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Capítulo 3

last update Data de publicação: 2022-08-08 02:17:38

Keira

Intento ser una mejor acompañante para el señor Decker, no quiero terminar con una mala reseña que afecte futuras contrataciones, pero no puedo evitar preguntarme por qué un hombre guapo y adinerado como él tendría que recurrir a una acompañante. ¿No le sería fácil encontrar a una mujer con quien en verdad desee estar? La idea de que es gay vuelve a cruzarse por mi mente, pero al instante la rebato porque él no lo parece. Algo en la forma en la que me tocó me dijo que lo estaba disfrutando.

Abandono ese pensamiento y me concentro en el resto de los invitados sentados en la mesa. Karl y Cameron son jóvenes y se tratan con mucho cariño. Él le acerca un aperitivo a la boca, ella le limpia la comisura de los labios con el pulgar. Se besan, lo han hecho varias veces, luego se susurran cosas al oído y sonríen, mirándose a los ojos.

—¿Desde cuándo están saliendo? —pregunta Cameron antes de darle un sorbo a su Martini.

Espero antes de decir algo. Sé que Decker tiene que responder a eso en cualquier momento, antes de que sea evidente que no lo sé, antes de que ella abra los ojos de par en par y baje la mirada. ¿Por qué no dice nada? 

Me inclino hacia Decker para intentar hacerle una pregunta, pero el maestro de ceremonias irrumpe en el centro del salón y anuncia a los esposos Baker. Una suave balada es tocada por la banda en vivo desde el escenario y entonces ellos hacen su entrada triunfal. Todos se ponen en pie y aplauden. Hago lo mismo. La novia es hermosa, tiene un cabello rubio cenizo recogido en un moño alto y usa un vestido blanco vaporoso sin mangas. Su esposo, quien viste un smoking negro, la sujeta por la cintura y comienzan a desplazarse por la pista con suavidad. Se miran como si no hubiera nadie más en ese espacio y sonríen ampliamente. Me pregunto si en verdad se aman o si es una de esas bodas de papel con fecha de caducidad. Aunque llevar un anillo en el dedo no es garantía de nada, el amor se acaba, o te das cuenta de que nunca fue amor y te dejan con el corazón roto.

El recuerdo golpea con tanta fuerza mi pecho que tengo que tomar un profundo respiro para que las lágrimas no se derramen en mis mejillas. Ya pasaron tres años ¿cuánto más va a doler?

—¿Está bien? —pregunta Decker con su mano en mi espalda y su aliento en mi oreja.

¿Estoy siendo muy obvia, o él me ha estado mirando más de lo que me he dado cuenta?

—Sí, solo un poco conmovida —respondo lo mejor que puedo, pero mi voz vacilante me delata.

—Vamos a sentarnos —ordena sin apartar su mano de mí. Desearía que la alejara. No me siento cómoda con el calor que irradia su palma en mi piel, pero la mantiene ahí hasta que llegamos a la mesa y volvemos a ocupar nuestros lugares. Agradezco que no me preguntara por qué me ha convomido tanto el baile de los recién casados porque no quiero hablar sobre ese tema y mucho menos con él. 

Le informo a mi cliente que iré al servicio y me pongo enseguida, necesito un respiro. 

Al salir del baño, me sorprende encontrar a Dimitri custodiando el pasillo.

Decker es un exagerado. ¿Qué me va a pasar en un baño? ¿O será que piensa que me voy a fugar con sus  joyas? Sí, debe ser eso.

Al volver a la mesa, el hombre en cuestión se pone en pie, y como lo ha hecho toda la noche, me acaricia la espalda. Antes de que pueda sentarme, me dice que la canción que está sonando es perfecta para bailar, dadas mis precarias destrezas en el baile.

—Es una balada suave que no amerita de grandes destrezas —menciona con cierta arrogancia que me cuesta mucho ignorar. Sin embargo, sonrío para mantener mi papel. Él, como era de esperarse, camina a mi lado con su mano en el centro de mi espalda. El calor que no debería sentir vuelve a abrasar mi piel. Y mientras eso sucede, él me mira a los ojos con miles de preguntas brillando en sus pupilas. Tengo un sexto sentido en cuanto a las miradas y en la suya hay inquietud. Negada a dejarme cautivar por sus ojos, inclino mi cabeza en su pecho mientras sostengo mis manos sobre sus hombros. Las suyas se posan en mi espalda baja y se acoplan a ella como si siempre hubiesen pertenecido a ese lugar. En los segundos inmediatos, nos movemos suavemente por la pista, pero no somos los únicos, hay al menos diez parejas bailando al ritmo de aquella música instrumental. Al estar tan cerca de él, su aroma penetra mi olfato y se traslada a mis terminaciones nerviosas de una forma descarada.

¡Esto no debería estar pasando!

—Quisiera preguntarle algo personal —siento cómo sus palabras vibran en su pecho cuando las pronuncia, logrando con ello que mi corazón se agite.  

—¿Podría contar yo con el mismo beneficio? —refuto enfrentándolo. Decker me observa sin expresión, de esa forma fría y dura que solo él puede lograr, y entonces niega con la cabeza. 

Terminamos la pieza sin decir nada más y luego me lleva a la mesa de los novios. Will Baker es rubio, alto y de ojos verdes muy claros. Me ofrece su mano y una sonrisa destellante, así, con todos los dientes. Parece muy feliz. Su esposa Amelia nos saluda a ambos con un abrazo enérgico y dice con entusiasmo que está feliz con nuestra presencia, como si me conociera de antes. Eso fue raro. Pienso que producto de la adrenalina de la boda. Dicen que el cuerpo libera la hormona de la oxitocina cuando estamos muy felices y la de Amelia debe estar a tope.

La velada termina dos horas después. Es momento de volver a mi vida normal, sin trajes de gala, joyas o sonrisas fingidas. ¡Estoy desesperada por quitarme estos tacones y liberarme del vestido!

Salgo del salón, del brazo de Decker, hasta llegar al lobby, pero noto con nerviosismo que nuestro camino no nos está llevando a la salida sino a un ascensor.

—¿A dónde vamos? —murmuro para que nadie más escuche.

—A mi suite —responde sin inmutarse.

—Eso no está estipulado en el contrato, señor Decker —impongo de forma categórica.

—Pagué por una noche, y no acaba hasta las once cincuenta y nueve —dice entre dientes.

—¿Qué pretende que pase en esa suite? —pregunto nerviosa.

—¿Qué quiere usted que pase? —contraataca.

—¿Yo? Si el que quiere subir es usted —contradigo.

Él se ríe en mi cara como si le hubiera contado un chiste gracioso. ¿Cómo se atreve? Si no estuviera tan enojada, repararía en lo mucho que me gusta cómo suena su voz cuando se ríe. 

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Comentários (2)
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Imelda Aguirre
ooo vaya que quiere estar. más tiempo con ella.. le gustooll
goodnovel comment avatar
Raquel
ya cayeron los y redonditos
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