas puedo respirar por el dolor que siento.
Me seco las lágrimas con el dorso de la mano y me pongo de pie. Miro el apartamento que compartimos tantas noches, los libros que dejó a medio leer, la copa que todavía tiene su marca.
Y, por primera vez en tres años, tomo una decisión que es solo mía.
POV LeonaApenas cruzo el umbral de la puerta y me dispongo a avanzar por el pasillo, una figura emerge de la penumbra junto al ascensor. Tacones apresurados, respiración agitada.Antes de que pueda reaccionar o dar un paso al costado, unos dedos pulcros y rígidos se clavan en mi brazo con una fuerza desmedida, tomándome por sorpresa.—¿Qué pretendes viniendo a rondar a Ignacio? —sisea Clara, perdiendo por completo la compostura refinada y dulce que siempre la ha caracterizado.Sus ojos, habitualmente tranquilos e ingenuos, están inyectados de rabia. El temblor rabioso de sus labios y el tinte pálido de su rostro me lo confirman al instante: Clara lo sabe todo. Sabe sobre el lugar que ocupé en la vida de Ignacio durante tres años. Por lo que veo, ya no hay máscaras entre nosotras.A decir verdad, lo prefiero así. Fingir cansa más que decir la verdad.—Suéltame, Clara —digo con voz pausada, intentando mantener la templanza mientras tiro levemente de mi brazo para liberarme de su agarre
POV LeonaMe quedo inmóvil a dos pasos de la cama. La tentación instintiva de dar un paso atrás y aferrarme al picaporte de la puerta me golpea con fuerza, pero obligo a mis pies a mantenerse firmes sobre el piso de vinilo. El olor a antiséptico y el pitido rítmico del monitor cardiaco son los únicos testigos del aire denso que se forma entre los dos.—No te levantes, Ignacio —repito, endureciendo el tono de mi voz para enmascarar la sacudida que dio mi pecho al verlo tan debilitado—. Apenas acabas de salir de terapia intensiva. No vine aquí para que te alteres, ni te esfuerces.Esboza una tibia sonrisa. No es ni por asomo el poderoso Ignacio que conozco.—No me importa —raspa él, ignorando la advertencia. Logra acomodarse apenas un poco más erguido, aunque la respiración se le corta y debe cerrar los ojos un instante por el esfuerzo. Cuando los vuelve a abrir, sus pupilas oscuras brillan con una fiebre desesperada—. Creí que no vendrías. Le supliqué a Anna que te buscara, le pedí a l
POV Leona Luciano detiene el auto frente a la entrada principal del hospital y apaga el motor, pero no hace ademán de bajar. —Hasta la puerta, como acordamos —dice, con una media sonrisa que se le queda a mitad de camino. —Hasta la puerta —repito. Por un momento nadie se mueve. Afuera, la mañana todavía es fresca y el movimiento de enfermeras y familiares empieza apenas a llenar la acera. Yo tengo las manos entrelazadas sobre mi regazo y me doy cuenta de que las estoy apretando con tanta fuerza que se me han puesto blancos los nudillos. Luciano estira la mano y las cubre con la suya. —Es mejor que subas sola —murmura—. Es tu conversación, Leona; no la mía. Si estoy cerca voy a querer protegerte, y eso no es lo que necesitas hoy. Ya sabes lo que opino sobre esto... Pero no pienso interferir. Lo miro. Veo esos ojos grises, serenos, con una sombra de algo que no se atreve a nombrar. Entiendo lo que cuesta ese gesto y se lo agradezco más de lo que podría decirle. —¿Estará
POV LeonaLa cena transcurre casi en completo silencio. Parece que, después de la conversación que tuvimos, ninguno de los dos tiene ganas de hablar.No puedo evitar sentir una cierta desolación ante el solo hecho de pensar en separarme de Luciano, pero a la vez siento que es lo mejor.Cuando levanto mi mirada me encuentro con los inquisitivos ojos de Luciano. Mi respiración se corta al instante.Mi semblante debe ser bastante expresivo, porque Luciano comienza a reír como un tonto.—¿Puedes decirme qué estamos haciendo, Leona? —dice, dejando los cubiertos sobre la mesa.—¿Qué hacemos? —replico, desconcertada.—Esto. No hablar de nada como si ya nos hubiésemos dicho todo, cuando no es así —dice, recostándose contra el respaldo y agudizando la mirada—. Si quieres irte de esta casa, está bien para mí. No voy a mentirte: lo odio, lo admito.Trago saliva y aprieto la servilleta antes de decir algo. Muy dentro de mí, no quería admitir que me dolía un poco que él no me pidiera que me quedar






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